Mientras el Comendador y Lucía tenían el diálogo de que acabamos de dar
cuenta, Clara había entrado en el cuarto de su madre.
Doña Blanca estaba sentada en un sillón de brazos. Delante de ella había
un velador con libros y papeles. D. Valentín estaba allí, sentado en una
silla, y no muy distante de su mujer.
El aspecto de Doña Blanca era noble y distinguido. Vestida con sencillez
y severidad, todavía se notaban en su traje cierta elegancia y cierto
señorío. Tendría Doña Blanca poco más de cuarenta años. Bastantes canas
daban ya un color ceniciento á la primitiva negrura de sus cabellos. Su
semblante, lleno de gravedad austera, era muy hermoso. Las facciones,
todas de la más perfecta regularidad.
Era Doña Blanca alta y delgada. Sus manos, blancas, parecían
transparentes. Sus ojos, negros como los de su hija, tenían un fuego
singular é indefinible, como si todas las pasiones del cielo y de la
tierra y todos los sentimientos de ángeles y diablos hubiesen
concurrido á crearle.
Don Valentín, tímido y pacífico, enamorado de su mujer en los primeros
años de matrimonio, y lleno después de consideración hacia ella, no se
atrevía á chistar en su presencia, si ella no le mandaba que hablase.
Era D. Valentín un virtuoso caballero, pero débil y pusilánime. Había
sido, por amor y respeto á su honra, un magistrado íntegro. Nada había
podido apartarle del cumplimiento de su deber, y hasta había mostrado
admirable entereza fuera de casa, donde la entereza, por grande que deba
ser, basta con que dure un instante; pero en la casa, con la doméstica
tiranía de una mujer dotada de voluntad de hierro, cuya presión es
perpetua é incesante, D. Valentín no había sabido resistir, y había
abdicado por completo. La hacienda, los negocios, la educación de la
hija, todo dependía y todo era dirigido y gobernado por Doña Blanca.
El aspecto de D. Valentín era insignificante y neutral.
Ni alto ni bajo, ni pelinegro ni rubio, ni flaco ni gordo. Parecía, con
todo, un señor, por decirlo así, muy correcto en sus modales, en su
continente y en su habla. La devota sumisión á su mujer añadía á dicha
calidad de correcto una tintura de mansedumbre.
Don Valentín había sido en su mocedad muy buen católico, pero sin
fervor penitente y sin inclinaciones místicas y contemplativas. Ahora,
por no desazonar á su mujer, se esforzaba por remedar á San Hilarión ó á
San Pacomio.
Tenía D. Valentín cerca de sesenta años de edad, pero parecía mucho más
viejo, porque no hay cosa que envejezca y arruine más el brío y la
fortaleza de los hombres que esta servidumbre voluntaria y espantosa, á
que por raro misterio de la voluntad se someten muchos, cediendo á la
persistencia endemoniada de sus mujeres.
No bien entró Clara en el cuarto, Doña Blanca le preguntó:
--¿Dónde has estado, niña?
--Mamá, en _el nacimiento_.
--No sé cómo tiene pies mi señora Doña Antonia para dar paseos tan
disparatados. Con ir y volver, eso es andar cerca de una legua.
--Doña Antonia no ha estado hoy con nosotras --dijo Clara, no
atreviéndose á mentir, ni siquiera á disimular.
El rostro de Doña Blanca tomó cierta expresión de sorpresa y de notable
desagrado.
--Entonces ¿quién os ha acompañado en el paseo? --preguntó Doña Blanca.
--No se enoje V., mamá: hemos ido bien acompañadas.
--Sí; pero ¿por quién? ¿Por alguna fregona? ¿Por alguna tía cualquiera?
--Mire V., mamá, Doña Antonia tenía la jaqueca y no pudo acompañarnos.
En su lugar ha venido con nosotras el tío de Lucía.
--¿Y quién es ese tío?
--Un señor marino que estuvo en la India y en el Perú, que dice que
conoce á V., que hace poco ha venido á vivir á Villabermeja, y que
anoche llegó aquí á pasar una temporada.
--Ese es el Comendador Mendoza --dijo D. Valentín, con cierto júbilo de
saber que había llegado un antiguo amigo.
--Justamente, papá, así se llama: el Comendador Mendoza; un señor muy
fino, si bien algo raro.
--Oye, Blanca, será menester que vayamos á ver al Comendador, que vive
sin duda en casa de su hermano --exclamó D. Valentín.
--Cumpliremos con ese deber que la sociedad nos impone --dijo Doña
Blanca con reposo y dignidad serena--; pero tú, Clara, no debes volver á
salir de paseo ni tratarte con ese hombre malvado é impío. Si la santa
fe de nuestros padres no estuviera tan perdida; si las perversas
doctrinas del filosofismo francés no nos hubiesen inficionado, ese
hombre, en vez de vestir el honroso uniforme de la marina, vestiría el
sambenito; en vez de andar libre por ahí, piedra de escándalo, fermento
de impiedad, levadura del infierno, corrompiendo lo que aun en el
cuerpo social se conserva sano, estaría en los calabozos de la
Inquisición ó ya hubiera muerto en la hoguera.
Clara se aterró al oir en boca de su madre aquella diatriba. Se
representó en su mente al Comendador como á un personaje endiablado; y,
acordándose del tierno beso que de él había recibido, se llenó toda de
espanto y de vergüenza.
Don Valentín, con el recuerdo del Comendador, que le traía á la
imaginación mejores tiempos, cuando él estaba menos viejo y menos
sumiso, se sentía, contra su costumbre, con ánimo de contradecir y no
someterse del todo. Así es que dijo:
--¡Válgame Dios, mujer, qué falta de caridad es esa! Eres injusta con
nuestro antiguo amigo. No te negaré yo que era algo _esprit fort_ en su
mocedad pero ya se habrá enmendado. Por lo demás, siempre fué el
Comendador pundonoroso, hidalgo y bueno. ¿Qué tienes tú que decir contra
su moralidad?
--Cállate, Valentín, que no dices más que sandeces. Y las llamo
sandeces, por no calificarlas de blasfemias. ¿Qué moralidad, qué
hidalguía, qué virtud puede haber donde faltan la religión y las
creencias, que son su fundamento? Sin el santo temor de Dios toda virtud
es mentira y toda acción moral es un artificio del diablo para engañar á
los bobos que presumen de discretos y que no subordinan su juicio á los
que saben más que ellos. Ya lo he dicho y lo repito: el Comendador
Mendoza era un impío y un libertino, y seguirá siéndolo. Nosotros iremos
á visitarle para no chocar, procurando no hallarle en casa y ver sólo á
doña Antonia y á su bendito marido. En cuanto á Clarita, se buscará un
pretexto cualquiera para que no salga más con Lucía, exponiéndose á ir
en compañía de ese renegado, jacobino, volteriano y ateo. Primero
confiaría yo á Clara al cuidado de la más vil y pecadora de las mujeres.
Esta mujer, con el auxilio de la religión, puede regenerarse y llegar á
ser una santa; pero de quien niega á Dios ó le aborrece, del empedernido
de toda la vida, ¿qué esperanza es lícito concebir?
Clarita y D. Valentín se compungieron y amilanaron con el sermón de Doña
Blanca, y nada supieron contestarle.
Quedó, pues, resuelto que Clarita, por culpa del Comendador y para que
no se contaminase, no volvería á pasear con Lucía.
X
Las resoluciones de Doña Blanca Roldán eran irrevocables y efectivas.
Ella sabía darles cumplimiento con calma persistente.
Una mañana, después de oir misa con D. Valentín, estuvo Doña Blanca á
visitar á Doña Antonia y á felicitarla por la venida de su cuñado; y fué
con tal tino, que no se hallaba el Comendador en casa.
Ni antes ni después de esta visita se dejaron ver Doña Blanca y D.
Valentín de sus vecinos y amigos. Retirados siempre en el fondo del
antiguo caserón en que vivían, y pretextando enfermedades, no recibían
visitas, á pesar de lo difícil y odioso que es negarse á recibir,
estando en casa, cuando se vive en un pueblo pequeño.
En balde intentó repetidas veces Lucía sacar á paseo á Clara. Siempre
que envió recado, le contestaron que Clara estaba mal de salud ó muy
ocupada y que le era imposible salir.
Lucía fué ella misma á ver á Clara, y sólo dos veces pudo verla, pero en
presencia de su madre. Estas pruebas de retraimiento y hasta de desvío
estaban suavizadas por una extremada cortesía de parte de Doña Blanca;
aunque bien se dejaba conocer que si esta señora ponía de su parte
cuantos medios le sugería su urbanidad á fin de no dar motivo de
agravio, preferiría agraviar, si por agraviado se daba alguien, á cejar
un punto en su propósito.
Fuera del día en que visitó á Doña Antonia, no ponía Doña Blanca los
pies en la calle sino de madrugada, para ir á la iglesia, á misa y demás
devociones. D. Valentín la acompañaba casi siempre, como un lego ó
doctrino humilde, y Clara la acompañaba siempre, sin osar apenas
levantar los ojos del sueldo.
Lucía, cavilando sobre las causas de aquella poco menos que completa
ruptura de relaciones, llegó á temer que Doña Blanca hubiese averiguado
los amores de Clara con D. Carlos de Atienza, la presencia de éste en la
ciudad y la entrada y protección con que contaba en su casa.
Doña Clara no hablaba á solas ni escribía á su amiga; por los criados
nada podía averiguarse, porque los de Doña Blanca eran forasteros casi
todos, y ó no tenían confianza en la casa, ó hacían una vida devota y
apartada, imitando y complaciendo así á sus amos.
Sólo podía afirmarse que la única persona que entraba de visita en casa
de D. Valentín era su cercano pariente D. Casimiro.
De esta suerte se pasaron diez días, que á don Carlos, á Lucía y al
Comendador parecieron diez siglos, cuando al anochecer, en una hermosa
tarde, el Comendador estaba en el patio de la casa sólo con su sobrina.
Ésta traía con su tío una conversación muy animada, mostrándole las
plantas y las flores que en arriates y en multitud de tiestos adornaban
aquel patio, contiguo, como ya hemos dicho, al de la casa de D.
Valentín. Salvando el muro divisorio, la voz de ambos interlocutores
podía llegar al patio inmediato. La voz llegó, en efecto, porque en
medio de la conversación sintieron Lucía y el Comendador el ruido de un
pequeño objeto pesado que caía á sus pies. Lucía se bajó con prontitud á
recogerle, y no bien le tuvo en la mano, dijo á su tío, toda alborozada
y en voz baja:
--Es una carta de Clarita. ¡Qué buena es! Me quiere de veras. Menester
es conocerla como yo la conozco, para estimar lo que vale esta fineza de
su amistad. ¡Burlar por mí la vigilancia de su madre! ¡Escribirme
furtivamente! Calle V... tío... si parece imposible. ¡Por mí, esa
infeliz, que es una santa, ha faltado á su deber de obediencia filial!
¿Y cómo, dónde, á qué hora habrá podido escribirme? Vamos ... si le digo
á V. que es un milagro de cariño. Y la picarita ¿con qué angustia habrá
estado espiando la ocasión de echarme la carta, segura de que yo la
recogería? ¡Benditas sean sus manos!
Y diciendo esto había desatado el papel de la china en que venía liado
con un hilo, y se diría que quería comérsele á besos.
--Ven á leer esa carta --dijo el Comendador,-- donde haya luz y donde no
vengan á interrumpirnos. En el despacho no hay nadie y ahora acaban de
encender el velón. Ven, que es ya de noche y aquí no verás.
Lucía fué al despacho con su tío, y con acento conmovido, casi al oído
del Comendador, leyó lo siguiente:
"Mi querida Lucía: De sobra conoces tú lo mucho que te quiero.
Considera, pues, cuánto me afligirá verte tan poco y no poder hablarte.
Mi madre lo exige, y una buena hija debe complacer á su madre. No creas
que mi madre ha sospechado nada de mis desenvolturas con D. Carlos de
Atienza. Me echo á temblar al representarme que hubiera podido
sospecharlo. Nadie sabe más que tú, el Comendador y yo, que D. Carlos me
pretende; pero Dios sabe mi pecado, del que estoy arrepentida. Ha sido
enorme perversidad en mí dar alas á ese galán con miradas dulces y
profanas sonrisas... casi involuntarias... te lo juro. No por eso me
pesan menos en la conciencia. Algo he hecho yo, ó arrastrada por mi
maldad nativa, ó seducida por el enemigo común de nuestro linaje, para
alborotar á ese mozo, hacerle abandonar su Universidad y sus estudios, y
moverle á venir aquí en persecución mía. En medio de todo, harto tengo
que agradecer á Jesús y á María Santísima, que se apiadan de mí, á pesar
de lo indigna que soy, y disponen que no se solemnice mi falta con el
escándalo. Favor sobrenatural del cielo es, sin duda, el que siga oculto
el móvil que ha impulsado á D. Carlos á venir aquí. La gente cree que
vino y está aquí por tí. ¡Cuánto debo agradecerte que cargues con esta
culpa! Si yo no hubiera sido atrevida, si yo no hubiera animado á D.
Carlos, si yo hubiera tenido la severidad y el recato convenientes, no
me vería ahora en tan amargo trance. ¡Ay, mi querida Lucía! El corazón
humano es un abismo de iniquidad ... y de contradicciones. ¿Quieres
creer que, si por un lado me desespero de haber dado ocasión para que D.
Carlos haya venido persiguiéndome, por otro lado me lisonjea, me encanta
que haya venido, y advierto que si no hubiera venido sería yo más
desgraciada? En medio de todo... no lo dudes... yo soy muy mala. Estoy
avergonzada de mi hipocresía. Estoy engañando á mi madre, que es tan
perspicaz. Mi madre me juzga demasiado buena... y vela por mí, como el
avaro por su tesoro, cuando el tesoro está ya perdido. No acierto á
decírtelo para que no te enojes, y, no obstante, quiero decírtelo. No
cumpliría con un deber de conciencia si no te lo dijese. La causa de
que mi madre me aparte de tí es tu tío. Á mí me pareció un caballero muy
fino, y bueno; pero mi madre asegura ¡qué horror! que no cree en Dios.
¿Es posible ¡hija mía! que hiera el demonio con tan abominable ceguedad
los ojos de algunas almas? ¿Se comprende que la copia, la imagen, la
semejanza, renieguen del original divino, que les presta el único valor
y noble ser que tienen? Si ello es cierto, si el Comendador está
obcecado en sus impiedades, ármate de prudencia y pide al cielo que te
salve. Procura también traer á tu tío al buen camino. Tú tienes
extraordinario despejo y don de expresarte con primor y entusiasmo. El
Altísimo, además, se vale á menudo de los débiles para sus grandes
victorias. Acuérdate de David, mancebo, que era un pastorcillo sin
fuerzas, y venció y derribó al gigante en el valle del Terebinto.
¿Cuántas hermanas, hijas, madres y esposas no han logrado convencer á
sus descarriados maridos, hermanos, hijos ó padres? Á gloria parecida
debes aspirar tú, y Dios te premiará y te dará brío para alcanzarla. En
cuanto á mí, aun siendo tan niña, soy una miserable pecadora, y bastante
tarea tengo con llorar mis locuras y apaciguar la tempestad de
encontrados sentimientos que me destrozan el pecho. Dame la última y
mayor prueba de amistad. Persuade á D. Carlos de que no le amo. Díle que
se vuelva á Sevilla y me deje. Convéncele de que soy fea, de que gusto
de D. Casimiro, de que mi ingratitud hacia él merece su desprecio. Yo
debiera haberle hablado en este sentido; pero soy tan débil y tan tonta,
que no hubiese atinado á decírselo, y tal vez le hubiera inducido
estúpidamente á que creyese todo lo contrario. Por amor de Dios, Lucía
de mi alma, despide por mí á D. Carlos. Yo no puedo, no debo ser suya.
Que se vaya; que no disguste por mí á sus padres; que no pierda sus
estudios; que no motive un escándalo cuando se sepa que vino por mí y
que yo soy una malvada, provocativa, seductora, quién sabe ... Adiós.
Estoy apuradísima. No tengo á nadie á quien confiar mis cosas, con quien
desahogar mis penas, á quien pedir consejo y remedio. Espero con ansia
la llegada del P. Jacinto, que es el oráculo de esta casa. Sé que lo que
yo le diga caerá como en un pozo, y que sus consejos son sanos. Es el
único hombre que tiene algún imperio sobre mi madre. ¿Cuándo vendrá de
Villabermeja? Adiós, repito, y ama y compadece á tu--CLARA."