Toma Gil Blas inclinación al teatro, entrégase enteramente a los
pasatiempos de la vida cómica y dentro de poco se disgusta de ella.
Los convidados se quedaron hablando sobremesa hasta que llegó la
hora de ir al teatro, y entonces marcharon todos a él. Seguílos y vi
también la comedia que se representó aquel día, la que me gustó de
manera que hice ánimo de no perder ninguna. Así me fuí insensiblemente
acostumbrando a los actores: a tanto llega la fuerza de la costumbre.
Llevábanme particularmente la atención aquellos que hacían más gestos y
daban más gritos en las tablas, y no era yo el único de este gusto.
No me causaba menos agrado la discreción de las piezas que el modo
de representarlas. Algunas verdaderamente me embelesaban; sobre todo
aquellas en que se dejaban ver a un mismo tiempo en el teatro todos los
cardenales o los doce pares de Francia. Sabía de memoria muchos pasos
de aquellos incomparables poemas. Acuérdome de que en dos días aprendí
toda entera una comedia famosa, intitulada _La reina de las flores_. La
rosa era la reina, que tenía por confidenta a la violeta y por escudero
al jazmín. No había para mí obras mejores que las parecidas a éstas,
persuadido de que daban mucho honor a nuestra nación.
No me contentaba con adornar mi memoria con los trozos más selectos
de estas bellas producciones dramáticas, sino que también me apliqué a
perfeccionar el gusto, y para conseguirlo con acierto, escuchaba con la
mayor atención el parecer de los comediantes. Si alababan una pieza,
yo la estimaba, y despreciaba todas aquellas de que les oía hablar
mal. Parecíame que eran tan inteligentes en piezas teatrales como los
diamantistas en piedras preciosas. Sin embargo, observé que la tragedia
de Pedro de Moya fué muy aplaudida, aunque ellos habían pronosticado
que todos la silbarían. Pero no bastó esta experiencia para que su
crítica se me hiciese sospechosa, y antes quise creer que el público
carecía de gusto y discernimiento que dudar de la infalibilidad de la
compañía. No obstante, me aseguraban todos que ordinariamente eran
recibidas con aplauso aquellas comedias nuevas de que los actores
formaban mal concepto y, por el contrario, silbadas casi todas las
que ellos más celebraban. Decíanme que era regla general suya hablar
siempre mal de las obras, y me citaban mil ejemplares de algunas que
habían desmentido sus decisiones. Todo esto fué menester para que al
cabo me desengañase.
No se me olvidará jamás lo que sucedió un día en que se representó una
comedia nueva. Habíales parecido a los comediantes fría y fastidiosa,
adelantándose a pronosticar que el auditorio no la vería concluir. Con
esta preocupación representaron la primera jornada, que mereció grandes
aplausos. Admirólos mucho esto. Representaron la segunda, la cual fué
aún más aplaudida que la primera. Y he aquí a todos mis pobres actores
atónitos. «¡Cómo diablos es esto!—exclamaba Casimiro—. ¡Esta comedia
adquiere fama!» Representaron la tercera, que fué sin comparación más
celebrada que las otras dos. «¡Yo no lo entiendo!—dijo Ricardo—.
¡Cuando creíamos que esta pieza no lograría aceptación, todos la
aplauden!» «Señores—dijo entonces un cómico ingenuamente—, la causa
es porque hay en ella mil gracias y rasgos ingeniosos que nosotros no
habíamos comprendido.»
Desde entonces dejé de tener a los comediantes por buenos jueces y
me hice justo apreciador de su mérito. Ellos mismos acreditaban con
cuánta razón la gente les afeaba varias ridiculeces. Veía yo claramente
que los aplausos, nada merecidos, tenían echados a perder tanto a los
cómicos como a las cómicas, los cuales, considerándose como personas de
suma importancia y objetos dignos de admiración, estaban persuadidos de
que hacían gran favor al público en divertirle. Dábanme muy en rostro
sus defectos; mas, por mi desgracia, su modo de vivir llegó a gustarme
demasiado, y así, me vi metido de pies a cabeza en el desenfreno y en
la disolución. Ni podía ser otra cosa. Todas sus conversaciones eran
perniciosas a la juventud y nada veía en ellos que no contribuyese a
estragarme. Aun cuando no supiera yo todo lo que pasaba en las casas
de Constanza, Casilda y las demás comediantas, bastaba para perderme
lo que estaba viendo en la de Arsenia. Además de aquellos señores
ya viejos de que hablé antes, concurrían a ella varios elegantes y
no pocos hijos de familia, que encontraban en los usureros todo el
dinero que habían menester para arruinarse. Alguna vez recibían también
a ciertos agentes de quienes se servían, los cuales, en vez de ser
pagados por su trabajo, les pagaban a ellas por que se dejaran servir.
Florimunda vivía pared por medio de Arsenia, y todos los días comían y
cenaban juntas. Estaban las dos tan unidas, que causaba admiración a
las gentes ver tanta armonía entre cortesanas y se creía que tarde o
temprano se rompería su amistad por algún obsequiante; pero conocían
mal a tan perfectas amigas, porque era muy íntima su unión; en lugar
de ser celosas, como las demás mujeres, hacían vida común. Gustaban
más de repartir entre sí los despojos de los hombres que de disputarse
neciamente sus amorosos suspiros.
Laura, a ejemplo de estas dos ilustres compañeras, aprovechaba también
el tiempo, no dejando malograr lo más florido de sus años. Habíame
ella dicho que vería mil lindezas y no me engañó. Con todo eso, yo
no hacía el celoso, por haberle prometido que procuraría adoptar el
espíritu de la compañía. Disimulé por algún tiempo, contentándome
con preguntarle el nombre de los sujetos con quienes la veía a solas
en conversación; pero siempre me respondía que era un tío o un primo
carnal suyo. ¡Oh y cuánta multitud de parientes tenía! Su familia
debía de ser más numerosa que la del rey Príamo. Mas no era negocio de
atenerse únicamente a su infinita parentela: hacía también sus salidas
fuera del árbol genealógico y no se olvidaba de ir de cuando en cuando
a representar el papel de señora viuda en casa de la vieja de antaño.
En fin, Laura—por dar al lector una idea cabal de su persona—era tan
joven, tan linda y tan alegre como su ama, excepto que ésta divertía
al pueblo públicamente y la criada sólo lo hacía en secreto. Yo cedí
al torrente, y por espacio de tres semanas me entregué a todo género
de placeres y pasatiempos; pero debo decir que en medio de ellos me
sentía atormentado de crueles remordimientos, efecto de mi educación,
que llenaban de amargura todas mis delicias. No triunfó la disolución
de tan saludables remordimientos; al contrario, eran mayores cuanto más
me abandonaba a mis desórdenes. Comenzaron éstos a causarme horror,
gracias a mi natural complexión. «¡Ah, desventurado!—me decía yo a
mí mismo—. ¿Es esto lo que esperaba de ti tu familia? ¿No te bastaba
haberla engañado tomando otra carrera que la de preceptor? El verte
precisado a servir, ¿te dispensa de cumplir con las leyes de hombre
de bien? ¿Parécete que te puede servir de algún provecho vivir entre
gente tan viciosa? En unos reina la envidia, la ira y la avaricia; el
pudor y la vergüenza están desterrados de otros; éstos se entregan a la
intemperancia y a la pereza; aquéllos, al orgullo y a la insolencia.
¡Esto se acabó! ¡No quiero vivir más con los siete pecados capitales!»