El ALCALDE, que entra por el fondo; DON RAFAEL, que sale por la
puerta pequeña del fondo.
ALCALDE. (_Sorprendido._) ¿Pero estaba usted aquí?
DON RAFAEL. ¿Pues dónde querías que estuviese?
Mi papel es consolar a los oprimidos, como el tuyo adular
a los poderosos.
ALCALDE. No estamos para sermones. Dígame, ¿han 5
vuelto a su casa los señores Marqueses?
DON RAFAEL. Sí.
ALCALDE. ¿Y la Marquesita?
DON RAFAEL. En mi casa.
ALCALDE. Dijéronme que avanzó monte arriba largo 10
trecho...
DON RAFAEL. Desolada, quería ser como fiera vagabunda
del bosque. Yo no podía seguirla. La reduje al
fin... Los padres, en cuanto se enteraron de que estaba
en mi casa, corrieron allá. Escena de lágrimas... desmayo 15
de Filomena, pucheros del papá... Pero Mariucha
inflexible. Se ha encastillado en su potente voluntad, y
cualquiera la rinde.
ALCALDE. ¡Contentos están de usted los Marqueses y
don Cesáreo! 20
DON RAFAEL. Ya, ya... Si a todo trance querían
someter a María por el terror, y martirizarla en su propia
casa o en un convento, valiéranse de otros de mi oficio,
que los hay, vaya si los hay, dispuestos para eso y para
mucho más; pero este Cura no es de esa cuerda... 25
ALCALDE. ¡Qué demonio! D. Cesáreo ha de mirar
por el decoro de la familia, por el lustre de su nombre.
DON RAFAEL. (_Burlón._) ¡Mucho, mucho! Lustre
nuevo a cosas viejas, y barnizar con oro y púrpura las
grandezas podridas... 30
ALCALDE. Reconozcamos que la posición que tendrá
don Cesáreo dentro de unos días le dará un poder
formidable...
DON RAFAEL. ¡Malditas posiciones, que son como los
castillos roqueros de antaño, de donde sale toda asolación 35
de pueblos, todo el atropello y vejámenes de personas!
ALCALDE. Pero fíjese usted... Si Mariquita se sale
con la suya... Lo que yo digo...
DON RAFAEL. (_Interrumpiéndole._) Cállate. Todo lo
que tú puedas decirme me lo sé de memoria. Es el lenguaje 40
del servilismo, que entre las pisadas de los poderosos
cultiva su interés. ¡El decoro de la familia, el nombre!
Vale más un cabello de Mariucha que todos los nombres y
remoquetes de los innumerables fantasmones que pueblan
el mundo. 45
ALCALDE. (_Queriendo explicarse._) Óigame... yo digo
que...
DON RAFAEL. (_Sin hacerle caso, con calor._) ¡Las
posiciones! ¡Que me dé Dios vida para verlas arrasadas,
hecha tabla rasa de todo este feudalismo indecente! 50
Ea: abur.
ALCALDE. Aguarde: no sea tan vivo. (_Autoritario._)
Tengo que advertirle...
DON RAFAEL. ¿Órdenes del bajá de tres colas... del
Excelentísimo Sr. Duque...? 55
ALCALDE. Órdenes mías. Primero: no conviene que
visite usted a este hombre... Segundo. Puesto que tiene
a la fierecilla en su casa, exhórtela, aconséjela con todo el
sermoneo que usted sabe emplear cuando quiere, y una
vez dueño de ella... 60
DON RAFAEL. Le echo al cuello una soga, y la traigo
al redil paterno.
ALCALDE. Sin soga o con soga, entendiendo por ésta
la autoridad religiosa y moral. Antes de las tres ha de
estar la señorita bien catequizada y bien amansada en 65
casa de sus padres, para que puedan tomar todos el tren
de las cuatro...
DON RAFAEL. Bien, Nicolás. ¿Lo manda el amo?
ALCALDE. Lo manda el sentido común; lo manda
también el señor Obispo, ¡ojo! que es muy amigo de don 70
Cesáreo y...
DON RAFAEL. (_Riendo._) Mucho, mucho... ¡ja...
ja!... ¿Con que a las tres?
ALCALDE. Lo más tarde.
DON RAFAEL. Pues la traeré, hijo; traeré a la fierecilla... 75
No te incomodes. La verdad es que tengo yo
un miedo fenomenal a mi señor Duque, y al Obispo, y
a ti... ¡Mucho, mucho...! (_Vase riendo por el
fondo._)