Isla, que està en la misma Baìa, i llamò à los Indios, los quales
vinieron, i estuvieron con èl buen pedaço de tiempo, i por via de
rescate le dieron Pescado, i algunos pedaços de carne de Venado. Otro
dia siguiente, que era Viernes Santo, el Governador se desembarcò con la
mas Gente, que en los Bateles que traìa, pudo sacar; i como llegamos à
los Buhìos, ò Casas, que haviamos visto de los Indios, hallamòslas
desamparadas, i solas, porque la Gente se havia ido aquella noche en sus
Canoas. El vno de aquellos Buhìos era mui grande, que cabrian en èl mas
de trecientas Personas: los otros eran mas pequeños, i hallamos alli vna
Sonaja de Oro, entre las Redes. Otro dia el Governador levantò Pendones
por V. Mag. i tomò la posesion de la Tierra en su Real Nombre, presentò
sus Provisiones, i fue obedescido por Governador, còmo V. Mag. lo
mandaba. Asimismo presentamos nosotros las nuestras ante èl, i èl las
obedesciò, como en ellas se contenia. Luego mandò, que toda la otra
Gente desembarcase, i los Caballos que havian quedado, que no eran mas
de quarenta i dos, porque los demàs, con las grandes Tormentas, i mucho
tiempo que havian andado por la Mar, eran muertos: i estos pocos que
quedaron estaban tan flacos, i fatigados, que por el presente poco
provecho podiamos tener de ellos. Otro dia los Indios de aquel Pueblo
vinieron à nosotros, i aunque nos hablaron, como nosotros no teniamos
Lengua, no los entendiamos: mas hacian nos muchas señas, i amenaças, i
nos paresciò, que nos decian, que nos fuesemos de la Tierra; i con esto
nos dexaron, sin que nos hiciesen ningun impedimento, i ellos se fueron.
_CAP. IV. Como entramos Por la Tierra._
Otro dia adelante, el Governador acordò de entrar por la Tierra, por
descubrirla, i vèr lo que en ella havia. Fuimonos con èl, el Comisario,
i el Veedor, i Yo, con quarenta Hombres, i entre ellos seis de Caballo,
de los quales poco nos podiamos aprovechar. Llevamos la via del Norte;
hasta que à hora de Visperas llegamos à vna Baìa mui grande, que nos
paresciò que entraba mucho por la Tierra, quedamos alli aquella noche, i
otro dia nos bolvimos donde los Navios, i Gente estaban. El Governador
mandò, que el Vergantin fuese costeando la via de la Florida, i buscase
el Puerto, que Miruelo el Piloto havia dicho que sabia: mas ià èl lo
havia errado, i no sabia en què parte estabamos, ni adonde era el
Puerto; i fuele mandado al Vergantin, que si no lo hallase, travesase à
la Habana, i buscase el Navio, que Alvaro de la Cerda tenia, i tomados
algunos Bastimentos, nos viniesen à buscar. Partido el Vergantin,
tornamos à entrar en la Tierra los mismos que primero, con alguna Gente
mas, i costeamos la Baìa, que haviamos hallado: i andadas quatro Leguas,
tomamos quatro Indios, i mostramosles Maìz, para vèr si lo conoscian,
porque hasta entonces no haviamos visto señal de èl. Ellos nos dixeron,
que nos llevarian donde lo havia, i asi nos llevaron à su Pueblo, que es
al Cabo de la Baìa, cerca de alli, i en èl nos mostraron vn poco de
Maìz, que aun no estaba para cogerse. Alli hallamos muchas Caxas de
Mercaderes de Castilla, i en cada vna de ellas estaba vn cuerpo de
Hombre muerto, i los cuerpos cubiertos con vnos Cueros de Venados,
pintados. Al Comisario le paresciò, que esto era especie de idolatrìa, i
quemò las Caxas con los cuerpos. Hallamos tambien pedaços de Lienço, i
de Paño, i Penachos, que parescian de la Nueva España: hallamos tambien
muestras de Oro. Por señas preguntamos à los Indios, de adonde havian
havido aquellas cosas? Señalaron nos, que mui lexos de alli havia vna
Provincia, que se decia Apalache, en la qual havia mucho Oro, i hacian
seña de haver mui gran cantidad de todo lo que nosotros estimamos en
algo. Decian, que en Apalache havia mucho, i tomando aquellos Indios por
Guia, partimos de alli: i andadas diez, ò doce Leguas, hallamos otro
Pueblo de quince Casas, donde havia buen pedaço de Maìz sembrado, que ià
estaba para cogerse, i tambien hallamos alguno, que estaba ià seco; i
despues de dos dias, que alli estuvimos, nos bolvimos donde el Contador,
i la Gente, i Navios estaban, i contamos al Contador, i Pilotos lo que
haviamos visto, i las nuevas, que los Indios nos havian dado. Y otro
dia, que fue primero de Maio, el Governador llamò à parte al Comisario,
i al Contador, i al Veedor, i à mi, i à vn Marinero, que se llamaba
Bartolomè Fernandez, i à vn Escrivano, que se decia Geronimo de Alaniz,
i asi juntos, nos dixo, que tenia en voluntad de entrar por la Tierra
adentro, i los Navios se fuesen costeando, hasta que llegasen al Puerto,
i que los Pilotos decian, i creìan, que iendo la via de las Palmas,
estaban mui cerca de alli, i sobre esto nos rogo, le diesemos nuestro
parescer. Yo respondia, que me parescia, que por ninguna manera debia
dexar los Navios, sin que primero quedasen en Puerto seguro, i poblado,
i que mirase, que los Pilotos no andaban ciertos, ni se afirmaban en vna
misma cosa, ni sabian à què parte estaban: i que allende de esto, los
Caballos no estaban para que en ninguna necesidad que se ofreciese, nos
pudiesemos aprovechar de ellos: i que sobre todo esto, ibamos mudos, i
sin Lengua, por donde mal nos podiamos entender con los Indios, ni saber
lo que de la Tierra queriamos, i que entrabamos por Tierra, de que
ninguna relacion teniamos, ni sabiamos de què suerte era, ni lo que en
ella havia, ni de què Gente estaba poblada, ni à què parte de ella
estabamos: i que sobre todo esto, no teniamos Bastimentos para entrar
adonde no sabiamos; porque visto lo que en los Navios havia, no se podia
dàr à cada Hombre de racion, para entrar por la Tierra, mas de vna libra
de Vizcocho, i otra de Tocino; i que mi parescer era, que se debia
embarcar, i ir à buscar Puerto, i Tierra; que fuese mejor para poblar,
pues lo que haviamos visto, en sì era tan despoblada, i tan pobre,
quanto nunca en aquellas Partes se havia hallado. Al Comisario lo
paresciò todo lo contrario; diciendo, que no se havia de embarcar, sino
que iendo siempre àcia la Costa, fuesen en busca del Puerto, pues los
Pilotos decian, que no estaria sino diez, ò quince Leguas de alli, la
via de Panuco; i que no era posible, iendo siempre à la Costa, que no
topasemos con èl, porque decian, que entraba doce Leguas adentro por la
Tierra, i que los primeros que lo hallasen, esperasen alli à los otros,
i que embarcarse era tentar à Dios, pues desque partimos de Castilla
tantos trabajos haviamos pasado, tantas Tormentas, tantas pèrdidas de
Navios, i de Gente haviamos tenido, hasta llegar alli: i que por estas
raçones èl se debia de ir por luengo de Costa, hasta llegar al Puerto: i
que los otros Navios, con la otra Gente, se irian la misma via, hasta
llegar al mismo Puerto. A todos los que alli estaban, paresciò bien que
esto se hiciese asi, salvo al Escrivano, que dixo, que primero que
desamparase los Navios, los debia de dexar en Puerto conoscido, i
seguro, i en parte que fuese poblada: que esto hecho, podria entrar por
la Tierra adentro, i hacer lo que le pareciese. El Governador siguiò su
parescer, i lo que los otros le aconsejaban. Yo, vista su determinacion,
requerile de parte de V. Mag. que no dexase los Navios, sin que quedasen
en Puerto, i seguros, i asi lo pedì por Testimonio al Escrivano, que
alli teniamos. El respondiò, que pues èl se conformaba con el parescer
de los mas de los otros Oficiales, i Comisario, que Yo no era parte para
hacerle estos requerimientos; i pidiò al Escrivano le diese por
Testimonio, como por no haver en aquella Tierra Mantenimientos para
poder poblar, ni Puerto para los Navios, levantaba el Pueblo que alli
havia asentado, i iba con èl en busca del Puerto, i de Tierra, que fuese
mejor; i luego mandò apercibir la Gente, que havia de ir con èl, que se
proveiesen de lo que era menester para la jornada; i despues de esto
proveìdo, en presencia de los que alli estaban, me dixo: Que pues Yo
tanto estorvaba, i temia la entrada por la Tierra; que me quedase, i
tomase cargo de los Navios, i la Gente, que en ellos quedaba, i poblase,
si Yo llegase primero que èl: Yo me escusè de esto; i despues de salidos
de alli aquella misma tarde, diciendo, que no le parescia, que de nadie
se podia fiar aquello, me embiò à decir, que me rogaba, que tomase cargo
de ello; i viendo que importunandome tanto, Yo todavia me escusaba, me
preguntò, què era la causa porque huìa de aceptallo? A lo qual respondí,
que Yo huìa de encargarme de aquello, porque tenia por cierto, i sabia;
que èl no havia de vèr mas los Navios, ni los Navios à èl; i que esto
entendia, viendo que tan sin aparejo se entraban por la Tierra adentro,
i que Yo queria mas aventurarme al peligro, que èl; i los otros se
aventuraban, i pasar por lo que èl, i ellos pasasen, que no encargarme
de los Navios, i dàr ocasion que se dixese, que como havia contradicho
la entrada, me quedaba por temor, i mi honra anduviese en disputa, i que
Yo queria mas aventurar la vida, que poner mi honra en esta condicion.
El, viendo que conmigo no aprovechaba, rogò à otros muchos, que me
hablasen en ello, i me lo rogasen: à los quales respondì lo mismo que à
èl; i asi proveiò por su Teniente, para que quedase en los Navios, à vn
Alcalde, que traìa, que se llamaba Caravallo.
_CAP. V. Como dexò los Navios el Governador._
Sabado, primero de Maio, el mismo dia que esto havia pasado, mandò dàr à
cada vno de los que havian de ir con él, dos libras de Vizcocho, i media
libra de Tocino; i ansi nos partimos para entrar en la Tierra. La suma
de toda la Gente que llevabamos, era trecientos Hombres, en ellos iba el
Comisario Frai Juan Suarez, i otro Fraile, que se decia Frai Juan de
Palos, i tres Clerigos, i los Oficiales. La Gente de Caballo, que con
estos ibamos, eramos quarenta de Caballo; i ansi anduvimos con aquel
Bastimento que llevabamos, quince dias; sin hallar otra cosa que comer,
salvo Palmitos, de la manera de los de Andalucia. En todo este tiempo no
hallamos Indio ninguno, ni vimos Casa, ni Poblado, i al cabo llegamos à
vn Rio, que lo pasamos con mui gran trabajo à nado, i en Balfast
detuvimonos vn dia en pasarlo, que traìa mui gran corriente. Pasados à
la otra parte, salieron à nosotros hasta docientos Indios, poco mas, ò
menos: el Governador saliò à ellos, i despues de haverlos hablado por
señas, ellos nos señalaron de fuerte, que nos ovimos de rebolver con
ellos, i prendimos cinco, ò seis, i estos nos llevaron à sus Casas, que
estaban hasta media legua de alli, en las quales hallamos gran cantidad
de Maìz, que estaba ià para cogerse, i dimos infinitas gracias à Nuestro
Señor, por havernos socorrido en tan gran necesidad; porque ciertamente,
romo eramos nuevos en los trabajos, allende del cansancio que traìamos,
veniamos mui fatigados de hambre, i à tercero dia, que alli llegamos,
nos juntamos el Contador, i Veedor, i Comisario, i Yo, i rogamos al
Governador, que embiase à buscar la Mar, por vèr si hallariamos Puerto,
porque los Indios decian, que la Mar no estaba mui lexos de alli. El nos
respondiò, que no curasemos de hablar en aquello, porque estaba mui
lexos de allí, i como Yo era el que mas le importunaba, dixome, que me
fuese Yo à descubrirla, i que buscase Puerto, i que havia de ir à pie
con quarenta Hombres, i ansi otro dia Yo me partì con el Capitan Alonso
del Castillo, i con quarenta Hombres de su Compañia, i asi anduvimos
hasta hora de medio dia, que llegamos à vnos Placeles de la Mar, que
parescia que entraban mucho por la Tierra: anduvimos por ellos hasta
legua i media, con el agua hasta la mitad de la pierna, pisando por
encima de Hostiones, de los quales rescibimos muchas cuchilladas en los
pies, y nos fueron causa de mucho trabajo; hasta que llegamos en el Rio,
que primero haviamos atravesado, que entraba por aquel mismo Ancon; i
como no lo podimos pasar, por el mal aparejo, que para ello teniamos,
bolvimos al Real, i contamos al Governador lo que haviamos hallado; i
como era menester otra vez pasar por el Rio, por el mismo lugar, que
primero lo haviamos pasado, para que aquel Ancon se descubriese bien, i
viesemos si por alli havia Puerto: i otro dia mandò à vn Capitan, que se
llamaba Valençuela, que con sesenta Hombres, i seis de Caballo, pasase
el Rio, i fuese por èl abaxo hasta llegar à la Mar, i buscar si havia
Puerto; el qual, despues de dos dias, que allà estuvo, bolviò, y dixo,
que èl havia descubierto el Ancon, i que todo era Baìa baxa hasta la
rodilla, i que no se hallaba Puerto; i que havia visto cinco, ò seis
Canoas de Indios, que pasaban de vna parte à otra, i que llevaban
puestos muchos Penachos. Sabido esto, otro dia partimos de alli, iendo
siempre en demanda de aquella Provincia, que los Indios nos havian dicho
Apalache, llevando por Guia los que de ellos haviamos tomado, i asi
anduvimos hasta diez i siete de Junio, que no hallamos Indios, que nos
osasen esperar; i alli saliò à nosotros vn Señor, que le traìa vn Indio
acuestas, cubierto de vn cuero de Venado pintado: traìa consigo mucha
Gente, i delante de èl venian tañendo vnas Flautas de Caña, i asi llegò
do estaba el Governador, i estuvo vna hora con èl, i por señas le dimos
à entender, que ibamos à Apalache, i por las que èl hiço nos paresciò
que era enemigo de los de Apalache; i que nos iria à aiudar contra èl.
Nosotros le dimos Cuentas, i Cascaveles, i otros rescates, i èl diò al
Governador el Cuero que traìa cubierto, i asi se bolviò, i nosotros le
fuimos siguiendo por la via que èl iba. Aquella noche llegamos à vn Rio,
el qual era mui hondo, i mui ancho, i la corriente mui recia, i por no
atrevernos à pasar, con Balsas hecimos vna Canoa para ello, i estuvimos
en pasarlo vn dia: i si los Indios nos quisieran ofender, bien nos
pudieran estorvar el paso, i aun con aiudarnos ellos, tuvimos mucho
trabajo: Uno de Caballo, que se decia Juan Velazquez, natural de
Cuellar, por no esperar entrò en el Rio, i la corriente, como era recia,
lo derribò del Caballo, i se asiò à las riendas, i ahogò à sì, i al
Caballo; i aquellos Indios de aquel Señor, que se llamaba
Dulchanchellin, hallaron el Caballo, i nos dixeron donde hallariamos à
èl por el Rio abaxo; i asi fueron por èl, i su muerte nos diò mucha
pena, porque hasta entonces ninguno nos havia faltado. El Caballo diò de
cenar à muchos aquella noche. Pasados de alli, otro dia llegamos al
Pueblo de aquel Señor, i alli nos embiò Maìz. Aquella noche, donde iban
à tomar Agua, nos flecharon vn Christiano, i quiso Dios que no lo
hirieron: Otro dia nos partimos de alli, sin que Indio ninguno de los
Naturales paresciese, porque todos havian huìdo; mas iendo nuestro
camino, parescieron Indios, los quales venian de Guerra, i aunque
nosotros los llamamos, no quisieron bolver, ni esperar, mas antes se
retiraron, siguiendonos por el mismo camino que llevabamos. El
Governador dexò vna Celada de algunos de Caballo en el camino, que como
pasaron salieron à ellos, i tomaron tres, ò quatro Indios, i estos
llevamos por Guias de alli adelante, los quales nos llevaron por Tierra
mui trabajosa de andar, i maravillosa de vèr, porque en ella ai mui
grandes Montes, i los Arboles à maravilla altos, i son tantos los que
estàn caìdos en el suelo, que nos embaraçaban el camino, de fuerte, que
no podiamos pasar sin rodear mucho, i con mui gran trabajo: de los que
no estaban caìdos, muchos estaban hendidos desde arriba hasta abaxo de
raios, que en aquella Tierra caen, donde siempre ai mui grandes
tormentas, i tempestades. Con este trabajo caminamos hasta vn dia
despues de San Juan, que llegamos à vista de Apalache, sin que los
Indios de la Tierra nos sintiesen: Dimos muchas gracias à Dios por
vernos tan cerca de èl, creiendo que era verdad lo que de aquella Tierra
nos havian dicho, que alli se acabarian los grandes trabajos que
haviamos pasado, asi por el malo, i largo camino para andar, como por la
mucha hambre que haviamos padescido; porque aunque algunas veces
hallabamos Maìz, las mas andabamos siete, i ocho leguas sin toparlo; i
muchos havia entre nosotros, que allende del mucho cansancio, i hambre,
llevaban hechas llagas en las espaldas de llevar las Armas acuestas, sin
otras cosas que se ofrescian. Mas con vernos llegados donde deseabamos,
i donde tanto mantenimiento, i Oro nos havian dicho que havia,
paresciònos, que se nos havia quitado gran parte del trabajo, i
cansancio.
_CAP. VI. Como llegamos à Apalache._
Llegados que fuimos à vista de Apalache, el Governador mandò, que Yo
tomase nueve de Caballo, i cinquenta Peones, i entrase en el Pueblo, i
ansi lo acometimos el Veedor, i Yo; i entrados no hallamos sino Mugeres,
i Muchachos, que los Hombres, à la saçon, no estaban en el Pueblo, mas
de ai à poco, andando nosotros por èl, acudieron, i començaron à pelear,
flechandonos, i mataron el Caballo del Veedor, mas al fin huieron, i nos
dexaron. Alli hallamos mucha cantidad de Maìz, que estaba ià para
cogerse, i mucho seco que tenian encerrado. Hallamosles muchos Cueros de
Venados, i entre ellos algunas Mantas de Hilo pequeñas, i no buenas, con
que las Mugeres cubren algo de sus personas. Tenian muchos Vasos para
moler Maìz. En el Pueblo havia quarenta Casas pequeñas, i edificadas,
baxas, i en lugares abrigados, por temor de las grandes tempestades, que
continuamente en aquella Tierra suele haver. El Edificio es de Paja, i
estàn cercados de mui espeso Monte, i grandes Arboledas, i muchos
Pielagos de Agua, donde ai tantos, i tan grandes Arboles caìdos, que
embaraçan, i son causa, que no se puede por alli andar, sin mucho
trabajo, i peligro.
_CAP. VII. De la manera que es la Tierra._