Esta carta inocente, tan propia de una niña de diez y seis años,
discreta y educada con devoción y recogimiento, gustó mucho al
Comendador; pero también le dió no poco que pensar. No entraremos
nosotros en el fondo de su alma á escudriñar sus pensamientos, y nos
limitaremos á decir que tomó tres resoluciones, de resultas de aquella
lectura.
Fué la primera buscar modo de ver y de hablar á la severísima Doña
Blanca; la segunda, sondear bien el ánimo de D. Carlos para conocer
hasta qué punto amaba de veras á la niña y merecía su amor, y la
tercera, tratar con el P. Jacinto y proporcionarse en él un aliado para
la guerra que tal vez tendría que declarar á la madre de Clarita.
Á fin de conseguir lo primero, en vez de escribir pidiendo una
audiencia, que con cualquier pretexto y muy políticamente se le hubiera
negado, discurrió D. Fadrique levantarse al día siguiente de madrugada,
aguardar en la calle á Doña Blanca cuando ella saliese para acudir á la
iglesia, é ir derecho á hablarle, sin miedo alguno.
Así lo hizo el Comendador. Doña Blanca, antes de las seis, apareció en
la calle con Clarita y don Valentín. Iban á misa á la Iglesia Mayor.
Apenas los vió salir D. Fadrique, se acercó muy determinado, y saludando
cortésmente con sombrero en mano, dijo:
--Beso á V. los pies, mi señora Doña Blanca. Dichosos los ojos que
logran ver á V. y á su familia. Buenos días, amigo D. Valentín. Clarita,
buenos días.
Don Valentín, al oírse llamar amigo tan blandamente y por una voz
conocida y simpática, no se pudo contener; no reflexionó, se dejó llevar
del primer ímpetu cariñoso y se fué hacia D. Fadrique con los brazos
abiertos. Por dicha, no obstante, D. Valentín tenía la inveterada
costumbre de no hacer la menor cosa sin mirar antes á su mujer para
notar la cara que ponía y si le retraía de consumar ó le alentaba á que
consumase su conato de acción. Á pesar, pues, de lo entusiasmado que iba
á abrazar á D. Fadrique, el instinto le indujo á que mecánicamente
volviera la cara hacia Doña Blanca antes de llegarse á dar el abrazo.
Indescriptible es lo que vió entonces en los fulminantes ojos de su
mujer. Casi no se puede describir el efecto que le produjo aquella
mirada. Creyó D. Valentín leer en ella el más profundo desdén, como si
le acusase de una humillación estólida, de una bajeza infame; y creyó
ver, al mismo tiempo, la ira y la prohibición imperiosa de que llevase á
cabo lo que se había lanzado á ejecutar. El terror sobrecogió de tal
suerte el ánimo de D. Valentín, que se paró, se quedó inmóvil de súbito,
como si se hubiera convertido en piedra. Sólo con voz apagada y apenas
perceptible exhaló, por último, como lánguido suspiro, un
--Buenos días, Sr. D. Fadrique.
--Buenos días, --dijo también Clara, no con más aliento que su padre.
Doña Blanca miró de pies á cabeza al Comendador, y con reposo y suave
acento, sin alterarse ni descomponerse en lo más mínimo, le habló de
esta manera:
--Caballero: Dios, que es infinitamente misericordioso, tenga á V. en su
santa guarda. No por amor suyo, de que V. carece, sino por el mundano
honor de que V. se jacta y por los respetos y consideraciones que todo
hombre bien nacido debe á las damas, ruego á V. que no nos distraiga del
camino que llevamos, ni perturbe nuestra vida retirada y devota.
Y dicho esto, hizo Doña Blanca al Comendador una ceremoniosa y fría
reverencia, y echó á andar con sosegada gravedad, siguiéndola D.
Valentín y llevando delante á Clara.
Don Fadrique pagó la reverencia con otra, se quedó algo atolondrado, y
dijo entre dientes:
--Está visto: es menester acudir á otros medios.
No bien la familia de Solís se hubo alejado treinta pasos del
Comendador, vió éste que Doña Blanca se volvía á hablar con su marido.
Es evidente que el Comendador no oyó lo que le decía; pero el novelista
todo lo sabe y todo lo oye. Doña Blanca, que trataba siempre de V. y con
el mayor cumplimiento á su señor marido cuando le echaba un sermón ó
reprimenda, le habló así mientras Clara iba delante:
--Mil veces se lo tengo dicho á V., Sr. D. Valentín. Ese hombre, que V.
se empeñó en introducir en casa, allá en Lima, es un libertino, impío y
grosero. Su trato, ya que no inficione, mancha ó puede manchar la
acrisolada reputación de cualquiera señora. Yo tuve necesidad poco menos
que de echarle de casa. Motivos hubo, en su falta de miramientos y hasta
de respeto, para que en otras edades bárbaras, olvidando la ley divina,
alguien le hubiera dado una severa lección, como solían darlas los
caballeros. Esto no había de ser: era imposible... Nada que más repugne
á mi conciencia; nada más contrario á mis principios; pero hay un justo
medio... Delito es matar á quien ha ofendido... pero es vileza
abrazarle. Sr. D. Valentín, V. no tiene sangre en las venas.
Todo esto lo fué soltando, despacio y bajo, casi en el oído de D.
Valentín, su tremenda esposa Doña Blanca.
Fueron tan duras y crueles las últimas frases, que D. Valentín estuvo á
punto de alzar bandera de rebelión, armar en la calle la de Dios es
Cristo y contestar á su mujer lo que merecía; pero el olor de mil flores
regalaba el olfato; la gente pasaba con alegre aspecto; el día estaba
hermosísimo; la paz reinaba en el cielo; un fresco vientecillo
primaveral oreaba y calmaba las sienes más ardorosas; la familia de
Solís iba al incruento sacrificio de la misa; Clara marchaba delante tan
linda y tan serena: ¿cómo turbar todo aquello con una disputa horrible?
D. Valentín apretó los puños y se limitó á exclamar con acento un si es
no es colérico:
--¡Señora!...
Luego añadió para sí, cuidando mucho de que no lo oyese Doña Blanca:
--¡Maldita sea mi suerte!
Y no bien lanzada la exclamación, se asustó don Valentín de la blasfema
rebeldía contra la Providencia que su exclamación implicaba, y se tuvo
un instante por primo hermano del propio Luzbel.
Como se ve, el éxito del Comendador en este primer intento de reanudar
relaciones amistosas con la familia de Solís no pudo ser más
desgraciado.