Veinte días después de recibida esta carta por el P. Jacinto, se realizó
la entrada solemne en Villabermeja del ilustre Comendador Mendoza.
Desde Madrid á la capital de la provincia, que entonces se llamaba
reino, nuestro héroe vino en coche de colleras y empleó nueve días. En
la capital de la provincia se encontró con su hermano D. José, con el P.
Jacinto y con otros amigos de la infancia, que le estaban aguardando.
Entre ellos sobresalía el tío Gorico, maestro pellejero, hábil
fabricador de corambres y notabilísimo en el difícil arte de echar
botanas á los pellejos rotos. Este había sido el muchacho más diabólico
del lugar después de D. Fadrique, y su teniente cuando las pendencias,
pedreas y demás hazañas contra el bando de D. Casimiro.
El tío Gorico no tenía más defecto que el de haberse entregado con
sobrado cariño á la bebida blanca. El aguardiente anisado le encantaba.
Y como al asomar la aurora por el estrecho horizonte de Villabermeja el
tío Gorico, según su expresión, mataba el gusanillo, resultaba que casi
todo el día estaba calamocano, porque aquel fuego que encendía en su ser
con el primer fulgor matutino, se iba alimentando, durante el día,
merced á frecuentes libaciones.
Por lo demás, el tío Gorico no perdía nunca la razón; lo que lograba era
envolver aquella luz del cielo en una gasa tenue, en un fanal primoroso,
que le hacía ver las cosas del mundo exterior y todo lo interno de su
alma y los tesoros de su memoria como al través de un vidrio mágico.
Jamás llegaba á la embriaguez completa; y una vez sola, decía él había
tenido en toda su vida alferecía en las piernas. Era, pues, hombre de
chispa en diversos sentidos, y nadie tenía mejores ocurrencias, ni
contaba más picantes chascarrillos, ni se mostraba más útil y agradable
compañero en una partida de caza.
En el lugar gozaba de celebridad envidiable por mil motivos, y entre
otros, porque hacía el papel de Abraham en el paso de Jueves Santo por
la mañana, tan admirablemente bien, que nadie se le igualaba en muchas
leguas á la redonda. Con un vestido de mujer por túnica, una colcha de
cama por manto, su turbante y sus barbas de lino, tomaba un aspecto
venerable. Y cuando subía al monte Moria, que era un establo cubierto de
verdura, que se elevaba en medio de la plaza, adquiría la majestad
patética de un buen actor. Pero en lo que más se lucía, arrancando
gritos de entusiasmo, era cuando ofrecía á Isaac al Todopoderoso antes
de sacrificarle. Isaac era un chiquillo de diez años lo menos. Con la
mano derecha el tío Gorico le levantaba hacia el cielo, y así, extendido
el brazo, como si no fuera de hueso y carne, sino de acero firmísimo,
permanecía catorce ó quince minutos. Luego venía el momento de las más
vivas emociones; el terror trágico en toda su fuerza. Abraham ataba al
chiquillo al ara, y sacaba un truculento chafarote que llevaba al cinto.
Tres ó cuatro veces descargaba cuchilladas con una violencia increíble.
Las mujeres se tapaban los ojos y daban espantosos chillidos, creyendo
ya segada la garganta del muchacho que prefiguraba á Cristo; pero el tío
Gorico paraba el golpe antes de herir, como no atreviéndose á consumar
el sacrificio. Al fin aparecía un ángel, con alas de papel dorado, en el
balcón de las Casas Consistoriales, y cantaba el romance que empieza:
"Detente, detente, Abraham;
No mates á tu hijo Isaac,
Que ya está mi Dios contento
Con tu buena voluntad."
El sacrificio del cordero en vez del hijo, con lo demás del paso, lo
ejecutaba el tío Gorico con no menor maestría.
En más de una ocasión trataron de ganarle, ofreciéndole mucho dinero
para que fuese á hacer de Abraham á otras poblaciones; pero él no quiso
jamás ser infiel á su patria y privarla de aquella gloria.
Don José, el P. Jacinto, el tío Gorico y los demás amigos, muy contentos
de haber abrazado á D. Fadrique, contentísimo también de verse entre los
compañeros de su infancia, emprendieron á caballo el viaje á
Villabermeja, que, con madrugar y picar mucho, pudo hacerse en diez
horas, llegando todos al lugar al anochecer de un hermoso día de
primavera, en el año de 1794.
Doña Antonia, mujer de D. José, y sus dos hijos, D. Francisco, de edad
de catorce años, y doña Lucía, que tenía ya diez y ocho, acompañados de
la chacha Ramoncica, recibieron con júbilo, con abrazos y otras mil
muestras de cariño al Comendador, quien ya tenía por suya la casa
solariega. D. José y su familia se habían establecido en la ciudad, y
sólo por dos días habían venido al pueblo para recibir al querido
pariente.
Éste, como era de suyo muy modesto, se maravilló y complació en ver que
alcanzaba en Villabermeja más popularidad de lo que creía. Vinieron á
verle todos los frailes, desde los más encopetados hasta los legos, el
médico, el boticario, el maestro de escuela, el alcalde, el escribano y
mucha gente menuda.
Al día siguiente de la llegada la chacha Ramoncica quiso lucirse, y se
lució, dando un magnífico _pipiripao_. D. Fadrique, cuando oyó esta
palabra, tuvo que preguntar qué significaba, y le dijeron que algo á
modo de festín. En cambio, se cuentan aún en Villabermeja los grandes
apuros en que estuvo aquella noche la chacha Ramoncica cuando volvió á
su casa, cavilando qué sería lo que su sobrino le había pedido para el
festín, y que ella ansiaba que le sirviesen, á fin de darle gusto en
todo. El vocablo, para ella inaudito, con que su sobrino había
significado la cosa que deseaba, casi se le había borrado de la mente.
Por último, consultando el caso con Rafaela, y haciendo un esfuerzo de
memoria, vino á recomponer el vocablo y á declarar que lo que su sobrino
había pedido era _economía_.
--¿Qué es eso, Rafaela? --preguntó á su fiel criada.
Y Rafaela contestó:
--Señora, ¿qué ha de ser? ¡_Ajorro_!
No le hubo, sin embargo. La chacha Ramoncica echó aquel día el bodegón
por la ventana.
Al siguiente le tocó lucirse al Comendador, y á pesar de toda su
filosofía gozó en el alma de que sus deudos y paisanos viesen
maravillados su vajilla de porcelana, su plata y los demás objetos raros
ó bellos que de sus viajes había traído, y que había mandado por delante
de él con su criado de más confianza. Hasta la extraña fisonomía de
éste, que era un indio, pasmó á los bermejinos, con deleite y
satisfacción de D. Fadrique. Tuvo además un placer indescriptible en
contar sus aventuras y en hacer descripciones de países remotos, de
costumbres peregrinas y de casos singulares que había visto ó en los que
había tomado parte.
Nada de esto debe movernos á rebajar el concepto que del Comendador
tenemos. Por más que parezca pueril, tal vanidad es más común de lo que
se cree. ¿Á quién no le agrada, cuando vuelve al lugar de su nacimiento,
darse cierto tono, sin ofender á nadie, manifestando cuán importante
papel ha hecho en el mundo?
Gente hay que no espera para esto á ir á su lugar. Nacido en uno muy
pequeño de Andalucía tuve yo cierto amigo que, como llegase á ser
personaje de gran suposición y de muchas campanillas, cifraba su mayor
deleite en mandar á su pueblo todos los años un ejemplar de la _Guía de
forasteros_, con registro en las varias páginas en que estaba estampado
su nombre. Un año fué la _Guía_ con ocho registros, y el pasmo de los
lugareños, participado por carta á mi amigo, le dió un contento que
casi rayaba en beatitud ó bienaventuranza.
No es menor el gusto que se tiene en contar lances y sucesos y en
describir prodigios. De aquí sin duda el refrán: _de luengas vías,
luengas mentiras_. Baste, pues, decir, en elogio de D. Fadrique, que el
refrán no rezó con él nunca, porque era la veracidad en persona. Lo que
no aseguraremos es que fuese siempre creído en cuanto refirió. Los
lugareños son maliciosos y desconfiados; suelen tener un criterio allá á
su manera, y á menudo las cosas más ciertas les parecen falsas ó
inverosímiles, y las mentiras, por el contrario, muy conformes con la
verdad. Recuerdo que un mayordomo andaluz de cierto inolvidable y
discreto Duque, que estuvo de embajador en Napóles, fué á su pueblo con
licencia. Cuando volvió le embromábamos suponiendo que habría contado
muchos embustes. El nos confesó que sí, y aún añadió, jactándose de
ello, que todo se lo habían creído, menos una cosa.
--¿Qué cosa era esa? --le preguntamos.
-Que cerca de Napóles --respondió,-- hay un monte que echa chispas por
la punta.
De esta suerte pudo muy bien nuestro D. Fadrique, sin apartarse un ápice
de la verdad, dejar de ser creído en algo, sin que sus paisanos se
atreviesen á decirle, como decían al mayordomo del Duque cuando hablaba
del Vesubio: "¡Esa es grilla!"
Al día tercero después de la llegada de D. Fadrique, su hermano D. José
y su familia se volvieron á la ciudad; y entonces, con más reposo, pudo
entregarse el Comendador á otro placer no menos grato: el de visitar y
recordar los sitios más queridos y frecuentados de su niñez, y aquéllos
en que le había ocurrido algo memorable. Estuvo en el Retamal y en el
Llanete, que está junto, donde le descalabraron dos veces; fué á la
fuente de Genazahar y al Pilar de Abajo; subió al Laderón y á la Nava, y
extendió sus excursiones hasta el cerro de Jilena y el monte de
Horquera, poblado entonces de corpulentas y seculares encinas.
Tomó, por último, D. Fadrique verdadera posesión de su vivienda,
arrellanándose en ella, por decirlo así, poniendo en orden los muebles
que había traído, colocando los libros y colgando los cuadros.
En estas faenas, dirigidas por él, casi siempre estaba presente el P.
Jacinto; y al cabo D. Fadrique quedó instalado, forjándose un retiro,
rústico á par que elegante, y una soledad amenísima en el lugar donde
había nacido.