CAPÍTULO XI

Del modo como vivían entre sí los comediantes y cómo trataban a los

autores de comedias.

Al día siguiente, muy de mañana, salí a campaña, para dar principio

a mi empleo de mayordomo. Era vigilia, y por orden de mi ama compré

buenos pollos, conejos, perdices y otras frioleras de semejante

especie. Como los señores cómicos no están contentos de los ritos de

la Iglesia, con respecto a ellos no observan con mucha puntualidad sus

mandamientos. Llevé a casa más comida de la que bastaría para alimentar

a doce personas honradas los tres días de Carnestolendas. La cocinera

tuvo bien en qué divertirse toda la mañana. Mientras ella cuidaba

de aderezar la comida, se levantó Arsenia de la cama y se sentó al

tocador, donde estuvo hasta mediodía. Llegaron entonces los señores

comediantes Ricardo y Casimiro. A éstos se siguieron dos comediantas,

Constanza y Leonor; un momento después se dejó ver Florimunda,

acompañada de un hombre que tenía toda la traza de un caballero majo:

el cabello peinado a la última moda, un sombrero con un ala levantada

y su penacho de plumas en figura de ramillete, calzones ajustados,

ropilla bordada con flores de oro y medio desabrochada, por donde se

descubría una finísima camisa guarnecida de ricos encajes, guantes y

pañuelo de Cambray delicadísimo, metidos en la guarnición o cazoleta

de la espada, capa larga terciada sobre el hombro con mucho garbo y

bizarría.

Con todo eso, aunque de tan buena traza y hombre verdaderamente bien

plantado, todavía me pareció descubrir en él un no sé qué de extraño

que me chocaba. «Es imposible—decía yo entre mí—que no sea un hombre

raro este sujeto.» No me engañé en mi concepto, porque era un ente

singular. Luego que entró en el cuarto de Arsenia, fué precipitadamente

a abrazar a todas las comediantas y comediantes con mayor intrepidez

y algazara que el mozalbete más atronado. Comenzó a hablar y me

confirmé en mi opinión. Se recalcaba sobre cada sílaba y pronunciaba

las palabras con cierto modo enfático, pomposo y gutural, accionando,

gesticulando y haciendo con los ojos aquellos movimientos que a su

parecer estaba pidiendo el asunto. Tuve la curiosidad de preguntar a

Laura quién era aquel caballero. «Disculpo tu curiosidad—me respondió

prontamente—. Es imposible no tenerla al ver por la primera vez al

señor Carlos Alfonso de la Ventolería. Voy a pintártele al natural.

Primeramente fué en otro tiempo comediante; dejó el teatro por antojo

y se arrepintió después mirándolo con juicio. ¿Has reparado en su

cabello negro? Pues sábete que es teñido, ni más ni menos que sus

cejas y bigotes. Es más viejo que Saturno. Sin embargo, como sus

padres cuando nació se olvidaron de hacer asentar su nombre en el

libro de bautizados, él se aprovecha de este descuido para quitarse

veinte años por lo menos. Fuera de eso, es el hombre más pagado de sí

mismo que quizá se encontrará en toda España. Pasó los ocho primeros

lustros de su vida en una completa ignorancia, y para hacerse sabio

encontró después un cierto preceptor que le enseñó a deletrear en

griego y en latín. Aprendió de memoria una multitud de cuentos y

chistes, que a fuerza de repetirlos se ha llegado a persuadir de que

son suyos efectivamente. Hácelos venir a la conversación aunque sea

arrastrándolos por los cabellos, y se puede decir de él que luce su

entendimiento a costa de su memoria. Finalmente, se dice que es un

gran actor, y lo creo piadosamente; pero te confieso que nunca me ha

gustado. Algunas veces le oigo declamar aquí, y, entre otros defectos,

es muy visible el de una pronunciación tan afectada y con una voz tan

trémula, que da cierto aire antiguo y ridículo a su declamación.»

Tal fué el retrato que la señora Laura me hizo de aquel histrión

honorario, de quien puedo decir con verdad que no he visto mortal

de un aspecto más orgulloso en todos los días de mi vida. Quería

hacer también el chistoso y discreto, sacando de su mollera dos o

tres cuentos que nos encajó en tono grave y bien estudiado. Por otra

parte, las comediantas y comediantes, que ciertamente no habían

venido a callar, tampoco estuvieron mudos. Comenzaron a hablar de

sus camaradas ausentes a la verdad de un modo poco caritativo; pero

esto es menester perdonárselo tanto a los comediantes como a los

autores. Acaloróse un poco la conversación a expensas del prójimo.

«¿Habéis sabido, amigas—dijo Casimiro—, el nuevo pasaje de nuestro

compañero Cesarino? Compró esta mañana un par de medias de seda,

cintas y encajes, haciendo después que un paje se los llevase al

ensayo como de parte de cierta condesa.» «¡Qué bribonada!—exclamó el

señor Ventolería con cierta risita vana y mofadora—. En mi tiempo se

usaba más realidad. Ninguno pensaba en semejantes ficciones. Es verdad

que aun las damas de mayor distinción nos ahorraban la ruindad y el

trabajo de inventarlas, pues tenían el capricho de ir ellas mismas en

persona a comprar lo que nos regalaban.» «¡Pardiez—repuso Ricardo en

el mismo tono—, que ese capricho aun no se les ha pasado! Y si fuera

lícito decir todo lo que uno sabe en este punto... Pero es fuerza

callar ciertos lances, particularmente cuando tocan a personas de su

posición.» «Señores—interrumpió Florimunda—, suplico a ustedes dejen

a un lado esos lances y buenas fortunas, puesto que todo el mundo las

sabe, y hablemos algo de nuestra Ismenia. He oído que se le ha escapado

aquel señor que gastaba tanto con ella.» «Es muy cierto—respondió

Constanza—; y aun diré más: también acaba de perder un rico mayordomo,

a quien sin remedio hubiera dejado sin camisa. Lo sé originalmente.

Su mensajero hizo un _quid pro quo_, llevando al señor un billete que

era para el mayordomo y al mayordomo una carta que escribía al señor.»

«Dos grandes pérdidas», añadió Florimunda. «¡Oh!—replicó prontamente

Constanza—. Por lo que toca a la del señor, es poco importante, pues

ya había consumido casi toda su hacienda; pero el mayordomo ahora

comenzaba su carrera. No ha pasado aún por la aduana de las coquetas, y

así, es una pérdida muy digna de llorarse.»

A esto, poco más o menos, se redujo la conversación antes de comer,

y sobre el mismo asunto continuó durante la comida. Y como nunca

acabaría yo si hubiese de referir cuantas especies se tocaron, todas de

murmuración o de fatuidad, el lector llevará a bien que las suprima,

para contarle el modo con que fué recibido un pobre diablo de autor que

llegó a casa de Arsenia hacia el fin de la comida.

Entró nuestro lacayuelo donde estaban comiendo, y en voz alta dijo a

mi ama: «Señora, ahí está un hombre con la camisa sucia y lleno de

cazcarrias hasta el cogote, que, con perdón de ustedes, tiene traza

de poeta, y dice que desea hablar a usted.» «Hazle subir—respondió

Arsenia—. ¡Nada de cumplimientos, señores—añadió—, que es un autor!»

Efectivamente, era uno que había compuesto cierta tragedia admitida por

la compañía y traía el papel que había de representar mi ama. Llamábase

Pedro de Moya. Al entrar, hizo cinco o seis profundas cortesías a los

concurrentes, sin que ninguno de ellos se levantase ni siquiera le

saludase. Solamente Arsenia le correspondió con una simple inclinación

de cabeza. Fuése acercando, pero siempre temblando y confuso;

cayéronsele los guantes y el sombrero; levantólos y se acercó a mi ama,

y presentándole un papel, más respetuosamente que un litigante presenta

a su juez un memorial, «Dignaos, señora—le dijo—, de aceptar el papel

que tengo la honra de ofrecer a vuestros pies.» Recibióle ella con la

mayor frialdad y con cierto aire de desprecio, sin dignarse ni aun de

responder una sola palabra a su cumplimiento.

No por esto se acobardó nuestro autor, el cual, aprovechando aquella

ocasión para distribuir otros papeles, dió uno a Casimiro y otro a

Florimunda, quienes los tomaron sin más cortesías ni ceremonias que

las que había usado Arsenia; antes por el contrario, el comediante,

naturalmente muy cortés, como lo son casi todos estos señores, le

insultó con chanzas picantes; pero el buen Pedro de Moya las llevó

con paciencia y no se atrevió a volverle las nueces al cántaro porque

no lo pagase después su trágica composición. Retiróse sin decir

palabra, pero, a mi parecer, vivamente picado del recibimiento que le

habían hecho. Tengo por cierto que allá en su interior no dejaría de

decir mil pestes de los comediantes, como merecían; y éstos, después

que él salió, comenzaron a hablar de los autores con mucho respeto.

«Paréceme—dijo Florimunda—que el señor Pedro de Moya no ha ido muy

satisfecho de nosotros.» «Y bien, señora—interrumpió Casimiro—, ¿qué

cuidado se os da? ¿Por ventura son dignos de nuestra atención los

autores? Si los igualáramos a nosotros, ése sería el mejor medio para

echarlos a perder. Tengo bien conocidos a esos pobres diablos y por

eso mismo sé que si los tratáramos de otra manera presto se olvidarían

de lo que son y nos perderían el respeto. Tratémoslos, pues, como

esclavos, y no temamos que les apuremos la paciencia. Si, enfadados,

se retiraren de nosotros algún tiempo, no durará mucho; la manía de

escribir les hará presto volver a buscarnos, y darán gracias a Dios

si nos dignamos de representar sus obras.» «Tienes mucha razón—dijo

entonces Arsenia—; solamente perdemos aquellos autores cuya fortuna

labramos con nuestra habilidad, pues luego que los hemos acreditado y

puesto en paraje de que tengan que comer se dan a la ociosidad y ya

no quieren trabajar; pero al fin la compañía se consuela y el público

tiene menos que padecer.»

Aplaudieron todos este parecer y quedaron en que los autores, a pesar

de lo mal que los trataban los comediantes, siempre les estaban muy

obligados, porque les eran deudores de todo lo que tenían. Así los

abatían los histriones, haciéndolos inferiores a ellos y ciertamente no

podían despreciarlos más.

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 1 de 3) · 第 55 / 76 题