Raquel se levantó de su asiento i haciendo una señal con los ojos a la
costurera Carolina, que se hallaba presente, salió con ella como
abrumada por un secreto pesar, i ambas se dirijieron al salon. Sentóse
la primera sobre un sofá, reclinándose en un cojin. La otra tomó asiento
en uno de los sillones que estaban colocados en las estremidades del
sofá i comenzaron a hablar en voz baja i al parecer de una manera
confidencial.
Al mismo tiempo Berta apoyada de codos en la baranda de una de las
ventanas del comedor que daban al huerto, Gabriel i Alberto a su lado,
contemplaban desde allí el horizonte del cielo cubierto de cenicientas
nubes, que descendian revistiendo como con una mortaja las cumbres de
las montañas lejanas: la opaca luz de un dia nublado: la espesura del
huerto que blandamente mecida por la fresca i balsámica brisa, dejaba
ver, allí en su fondo los pedazos del lago que correspondian a los
claros de la arboleda que se abrian o cerraban alternativamente con el
vaiven del follaje, semejante al flujo i reflujo de las olas de un mar
verdoso: la alondra que volando rizaba con su alas vibrantes la faz del
lago: los pájaros canoros que saltaban de rama en rama; el movimiento
de las errantes golondrinas que se agrupaban debajo de las cornizas de
las ventanas de las que pendian sus nidos: el ladrido del perro amarrado
en uno de los rincones del huerto: los jilgueros i canarios que se
ajitaban gorjeando dentro de sus jaulas, colgadas aquí i allí en las
copas de los árboles.
Berta entonces dirijiéndose a Gabriel le dijo:
--¿Quieres que despues de conocer las habitaciones bajemos al huerto?
--Con mucho gusto, señorita, le contestó.
--Es preciso que te orientes en la casa i que la conozcas desde luego.
--Tiene usted razon, señorita, contestó Gabriel, con cierta tristeza que
armonizaba i aumentada talvez con la tristeza de la naturaleza.
--Vamos entonces, dijo Berta. I salieron los dos, seguidos de Albertito
que brincando con travesura seguia a su hermana jugando con los lazos
rosados que ceñian su cintura i que caian a lo largo de su vestido de
muselina blanca.
Atravesaron una parte del corredor, entraron al costurero, deteniéndose
poco en él i pasaron al salon de recibo en el que encontraron a Raquel
conversando aún con la costurera Carolina.
En el ángulo del salon correspondiente al en que estaba el piano habia
una pequeñísima mesa circular llena de pequeños floreros i adornos de
bronce i porcelana, sobresaliendo de en medio de ellos un retrato grande
de Raquel, con sus ojos tan inflamables i sombrios que parecian dos
estrellas nubladas; con su negra i ondulante cabellera que cubre sus
hombros como un manto lleno de pliegues i con su graciosa i pequeña
frente entreoculta por los bucles naturales de su cabello; con su tipo
romano.
Gabriel se detuvo como paralizado delante de ese retrato, i despues de
devorarlo con una mirada chispeante, murmuró:
--¡Que hermosa mujer! Hágame el bien señorita Berta de decirme ¿quién
hizo este retrato de su mamá?
--Un fotógrafo que tiene su tienda en la calle de la Compañía, cerca de
la plaza de armas.
--¡Ah! ya caigo en cuenta. He oido decir que es el mejor fotógrafo de
Mantanzas, i que no hai ni en la Habana ninguno que merezca compararse
con él.
--Así he oido tambien.
Con estas últimas palabras recorrieron sucesivamente las alcobas de
Manfredo, i de Raquel, que estaban una en seguida de otra; i bajando por
una plataforma escalonada se dirijieron al huerto. Atravesando a lo
largo de la calle central de árboles, llegaron a la orilla del lago,
contemplaron a su borde las hojas secas que flotaban en la superficie
del lago, las sombras de los árboles que temblaban sobre sus ondas
azules, no sin sostener una conversacion animada.
A momentos blanqueaban los ojos del jóven mulato al fijarlos en Berta,
con cierta mal disimulada impresion.
En ese momento una nube de mariposas se posaron sobre las flores de uno
de los jardines, i apenas Berta las divisó, ¿vamos Gabriel a cojerlas?
esclamó, rebozando de alegria, i sosteniendo con una mano un rozon mal
prendido de su peinado i recojiendo con la otra los diáfanos pliegues de
su vestido, acudió corriendo por entre las tortuosas sendas de rosas i
jazmines en pos de las mariposas. Casi todas volaron, espantadas, a los
jardines inmediatos, i solo una quedó cautiva entre sus dedos de marfil.
Gabriel aparentemente impasible quedó de pié en el mismo lugar,
siguiendo con la vista a esa encantadora niña, que parecia una vestal
haciendo las veces de jardinera.
Berta regresó de prisa, ajitando las manos, a juntarse con Gabriel, i le
dijo:
--Ya ves lo que tiene el no ser neglijente como tú. Si ustedes los
hombres necesitan armas para cazar, a nosotras las mujeres nos bastan
las manos. Si tú hubieras ido conmigo en persecusion de las mariposas
talvez habrias esclavisado otra mas.
--Es que yo desde mui niño he odiado la esclavitud, señorita Berta. Es
por eso que me aflije hasta la esclavitud de las mariposas, que deben
ser tan libres como el hombre, pero no como el hombre cubano; porque
Cuba es ya el único asilo de la esclavitud. Yo daria mi sangre por
borrarla de nuestro suelo. I la libertad, por desgracia, es aún
considerada por los cubanos, como una bella quimera, como uno de esos
sueños dorados que probablemente ha tenido usted, señorita, i en los que
ha visto flotar las flores del huerto, i las estrellas del cielo.
--¡Tienes razon, Gabriel. Pobre mariposita! A nosotros en su lugar no
nos gustaria que nos cortaran el vuelo i la libertad; ¿no es cierto?
dijo, i arrojó ese volátil i matizado animalito que aleteando cruzó los
aires.
--Gabriel, vamos ahora a los cenadores.
--Vamos, señorita.
Acto contínuo se dirijieron a uno de ellos, i entraron a él. Berta se
sentó en un asiento rústico de madera i Gabriel quedó de pié a su lado.
--Pero hasta ahora nada me has dicho Gabriel de la impresion que te ha
causado la casa i el huerto. ¿No ha sido buena?
--Tan buena impresion me ha hecho, señorita, esta hermosa mansion, que
temo no poder espresarla, i por eso prefiero callar; por que las
palabras nunca se elevan a la altura de las grandes impresiones. Se me
figura que he nacido a una vida nueva desde que me encuentro en medio de
las delicias de este hogar, respirando sus perfumes i abrigándome a su
sombra. Me parece haber sido introducido a un pequeño paraiso habitado
por ánjeles.
--¡Cuanto me alegro Gabriel que estés tan contento! ¡Ojalá sigas en
adelante tan complacido como hasta aquí!
--En medio de esta familia que respira alegria, bondad i una ternura tan
espontánea seria un pecado señorita el descontento i la tristeza.
--Pero tú no cuentas Gabriel con que suele haber en la vida causas
ajenas a la voluntad i a lo que nos rodea que enturvian la felicidad; o
que a veces la misma felicidad es la sombra de la desgracia.
--¡Cuanta razon tiene Usted, señorita! Acaso sin darse cuenta del
alcance de sus propias palabras ha hablado Usted, con la madurez de la
esperiencia i me ha abismado en un mundo de tristes ideas en que suele
caer mi alma, constantemente víctima de íntimos sufrimientos.
--La verdad Gabriel es que de esperiencia poco hemos de saber tú i yo,
porque somos jóvenes. A nuestra edad es preciso sonreirse cuando el
pesar nos muestra su ceño airado. Tórnate alegre, i déjate de palabras
graves. Allá cuando los golpes del destino nos hieran en el camino de la
vida, entonces nos preocuparemos de ellos. ¡Mira! ¿sabes lo que se me
figura la esperiencia?
--¿Qué?
Unas de esas brujas o viejas de aspecto repugnante que nos representan
en la niñez, con el nombre de duendes o hechiceras.
Gabriel sonrió en silencio.
--Vamos Gabriel a ver si ha llegado mi papá, dijo la hermosa niña, i
regresaron ambos a la casa llenos de animacion i jovialidad.