Tras la escuela de la _Misión_, vino en las Indias Occidentales el
colegio para indígenas en cada Obispado. Los Reyes Católicos habían
recomendado la _Doctrina_, con insistencia en sus reales cartas, y para
llegar á ese fin era muy necesario el idioma; así que las clases de
_gramática castellana_ se instituían con predilección en todos los
territorios conquistados.
Después de estas escuelas el primer colegio que se fundó en el Nuevo
Mundo fué el de la _Santa Cruz_, en Tlatelolco—México—el año de 1535.
Allí se enseñaba latín, filosofía, música, medicina y lenguas nativas en
concordancia con la gramática castellana. Al siguiente año de 1536 dictó
el Rey una real orden especial sobre la enseñanza de la juventud
criolla.
La enseñanza iba en progresiva escala bajo la dirección de las Ordenes
de Regulares; y en 1551 el Emperador Carlos V. fundó las Universidades
de Mexico y del Perú, en sus propias capitales.
Dice el escritor norte-americano Ed. Gaylord Bourne,[1] que las
instituciones de enseñanza fundadas en México, durante el siglo XVI, no
hay exageración en decir, que por su número, rango de estudios y alto
nivel intelectual de los catedráticos, superaban á cuanto existió en la
América inglesa hasta el siglo XIX. (Ed. Gaylord Bourne. Profesor de
Historia en la Universidad de Yale. _España en América._ Traducida al
español. Habana, 1906, pág. 274).
Si nos ocupáramos detalladamente del Perú habría que tomar notas
interesantísimas del viaje de Ulloa en lo referente á las universidades
y centros de enseñanzas entre los peruanos. Bástenos recordar que para
esa época florecieron los ilustres criollos Vega,[2] Sandoval[3] y
Pinedo.[4]
Si pasamos á Venezuela nos encontramos con que en 1696 funda don Diego
de Baños y Sotomayor el Colegio Seminario de _Santa Rosa_, en la ciudad
de Caracas, dotándolo de cátedras y becas. Y que el rey Felipe V. en
1721, por una real orden convirtió el Seminario Tridentino de la capital
de Venezuela en Universidad Real y Pontificia con los mismos privilegios
que la de Salamanca.
He aquí lo que dice un ilustre historiador venezolano, don Rafael María
Baralt en su _Historia de Venezuela_ (Curazao, 1887. 2ª. edición, tomo
1º, pág. 427):
“Seamos justos diciendo, que Carlos III no olvidó á sus vasallos de
Ultramar en las reformas utilísimas que hizo en los estudios
españoles... Grande esfuerzo de liberalidad era por parte de los
monarcas españoles la sola introducción en América del arte tipográfico.
Pero aun se hizo más. Planteáronse en algunos lugares sociedades
patrióticas, á semejanza de las de España. En México se estableció un
jardín botánico, una academia de nobles artes y una escuela de minería,
en donde se hacía un estudio sólido de las matemáticas. En Bogotá se
fundó un Observatorio Astronómico, único en la América hispana. En
Guatemala se abrieron escuelas de Dibujo y se adoptaron nuevos cursos de
Filosofía en la Universidad. En Quito se introdujeron reformas
esenciales en el plan de estudios. En Lima, desde 1771, en el colegio de
San Carlos, se enseñaba la física de Newton, la Anatomía práctica y la
Medicina, en unión de otras Ciencias.”
En 1611 ya los Jesuitas habían fundado noviciados y escuelas en varias
poblaciones del Plata; y para la citada fecha el establecimiento que
tenían en Córdoba fué declarado _Colegio Máximo_. Y dos años después, en
1613, el Obispo de Tucumán, Sanabria, le señaló una renta de dos mil
pesos anuales, y llegó á ser con el tiempo base de la Universidad de
Córdoba. En 1621 obtuvieron los Jesuitas autorización para fundar
universidades en las posesiones de Sud América; cuya concesión fué
ratificada por una Bula de Gregorio XV. La Compañía de Jesús fundó los
Colegios de Monserrat, en Córdoba, los de San Ignacio y de Belén en
Buenos Aires y los de la Rioja, Santiago del Estero y Asunción del
Paraguay. En 1700 fundaron el Seminario de Loreto. Hasta su expulsión,
en 1767, fueron los educadores de Buenos Aires, Tucumán y Paraguay. Las
escuelas de los pueblos estaban á cargo de los curas párrocos.[5].
España, pues, daba á América en cuestión de _instrucción pública_ todo
cuanto tenía, como se lo había dado en otro orden de ideas. Por eso dice
un escritor moderno con sobrada razón:
“Si _colonizar_ es fundar nuevas sociedades con el mismo espíritu y la
propia sangre de las metrópolis; dar la mano á pueblos atrasados,
extraños al movimiento general de la civilización; llevar, en una
palabra, el genio propio á remotos países, prodigando en ellos esfuerzos
y sacrificios y haciéndolos entrar por estos medios en la consideración,
la simpatía y el respeto de los pueblos cultos ¿cómo podría negarse á
España el primer puesto entre las naciones colonizadoras, siendo así que
desde el primer día de las exploraciones marítimas y las empresas
militares de América, no solo dedicó á ellas una atención preferente, si
que lo hizo con la intervención activa del Estado, representación
genuina de la totalidad nacional, y con el propósito confesado
solemnemente de no limitar su empeño á la explotación de las comarcas
descubiertas y de los pueblos subyugados, estimando sus creaciones como
meras factorías al uso de aquellos tiempos, si que de llevarlo á la
propagación de las ideas políticas y religiosas por ella profesadas,
implantando allende el Atlántico las instituciones fundamentales de la
sociedad europea, haciendo entrar en un mismo molde á indios y
españoles, y mirando especialmente los intereses de aquellos cuya tutela
se arrogaba con una intención y una solicitud de que en la historia
quizá no se dé otro ejemplo?”[6]