De las cosas de D. Fadrique, durante tan larga ausencia, se tenía ó se
forjaba en el lugar el concepto más fantástico y absurdo.
D. Diego y la chacha Victoria, que eran las personas de la familia más
instruidas é inteligentes, murieron á poco de hallarse D. Fadrique en el
Perú. Y lo que es á la cándida Ramoncica y al limitado D. José, no
escribía D. Fadrique sino muy de tarde en tarde, y cada carta tan breve
como una fe de vida.
Al P. Jacinto, aunque D. Fadrique le estimaba y quería de veras, también
le escribía poco, por efecto de la repulsión y desconfianza que en
general le inspiraban los frailes. Así es que nada se sabía nunca á
ciencia cierta en el lugar de las andanzas y aventuras del ilustre
marino.
Quien más supo de ello en su tiempo fué el cura Fernández, que, según
queda dicho, trató á don Fadrique y tuvo alguna amistad con él. Por el
cura Fernández se enteró D. Juan Fresco, en quien influyó mucho el
relato de las peregrinaciones y lances de fortuna de D. Fadrique para
que se hiciese piloto y siguiese en todo sus huellas.
Recogiendo y ordenando yo ahora las esparcidas y vagas noticias, las
apuntaré aquí en resumen.
D. Fadrique estuvo poco tiempo en el Colegio, donde mostró grande
disposición para el estudio.
Pronto salió á navegar, y fué á la Habana en ocasión tristísima. España
estaba en guerra con los ingleses, y la capital de Cuba fué atacada por
el almirante Pocok. Echado á pique el navío en que se hallaba nuestro
bermejino, la gente de la tripulación, que pudo salvarse, fué destinada
á la defensa del castillo del Morro, bajo las órdenes del valeroso D.
Luis Velasco.
Allí estuvo D. Fadrique haciendo estragos en la escuadra inglesa con sus
certeros tiros de cañón. Luego, durante el asalto, peleó como un héroe
en la brecha, y vió morir á su lado á D. Luis, su jefe. Por último, fué
de los pocos que lograron salvarse cuando, pasando sobre un montón de
cadáveres y haciendo prisioneros á los vivos, llegó el general inglés,
Conde de Albemarle, á levantar el pabellón británico sobre la principal
fortaleza de la Habana.
D. Fadrique tuvo el disgusto de asistir á la capitulación de aquella
plaza importante, y, contado en el número de los que la guarnecían, fué
conducido á España en cumplimiento de lo capitulado.
Entonces, ya de alférez de navío, vino á Villabermeja, y vió á su padre
la última vez.
La reina de las Antillas, muchos millones de duros y lo mejor de
nuestros barcos de guerra habían quedado en poder de los ingleses.
D. Fadrique no se descorazonó con tan trágico principio. Era hombre poco
dado á melancolías. Era optimista y no quejumbroso. Además, todos los
bienes de la casa los había de heredar el mayorazgo, y él ansiaba
adquirir honra, dinero y posición.
Pocos días estuvo en Villabermeja. Se fué antes de que su licencia se
cumpliese.
El rey Carlos III, después de la triste paz de París, á que le llevó el
desastroso _Pacto de familia_, trató de mejorar por todas partes la
administración de sus vastísimos Estados. En América era donde había más
abusos, escándalos, inmoralidad, tiranías y dilapidaciones. Á fin de
remediar tanto mal, envió el Rey á Gálvez de visitador á Méjico, y algo
más tarde envió al Perú, con la misma misión, á D. Juan Antonio de
Areche. En esta expedición fué á Lima D. Fadrique.
Allí se encontraba cuando tuvo lugar la rebelión de Tupac-Amaru. En la
mente imparcial y filosófica del bermejino se presentaba como un
contrasentido espantoso el que su Gobierno tratase de ahogar en sangre
aquella rebelión, al mismo tiempo que estaba auxiliando la de Washington
y sus parciales contra los ingleses; pero D. Fadrique, murmurando y
censurando, sirvió con energía á su Gobierno, y contribuyó bastante á la
pacificación del Perú.
Don Fadrique acompañó á Areche en su marcha al Cuzco, y desde allí,
mandando una de las seis columnas en que dividió sus fuerzas el general
Valle, siguió la campaña contra los indios, tomando gloriosa parte en
muchas refriegas, sufriendo con firmeza las privaciones, las lluvias y
los fríos en escabrosas alturas á la falda de los Andes, y no parando
hasta que Tupac-Amaru quedó vencido y cayó prisionero.
Don Fadrique, con grande horror y disgusto, fué testigo ocular de los
tremendos castigos que hizo nuestro Gobierno en los rebeldes. Pensaba él
que las crueldades é infamias cometidas por los indios no justificaban
las de un Gobierno culto y europeo. Era bajar al nivel de aquella gente
semisalvaje. Así es que casi se arrepintió de haber contribuído al
triunfo cuando vió en la plaza del Cuzco morir á Tupac-Amaru, después de
un brutal martirio, que parecía invención de fieras y no de seres
humanos.
Tupac-Amaru tuvo que presenciar la muerte de su mujer, de un hijo suyo
y de otros deudos y amigos: á otro hijo suyo de diez años le condenaron
á ver aquellos bárbaros suplicios de su padre y de su madre, y á él
mismo le cortaron la lengua y le ataron luego por los cuatro remos á
otros tantos caballos para que, saliendo á escape, le hiciesen pedazos.
Los caballos, aunque espoleados duramente por los que los montaban, no
tuvieron fuerza bastante para descuartizar al indio, y á éste,
descoyuntado, después de tirar de él un rato en distintas direcciones,
tuvieron que desatarle de los caballos y cortarle la cabeza.
Á pesar de su optimismo, de su genio alegre y de su afición á tomar
muchos sucesos por el lado cómico, D. Fadrique, no pudiendo hallar nada
cómico en aquel suceso, cayó enfermo con fiebre y se desanimó mucho en
su afición á la carrera militar.
Desde entonces se declaró más en él la manía de ser filántropo, especie
de secularización de la caridad, que empezó á estar muy en moda en el
siglo pasado.
La impiedad precoz de D. Fadrique vino á fundarse en razones y en
discursos con el andar del tiempo y con la lectura de los malos libros
que en aquella época se publicaban en Francia. El carácter burlón y
regocijado de D. Fadrique se avenía mal con la misantropía tétrica de
Rousseau. Voltaire, en cambio, le encantaba. Sus obras más impías
parecíanle eco de su alma.
La filosofía de D. Fadrique era el sensualismo de Condillac, que él
consideraba como el _non plus ultra_ de la especulación humana.
En cuanto á la política, nuestro D. Fadrique era un liberal anacrónico
en España. Por los años de 1783, cuando vió morir á Tupac-Amaru, era
casi como un radical de ahora.
Todo esto se encadenaba y se fundaba en una teodicea algo confusa y
somera, pero común entonces. D. Fadrique creía en Dios y se imaginaba
que tenía ciencia de Dios, representándosele como inteligencia suprema y
libre, que hizo el mundo porque quiso, y luego le ordenó y arregló según
los más profundos principios de la mecánica y de la física. Á pesar del
_Cándido_, novela que le hacía llorar de risa, D. Fadrique era casi tan
optimista como el Dr. Pangloss, y tenía por cierto que todo estaba
divinamente bien y que nada podía estar mejor de lo que estaba. El mal
le parecía un accidente, por más que á menudo se pasmase de que
ocurriera con tanta frecuencia y de que fuera tan grande, y el bien le
parecía lo substancial, positivo é importante que había en todo.
Sobre el espíritu y la materia, sobre la vida ultra-mundana y sobre la
justificación de la Providencia, basada en compensaciones de eterna
duración, D. Fadrique estaba muy dudoso; pero su optimismo era tal, que
veía demostrada y hasta patente la bondad del cielo, sin salir de este
mundo sublunar y de la vida que vivimos. Verdad es que para ello había
adoptado una teoría, novísima entonces. Y decimos que la había adoptado,
y no que la había inventado, porque no nos consta, aunque bien pudo ser
que la inventase; ya que cuando llega el momento y suena la hora de que
nazca una idea y de que se formule un sistema, la idea nace y el sistema
se formula en mil cabezas á la vez, si bien la gloria de la invención se
la lleva aquel que por escrito ó de palabra le expone con más claridad,
precisión ó elegancia.
La idea, ó mejor dicho, la teoría novísima, tal como estaba en la mente
de D. Fadrique, era en compendio la siguiente:
Entendía el filósofo de Villabermeja que había una ley providencial y
eterna para la historia, tan indefectible como las leyes matemáticas,
según las cuales giran en sus órbitas los astros. En virtud de esta ley,
la humanidad iba adelantando siempre por un camino de perfectibilidad
indefinida; su ascensión hacia la luz, el bien, la verdad y la belleza,
no tenía pausa ni término. En esto, el humano linaje, en su conjunto,
seguía un impulso necesario. Toda la gloria del éxito era para el Ser
Supremo, que había dado aquel impulso; pero, dentro del providencial
movimiento que de él nacía, en toda acción, en toda idea, en todo
propósito, cada individuo era libre y responsable. El maravilloso
trabajo de la Providencia, el misterio más bello de su sabiduría
infinita, consistía en concertar con atinada armonía todos aquellos
resultados de la libertad humana á fin de que concurriesen al
cumplimiento de la ley eterna del progreso, ó en tenerlos previstos con
tan divina previsión y acierto, que no perturbasen lo que estaba
prescrito y ordenado; así como, aunque sea baja comparación, cuenta el
inventor y constructor perito de una máquina con los rozamientos y con
el medio ambiente.
Tal manera de considerar los sucesos se avenía bien con el carácter de
D. Fadrique, corroborando su desdén hacia las menudencias, y su prurito
de calificar de menudencias lo que para los más de los hombres es
importante en grado sumo, y transformando su propensión á la alegría y á
la risa en serenidad olímpica, digna de los inmortales.
En su moral no dejaba de ser severo. No había borrado de sus tablas de
la ley ni un tilde ni una coma de los mandamientos divinos. Lo único que
hacía era dar más vigor, si cabe, á toda prohibición de actos que
produzcan dolor, y relajar no poco las prohibiciones de todo aquello que
á él se le antojaba que sólo traía deleite ó bienestar consigo.
En aquella edad, pensar así en España y en sus dominios ya hemos dicho
que era expuesto; pero D. Fadrique tenía el don de la mesura y del tino,
y sin hipocresía lograba no chocar ni lastimar opiniones ó creencias.
Concurría á esto la buena gracia con que se ganaba las voluntades, no
con inspirar trivial afecto á todo el mundo, sino inspirándole muy vivo
á los pocos que él quería, los cuales valían siempre por muchos para
defenderle y encomiarle.
En la primera mocedad, dotado D. Fadrique de tales prendas, y siendo
además bello y agraciado de rostro, de buen talle, atrevido y sigiloso,
consiguió que lloviesen sobre él las aventuras galantes, y tuvo alta
fama de afortunado en amores.
Después de terminada la rebelión de Tupac-Amaru ascendió á capitán de
fragata, y su reputación de buen soldado y de sabio y hábil marino llegó
á su colmo.
Casi cuando acababan de espirar en el Cuzco los últimos indios parciales
de la independencia de su patria, siendo atenaceados algunos con tenazas
candentes antes de ahorcarlos, llegó la nueva á Lima de que habíamos
hecho la paz con Inglaterra, logrando la independencia de su colonia, en
pro de la cual combatimos.
Don Fadrique pudo entonces obtener licencia para navegar á las órdenes
de la Compañía de Filipinas, y salió para Calcuta mandando un navío
cargado de preciosas mercaderías. Tres viajes hizo de Lima á Calcuta y
de Calcuta á Lima; y como llevaba muy buena pacotilla y un sueldo
crecido, y alcanzó ventas muy ventajosas, se halló en poco tiempo
poseedor de algunos millones de reales.
En las largas temporadas que D. Fadrique pasó en la India se aficionó
mucho á la dulzura de los indígenas de aquel país y tomó en mayor
aborrecimiento el fervor religioso y guerrero de otras naciones. Tippoo,
sultán de Misor, se había empeñado en convertir al islamismo á todos los
indostaníes y en dilatar su imperio hasta el Cabo Comorín, á donde nunca
habían penetrado las huestes de otros conquistadores musulmanes. La
horrible devastación del floreciente reino de Travancor, en las barbas
de los ingleses, fué la consecuencia de la ambición y del celo muslímico
del sultán mencionado. El Gobernador general de la India se resolvió al
cabo á vengar y á remediar lo que hubiera debido impedir, y partió de
Calcuta á Madrás con muchos soldados europeos y cipayos, y grandes
aprestos de guerra. En aquella ocasión D. Fadrique tuvo el gusto de
ganar bastantes rupias, sirviendo una buena causa y conduciendo á Madrás
en su navío, con la autorización debida, tropas, víveres y municiones.
Parece que poco tiempo después de este suceso, y aun antes de que el
rajah de Travancor fuese restablecido en su trono, y el sultán Tippoo
vencido y obligado á hacer la paz, D. Fadrique, cansado ya de
peregrinaciones y trabajos, con la ambición apagada y con el deseo de
fortuna más que satisfecho, logró, de vuelta á Lima, obtener su retiro,
y se vino á Europa, anhelante de presenciar la gran revolución que en
Francia se estaba realizando, cuyos principios se hallaban tan en
concordancia con los suyos, y cuya fama llenaba el mundo de asombro.
Don Fadrique, sin embargo, sólo estuvo en París algunos meses: desde
fines de 1791 hasta Septiembre de 1792. Este tiempo le bastó para
cansarse y hartarse de la gran revolución, desengañarse un poco de su
liberalismo y dudar de sus teorías de constante progreso.
En Madrid vivió, por último, dos años, y también se desengañó de
muchísimas cosas.
Entrado ya en los cincuenta de su edad, aunque sano y bueno, y
apareciendo en el semblante, en la robustez y gallardía del cuerpo, y en
la serenidad y viveza del espíritu mucho más joven, le entró la
nostalgia de que padecen casi todos los bermejinos, y tomó la
irrevocable resolución de retirarse á Villabermeja para acabar allí
tranquilamente su vida.
Las cartas que escribió á su hermano D. José y á la chacha Ramoncica,
que vivían aún, anunciándoles su vuelta definitiva y para siempre,
fueron breves, aunque muy cariñosas. En cambio, escribió al P. Jacinto
una extensa carta, que se conserva aún y que debe ser trasladada á este
sitio. La carta es como sigue:
V
Mi querido P. Jacinto: Ya sabrá V. por mi hermano y por la chacha
Ramoncica que estoy decidido á irme á ese lugar á acabar mi vida donde
pasé los mejores años y los más inocentes de ella (¡buena inocencia era
la mía!), jugando al hoyuelo, á las chapas, al salto de la comba y
algunas veces al cané, y andando á pedradas y á mojicones con mis
coetáneos y compatricios.
Entonces estaba yo cerril; pero ya V. se hará cargo de que me he pulido
bastante peregrinando por esos mundos, y de que ahora son otras mis
aficiones y muy diversos mis cuidados. Los frailes compañeros de V. no
tendrán ya necesidad de amenazarme con los Toribios.
Mi estancia en el lugar no traerá perturbación alguna; antes, por el
contrario, yo me lisonjeo de que reporte algunas ventajas. He hecho
dinero y emplearé ahí mucha parte en fomentar la agricultura. El vino que
ahí se produce es abominable y puede ser excelente. Trabajando se
logrará hacerle potable y bueno.
Soñando estoy con las agradables veladas que vamos á pasar en el
invierno, jugando á la malilla y al tute, disputando sobre nuestras no
muy concordes teologías, y refiriendo yo á V. mis aventuras en el Perú,
en la India y en otras apartadas regiones.
Sé que V., á pesar de los años, está firme como un roble, por lo cual me
prometo que ha de dar conmigo largos paseos á caballo y á pie, y ha de
acompañarme á cazar perdices. Tengo dos magníficas escopetas inglesas,
que compré en Calcuta, y con las cuales he cazado tigres, tan grandes
algunos de ellos como borricos. Ya verá V. qué bien le va tirando con
cualquiera de estas escopetas á las pacíficas y enamoradas perdices que
acuden al reclamo en la estación del celo.
Á pesar de nuestra edad, hemos de emplearnos todavía, si V. no se opone,
en algunas cosas harto infantiles. Hemos de volver al Pozo de la Solana,
como hace cuarenta años, á cazar colorines y otros pajarillos, ya con la
red, ya con liga y esparto. Téngame V. preparado un buen par de
cimbeles.
Todas las cosas de por ahí se me ofrecen á la memoria con el encanto de
los primeros años. Entiendo que voy á remozarme al verlas y gozarlas.
Tengo gana de volver á comer piñonate, salmorejo, hojuelas, gajorros,
pestiños, cordero en caldereta, cabrito en cochifrito, empanadas de
boquerones con chocolate, torta-maimón, gazpacho, longanizas y los demás
primores de cocina y repostería con que suelen regalarse los sibaritas
bermejinos. No por eso romperé con la costumbre contraída en otras
tierras, sino que pienso llevar en mí compañía á un gabacho que he
traído de París, el cual condimenta unos manjares que doy por cierto que
han de gustar á V., aunque tienen nombres imposibles casi de pronunciar
por una boca de Villabermeja; pero ya V. se convencerá de que, sin
pronunciarlos, los mastica, los saborea, se los traga y le saben á
gloria.
Por más extraño que á V. le parezca, llevo también vino á esa tierra del
vino. Yo recuerdo que V. era un excelente catador; que V. tenía un
paladar muy fino y una nariz delicadísima. Espero, pues, que ha de
comprender y estimar el mérito de los vinos de _extranjis_ que yo lleve,
y que no caerán en su estómago como si cayesen en el sumidero.
Estoy muy contento de que me viva aún la chacha Ramoncica. Me han dicho
que en su casa sigue todo como antes. Los mismos muebles, la misma
criada Rafaela, y hasta el grajo, bien sea el mismo también, que por
milagro de nuestro Santo Patrono vive aún, ó bien sea otro que le
reemplazó á tiempo, y parece el fénix renacido de sus cenizas.
Mucha gana tengo de dar un abrazo á la chacha Ramoncica, aunque, dicho
sea entre nosotros, yo quería más á la pobre chacha Victoria. ¡Qué noble
mujer aquélla! Aseguro á V. que no he hallado igual mujer en el mundo.
Si la hubiera hallado, no sería yo solterón.
En este punto he sido poco feliz. No he hallado más que mujeres ligeras,
casquivanas, frívolas y sin alma. Una sola, allá en Lima, me quiso de
veras con amor fervoroso, pero criminal. Yo también la quise, por mi
desgracia, porque tenía un genio de todos los diablos, y queriéndonos
mucho, la historia de nuestros amores se compuso de una serie de
peloteras diarias. Aquellos amores fueron pesadilla, y no deleite. Ella
era muy devota, había sido una santa y seguía en opinión de tal, porque
procedimos siempre con cautela y recato. Sin embargo, en el fondo de su
atribulada conciencia, en lo profundo de su mente, orgullosa y fanática
á la vez, sentía vergüenza de haber humillado ante mí su soberbia y de
haberse rendido á mi voluntad, y tenía miedo y horror de haber dejado
por mí el buen camino, ofendiendo á Dios y faltando á sus deberes. Todo
esto, sin darse ella mucha cuenta de lo que hacía, me lo quería hacer
pagar, considerándome en extremo culpado. Lo que yo tuve que aguantar
no tiene nombre. Créame V., P. Jacinto, en el pecado llevé la
penitencia. Así es que me harté de amores serios para años, y me dediqué
desde entonces á los ligeros. ¿Para qué atormentarse en un asunto que
debe ser todo de amenidad, regocijo y alegría?
Quizás por esta razón, y no porque apenas se dé _in rerum natura_, no
alcancé nunca el amor de una chacha Victoria joven. Si le hubiera
alcanzado, poco tierno soy de corazón, pero no lo dude V., hubiera
muerto bendiciéndola, como murió el cadete, ó hubiera conquistado por
ella y para ella, no el grado de capitán, sino el mundo.
En fin, ya pasó la mocedad, y no hay que pensar en novelerías.
Yo estoy desengañado y aburrido, si bien con desengaño apacible y suave
aburrimiento.
Se me acabó la ambición; no siento apetito de gloria; no aspiro á ser
del vano dedo señalado; tengo más bienes de fortuna de los que necesito;
estoy sediento de reposo, de obscuridad y de calma, y por todo esto me
retiro á Villabermeja; pero no para hacer penitencia, sino para darme
una vida regalada, tranquila, llena de orden y bienestar, cuidándome
mucho y viendo lo que dura un Comendador Mendoza bien conservado. Hasta
ahora lo estoy. No parece que tengo cincuenta años, sino menos de
cuarenta. Ni una cana. Ni una arruga. Todavía me llaman señorito, y no
señor, y no faltan hembras de garbo que me califiquen de real mozo,
ofendiendo mi modestia.
Mi mayor desengaño ha sido en mis ideas y doctrinas, si bien no ha sido
bastante para hacerme variar.
Dios me perdone si me equivoco á fuerza de creerle bueno. Yo, creyendo
en él y figurándomele como persona, tengo que figurármele todo lo bueno
que concibo que una persona puede ser. Por consiguiente, no completando
mi concepto de su bondad la gloria de la otra vida por inmensa que sea,
supongo en esta vida que vivimos, por más que sirva para ganar la otra,
un fin y un propósito en sí, y no sólo el ultramundano. Este fin, este
propósito es ir caminando hacia la perfección, y sin alcanzarla aquí
nunca, acercarse cada vez más á ella. Creo, pues, en el progreso; esto
es, en la mejora gradual y constante de la sociedad y del individuo, así
en lo material como en lo moral, y así en la ciencia especulativa como
en la que nace de la observación y la experiencia, y da ser á las artes
y á la industria.
El mejor medio de este progreso, y al mismo tiempo su mejor resultado en
nuestros días, es, á mi ver, la libertad. La condición más esencial de
esta libertad es que todos seamos igualmente libres.
Figúrese V. cuánto me encantaría la revolución francesa y su Asamblea
Constituyente, que propendía á realizar estos principios míos; que
proclamaba los derechos del hombre.
Pedí mi retiro, dejé mi carrera, y vine, lleno de impaciencia, desde el
otro hemisferio á bañarme en la luz inmortal de la gran revolución y á
encender mi entusiasmo en el sagrado fuego que ardía en París, donde
imaginé que estaban el corazón y la mente del mundo.
Pronto se desvanecieron mis ilusiones. Los apóstoles de la nueva ley me
parecieron, en su mayor parte, bribones infames ó frenéticos furiosos,
llenos de envidia y sedientos de sangre. Vi al talento, á la virtud, á
la belleza, al saber, á la elegancia, á todo lo que por algo sobresale
en la tierra, ser víctima de aquellos fanáticos ó de aquellos
envidiosos. Las hazañas de los soldados de la revolución contra los
reyes de Europa coligados no podían admirarme. No me parecían la defensa
serena del que confía en su valor y en su derecho, sino el brío febril
de la locura, excitada por la embriaguez de la sangre y por medio de
asesinatos horribles. París se me antojaba el infierno, y no atino ahora
á comprender cómo permanecí tanto tiempo en él. Todo estaba trocado: la
brutalidad se llamaba energía; sencillez el desaliño indecente;
franqueza la grosería, y virtud el no tener entrañas para la compasión.
Recordaba yo las épocas de mayor tiranía, y no hallaba época alguna
peor, sobre todo si se considera que estábamos en el centro de Europa y
que llevábamos tantos siglos de civilización y cultura. El tirano no era
uno, eran varios, y todos soeces y sucios de alma y de cuerpo.
Huí de París y vine á Madrid. Otra desilusión. Si por allá creí
presenciar una abominable y bárbara trajedia, aquí me encontré en un
grotesco, asqueroso y lascivo sainete. Por allá sangre; por acá
inmundicia.
No por eso apostaté de mi optimismo ni eché á un lado mi doctrina de
indefinido progreso. Lo que hice fué reconocer mi error en cálculos de
cronología, para los cuales no había contado yo con la feroz y
desgreñada revolución de Francia.
En vista de esta revolución, el bien relativo, el estado de libertad y
de adelantamiento para las sociedades, que yo fantaseaba como inmediato,
se hundió hacia adentro, en los abismos del porvenir, lo menos dos ó
tres siglos.
Como para entonces no viviré yo, y como en el estado presente del mundo
estoy ya harto de la vida práctica, he resuelto refugiarme en la
contemplación; y á fin de gozar del espectáculo de las cosas humanas,
mezclándome en ellas lo menos posible, voy á tomar asiento, como
espectador desapasionado, en la propia Villabermeja.
Mi hermano, que tiene ya una hija casadera, á quien naturalmente desea
que salte un buen novio, se va á vivir á la vecina ciudad, donde ya
tiene casa tomada, y á mí me deja á mis anchas y solo en la casa
solariega de los Mendoza, donde le daré albergue siempre que venga al
lugar para sus negocios.
Yo me atengo al refrán que dice _ó corte ó cortijo_; y ya que me fugo de
París y de Madrid, no quiero ciudad de provincia, sino aldea.
En la gran casa de los Mendoza bermejinos voy á estar como garbanzo en
olla; pero se llenarán algunos cuartos con la multitud de libros que voy
á llevar.
Vamos á tener una vida envidiable; y digo _vamos_, porque supongo y
espero que V. me hará compañía á menudo.
Mi determinación es irrevocable, y me voy ahí, para no salir de ahí,
salvo cuando vaya como de paseo á caballo, á visitar á mi hermano y á su
familia, en la ciudad cercana, la cual, á pesar de su pomposo título de
ciudad, tiene también mucho de pueblo pequeño y rural, con perdón y en
paz sea dicho.
Adiós, beatísimo padre. Encomiéndeme V. á Dios, con cuyo favor cuento
para escapar de esta confusión ridícula de la corte, y poder pronto
darle, en esa encantadora Villabermeja, un apretado abrazo.