Si algún día venís a la provincia de Asturias,[1.1] no os vayáis sin
echar una ojeada a Rodillero.[1.2] Es el pueblo más singular y extraño
de ella, ya que no[1.3] el más hermoso. Y todavía en punto a belleza
considero que se las puede haber[1.4] con cualquier otro, aunque no sea
ésta la opinión general. La mayoría de las personas, cuando hablan de
Rodillero, sonríen con lástima, lo mismo que cuando se mienta en la
conversación a[1.5] un cojo o corcovado o a otro mortal señalado de modo
ridículo por la mano de Dios. Es una injusticia. Confieso que Rodillero
no es gentil, pero es sublime, lo cual importa más.
Figuraos que camináis por una alta meseta de la costa, pintoresca y
amena como el resto del país: desparramados por ella vais encontrando
blancos caseríos, medio ocultos entre el follaje de los árboles, y
quintas, de cuyas huertas cuelgan en piños[1.6] sobre el camino las
manzanas amarillas sonrosadas: un arroyo cristalino serpea por el medio,
esparciendo amenidad y frescura; delante tenéis la gran mancha azul del
océano; detrás las cimas lejanas de algunas montañas que forman oscuro y
abrupto cordón en torno de la campiña, que es dilatada y llana. Cerca ya
de la mar, comenzáis a descender rápidamente, siguiendo el arroyo, hacia
un barranco negro y adusto: en el fondo está Rodillero. Pero este
barranco se halla cortado en forma de hoz, y ofrece no pocos tramos y
revueltas[2.1] antes de desembocar en el océano. Las casuchas que
componen el pueblo están enclavadas por entrambos lados en la misma
peña, pues las altas murallas que lo cierran no dan espacio más que[2.2]
para el arroyo y una estrecha calle que lo ciñe: calle y arroyo van
haciendo eses,[2.3] de suerte que algunas veces os encontraréis con la
montaña por delante, escucharéis los rumores de la mar detrás de ella y
no sabréis por dónde seguir para verla: el mismo arroyo os lo irá
diciendo. Salváis aquel tramo, pasáis por delante de otro montón de
casas colocadas las unas encima de las otras en forma de
escalinata,[2.4] y de nuevo dais con[2.5] la peña cerrándoos el paso.
Los ruidos del océano se tornan[2.6] más fuertes, la calle se va
ensanchando: aquí tropezáis con una lancha que están carenando, más allá
con algunas redes tendidas en el suelo; percibiréis el olor nauseabundo
de los residuos podridos del pescado; el arroyo corre más sucio y
sosegado, y flotan sobre él algunos botes: por fin, al revolver de una
peña[2.7] os halláis frente al mar. El mar penetra, al subir, por la
oscura garganta engrosando el arroyo. La playa que deja descubierta al
bajar no es de arena, sino de guijo. No hay muelle ni artefacto alguno
para abrigar las embarcaciones: los marineros cuando tornan de la pesca
se ven precisados a subir sus lanchas a la rastra[2.8] hasta ponerlas a
seguro.
Rodillero es un pueblo de pescadores. Las casas, por lo común, son
pequeñas y pobres y no tienen vistas más que por delante; por detrás se
las quita la peña a donde están adosadas.[2.9] Hay algunas menos malas,
que pertenecen a las pocas personas de lustre[2.10] que habitan en el
lugar, enriquecidas la mayor parte en el comercio del escabeche; suelen
tener detrás un huerto labrado sobre la misma montaña, cuyo ingreso está
en el piso segundo. Hay, además, tres o cuatro caserones solariegos,
deshabitados, medio derruidos; se conoce que los hidalgos que los
habitaban han huido hace tiempo de la sombría y monótona existencia de
aquel pueblo singular. Cuando lo hayáis visitado, les daréis la
razón.[3.1] Vivir en el fondo de aquel barranco oscuro donde los ruidos
de la mar y del viento zumban como en un caracol, debe de ser bien
triste.[3.2]
En Rodillero, no obstante, nadie se aburre; no hay tiempo para ello. La
lucha ruda, incesante, que aquel puñado de seres necesita sostener con
el océano para poder alimentarse, de tal modo absorbe su atención, que
no se echa menos[3.3] ninguno de los goces que proporcionan las grandes
ciudades. Los hombres salen a la mar por la mañana o a media noche,
según la estación, y regresan a la tarde: las mujeres se ocupan en
llevar el pescado a las villas inmediatas, o en freírlo para escabeche
en las fábricas, en tejer y remendar las redes, coser las velas y en los
demás quehaceres domésticos. Adviértese[3.4] entre los dos sexos
extraordinarias diferencias en el carácter y en el ingenio. Los hombres
son comúnmente graves, taciturnos, sufridos, de escaso entendimiento y
noble corazón. En la escuela se observa que los niños son despiertos de
espíritu y tienen la inteligencia lúcida; pero según avanzan en años, se
va apagando ésta poco a poco, sin poder atribuirlo[3.5] a otra causa que
a la vida exclusivamente material que observan, apenas[3.6] comienzan a
ganarse el pan: desde la mar a la taberna, desde la taberna a casa,
desde casa otra vez a la mar, y así un día y otro día, hasta que se
mueren o inutilizan.[4.1] Hay, no obstante, en el fondo de su alma una
chispa de espiritualismo que no se apaga jamás, porque la mantiene viva
la religión. Los habitantes de Rodillero son profundamente religiosos;
el peligro constante en que viven les mueve a poner el pensamiento y la
esperanza en Dios. El pescador todos los días se despide para el mar,
que es lo desconocido; todos los días se va a perder en ese infinito
azul de agua y de aire sin saber si volverá. Y algunas veces, en efecto,
no vuelve: no se pasan nunca muchos años sin que Rodillero pague su
tributo de carne al océano: en ocasiones el tributo es terrible: en el
invierno de 1852 perecieron 80 hombres que representaban una tercera
parte de la población útil. Poco a poco esta existencia va labrando su
espíritu,[4.2] despegándoles de los intereses materiales, haciéndoles
generosos, serenos, y con la familia tiernos: no abundan entre los
marinos los avaros, los intrigantes y tramposos, como entre los
campesinos.
La mujer es muy distinta: tiene las cualidades de que carece su esposo,
pero también los defectos. Es inteligente, de genio vivo y emprendedor,
astuta y habilidosa,[4.3] por lo cual lleva casi siempre la dirección de
la familia: en cambio suele ser codiciosa, deslenguada y pendenciera.
Esto en cuanto a lo moral.[4.4] Por lo que toca a lo corporal, no hay
más que[4.5] rendirse y confesar que no hay en Asturias y por ventura en
España quien sostenga comparación con ellas. Altas, esbeltas, de carnes
macizas y sonrosadas, cabellos negros abundosos, ojos negros también y
rasgados,[4.6] que miran con severidad como los de las diosas griegas;
la nariz, recta o levemente aguileña, unida a la frente por una línea
delicada, termina con ventanas un poco dilatadas y de movilidad
extraordinaria, indicando bien su natural impetuoso y apasionado; la
boca fresca, de un rojo vivo que contrasta primorosamente con la
blancura de los dientes; caminan con majestad, como las romanas; hablan
velozmente y con acento musical, que las hace reconocer en seguida donde
quiera que van; sonríen poco, y eso con cierto desdén olímpico. No creo
que en ningún otro rincón de España se pueda presentar un ramillete de
mujeres tan exquisito.
En este rincón, como en todos los demás de la tierra, se representan
comedias y dramas, no tan complicados como en las ciudades, porque son
más simples las costumbres, pero quizá no menos interesantes. Uno de
ellos se me ofrece que contar: es la historia sencilla de un pobre
marinero. Escuchadla los que amáis[5.1] la humilde verdad, que a
vosotros la dedico.
I
Eran las dos de la tarde. El sol resplandecía vivo, centelleante, sobre
el mar. La brisa apenas tenía fuerza para hinchar las velas de las
lanchas pescadoras que surcaban el océano a la ventura.[5.2] Los picos
salientes de la costa y las montañas de tierra adentro[5.3] se veían a
lo lejos envueltas en un finísimo cendal azulado. Los pueblecillos
costaneros brillaban como puntos blancos en el fondo de las ensenadas.
Reinaba silencio, el silencio solemne, infinito, de la mar en calma. La
mayor parte de los pescadores dormían o dormitaban en varias y
caprichosas actitudes; quiénes de bruces sobre el carel,[6.1] quiénes
respaldados, quiénes[6.2] tendidos boca arriba sobre los _paneles_ o
tablas del fondo. Todos conservaban en la mano derecha los hilos de los
aparejos, que cortaban el agua por detrás de la lancha en líneas
paralelas: la costumbre les hacía no soltarlos[6.3] ni en el sueño más
profundo. Marchaban treinta o cuarenta embarcaciones a la vista unas de
otras, formando a modo de escuadrilla,[6.4] y resbalaban tan despacio
por la tersa y luciente superficie del agua, que a ratos parecían
inmóviles. La lona tocaba a menudo en los palos, produciendo un ruido
sordo que convidaba al sueño. El calor era sofocante y pegajoso, como
pocas veces acontece en el mar.
El patrón de una de las lanchas abandonó la caña del timón por un
instante, sacó el pañuelo y se limpió el sudor de la frente; después
volvió a empuñar la caña, y paseó una mirada escrutadora por el
horizonte, fijándose[6.5] en una lancha que se había alejado bastante;
presto volvió a su actitud descuidada, contemplando con ojos distraídos
a sus dormidos compañeros. Era joven, rubio, de ojos azules; las
facciones, aunque labradas y requemadas por la intemperie, no dejaban de
ser[6.6] graciosas; la barba, cerrada y abundante; el traje, semejante
al de todos los marineros, calzones y chaqueta de algodón azul y boina
blanca; algo más fino, no obstante, y mejor arreglado.
Uno de los marineros levantó al cabo la frente del carel, y
restregándose los ojos, articuló oscuramente y con mal humor:
--¡El diablo me lleve si no vamos a estar encalmados todo el día!
--No lo creas--repuso el patrón escrutando de nuevo el
horizonte,--antes de una hora ventará fresco del Oeste; el semblante
viene de allá:[7.1] Tomás ya amuró[7.2] para ir al encuentro.
--¿Dónde está Tomás?--preguntó el marinero, mirando al mar con la mano
puesta sobre los ojos a guisa de pantalla.
--Ya no se le ve.
--¿Pescó algo?
--No me parece...; pero pescará... y todos pescaremos. Hoy no nos vamos
sin bonito[7.3] a casa.
--Allá veremos[7.4]--gruñó el marinero echándose nuevamente de bruces
para dormir.
El patrón tornó a ser[7.5] el único hombre despierto en la embarcación.
Cansado de mirar el semblante, el mar y las lanchas, puso los ojos en un
marinero viejo que dormía boca arriba debajo de los bancos, con tal
expresión de ferocidad en el rostro, que daba miedo. Mas el patrón, en
vez de mostrarlo, sonrió con placer.
--Oye, Bernardo--dijo tocando en el hombro al marinero con quien acababa
de hablar;--mira qué cara tan fea pone el Corsario para dormir.[7.6]
El marinero levantó otra vez la cabeza y sonrió también con expresión de
burla.
--Aguarda un poco, José, vamos a darle un chasco... Dame acá esa
piedra...
El patrón, comprendiendo en seguida, tomó un gran pedrusco que servía de
lastre en la popa y se lo llevó en silencio a su compañero. Éste fue
sacando del agua con mucha pausa y cuidado el aparejo del Corsario, y
cuando hubo topado con el anzuelo, le amarró con fuerza el pedrusco y lo
dejó caer muy delicadamente en el agua: y con toda presteza se echó de
nuevo sobre el carel en actitud de dormir.
--¡Ay, María![8.1]--gritó despavorido el marinero al sentir la fuerte
sacudida del aparejo: la prisa de levantarse le hizo dar un
testerazo[8.2] contra el banco; pero no se quejó.
Los compañeros todos despertaron y se inclinaron de la banda de babor,
por donde el Corsario comenzaba a tirar ufano[8.3] de su aparejo.
Bernardo también levantó la cabeza, exclamando con mal humor:
--¡Ya pescó el Corsario! ¡Se necesita que no haya un pez en la mar para
que este recondenado no lo aferre![8.4]
Al decir esto guiñó el ojo a un marinero, que a su vez dio un codazo a
otro, y éste a otro; de suerte que en un instante casi todos se pusieron
al tanto de[8.5] la broma.
--¿Es grande, Corsario?--dijo otra vez Bernardo.
--¿Grande?... Ven aquí a tener; verás cómo tira.
El marinero tomó la cuerda que el otro le tendía, y haciendo grandes
muecas de asombro frente a[8.6] sus compañeros, exclamó en tono solemne:
--¡Así Dios me mate,[8.7] si no pesa treinta libras! Será el mejor
animal de la costera.[8.8]
Mientras tanto[8.9] el Corsario, trémulo, sonriente, rebosando de
orgullo, tiraba vigorosamente, pero con delicadeza, del aparejo,
cuidando de arriar de vez en cuando[8.10] para que no se le escapara la
presa. Los rostros de los pescadores se inclinaban sobre el agua,
conteniendo a duras penas la risa.
--¿Pero qué imán o qué mil diablos traerá consigo[8.11] este ladrón, que
hasta dormido aferra los peces?--seguía exclamando Bernardo con
muecas cada vez más[9.1] grotescas.
El Corsario notó que el bonito, contra su costumbre, tiraba siempre en
dirección al fondo; pero no hizo caso,[9.2] y siguió[9.3] trayendo el
aparejo, hasta que se vio claramente la piedra al través del agua.
¡Allí fue Troya![9.4] Los pescadores soltaron todos a la vez el hilo de
la risa,[9.5] que[9.6] harto lo necesitaban, prorrumpieron en gritos de
alegría, se apretaban los ijares con los puños y se retorcían sobre los
bancos sin poder sosegar el flujo de las carcajadas.
--¡Adentro con él, Corsario, que ya está cerca!
--No es bonito, pero es un pez muy estimado por lo tierno y sabroso.
--Sobre todo con aceite y vinagre y un si es no es[9.7] de pimentón.
--Apostad a que no pesa treinta libras como yo decía.
El Corsario, mohino, fruncido y de malísimo talante, metió a bordo el
pedrusco, lo desamarró y soltó de nuevo el aparejo al agua: después echó
una terrible mirada a sus compañeros y murmuró:
--¡Cochinos, si os hubierais visto en los apuros que yo,[9.8] no
tendríais gana de bromas!
Y se tendió de nuevo, gruñendo feos juramentos. La risa de los
compañeros no se calmó por eso; prosiguió viva un buen rato, reanimada,
cuando estaba a punto de fenecer, por algún chistoso comentario. Al fin
se calmó, no obstante, o más bien, se fue trasformando en alegre
plática, y ésta a la postre en letargo y sueño.
Empezaba a refrescar la brisa: al ruido de la lona en los palos
sucedió el susurro del agua en la quilla.
El patrón, con la cabeza levantada, sin perder de vista las lanchas,
aspiraba con delicia este viento precursor del pescado: echó una mirada
a los aparejos para cerciorarse de que no iban enredados, orzó un poco
para ganar el viento, atesó cuanto pudo la escota y se dejó ir. La
embarcación respondió a estas maniobras ladeándose para tomar vuelo. Los
ojos de lince del timonel observaron que una lancha acababa de aferrar.
--Ya estamos sobre el bonito--dijo en voz alta; pero nadie despertó.
Al cabo de un momento, el marinero más próximo a la proa gritó
reciamente:
--¡Ay, María!
El patrón largó la escota para suspender la marcha. El marinero se
detuvo antes de tirar, asaltado por el recuerdo de la broma anterior, y
echando una mirada recelosa a sus compañeros, preguntó:
--¿Es una piedra también?
--¡Tira, animal!--gritó José temiendo que el pescado se fuese.
El bonito había arrastrado ya casi todo el aparejo. El marinero comenzó
a tirar con fuerza. A las pocas brazas de hilo que metió dentro,[10.1]
lo arrió de nuevo, porque el pez lo mantenía harto vibrante, y no era
difícil que lo quebrase; volvió a tirar y volvió a arriar; y de esta
suerte, tirando y arriando, consiguió pronto que se distinguiese allá en
el fondo un bulto oscuro que se revolvía furioso despidiendo destellos
de plata: y cuanto más se le acercaba al haz del agua, mayores eran y
más rabiosos sus esfuerzos por dar la vuelta[11.1] y escapar; y unas
veces, cuando el pescador arriaba el cabo, parecía conseguirlo,
remedando en cierto modo al hombre que, huyendo, se juzga libre de su
fatal destino; y otras, rendido y exánime, se dejaba arrastrar
dócilmente hacia la muerte. Al sacarlo de su nativo elemento y meterlo a
bordo, con sus saltos y cabriolas salpicó de agua a toda la tripulación.
Después, cuando le arrancaron el anzuelo de la boca, quedó inmóvil un
instante, como si hiciese la mortecina;[11.2] mas de pronto[11.3]
comenzó a sacudirse debajo de los bancos con tanto estrépito y furor,
que en poco estuvo no saltase otra vez al agua.[11.4] Pero ya nadie
hacía caso de él; otros dos bonitos se habían aferrado casi al mismo
tiempo, y los pescadores se ocupaban en meterlos dentro.
La pesca fue abundante. En obra de[11.5] tres o cuatro horas, entraron a
bordo ciento y dos bonitos.
--¿Cuántos?--preguntaron desde una lancha que pasaba cerca.
--Ciento dos. ¿Y vosotros?
--Sesenta.
--¡No os lo dije yo!--exclamó Bernardo dirigiéndose a sus
compañeros.--Ya veréis como no llega a ochenta la que más lleve a casa.
Cuando un hombre se quiere casar, aguza las uñas que asombra[11.6]...
Todos los rostros se entornaron sonrientes hacia el patrón, en cuyos
labios también se dibujó una sonrisa, que hizo más bondadosa aún la
expresión de su rostro.
--¿Cuándo te casas, José?--preguntó uno de los marineros.
--Tomás y Manuel ya amuraron para tierra--dijo él sin
contestar.--Suelta esa driza, Ramón; vamos a cambiar.[12.1]
Después que se hubo efectuado la maniobra, dijo Bernardo:
--¿Preguntabais cuándo se casa José?... Pues bien claro está... En
cuanto[12.2] se bote al agua la lancha.
--¿Cuándo le dan brea?
--Muy pronto: el calafate me dijo que antes de quince días
quedaría[12.3] lista--repuso Bernardo.
--Habrá tocino y jamón aquel día; ¿eh, José?
--Y vino de Rueda superior--dijo otro.
--Y cigarros de la Habana--apuntó un tercero.
--Yo se lo perdonaba[12.4] todo--dijo Bernardo--con tal que el día de la
boda nos llevase a ver la comedia a Sarrió.
--Es imposible; ¿no reparas que aquella noche José no puede acostarse
tarde?
--Bien; pues entonces que nos dé los cuartos[12.5] para ir, y que él se
quede en casa.
El patrón lo escuchaba todo sin decir palabra, con la misma sonrisa
benévola en los labios.
--¡Qué mejor comedia--exclamó uno--que casarse con la hija de la
maestra![12.6]
--¡Bah, bah! ten cuidado con lo que hablas--dijo José entre risueño y
enfadado.[12.7]
Los compañeros celebraron la grosería como el chiste más delicado, y
siguió la broma y cantaleta, mientras el viento, que comenzaba a
sosegarse, los empujaba suavemente hacia tierra.