Comenzaba el crepúsculo cuando las barcas entraron en la ensenada de
Rodillero. Una muchedumbre formada casi toda de mujeres y niños,
aguardaba en la ribera, gritando, riendo, disputando; los viejos se
mantenían algo más lejos sentados tranquilamente sobre el carel de
alguna lancha que dormía sobre el guijo esperando la carena, mientras la
gente principal o de media levita[13.1] contemplaba la entrada de los
barcos desde los bancos de piedra que tenían delante las casas más
vecinas a la playa. Antes de llegar, con mucho,[13.2] ya sabía la gente
de la ribera, por la experiencia de toda la vida, que traían bonito. Y
como sucedía siempre en tales casos, esta noticia se reflejaba en los
semblantes en forma de sonrisa. Las mujeres preparaban los cestos a
recibir la pesca, y se remangaban los brazos con cierta satisfacción
voluptuosa; los chicos escalaban los peñascos más próximos a fin de
averiguar prontamente lo que guardaba el fondo de las lanchas. Éstas se
acercaban lentamente: los pescadores, graves, silenciosos, dejaban caer
perezosamente los remos sobre el agua.
Una tras otra fueron embarrancando[13.3] en el guijo de la ribera; los
marineros se salían[13.4] de ellas dando un gran salto para no mojarse;
algunos se quedaban a bordo para descargar el pescado, que iban
arrojando pieza tras pieza[13.5] a la playa. Recogíanlas las mujeres, y
con increíble presteza las despojaban de la cabeza y la tripa, las
amontonaban después en los cestos, y remangándose las enaguas, se
entraban algunos pasos por el agua a lavarlas. En poco tiempo, una buena
parte de ésta, y el suelo de la ribera, quedaron teñidos de sangre.
En cuanto saltaron a tierra, los patrones formaron un grupo y señalaron
el precio del pescado. Los dueños de las bodegas de escabeche y las
mujerucas[14.1] que comerciaban con lo fresco[14.2] esperaban recelosas
a cierta distancia el resultado de la plática.
Una mujer vestida con más decencia que las otras, vieja, de rostro
enjuto, nariz afilada y ojos negros y hundidos, se acercó a José cuando
éste se apartó del grupo, y le preguntó con ansiedad:
--¿A cómo?
--A real y medio.
--¡A real y medio!--exclamó con acento colérico.--¿Y cuándo pensáis
bajarlo?[14.3] ¿Pensáis que lo vamos a pagar lo mismo cuando haya mucho
que cuando haya poco?
--A mí no me cuente nada,[14.4] señá[14.5] Isabel--repuso avergonzado
José.--Yo no he dicho esta boca es mía.[14.6] Allá ellos lo
arreglaron.[14.7]
--Pero tú has debido advertirles[14.8]--replicó la vieja con el mismo
tono irritado--que no es justo; que nos estamos arruinando
miserablemente; y en fin, que no podemos seguir así...
--Vamos, no se enfade, señora... yo haré lo que pueda por que mañana se
baje. Además, ya sabe...
--¿Qué?
--Que los dos quiñones de la lancha y el mío los puede pagar como
quiera.
--No te lo he dicho por eso--manifestó la señá Isabel endulzándose
repentinamente;--pero tú bien te haces cargo[15.1] de que perdemos el
dinero; que el maragato siguiendo así nos devolverá los
barriles[15.2]... Mira, allí tienes a Elisa pesando; ve allá, que más
gana tendrás de dar la lengua[15.3] con ella que conmigo.
José sonrió, y diciendo adiós, se alejó unos cuantos pasos.
--Oyes, José--le gritó la señá Isabel enviándole una sonrisa
zalamera.--¿Conque al fin, a cómo me dejas eso?
--A como V. quiera: ya se lo he dicho.
--No, no; tú lo has de decidir.
--¿Le parece mucho a diez cuartos?[15.4]--preguntó tímidamente.
--Bastante--respondió la vieja sin dejar la sonrisa aduladora.--Vamos,
para no andar en más cuestiones,[15.5] será a real, ¿te parece?
José se encogió de hombros[15.6] en señal de resignarse, y encaminó los
pasos hacia una de las varias bodegas que, con el pomposo nombre de
fábricas, rodeaban la playa. A la puerta estaba una hermosa joven, alta,
fresca, sonrosada, como la mayor parte de sus convecinas, aunque de
facciones más finas y concertadas que el común de ellas. Vestía asimismo
de modo semejante, pero con más aliño y cuidado; el pañuelo, atado a la
espalda, no era de percal,[15.7] sino de lana; los zapatos de becerro
fino, las medias blancas y pulidas; tenía los brazos desnudos, y,
cierto, eran de lo más primoroso y acabado en su orden. Estaba
embebecida[15.8] y atenta a la operación de pesar el bonito que en su
presencia ejecutaban tres o cuatro mujeres ayudadas de un marinero: a
veces ella misma tomaba parte sosteniendo el pescado entre las manos.
Cuando sintió los pasos de José, levantó la cabeza, y sus grandes ojos
rasgados y negros sonrieron con dulzura.
--Hola José; ¿ya has despachado?
--Nos falta[16.1] arrastrar los barcos. ¿Trajeron todo el pescado?
--Sí, aquí está ya. Dime--continuó, acercándose a José,--¿a cómo lo
habéis puesto?
--A real y medio; pero a tu madre se lo he puesto a real.
El rostro de Elisa se enrojeció súbitamente.
--¿Te lo ha pedido ella?
--No.
--Sí, sí; no me lo niegues; la conozco bien...
--Vaya, no te pongas seria[16.2]... Se lo he ofrecido yo a ese precio,
porque comprendo que no puede ganar de otro modo...
--Sí gana, José, sí gana--dijo con acento triste la joven.--Lo que hay
es que quiere ganar más... El dinero es todo para ella.
--Bah, no me arruinaré por eso.
--¡Pobre José!--exclamó ella después de una pausa, poniéndole
cariñosamente una mano sobre el hombro;--¡qué bueno eres!... Por
fortuna, pronto se concluirán estas miserias que me avergüenzan. ¿Cuándo
piensas botar la lancha?
--Veremos si puede ser el día de San Juan.[16.3]
--Entonces, ¿por qué no hablas ya con mi madre? El plazo que ha señalado
ha sido ése: bueno fuera írselo recordando.
--¿Te parece que debo hacerlo?
--Claro está;[17.1] el tiempo se pasa, y ella no se da por
entendida.[17.2]
--Pues la hablaré en seguida; así que[17.3] arrastremos la lancha... si
es que me atrevo--añadió un poco confuso.
El que no se atreve, José, no pasa la mar[17.4]--contestó la joven
sonriendo.
--¿Hablaré a tu padrastro también?
--Lo mismo da;[17.5] de todos modos, ha de ser lo que ella quiera.
--Hasta luego,[17.6] entonces.
--Hasta luego; procura abreviar, para que no nos cojas cenando.
José se encaminó de nuevo a la ribera, donde ya los marineros comenzaban
a poner la lancha en seco, con no poca pena y esfuerzo. El crepúsculo
terminaba, y daba comienzo la noche. Las mujeres y los chicos ayudaban a
sus maridos y padres en aquella fatigosa tarea de todos los días. Oíanse
los gritos sostenidos de los que empujaban, para hacer simultáneo el
esfuerzo; y entre las sombras, que comenzaban a espesarse, veíanse sus
siluetas formando apretado grupo en torno de las embarcaciones; éstas
subían con marcha interrumpida por la playa arriba[17.7] haciendo crugir
el guijo. Cuando las alejaron bastante del agua para tenerlas a salvo,
fueron recogiendo los enseres de la pesca que habían dejado esparcidos
por la ribera, y echando una última mirada al mar, inmóvil y oscuro,
dejaron aquel sitio y se entraron poco a poco en el lugar.
José también enderezó los pasos hacia él cuando hubo dado las órdenes
necesarias para el día siguiente. Siguió rápidamente la única calle,
bastante clara a la sazón[18.1] por el gran número de tabernas que
estaban abiertas: de todas salía formidable rumor de voces y juramentos.
Y sin hacer caso de los amigos que le llamaban a gritos invitándole a
beber, llegó hasta muy cerca de la salida del pueblo y entró en una
tienda cuya claridad rompía alegremente la oscuridad de la calle. En
aquella tendezuela[18.2] angosta y baja de techo como la cámara de un
barco, se vendía de todo; bacalao,[18.3] sombreros, cerillas, tocino,
catecismos y coplas. Ocupaban lugar preferente, no obstante, los
instrumentos de pesca y demás enseres marítimos; tres o cuatro rollos
grandes de cable yacían en el suelo sirviendo de taburetes; sartas de
anzuelos colgaban de un remo atravesado de una pared a otra; y algunos
botes[18.4] de alquitrán a medio consumir,[18.5] esparcían por la
estancia un olor penetrante que mareaba a quien no estuviese avezado a
sufrirlo. Pero la nariz de los tertulianos asiduos de la tienda no se
daba por ofendida;[18.6] quizá no advertía siquiera la presencia de
tales pebeteros.
Sentada detrás de la tabla de pino que servía de mostrador, estaba la
señá Isabel. Su esposo, D. Claudio, maestro de primeras letras[18.7] (y
últimas también, porque no había otras) de Rodillero, se mantenía en pie
a un lado cortando gravemente en pedazos una barra de jabón: la luenga
levita que usaba, adornada a la sazón por un par de manguitos de
percalina[18.8] sujetos[18.9] con cintas al brazo, y la rara erudición y
florido lenguaje de que a menudo hacía gala,[18.10] no eran parte[18.11]
a desviarle de esta ocupación grosera; diez años hacía que estaba casado
con la viuda del difunto Vega, tendero y fabricante de escabeche, y en
todo este tiempo había sabido compartir noblemente, y sin daño, las
altas tareas del magisterio con las menos gloriosas del comercio,
prestando igual atención, como él solía decir, a Minerva y a Mercurio.
Tenía cincuenta años, poco más o menos,[19.1] el color tirando a
amarillo, la nariz abierta, el cabello escaso, los ojos salidos, con
expresión inmutable de susto o sorpresa, cual si estuviese continuamente
en presencia de alguna escena trágica visible sólo para él. Era de
condición apacible y benigna, menos en la escuela, donde atormentaba a
los chicos sin piedad, no por inclinación de su temperamento, sino por
virtud de doctrinas arraigadas en el ánimo profundamente. Las
disciplinas, la palmeta, los estirones de orejas y los coscorrones
formaban para D. Claudio parte integral del sistema de la ciencia, lo
mismo que las letras y los números; todo ello estaba comprendido bajo el
nombre genérico de _castigo_. D. Claudio pronunciaba siempre esta
palabra con veneración; elevándose de golpe a las cimas de la
metafísica, pensaba que el castigo no era un mal, sino uno de los dones
más deleitables y sabrosos[19.2] que el hombre debía a la providencia de
Dios. En este supuesto, el que castigaba debía ser considerado como
ángel tutelar, a semejanza del que restaña una herida. Procuraba rodear
los castigos de aparato, a fin de obtener corrección y ejemplaridad;
nunca los infligía con ímpetu y apresuradamente; primero se enteraba
bien de la falta cometida, y después de pesarla en la balanza de la
justicia, sentenciaba al reo y apuntaba la condena en un papel; el
penado iba a juntarse en un rincón de la escuela con otros galeotes, y
allí esperaba con saludables espasmos de terror la hora fatal. Al
terminarse las lecciones, recorría D. Claudio el boletín de castigos, y
en vista de él, comenzaba, por orden de antigüedad, a ejecutar los
suplicios en presencia de toda la escuela. Una vez que daba remate[20.1]
a esta tarea, solía aplicar algunas palmaditas paternales en los rostros
llorosos de los chicos vapuleados, diciéndoles cariñosamente:
--Vaya, hijos míos, a casa ahora, a casa; algún día me agradeceréis
estos azotes que os he dado.
En el lugar era bien quisto y se le recibía en todas partes con la
benevolencia no exenta de desdén con que se mira siempre en este mundo a
los seres inofensivos. Los vecinos todos sabían que D. Claudio vivía en
casa aherrojado, que su mujer «le tenía en un puño[20.2]:» no sólo
porque su condición humilde y apocada se prestase[20.3] a ello, sino
también porque en la sociedad conyugal él era el pobre y su mujer la
rica. La riqueza de la señá Isabel, no obstante, era sólo temporal,
porque procedía del difunto Vega; toda[20.4] debía recaer a su tiempo en
Elisa; mas como ella la manejaba y la había de manejar aún por mucho
tiempo, pues Elisa sólo contaba doce años a la muerte de su padre, D.
Claudio pensó hacer una buena boda casándose con la viuda: tal era por
lo menos la opinión unánime del pueblo. Por eso no se compadecían como
debieran sus sinsabores domésticos; antes solían decir las comadres del
lugar en tono sarcástico:--¿No quería mujer rica?... Pues ya la tiene.