Aquel buen hombre, que se había pasado lo mejor de su vida en un trabajo
árido, siendo en él una misma persona el comerciante y el aventurero,
tenía, al entregarse al descanso, la pasión del orden, la manía de las
comodidades y de cuanto pudiera hacer placentera y acompasada la vida.
Le mortificaba todo lo que era irregular, todo lo que traía algún
desentono a las rutinarias costumbres que tan fácilmente adquiría. Había
establecido en su casa un régimen, por el cual todo se hacía a horas
fijas. Las comidas se le habían de servir a punto, y hasta en cosas muy
poco importantes ponía riguroso método. Ver cualquier objeto fuera de su
sitio en el despacho o en el gabinete le mortificaba. Si en cualquier
mueble notaba polvo, si por alguna parte se echaban de ver negligencias
de Felipe, se incomodaba, aunque con templanza. «Felipe, mira cómo está
ese candelabro... Felipe, ¿te parece que es ese el sitio de las cajas de
cigarros? Felipe, veo que te distraes mucho... Te has dejado aquí tus
apuntes de clase. Hazme el favor de no ponerme aquí papeles que no sean
míos».
Este prurito de método y regularidad se manifestaba más aún en cosas de
más alto interés. Por lo mismo que había pasado lo mejor de su vida en
medio del desorden, sentía al llegar a la edad madura, vehemente anhelo
de rodearse de paz y de asegurarla arrimándose a las instituciones y a
las ideas que la llevan consigo. Por esto aspiraba a la familia, al
matrimonio, y quería que fuera su casa firmísimo asiento de las leyes
morales. La religión, como elemento de orden, también le seducía, y un
hombre que en América no se había acordado de adorar a Dios con ningún
rito, declarábase en España sincero católico, iba a misa y hallaba muy
inconvenientes los ataques de los demócratas a la fe de nuestros padres.
La política, otro fundamento de la permanencia social, penetró asimismo
en su alma, y vedle aplaudiendo a los que querían reconciliar las
instituciones históricas con las novedades revolucionarias. A Caballero
le mortificaba todo lo que fuera una excepción en la calma y rutina del
mundo, toda voz desafinada, toda cosa fuera de su lugar, toda protesta
contra las bases de la sociedad y la familia, todo lo que anunciara
discordia y violencia, lo mismo en la esfera privada que en la pública.
Era un extenuado caminante que quiere le dejen descansar allí donde ha
encontrado quietud, paz y silencio.
Había comprado una casa nueva, hermosísima, en la calle del Arenal, cuyo
primer piso ocupaba por entero. Parte de ella estaba amueblada ya,
atendiendo más a la disposición cómoda, según el uso inglés, que a ese
lujo de la gente latina, que sacrifica su propio bienestar a estúpidas
apariencias. Allí, sin que faltara lo que recrea la vista, prevalecía
todo lo necesario para vivir bien y holgadamente. Aún no estaba completo
el ajuar de todas las habitaciones, particularmente de las destinadas a
la señora y a la futura prole de Caballero; pero cada día llegaban
nuevas maravillas. La casa era tal, que sólo pocas familias de
reconocida opulencia podían tenerla semejante en aquellos tiempos
matritenses en que sobre la vulgaridad del gran villorrio empezaba a
despuntar la capital moderna; y esta la constituyen, no sólo las anchas
vías y espaciosos barrios, sino también, y más principalmente aún la
comodidad y aseo de los interiores. Los amigos de Caballero vieron
asombrados el magnífico cuarto de baño que supo instalar aquel hombre
extravagante venido de América; se pasmaron de aquella cocina monstruo
que además de guisar para un ejército, daba agua caliente para toda la
casa; admiraron las anchas alcobas trasladadas de los recónditos
cuchitriles a las luces y al aire directo de la calle; advirtieron que
las salas de puro ornato no robaban la exposición de mediodía a las
habitaciones vivideras, y se asustaron de ver el gas en los pasillos,
cocina, baño, billar y comedor; y otras muchas cosas vieron y alabaron
que omitimos por no incurrir en prolijidad.
El despacho no estaba amueblado según los modelos convencionales de la
elegancia, que tan fácilmente tocan en lo cursi. Desdeñando la rutina de
los tapiceros, puso Agustín su despacho a estilo de comerciante rico, y
lo primero que, se veía en él, al entrar, era el copiador de cartas con
su prensa de hierro y demás adminículos. Dentro de lujosa vitrina, había
una linda colección de figurillas mejicanas, tipos populares expresados
con verdad y gracia admirable en cera y trapo. Nada existe más bonito
que estas creaciones de un arte no aprendido, en el cual la imitación de
la Naturaleza llega a extremos increíbles, demostrando la aptitud
observadora del indio y la habilidad de sus dedos para dar espíritu a la
forma. Sólo en el arte japonés se encuentra algo de valor semejante a la
paciencia y gusto de los escultores aztecas.
Dos estantes, uno repleto de libros de comercio y otro de literatura,
hacían juego con la exhibición de figurillas; mas la literatura era toda
de obras decorativas, si bien entre ellas las había tan notables por su
contenido como por sus pastas. Un calendario americano, género de
novedad entonces, ocupaba uno de los sitios más visibles. El reloj de la
chimenea era un hermoso bronce parisiense de estilo egipcio, con golpes
de oro y cardenillo; y en la misma chimenea así como en la mesa, había
variedad grande de objetos fabricados con ese jaspe mejicano, que por la
viveza de sus colores y la trasparencia de sus vetas no tiene igual en
el mundo. Eran jarroncillos y pisapapeles, la mayor parte de estos
imitando frutas, siendo en algunas piezas casi perfecto el engaño de la
piedra haciéndose pasar por vegetal. Completaba el ajuar del despacho
sillería de reps verde claveteada, que a Caballero se le antojaba de un
gusto detestable; mas había hecho propósito de regalarla a sus primos
cuando llegara la remesa de muebles que estaba esperando.
Allí trabajaba Agustín todos los días dos o tres horas. Escribía cartas
larguísimas a su primo, que había quedado al frente de la casa de
Brownsville; y también tenía correspondencia tirada con sus agentes de
Burdeos, Londres, París y Nueva York. Su letra clara, comercial bien
rasgueada y limpia era un encanto; mas su estilo, ajeno a toda
pretensión literaria y aun a veces desligado de todo compromiso
gramatical, no merece ciertamente que por él se rompa el respetable
secreto del correo. Aquel día, no obstante, introdujo en su epístola
novedades tan ajenas al comercio, que no es posible dejar de llamar la
atención sobre ellas. En un párrafo decía: «Me he enamorado de una
pobre», y más adelante: «Si tú la vieras me envidiarías. La conocí en
casa del primo Bringas. Su hermosura, que es mucha, no es lo que
principalmente me flechó, sino sus virtudes y su inocencia... Querido
Claudio, pongo en tu conocimiento que el señorío de esta tierra me
revienta. Las niñas estas, cuanto más pobres más soberbias. No tienen
educación ninguna; son unas charlatanas, unas gastadoras, y no piensan
más que en divertirse y en ponerse perifollos. En los teatros ves damas
que parecen duquesas, y resulta que son esposas de tristes empleados que
no ganan ni para zapatos. Mujeres guapas hay; pero muchas se blanquean
con cualquier droga, comen mal y están todas pálidas y medio tísicas;
mas antes de ir al baile se dan bofetadas para que les salgan los
colores... Las pollas no saben hablar más que de noviazgos, de pollos,
de trapos, del tenor H, del baile X, de _álbums_ y de sombreros así o
asado... Una señorita, que ha estado seis años en el mejor colegio de
aquí, me dijo hace días que Méjico está al lado de Filipinas. No saben
hacer unas sopas, ni pegar un triste botón, ni sumar dos cantidades,
aunque hay excepciones, Claudio, hay excepciones...».
Y en otra carta decía: «La mía es una joya. La conocí trabajando día y
noche, con la cabeza baja sin decir _esta boca es mía..._ La he conocido
con las botas rotas, ¡ella, tan hermosísima, que con mirar a cualquier
hombre habría tenido millones a sus pies!... Pero es una inocente y tan
apocada como yo. Somos el uno para el otro, y mejor pareja no creo que
pueda existir. En fin, Claudio, estoy contentísimo, y paso a decirte que
la partida de cueros la guardes hasta que pase el verano y sean más
escasos los arribos de Buenos Aires. He tenido aviso de la remesa de
pesos a Burdeos y de otra más pequeña a Santander. Ambas te las dejo
abonadas en cuenta».
Es de advertir que el afán de orden y de legalidad que dominaba al buen
Caballero desde su llegada a Europa, se extendía, por abarcarlo todo,
hasta lo que pertenece al fuero del lenguaje. Deseando no faltar a
ninguna regla, se había comprado el Diccionario y Gramática de la
Academia, y no los perdía de vista mientras escribía, para llegar a
vencer, con el trabajo de oportunas consultas, las dificultades de
ortografía que le salían al paso a cada momento. Tanto bregó, que sus
epístolas veíanse cada día más limpias de las gárrulas imperfecciones
que las afearan antaño, cuando las trazaba en el inmundo y desordenado
escritorio de su casa de Brownsville.
Todas las tardes salía a dar un paseo a caballo. Era diestro y seguro
jinete, de esa escuela mejicana, única, que parece fundir en una sola
pieza el corcel y el hombre. Lo mismo en sus correrías por las afueras
que en la soledad y sosiego de su casa, no se desmentía jamás en él su
condición de enamorado, es decir, que ni un instante dejaba de pensar en
su ídolo, contemplándolo en el espejo de su mente y acariciándolo de una
y otra manera. A veces tan clara la veía, como si viva la tuviera
enfrente de sí. Otras se enturbiaba de un modo extraño su imaginación, y
tenía que hacer un esfuerzo para saber cómo era y reconstruir aquellas
lindas facciones. ¡Fenómeno singular este desvanecimiento de la imagen
en el mismo cerebro que la agasaja! Por fortuna, no tardaba en
presentarse otra vez tan clara y tan viva como la realidad. Aquellos
hoyuelos, cuando se reía, ¡qué bonitos eran! Aquella manera particular
de decir _gracias_, ¿cómo se podía borrar de la fantasía del enamorado?
¿Ni cómo olvidar aquella muequecilla antes de decir _no_, aquel
repentino y gracioso movimiento de cabeza al afirmar, la buena compañía
que hacían los cabellos a los ojos, aquel tono de inocencia, de
sencillez, de insignificancia con que hablaba de sí misma? ¡Qué manera
aquella de mirar cuando se le decía una cosa grave! ¿Pues aquel modo de
cruzar el manto sobre el pecho, con la mano derecha forrada en él y
tapando la boca...?
Al día siguiente de la entrevista en la calle fría (y en dicha
entrevista fue donde Caballero observó el accidente aquel de la mano
forrada, que tan bien conservara en la memoria), escribiole una larga
carta. En ella, más que las palabras amorosas, abundaban las frialdades
positivas. Empezando por señalarle cuantiosa pensión mensual, mientras
llegase el feliz día del casorio, le proponía vivir en casa de Bringas.
Si los primos se negaban a esto, él la visitaría en casa de ella. Amparo
debía disponer con prontitud sus ajuares de ropa para entrar triunfal y
decorosamente en su nuevo estado.