--Acababa Berta de leer estos versos casi jadeante de emocion, cuando
sintió ruido de pasos...... Versos i flores los ocultó en el seno para
no ser descubierta. Era su padre.
--¿Que haces hija mia? te noto algo ajitada ¿Que tienes? la dijo..sin
desprenderle los ojos.
--Nada.
--¿Nada?
--Es que me siento algo indispuesta.
--¿Que tienes?
--Tengo alguna opresion en el corazon.
Manfredo se aproximó a su hija, ciñó con el brazo su cintura i
estampando un beso en su frente tíbia aun con el calor del lecho que
abandonaba recien, la dijo:
--Tenemos mucho que hablar, hija mia. Se trata de tu
felicidad.--Condújola despues a una otomana i sentándose en ella al lado
de su hija, con sus manos entrelazadas en las suyas, comenzó a
insinuarle el amor que le profesaba Arturo i las ventajas que le ofrecia
ese amor.
Berta inclinó la frente, i guardó silencio:
--¿Contradecirias la voluntad de tus padres mi Berta?
--¿I mis padres contradecirian la mia? ¿sacrificarian mi corazon a un
hombre que no amo?
Manfredo como movido por un resorte se puso de pié i notablemente
sorprendido la dijo: ¡Qué! ¿amas a otro?
--Nó, papá; pero no amo a nadie. I el amor es i no la fortuna la base de
la felicidad.
--¡Pero llegarás a querer a Arturo!
--No nace de las reflecciones el amor.
--Nó, Berta, es el único hombre que te conviene. Fíjate que si eres
hermosa, ya tus padres se ven sin la fortuna de antes, i tu madre es
solo la cómica de Canarias. ¿Tendrás por consiguiente partidos mas
ventajosos que este? ¡Ah! piénsalo bien. No seas niña: mas tarde cuando
ya no haya remedio, cuando Arturo se hubiere regresado a España,
entonces conoceras recien tu error i el porvenir te dirá: ¡ya es
tarde!......
--Padre, todo hombre que me ame de veras olvidará que mi madre era una
mujer de bastidores.
--Te engañas Berta, habla por tí la inesperiencia. Aun las sociedades
mas despreocupadas del mundo rinden su tributo a los antecedentes de
familia.
--I que Arturo sea rico ¿que quiere decir papá? ¿voi yo a ligarme con su
fortuna o con él?
La discucion se trabó cada vez mas calurosa. Raquel que entró en ese
momento, terció tambien en ella sosteniendo enérjicamente la opinion de
su esposo.
Berta enjugó algunas lágrimas silenciosas.
Las flores del café perfumaban su seno i su corazon. Al parecer todo era
inútil para obligarla a ceder. ¿Vencerá la obediencia filial o el amor
por su romántico poeta?
--Bien, hija mia, dijo Manfredo, en tono paternal i terminante, estoi
comprometido a participar a Arturo el resultado de nuestra entrevista, i
como yo ante todo debo velar por tu porvenir i por proporcionarte una
suerte digna de tí i del cariño que como padre te profeso, te aseguro
que no le daré a Arturo una respuesta negativa.
Berta seguia llorando en silencio. Raquel lloraba con ella, pero sin
desistir de la tenacidad de sus propósitos. Manfredo se paseaba por
delante de su hija interrumpiendo el silencio con reflecciones aisladas,
con consejos sérios. ¿Qué contestas? la dijo a su hija mas de una vez,
sin recibir de ella mas respuesta que sus calladas lágrimas.
--Bien, Berta, agregó despues, voi a decirle a Arturo que tu mano es
suya.
--Que mi mano sea suya, padre mio, le contestó pero mi corazon no lo
será jamás.
--Hija mia, tu no sabes que el tiempo hace lo que no puede la voluntad.
Yo sé que llegarás a amarlo.
--¡Dios lo quiera! agregó Raquel. Nosotros hija mia, no queremos sino tu
felicidad.
--¡Mi felicidad!.... murmuró Berta, sonriendo con amargura i llorando
sin consuelo.
--Sí, hija mia, tu ventura, i nada mas, le contestaron sus padres.
--¡Mi felicidad!.. repitió Berta sacudiendo lijeramente la cabeza. ¡Mi
felicidad!... volvió a decir por última vez.
Salió Raquel en ese momento del cuarto de su hija con direccion al de
Arturo; pero la detuvo en el corredor uno de los esclavos negros
diciéndola:
--Vengo a avisar a su merced que el camarero está enfermo; no ha salido
hoi de su habitacion.
--¿Qué tiene? contestó Raquel profundamente sorprendida.
--No lo sé, señora, agregó el negro.
Raquel recibió la noticia como si se tratara de la enfermedad no del
camarero, sino de un miembro de su familia, i acudió casi corriendo al
cuarto de Gabriel. Estaba cerrado. Desde afuera escuchó Raquel algo como
un quejido, algo como un lamento. Aproximóse a la puerta i percibió
ruido de papeles, i estas palabras sueltas i significativas:
--¡Bastardo, mulato i pobre! si mi cuna no hubiera sido una pobre
hamaca, i mi hogar un rancho...... ¡Oh! ¡seria feliz!..
Raquel sin poder ya contenerse empujó la puerta, entró casi
sorpresivamente i encontró a Gabriel escribiendo delante de una pequeña
mesa, cubierta de infinidad de papeles, cartas i herramientas. Se sentó
ella junto a la mesa, i él se puso de pié, en señal de respeto.
--Siéntate, Gabriel; le dijo. Yo vengo a enjugar tus lágrimas. I en
efecto gruesas lágrimas temblaban en los ojos de aquel como brillantes
sobre un esmalte negro.
--Gracias, señora, mia, contestó Gabriel.
--¡Pero sé franco! ¿qué tienes? Yo te prometo, si tienes confianza
conmigo, satisfacer tus deseos cualesquiera que sean i ahorrar tus
lágrimas aunque sea a costa de un sacrificio. ¿Por qué llorar?
--Por nada, señora; lloro sin motivo; lloro solo por que tengo lágrimas
que llorar.....
--No te aflijas, mi querido Gabriel, le dijo ella, con tierno i
conmovido acento i posando su blanca mano sobre el hombro de Gabriel.
Este, enternecido probablemente con el cariño de su señora lanzó un
sollozo incontenible i contuvo otro. Encojió lijeramente los hombros,
agachó la cabeza i enjugó una nueva lágrima.
--¿I sabes Gabriel que no debes estar triste, que tengo una buena
noticia que darte?
Gabriel levantó la cabeza con los ojos que le blanqueaban diciendo:
¿Cuál mi señora?
--Que es ya mui probable el matrimonio de mi hija.
--¿I con quién, señora?
--Con Arturo.
--¡Me alegro!.. Dios quiera que sea feliz.
--Ya vez que estamos de plácemes, i que bien vale la pena de olvidar por
ello aflicciones de poca monta.
--Así es señora; yo me alegro en el alma.
--Así lo comprendia, porque sé cuanto cariño tienes por todos nosotros.
--¿I don Arturo la quiere mucho?
--¡Mucho!
--¿I la señorita a él?
--Tambien: yo creo que serán felices.
--Bien, mi señora, tengo el sentimiento de comunicarle que debo hacer un
viaje a Trinidad.
--¿Cuando?
--Mui pronto.
--Pero has hecho ya en la temporada pasada dos viajes a Trinidad, i
ahora anuncias uno nuevo.
--Así es señora; pero este último será tambien por pocos dias.
--¿Pero qué llamas pocos?
--Quince o veinte dias, probablemente.
--¡Ah! Manfredo estoi segura que se aflijirá mucho por tu ausencia, por
corta que sea, lo mismo que Berta. I yo mas que ellos, porque te diré la
verdad, el recojimiento en que vives, la afliccion que te domina, las
cartas que constantemente he sabido que recibes, todo, todo, me indica
que talvez no vuelvas i que quieres dejarnos. Su semblante palidecia al
decirlo.
--¡Ah! no, señora....
Sintióse en ese momento algo como los pasos de quien se aproximaba.
Raquel salió precipitadamente, diciendo:
--Es mejor, Gabriel, que no nos vean. Detúvose en la puerta, i viendo
que no habia nadie, volvió a entrar. Gabriel no comprendió tan temerosa
como estraña precaucion.
--Pero, Gabriel, supongo que no te irás sin comprometerte conmigo a que
regresarás mui pronto.
--Como nó, señora.
--I tampoco será antes del cumple-años de Berta.
--Ya que Ud. me lo ordena....
El viaje de Gabriel, no sin bastante sentimiento ocupaba a todos los de
la casa. Quién le preguntaba cuando se iba, quién el tiempo que duraria
su ausencia, quién casi le rogaba que regresara pronto.......
Llegó el dia, fausto para la familia, del cumple-años de Berta. Todos le
rindieron las ofrendas de su cariño. Manfredo le abrazó cariñosamente el
cuello con una cadenilla del que pendia un medallon que contenia su
propio retrato; Raquel le obsequió un anillo que conservaba desde la
primera juventud como prenda de amistad; Arturo por medio de Manfredo
hizo llegar a sus manos una valiosa diadema de brillantes. Gabriel hacia
muchos dias a que permanecia encerrado en su cuarto. Veíasele todos los
dias recibir i escribir cartas desde ese modesto retiro, en el que de
dia como de noche se oia el ruido incesante de una herramienta.
Ese dia fué pues Gabriel el primero que entró por la mañana mientras
ésta se arreglaba delante de un tocador. No se apercibió ella que hacia
largo rato a que Gabriel estaba de pié i callado a sus espaldas sin
desprenderle una larga i melancólica mirada.
--Señorita, la dijo por fin con un acento en el que vibraban la emocion
i la timidez. I al volver el rostro con curiosa sorpresa encontró la
mano indecisa i estendida del camarero que le alcanzaba una cajita
diciéndole:
--¿Aceptaria Ud., señorita, este recuerdo antes de mi partida?
Abrió ella la caja risueña, i precipitadamente sacó una preciosa
peineta de carey dorado, i en su presencia sostuvo con ella las bucles
de su cabello, diciéndole:--¿I no es verdad que es obra de tus manos?
--Ellas se distrajeron, señorita, en este humilde labor.
--¡Ah! ya me esplico el ruido de una herramienta que se dejaba sentir a
toda hora en tu cuarto. I... díme, ¿cuándo te vas Gabriel?
--Mañana, dijo, i dobló melancólicamente la cabeza.
--¿Pero volverás pronto? Bien sabes cuanto te estrañaremos todos.
Gabriel, sin contestar, levantó la frente abrumada; desplegó lijeramente
los labios como para proferir una palabra que no podia articular i fijó
los ojos atentamente en un canario que entreoculto como en una nube
aleteaba gorjeando entre los pliegues de las cortinas del lecho.
--I esa avecilla, señorita, ¿es el recuerdo de hoi de alguna amiga suya?
No la habia visto yo.
Berta, despues de un vacilante silencio, en tono entrecortado
respondió:
--Nó Gabriel, es un canarito prófugo que ha venido a visitarme.
--¿Manda Ud., señorita, que lo pongan en una jaula?
--Hazlo; ¡mui bien!..
Este cojió entre el hueco de sus manos el dorado pajarillo, i lo soltó
dentro de una jaula para que cantara sus prisiones.
--¿Recuerdas, Gabriel?, dijo ella entonces, ¿recuerdas que el primer dia
que viniste a casa te negaste a cojer las mariposas del huerto,
doliéndote de cautivarlas? Ya ves la crueldad con que aprisionas ahora
mi canario.
--Es cierto, señorita, que ambos tienen cielo i alas para volar; pero
mientras muere la peregrina mariposa entre los dedos sin dejar mas
huella que el polvo de oro de sus alas, el canario aprisionado mata sus
penas cantando.
Poco despues la peineta de carey pasaba de mano en mano. Todos
ensalzaban su primor i admiraban la curiosidad de su obrero. Pero, ¡qué
peineta de carey! ¡qué diadema de brillantes! La una, era el recuerdo
insignificante de un pobre camarero; la otra, la prenda indiferente de
un hombre que nada decia al corazon. El canto del canario que la
despertó fué la mas dulce serenata con que un amador haya podido
arrullar los rosados ensueños de quien causa sus desvelos. Esa música no
aprendida embriagaba su memoria i vibraba en su corazon. ¡Lindo canario
que habia arrojado por los hierros de la ventana la mano de aquel
apasionado cantor que se allegaba hasta ellos para dejar estas escritas
endechas!:
"Surca los aires pajarillo raro,
I de mi Berta ante la faz desciende,
Mientras por cielo, tierra i mar se estiende
La eterna lumbre del inmenso faro.
Díla que en su natal al mundo caro,
Mi fé su llama sacrosanta enciende,
Entre cáliz de nácar, que suspende
Corintio pedestal de mármol Paro.
Cubro aquel seno con tus alas de oro
Donde oculto el amor placer respira,
Abre tu pico de coral sonoro;
Cuéntala el gozo que su edad me inspira,
I entrega para siempre a la que adoro
Mi corazon, mis versos i mi lira.