Sonó en ese momento en un corredor inmediato una campanilla cuyo resorte
fué tocado en la puerta de la calle. Manfredo al oirla tocó tambien un
timbre que tenia junto a su asiento para llamar a los sirvientes. I al
presentarse inmediatamente uno de ellos, le dijo:
--Vé al jardin del patio i divisa desde allí quien ha tocado el tirador
de la campanilla. Si es algun amigo introdúcelo aquí, i si es alguna
persona desconocida condúcela al salon suplicándola que aguarde i
avisándole qué estoi en mesa.
El sirviente cumplió la órden del patron, i volvió poco despues, de
carrera, jadeando i lleno de un alborozo indisimulable, dijo sonriendo
de alegria:
--Señor, es una mujer que pregunta por la señora.
--¿I quién es ella?
--La costurera Carolina.
--¿Pero qué de ahí? ¿Porqué tanta ajitacion? repuso Manfredo.
--Es, señor, que no viene sola....
--¡Pero, vamos! ¿Quién la acompaña?
--Viene, señor, con el mulatito que le ofreció a la señora. I
acercándose a Berta, que estaba distraida atendiendo a su hermanito, la
dijo al oido:
--Señorita Berta, ha llegado el mulatito Gabriel.
--¿Dónde está? esclamó ella entusiasmada.
--Está afuera.
--¡Mamá! ¡mamá!, ¡Gabriel ha llegado! Voi a conocerle, dijo palmoteando
las manos de alegria, e incorporándose en su asiento para ir en su
alcance. Pero el padre la detuvo, diciéndola.
--¡Tranquilízate, niña, i no te muevas de tu asiento! Ya he ordenado que
lo introduzcan aquí: ya vendrá.
--¿Pero qué importa que Berta vaya tambien a traerlo? replicó la madre.
--Es que con esas exajeraciones i alharacas ensoberbecen a los
sirvientes, i despues se quejan de la misma soberbia que les han
inspirado.
Oyóse ruido de pasos en el corredor: todas las miradas principiaron a
fijarse en la puerta.
Berta se ajitaba intranquila en su asiento. Alberto palmoteaba la mesa i
proferia palabras de júbilo infantil.
Solo Raquel permanecia con una impasibilidad imperturbable, que no
revelaba impresion alguna, aunque fijándose bien en su fisonomia se
traslucia en su alma una melancólica indiferencia.
X
El momento deseado llegó por fin.
Un mulato adolescente pisaba con cierto aire modesto i arrogante a la
vez, el umbral de la puerta del comedor, seguido de la consabida
costurera que le acompañaba con esa risueña complacencia que se anticipa
a veces a un éxito feliz.
De una estatura que parecia anticiparse a su edad, espigado, de cara
casi redonda, frente preñada i lijeramente espaciosa, de negros, grandes
i chispeantes ojos, mejillas algo abultadas en las que se revelaban la
salud i la lozanía, labios encendidos i pronunciados cuya sonrisa
mostraba las curvas de su dentadura tan blanca como un teclado de concha
de perla en miniatura, de cabello tan crespo i menudo como el de un
negro. Tenia tambien en su aspecto cierto erguimiento natural que
parecia la emanacion involuntaria i sincera de un amor propio bien
entendido i cierta, elegante flexibilidad en su porte i sus maneras que
contrastaba con su aspecto i su color. La dulzura de su espresion, que
parecia traslucir la bondad de su carácter se armonizaba con la seriedad
de su continente, que anunciaba la madurez casi prematura de su juicio i
de su intelijencia. En el movimiento de sus labios prontos a desplegarse
a la primera impresion, en el fuego de sus rasgados ojos sobre cuyas
negras pupilas parecia arder la chispa del talento, en su ceño al
parecer casi siempre contraido por la fuerza del pensamiento, se
revelaba, a primera vista, que el rayo de luz que iluminaba su
intelijencia, reflejábase tambien sobre su rostro oscuro pero simpático.
Apenas el mulato se presentó en la puerta del comedor, todos los ojos
llenos de curiosidad se volvieron i se fijaron en él. Todos, pues ya
habian acabado de comer, se levantaron de la mesa con mas o menos
precipitacion i rodearon a Gabriel. Este, despues de hacer una vénia
profunda i respetuosa, permaneció de pié en direccion a la puerta.
Manfredo i Berta le colmaron de preguntas, i como a todas contestase con
monosílabos, golpeándole Manfredo la espalda, i sonriendo con jovialidad
le dijo:
--Vaya que eres un hombre de pocas palabras; la concision de tus
respuestas te hace adecuado para ministro de Estado.
Gabriel al oir estas palabras, inclinó lijeramente la cabeza como para
ocultar una sonrisa picarezca.
Alberto, el niño mimado de la casa, brincaba de alegria, palmoteaba, i
dando gritos de júbilo infantil, al verse con un nuevo compañero, abrazó
de la cintura a Gabriel i sin desclavarle los ojos le decia:
--¡Ya tengo con quien corretear en el huerto! Mira, tu jugarás conmigo
al volantin; yo te regalaré los juguetes que me dió mi papá en premio de
la buena leccion de lectura que le dí a mi madre.
Gabriel miraba, sonreia i acariciaba al niño en silencio.
Raquel entretanto contemplaba fijamente i con la frente algo inclinada
al mulato huésped. Habia cierta vaguedad sombria en el semblante de esa
mujer, cierta espresion de tristeza en su mirada, en su actitud, i hasta
en la posicion de su mano sobre la que descansaba su sien con una
especie de melancólico abandono.
--Pero, en fin, prorrumpió nuevamente Manfredo, dirijiéndose a Gabriel,
¿cuál es tu oficio? ¿cuál ha sido tu ocupacion hasta ahora? ¿quienes te
conocen a tí que puedan recomendarte por tu buena conducta? ¿Cuál es tu
familia? ¿Tienes padres? Las recomendaciones que hace de tí Carolina,
son en verdad mui satisfactorias, pero, con todo, es preciso que te
oigamos a tí mismo, porque nadie mejor que tu puede darnos cuenta exacta
de tu vida, de tu conducta, de tu oficio (si lo tienes) i sobre todo, de
tu nacimiento, porque las condiciones de un hombre, en cualquiera esfera
a que pertenezca tienen su oríjen por punto de partida.
Gabriel, dirijiendo una significativa mirada a Manfredo, le contestó:
--¿Para todo, señor hace Ud. tanto gasto de desconfianza?
--¡Qué respuesta tan oportuna! murmuró volviendo el rostro Raquel.
--¡Ah! yo no te creo uno de esos aventureros errantes, sin asilo fijo,
que no son útiles para nada, i lo que es mas, que no saben de dónde
vienen ni a donde van en el camino de la vida; pero tu ves que es
natural que antes de introducir a una persona en el seno de una familia,
se cerciore uno de todo lo que se relaciona a su respecto. I tanto para
mostrarte que soi franco contigo, como por inspirarte confianza, te diré
que te esperábamos favorablemente predispuestos, i que noto desde luego
que has causado una buena impresion en los de mi familia. I si tu
proceder como lo espero, es ajustado, tendrás en mi esposa i en mí, algo
mas que los _señores_ que no presentan a sus sirvientes i esclavos sino
un ceño airado, conforme a la despótica educacion española.--Ademas,
Gabriel, satisfaremos tus necesidades; haremos las veces de tus padres,
i vivirás bajo el ala de nuestra proteccion i cariño.
Despues, Manfredo, como indicando que habia acabado de hablar, se sentó
sobre un mullido sillon de balance i comenzó a mecerse en silencio
fijando con atencion la vista en Gabriel.
Este a su turno bajó la cabeza i los ojos, pasó la mano por la frente,
mas de una vez, como para reprimir su emocion, i calló.... ¿Calló para
no proferir una palabra mas? ¿Calló por que su conciencia se sentia
abrumada al peso de las interpelaciones de Manfredo, o por que se
ruborizaba, tal vez, de no tener que contestar satisfactoriamente?
Nó; rompió su largo silencio con la voz tan trémula de emocion que
parecia anudársele en la garganta, i dijo:
--¡Ah!, señor, me ha arrastrado Ud. por las mas violentas i opuestas
emociones. Sus palabras han hecho vagar mi corazon entre la humillacion
i la complacencia, entre el temor i la desconfianza, entre el dolor i la
felicidad. Detrás del primer impulso de simpatia con que Uds., me
favorecian vinieron las sospechas i las desconfianzas de mi persona. I a
la verdad, señor, que no sé qué contestar a las diferentes preguntas que
me hace Ud., ni sé tampoco por cual comenzar.
--Mas calma Gabriel; si tomas el peso de mis palabras verás que todo lo
que te he dicho está en sus cabales i que no hai en ellas nada de
irregular.
--Señor, no crea usted que he perdido el sociego: voi a probárselo.
--¿Como?
--Contestando con serenidad a todas sus preguntas.
--Te oiré con gusto.
--Bien señor; me preguntaba usted por mi oficio. Mi oficio, señor, es el
humilde oficio de peinetero. Apesar de mi poca edad he adquirido una
destreza tal en la fabricacion de peines i peinetas de carei, que
muchísimas señoritas de Matanzas, prefieren las mias a la de cualquier
otro artesano. I puedo asegurarle con lejítimo orgullo, que hé adquirido
ya alguna celebridad en mi oficio.
--I te encuentro razon para estar contento de ello, dijo Manfredo,
interrumpiéndole.
--En verdad, señor; por que aun que esa humilde celebridad del artesano
no tiene el noble lucimiento de una profesion científica, o la
brillantez aristocrática de la carrera literaria, puesto que es debida
a simple destreza de manos que el hombre mas imbécil puede adquirir con
un poco de paciencia i asiduidad, sin embargo, asegura a lo menos el
sustento diario. La mayor parte, señor, de las personas que van al
taller del que soi oficial, preguntan con marcada preferencia por las
peinetas fabricadas por Gabriel.
--¿I de donde te viene tanta celebridad?
--La razon es sencilla señor.
--¿Cuál? Por que por buenas que sean las peinetas que tú haces, tú
comprendes que no pueden igualar a las estranjeras.
--Es verdad, señor: pero el patron de mi taller vendia mas baratas las
mias que las estranjeras, i ademas contribuyó para que yo adquiriera lo
que los artesanos llamamos _parroquianos_, el que yo distribuia mis
peines i peinetas por todas las casas, lo que no hacia nadie.
--En efecto, Gabriel, era esa una ventaja considerable.
--I ademas, señor, puedo agregar, en obsequio de la verdad, que tuve la
suerte de ser simpático a mis _parroquianos_, a tal punto que noté mas
de una vez que habia casas en las que preferian mis peinetas a otras de
igual precio i superior calidad, en fuerza de la simpatia que yo
inspiraba.
--¿I en donde estaba tu taller?
--Mi taller, señor, está en la esquina de la plaza, cerca de la botica
alemana.
--¡Ah! ya recuerdo haber visto allí una peineteria. I si mi memoria no
me engaña, creo alguna vez haberte divisado al pasar por ahí.
--No seria raro, señor.
Rafael, Berta, Albertito i la costurera Carolina escuchaban entre tanto
atentos el diálogo de Manfredo i Gabriel.
--Ya usted comprenderá, señor, agregó Gabriel, que no faltan personas
que me conozcan. De entre ellas podria indicarle cuantas guste para que
me recomienden ante usted. En cuanto a mi honradez, me humilla señor,
sobre manera, que el que ha sido siempre escrupulosamente severo con
ella, tenga, sin embargo, necesidad de probarla.
Yo creo, señor, que el trabajo que santifica al hombre, un nombre oscuro
pero sin mancilla i el pan que se lleva a los labios cuando ha sido
amasado con el sudor de la frente, responden de la honradez de una
persona.
--Pero si tu oficio aseguraba tu subsistencia i tenias cariño por él
como se trasluce al travez de tus propias palabras, ¿por que lo
abandonas a trueque del servicio doméstico, cuyos salarios son tan
mezquinos en este país, en donde el rico esplota el trabajo del pobre? I
aun cuando esos salarios fuesen grandes, ¿podrian nunca igualar a las
ganancias que te proporcionabas probablemente siendo ya un acreditado
artesano?
--¡Ah! señor, cualquiera que escuchara sus reflecciones las creeria
incontestables a primera vista, i sobre todo sin oirme. Pero no es así,
el avaro artesano, en cuyo taller trabajaba yo, esplotaba de tal modo mi
trabajo, que solo me dejaba de las utilidades tan escasísima parte, que
apenas si alcanzaba a satisfacer mis necesidades i las de una pobre
anciana que vivia a mis espensas en los últimos dias de su vida.
--Pero Gabriel, ¿no contaste con el porvenir?
--¡El porvenir!.... esclamó desconsolado Gabriel.
--I a la verdad, me parece que debiste haberlo tomado en cuenta, porque
mas tarde habrias podido poner un taller, ser su jefe, i ganar mucho, i
quizá llegar a enriquecer.
--Para poner, señor un taller propio, habria necesitado un capital o una
proteccion que no tenia. El trabajar como dependiente, en el taller
ajeno, no es sino para verse esplotado en beneficio de otros.
--Pero esos, a mi ver, no eran inconvenientes insuperables, Gabriel.
--Usted, señor, no me conoce aun. I el abandono de mi oficio ha sido un
tributo a la independencia de mi carácter. Ademas, mientras otros
quieren el dinero, yo lo miro con el mas profundo desprecio. Jamás he
llevado impreso en mi corazon ese pedazo de vil metal que los hombres
adoran. Prefiero mil veces las delicias de las dulces afecciones
domésticas, de las que me he visto siempre desheredado, el aprecio
íntimo de una persona querida o los encantos del hogar, a una montaña de
oro. Prefiero una mirada cariñosa, una caricia sincera, un seno donde
reclinar la cabeza, a todas las fortunas del mundo. Yo desde mui niño
sabia que la jeneralidad de los hombres no piensan ni sienten como yo a
este respecto; pero me inspira un goce indefinible la idea de ser una
escepcion entre ellos. Por otra parte, señor, yo sentia mortificado mi
amor propio al tener que tocar, a la manera de los mendigos, las puertas
de los opulentos, para ofrecerles, como quien pide una dádiva, el fruto
de mi trabajo honrado. Si la fortuna hubiera podido conducirme a una
digna posicion social, la habria mirado como un don inapreciable para
mí, como el ala de mis mas nobles aspiraciones. ¡Ah! pero eso era
imposible, ¿De qué me habria servido, señor, tener una fortuna si todos
hubieran dicho: Gabriel de la Concepcion Valdés, el mulato, el bastardo,
el artesano?
--¿Bastardo? esclamó Manfredo.
--Hé ahí por qué, señor, continuó Gabriel, prefiero vivir, sepultado en
el fondo de un hogar doméstico, olvidado de los conocidos de antes e
ignorado de todos. Al menos, no habria humillacion en ese olvido, no lo
habria en servir a mis señores, porque el cariño recíproco me ligaria
con ellos i me elevaria a su altura.
--¡Bastardo! te he oido decir con sorpresa, mi querido Gabriel.--¿Eres
bastardo?
--Bastardo... dicen que soi, señor. Yo no conozco mi oríjen. Mi pasado
está lleno de vacio i oscuridad. Yo soi el fruto que ignora de que árbol
se ha desprendido. No recuerdo haberme mecido en el regazo maternal.
¡Oh! ¡qué entrañas debió tener esa madre, si es que fuí abandonado por
ella!.... Es imposible que esa mujer sea feliz, pero Dios quiera que lo
sea, porque yo, aun sin conocerla, ¡la amo i la perdono!..
Calló i permaneció un momento con la frente inclinada....
Raquel contemplaba atónita ese cuadro tan triste i tan recargado de
sombras: como una nube en el cielo, cruzó otra sombra por sobre su
frente. Una gruesa i silenciosa lágrima surcó su mejilla, talvez,
despues de otras lágrimas que en el curso de esa escena palpitante de
dolor, de sinceridad i de ternura pasaron desapercibidas....
Quedó tan conmovido Gabriel, que parecian paralizárseles todos los
resortes del alma, al contemplar la lágrima de esa mujer que cayó a su
vista como un rayo sin tempestad. Aproximóse a ella con la mirada
apasionada i chispeante i la dijo:
--¡Oh! señora, usted es la mujer mas buena que he conocido en el mundo.
¡Mis desgracias han hecho eco en su corazon, mis lágrimas han arrancado
otras lágrimas de sus ojos! ¡Si yo pensaba antes de ahora en ser su
camarero, de hoi mas, seré su esclavo, pero un esclavo voluntario!
Raquel fijó en el jóven mulato una mirada tristísima, balbuceó una
palabra que, por el ademan, se inferia que era una palabra de
agradecimiento, i profundamente impresionada bajó los ojos.
Gabriel a su turno la miró en silencio.
Manfredo fijó entonces en Raquel otra mirada penetrante i acudiendo a su
lado la dijo con ternura:
--¿Qué tienes, esposa mia? ¿Por qué lloras?
--Nada, nada; contestó Raquel, con los ojos llorosos i el semblante
risueño. ¡Es tan triste la historia del infortunado Gabriel, es tan
simpática la desgracia i él sabe contar la suya con tanto sentimiento!
--¡Pero, vamos! repuso Manfredo: este es ya un diluvio de llanto. I a la
verdad, ¿a qué hacer tanto gasto de sentimiento? Hai tanto porqué llorar
i sufrir en este valle de lágrimas.
En ese momento el reloj de mesa que oscilaba sobre la chimenea, dió las
dos de la tarde.
--Vaya que ha sido larga la sobremesa, agregó Manfredo. Yo tengo algunos
asuntos que arreglar, i distraido con lo ocurrido, sin sentirlo he
perdido el tiempo. Raquel, la dijo en seguida; ház que los sirvientas i
nuestros hijos, hagan reconocer a Gabriel la casa i el huerto, para que
los conozca.
I diciendo esto tomó su sombrero, palmeó risueño el hombro de su esposa,
en señal de despedida i partió.