España dió cuanto tenía á los países descubiertos por la intrepidez del
gran Ligur: sus hombres de guerra y sus hombres de paz, su religión y
sus costumbres. Los mismos Reyes quisieron dirigir la colonización, como
hacía Augusto con los países agregados al Imperio. Si hubo sangre y
estragos, ésto es propio de a conquista; si hubo frailes y togados
intransigentes lo traía consigo la época, en la que la nota dominante
era la intransigencia político-religiosa; si los guerreros eran crueles
con sus enemigos, la tremenda lucha de ocho siglos con el agareno para
recuperar el suelo de la patria había engendrado esos caracteres de
hierro, los únicos que podían por aquel entonces atravesar por vez
primera el _Mar Tenebroso_ y escalar heroicamente la cima de los Andes.
Dando España á América todo cuanto tenía ella en el siglo XV, natural y
lógico era que tomaran carta de naturaleza todas las virtudes y vicios
del pueblo español en las Indias Occidentales.
La empresa fué grandiosa y el mayor poder moral que había en Europa—el
Papado—sancionó con _Bula Especial_ la adquisición de las nuevas
tierras, con el obligado nexo de la protección oficial á la religión de
Cristo. No es de extrañar, pues, que la cruz y la espada, que hicieron
la feliz adquisición de los nuevos países, llevaran también á efecto
conjuntamente la colonización.