Del modo poco gustoso con que fué interrumpida la conversación de la
señora y de Gil Blas.
Con efecto, se deshacía en lágrimas doña Mencía al acabar de hacerme
su relación. Dejéla dar entera libertad a los suspiros, y lloraba yo
también: tan natural es interesarse en el dolor de los infelices,
y muy particularmente en el de una mujer hermosa y afligida. Iba a
preguntarle qué partido quería tomar en la coyuntura en que se hallaba,
y quizá ella misma iba también a consultarme lo propio si no hubiera
sido interrumpida nuestra conversación. Oímos en el mesón un gran
rumor que llamó nuestra atención. Causábale la venida el corregidor,
que, acompañado de dos alguaciles y muchos ministriles, se entró
en el cuarto donde estábamos. El primero que se acercó a mí fué un
caballerito que venía en compañía del corregidor. Paróse a mirar muy
despacio y muy de cerca mi vestido, y después de alguna suspensión
exclamó diciendo: «¡Vive el Cielo que ésta es mi mismísima ropilla! ¡La
conozco tan bien como he conocido mi caballo! ¡Sobre mi palabra que
podéis prender a este hombre honrado! ¡Sin duda es uno de los ladrones
que tienen no sé qué oculta madriguera en este país!»
Al oír aquellas palabras me persuadí de que sin duda me había tocado,
por desgracia mía, el despojo de aquel caballero, y, por consiguiente,
me quedé sorprendido e inmutado. El corregidor, que por su oficio
debía juzgar antes mal que bien de la turbación en que me veía, hizo
juicio de que la acusación no era mal fundada, y sospechando que
la señora podía también ser cómplice, nos hizo prender a los dos y
poner en cuartos separados. No era este juez de aquellos de rostro
grave y ceñudo; antes bien, mostraba un semblante apacible y risueño,
acompañado de un modo de hablar dulce y cariñoso; pero sabe Dios si era
mejor que los primeros. Luego que estuve en la prisión, vino a ella con
sus dos precursores, esto es, sus dos alguaciles, los cuales, según su
buena costumbre, empezaron por registrarme bien las faltriqueras. ¡Qué
día para aquella honrada gente! Acaso en todos los de su vida no habían
tenido otro semejante. A cada puñado de doblones que me sacaban, estaba
viendo que rebosaban sus ojos de alegría. Hasta el mismo corregidor
parecía que estaba fuera de sí. «Hijo—me decía en un tono lleno de
miel y dulzura—, no extrañes ni tengas recelo de lo que ejecutamos,
que en esto no hacemos mas que nuestro oficio. Si estás inocente, nada
te perjudicará.» Mientras tanto fueron poco a poco aliviando del peso
mis bolsillos, quitándome aun lo que habían respetado los ladrones:
quiero decir los cuarenta ducados de mi tío. Escudriñáronme de pies a
cabeza sus codiciosas e infatigables manos, haciéndome volver a todos
lados y despojándome de todos los vestidos para ver si tenía guardado
algún dinero entre el pellejo y la camisa. Después que cumplieron tan
exactamente con aquella su importante obligación, el corregidor me hizo
sus preguntas. Satisfícelas presto, refiriéndole ingenuamente todo
lo sucedido. Hizo escribir mi declaración y partió con su gente y mi
dinero, dejándome desnudo sobre la paja.
«¡Oh vida humana—exclamé cuando me vi solo en aquel miserable
estado—, qué llena estás de contratiempos y de caprichosas aventuras!
Desde que salí de Oviedo no he experimentado mas que desgracias.
Apenas salgo de un peligro cuando caigo en otro. Al llegar a esta
ciudad estaba muy lejos de pensar que en tan poco tiempo había de
conocer a su corregidor.» Haciendo estas reflexiones inútiles me vestí
la maldita ropilla y lo restante de la ropa que me había puesto en
aquel estado; y después, hablándome y alentándome a mí mismo, «¡Animo,
Gil Blas—me dije—; valor y constancia! ¡Vamos claros! ¡Piensa que
después de este tiempo vendrá quizá otro más dichoso! ¿Será bueno
desesperarte porque te ves en una prisión ordinaria después de haber
hecho tan penoso ensayo de tu paciencia en la tenebrosa cueva? Mas,
¡ay—añadí tristemente—, yo me alucino y me lisonjeo! ¿Cómo será
posible que salga de esta cárcel, cuando acaban de quitarme los medios
de conseguirlo? Un pobre encarcelado sin dinero es un pájaro a quien
cortan las alas.»
En lugar de la liebre y de la perdiz que había mandado componer me
trajeron un pedazo de pan negro y un jarro de agua, dejándome tascar
el freno en mi calabozo. En él estuve quince días enteros, sin ver en
todos ellos otra persona que el alcaide, que venía todas las mañanas
a registrar y renovar las prisiones. Cuando le veía, intentaba querer
entablar conversación con él para desahogarme algún tanto; pero aquel
hombre nada respondía a cuanto le preguntaba. Jamás me fué posible
sacarle ni una sola palabra. Entraba y salía muchas veces sin dignarse
siquiera de mirarme. Al décimosexto día se dejó ver el corregidor, y me
dijo: «Ya puedes alegrarte, porque te traigo una buena nueva. Hice que
fuese conducida a Burgos la señora que venía contigo, examinéla sobre
quién eras, y tu conducta y sus respuestas te justificaron. Hoy mismo
saldrás de la cárcel, con tal que el arriero en cuya compañía viniste
desde Peñaflor a Cacabelos, según has dicho, confirme tu declaración.
Está en Astorga; ya le he enviado a llamar, y le estoy esperando.
Si conviene su declaración con la tuya, inmediatamente te pongo en
libertad.»
Consoláronme mucho estas palabras, y desde aquel momento me consideré
fuera de todo enredo. Di gracias al juez por la buena y pronta justicia
que me quería hacer; y apenas había acabado mi cumplido, cuando llegó
el arriero entre dos alguaciles. Conocíle inmediatamente; pero el
bribón, que sin duda había vendido mi maleta con todo lo que había
dentro, temiendo le obligasen a restituir el dinero que había recibido
si confesaba que me conocía, dijo descaradamente que no sabía quién yo
era y que jamás me había visto. «¡Ah traidor!—exclamé yo—. ¡Confiesa
que has vendido mi ropa y respeta la verdad! ¡Mírame bien! Yo soy uno
de aquellos mozos a quienes amenazaste con el tormento en Cacabelos,
llenando a todos de miedo.» El taimado respondió muy fríamente que le
hablaba una jerigonza que él no entendía; y como ratificó y mantuvo
hasta el fin aquel solemnísimo embuste, mi libertad se difirió hasta
mejor ocasión. «Hijo—me dijo el corregidor—, bien ves que el arriero
no concuerda con lo que declaraste; y así, no puedo soltarte, por
más que lo deseo.» Convínome, pues, armarme nuevamente de paciencia
y resolverme a estar todavía a pan y agua y sufrir al silencioso
carcelero. Cuando pensaba en que no podía salir de entre las garras
de la justicia, siendo así que no había cometido delito alguno, me
desesperaba con este triste pensamiento, y echaba de menos el lóbrego
subterráneo. «Bien reflexionado—me decía yo a mí mismo—, allí me
hallaba menos mal que en este calabozo. Por lo menos en aquél comía y
bebía alegremente con los ladrones, divertíame con ellos y me consolaba
la dulce esperanza de poderme escapar algún día; pero seré quizá muy
feliz si sólo puedo salir de aquí para ir a galeras, a pesar de mi
inocencia.»