Por qué casualidad sale Gil Blas de la cárcel, y a dónde se encaminó
después.
Mientras yo pasaba los días y las noches en desvariar entregado a
mis tristes reflexiones, se divulgaron por la ciudad mis aventuras,
ni más ni menos que yo las había dictado en mi declaración. Muchas
personas me quisieron ver por curiosidad. Venían unas en pos de otras,
y se asomaban a una ventanilla que daba luz a mi prisión, y después
de haberme mirado algún tiempo se retiraban silenciosas. Sorprendióme
aquella novedad. Desde mi entrada en la cárcel nunca había visto alma
viviente asomarse a la tal ventanilla, que caía a un patio donde
habitaban el silencio y el horror. Me hizo creer que yo había llamado
la atención de la ciudad; pero no acertaba a pronosticar si sería para
mal o para bien.
Uno de los primeros que vi fué el muchacho o niño de coro de Mondoñedo
que en Cacabelos se escapó, como yo, de miedo del tormento. Conocíle
luego, y él no fingió desconocerme, como lo había fingido el arriero.
Saludámonos uno y otro, y entablamos una larga conversación, en la
cual me vi precisado a hacerle una nueva relación de mis aventuras, lo
que produjo dos efectos diferentes en el ánimo de los circunstantes,
pues que los hice reír y me atraje su compasión. El, por su parte, me
contó lo que había pasado en el mesón de Cacabelos entre el arriero y
la mujer después que un terror pánico nos había separado de ella. En
una palabra, contóme todo lo que dejo ya dicho. Despidióse después de
mí, prometiéndome que sin perder tiempo iba a hacer todo lo posible
para que me dieran libertad. Desde entonces todas las personas que como
él habían venido a verme por mera curiosidad me aseguraron que mis
desgracias las movían a compasión, ofreciéndome al mismo tiempo unirse
con aquel mozo para solicitar que me librasen de la cárcel.
Cumplieron efectivamente su palabra. Hablaron en favor mío al
corregidor, quien, no dudando ya de mi inocencia, particularmente desde
que el niño de coro le contó todo lo que sabía, tres semanas después
vino a la prisión y me dijo: «Gil Blas, aunque si fuese yo un juez
severo podría detenerte aquí, no quiero dilatar más tu causa. Vete; ya
estás libre y puedes salir cuando quisieres. Pero dime—prosiguió—:
si te llevaran al bosque donde estaba el subterráneo, ¿no le podrías
descubrir?» «No, señor—le respondí—, porque como entré en él de
noche y salí antes del día, no me sería posible dar con él.» Con eso
se retiró el juez, diciendo que iba a dar orden al carcelero que me
franquease la puerta. Con efecto, un momento después vino el alcaide
con sus satélites, que traían un lío de ropa, los cuales, con mucha
gravedad y sin decir una sola palabra, me despojaron de la casaca y
de los calzones, que eran de paño fino y casi nuevo, me metieron por
la cabeza una especie de chamarreta muy vieja y muy raída a manera de
escapulario, y concluída esta ceremonia me pusieron a la puerta de la
cárcel, echándome a empellones fuera de ella.
La vergüenza que padecí al verme en tan mala ropa moderó mucho la
alegría que comúnmente tienen los presos cuando han recobrado su
libertad. Tuve impulso de salirme inmediatamente de la ciudad, por
huir de la vista del pueblo, que no podía sufrir sin rubor; pero pudo
más mi agradecimiento. Fuí a dar las gracias al cantorcillo, a quien
debía tanta obligación. No pudo dejar de reír luego que me vió. «A lo
que advierto—dijo—, parece que la justicia ha hecho contigo todas
sus habilidades.» «No me quejo de la justicia—le respondí—: ella
en sí es muy justa; solamente desearía yo que todos sus oficiales
fueran hombres de bien y de conciencia. A lo menos, me pudieran
haber dejado el vestido, pues me parece que no le había pagado mal.»
«Convengo en eso—me replicó—; pero dirán que ésas son formalidades
que indispensablemente se deben observar. Y si no, dime: ¿crees, por
ventura, que el caballo en que viniste se ha restituído a su primer
dueño? No lo creas, porque el tal caballo está actualmente en la
caballeriza del escribano, donde se depositó como una prueba del
delito, y yo estoy persuadido de que su amo verdadero nunca volverá
a ver ni siquiera la grupera. Pero mudemos de conversación—continuó
el cantorcillo—. ¿Qué ánimo tienes y qué piensas hacer ahora?» «Mi
ánimo es—le respondí—irme derecho a Burgos a buscar a la señora a
quien liberté de los ladrones. Naturalmente, me dará algún dinerillo,
con el cual compraré unos hábitos nuevos y partiré a Salamanca, donde
procuraré aprovecharme de mi latín. Mi mayor apuro es que aun no estoy
en Burgos y es menester vivir en el camino.» «¡Ya te entiendo!—me
replicó—. Aquí tienes mi bolsa. Está un poco vacía, a la verdad; mas
ya sabes que un pobre cantor no es un obispo.» Al mismo tiempo la sacó,
y me la puso en las manos con tan buena voluntad que no pude menos de
aceptarla. Agradecíselo tanto como si me hubiera hecho dueño de todo
el oro del mundo, y le pagué con mil protestas de servirle, cosa que
nunca tuvo efecto. Después de esto nos despedimos, y yo salí de aquel
pueblo sin ver a ninguna de las otras personas que habían contribuído a
librarme de la prisión, contentándome con darles dentro de mi corazón
mil y mil bendiciones.
El cantorcillo tuvo mucha razón en no hacer ostentación de su bolsa,
porque en realidad encontré en ella poco dinero, y todo en calderilla.
Por fortuna, había dos meses que estaba acostumbrado a una vida muy
frugal, y todavía me restaban algunos reales cuando llegué al lugar de
Puentedura, poco distante de Burgos. Detúveme en él para saber de doña
Mencía. Entré en un mesón, cuya huéspeda era una mujer muy pequeña, muy
enjuta, vivaracha y de mala condición. Luego conocí, por la mala cara
que me puso, que no le había gustado mi chamarreta, lo que fácilmente
le perdoné. Sentéme a una asquerosa mesa, donde comí un pedazo de pan
con un cuarterón de queso y bebí algunos tragos de un detestable vino
que me trajeron. Durante la comida, que era muy correspondiente a mi
equipaje, quise entablar conversación con la huéspeda, que me dió a
entender con un gesto desdeñoso que tenía a menos hablar conmigo.
Supliquéle que me dijese si conocía al marqués de la Guardia, si estaba
lejos su casa de campo y, particularmente, si se sabía en qué había
parado la marquesa su mujer. «¡Muchas cosas me preguntáis!»—respondió
muy desdeñosa. Sin embargo, me contestó en abreviatura y con muy mal
talante, diciendo que la casa de campo de don Ambrosio distaba una
legua corta de Puentedura.
Después que acabé de beber y de cenar, como era ya de noche, mostré
que deseaba recogerme, y pedí un cuarto. «¡Un cuarto para él!—me dijo
la mesonera, mirándome de hito en hito con altivez y con desprecio—.
¡Un cuarto para él! ¡Los cuartos de mi casa los reservo yo para gentes
que no cenan pan y queso! Todas mis camas están ocupadas, porque estoy
esperando a ciertos caballeros de importancia que vienen a hacer noche
aquí; lo más que te puedo ofrecer es el pajar, porque creo no será la
primera vez que hayas dormido sobre paja.» En esto decía más verdad de
lo que ella misma pensaba. No le repliqué palabra. Abracé prudentemente
el partido que me proponía; fuime al pajar y dormí con tranquilidad,
como hombre que ya estaba hecho a trabajos.