XXI

Aquel buen hombre, que se había pasado lo mejor de su vida en un trabajo

árido, siendo en él una misma persona el comerciante y el aventurero,

tenía, al entregarse al descanso, la pasión del orden, la manía de las

comodidades y de cuanto pudiera hacer placentera y acompasada la vida.

Le mortificaba todo lo que era irregular, todo lo que traía algún

desentono a las rutinarias costumbres que tan fácilmente adquiría. Había

establecido en su casa un régimen, por el cual todo se hacía a horas

fijas. Las comidas se le habían de servir a punto, y hasta en cosas muy

poco importantes ponía riguroso método. Ver cualquier objeto fuera de su

sitio en el despacho o en el gabinete le mortificaba. Si en cualquier

mueble notaba polvo, si por alguna parte se echaban de ver negligencias

de Felipe, se incomodaba, aunque con templanza. «Felipe, mira cómo está

ese candelabro... Felipe, ¿te parece que es ese el sitio de las cajas de

cigarros? Felipe, veo que te distraes mucho... Te has dejado aquí tus

apuntes de clase. Hazme el favor de no ponerme aquí papeles que no sean

míos».

Este prurito de método y regularidad se manifestaba más aún en cosas de

más alto interés. Por lo mismo que había pasado lo mejor de su vida en

medio del desorden, sentía al llegar a la edad madura, vehemente anhelo

de rodearse de paz y de asegurarla arrimándose a las instituciones y a

las ideas que la llevan consigo. Por esto aspiraba a la familia, al

matrimonio, y quería que fuera su casa firmísimo asiento de las leyes

morales. La religión, como elemento de orden, también le seducía, y un

hombre que en América no se había acordado de adorar a Dios con ningún

rito, declarábase en España sincero católico, iba a misa y hallaba muy

inconvenientes los ataques de los demócratas a la fe de nuestros padres.

La política, otro fundamento de la permanencia social, penetró asimismo

en su alma, y vedle aplaudiendo a los que querían reconciliar las

instituciones históricas con las novedades revolucionarias. A Caballero

le mortificaba todo lo que fuera una excepción en la calma y rutina del

mundo, toda voz desafinada, toda cosa fuera de su lugar, toda protesta

contra las bases de la sociedad y la familia, todo lo que anunciara

discordia y violencia, lo mismo en la esfera privada que en la pública.

Era un extenuado caminante que quiere le dejen descansar allí donde ha

encontrado quietud, paz y silencio.

Había comprado una casa nueva, hermosísima, en la calle del Arenal, cuyo

primer piso ocupaba por entero. Parte de ella estaba amueblada ya,

atendiendo más a la disposición cómoda, según el uso inglés, que a ese

lujo de la gente latina, que sacrifica su propio bienestar a estúpidas

apariencias. Allí, sin que faltara lo que recrea la vista, prevalecía

todo lo necesario para vivir bien y holgadamente. Aún no estaba completo

el ajuar de todas las habitaciones, particularmente de las destinadas a

la señora y a la futura prole de Caballero; pero cada día llegaban

nuevas maravillas. La casa era tal, que sólo pocas familias de

reconocida opulencia podían tenerla semejante en aquellos tiempos

matritenses en que sobre la vulgaridad del gran villorrio empezaba a

despuntar la capital moderna; y esta la constituyen, no sólo las anchas

vías y espaciosos barrios, sino también, y más principalmente aún la

comodidad y aseo de los interiores. Los amigos de Caballero vieron

asombrados el magnífico cuarto de baño que supo instalar aquel hombre

extravagante venido de América; se pasmaron de aquella cocina monstruo

que además de guisar para un ejército, daba agua caliente para toda la

casa; admiraron las anchas alcobas trasladadas de los recónditos

cuchitriles a las luces y al aire directo de la calle; advirtieron que

las salas de puro ornato no robaban la exposición de mediodía a las

habitaciones vivideras, y se asustaron de ver el gas en los pasillos,

cocina, baño, billar y comedor; y otras muchas cosas vieron y alabaron

que omitimos por no incurrir en prolijidad.

El despacho no estaba amueblado según los modelos convencionales de la

elegancia, que tan fácilmente tocan en lo cursi. Desdeñando la rutina de

los tapiceros, puso Agustín su despacho a estilo de comerciante rico, y

lo primero que, se veía en él, al entrar, era el copiador de cartas con

su prensa de hierro y demás adminículos. Dentro de lujosa vitrina, había

una linda colección de figurillas mejicanas, tipos populares expresados

con verdad y gracia admirable en cera y trapo. Nada existe más bonito

que estas creaciones de un arte no aprendido, en el cual la imitación de

la Naturaleza llega a extremos increíbles, demostrando la aptitud

observadora del indio y la habilidad de sus dedos para dar espíritu a la

forma. Sólo en el arte japonés se encuentra algo de valor semejante a la

paciencia y gusto de los escultores aztecas.

Dos estantes, uno repleto de libros de comercio y otro de literatura,

hacían juego con la exhibición de figurillas; mas la literatura era toda

de obras decorativas, si bien entre ellas las había tan notables por su

contenido como por sus pastas. Un calendario americano, género de

novedad entonces, ocupaba uno de los sitios más visibles. El reloj de la

chimenea era un hermoso bronce parisiense de estilo egipcio, con golpes

de oro y cardenillo; y en la misma chimenea así como en la mesa, había

variedad grande de objetos fabricados con ese jaspe mejicano, que por la

viveza de sus colores y la trasparencia de sus vetas no tiene igual en

el mundo. Eran jarroncillos y pisapapeles, la mayor parte de estos

imitando frutas, siendo en algunas piezas casi perfecto el engaño de la

piedra haciéndose pasar por vegetal. Completaba el ajuar del despacho

sillería de reps verde claveteada, que a Caballero se le antojaba de un

gusto detestable; mas había hecho propósito de regalarla a sus primos

cuando llegara la remesa de muebles que estaba esperando.

Allí trabajaba Agustín todos los días dos o tres horas. Escribía cartas

larguísimas a su primo, que había quedado al frente de la casa de

Brownsville; y también tenía correspondencia tirada con sus agentes de

Burdeos, Londres, París y Nueva York. Su letra clara, comercial bien

rasgueada y limpia era un encanto; mas su estilo, ajeno a toda

pretensión literaria y aun a veces desligado de todo compromiso

gramatical, no merece ciertamente que por él se rompa el respetable

secreto del correo. Aquel día, no obstante, introdujo en su epístola

novedades tan ajenas al comercio, que no es posible dejar de llamar la

atención sobre ellas. En un párrafo decía: «Me he enamorado de una

pobre», y más adelante: «Si tú la vieras me envidiarías. La conocí en

casa del primo Bringas. Su hermosura, que es mucha, no es lo que

principalmente me flechó, sino sus virtudes y su inocencia... Querido

Claudio, pongo en tu conocimiento que el señorío de esta tierra me

revienta. Las niñas estas, cuanto más pobres más soberbias. No tienen

educación ninguna; son unas charlatanas, unas gastadoras, y no piensan

más que en divertirse y en ponerse perifollos. En los teatros ves damas

que parecen duquesas, y resulta que son esposas de tristes empleados que

no ganan ni para zapatos. Mujeres guapas hay; pero muchas se blanquean

con cualquier droga, comen mal y están todas pálidas y medio tísicas;

mas antes de ir al baile se dan bofetadas para que les salgan los

colores... Las pollas no saben hablar más que de noviazgos, de pollos,

de trapos, del tenor H, del baile X, de _álbums_ y de sombreros así o

asado... Una señorita, que ha estado seis años en el mejor colegio de

aquí, me dijo hace días que Méjico está al lado de Filipinas. No saben

hacer unas sopas, ni pegar un triste botón, ni sumar dos cantidades,

aunque hay excepciones, Claudio, hay excepciones...».

Y en otra carta decía: «La mía es una joya. La conocí trabajando día y

noche, con la cabeza baja sin decir _esta boca es mía..._ La he conocido

con las botas rotas, ¡ella, tan hermosísima, que con mirar a cualquier

hombre habría tenido millones a sus pies!... Pero es una inocente y tan

apocada como yo. Somos el uno para el otro, y mejor pareja no creo que

pueda existir. En fin, Claudio, estoy contentísimo, y paso a decirte que

la partida de cueros la guardes hasta que pase el verano y sean más

escasos los arribos de Buenos Aires. He tenido aviso de la remesa de

pesos a Burdeos y de otra más pequeña a Santander. Ambas te las dejo

abonadas en cuenta».

Es de advertir que el afán de orden y de legalidad que dominaba al buen

Caballero desde su llegada a Europa, se extendía, por abarcarlo todo,

hasta lo que pertenece al fuero del lenguaje. Deseando no faltar a

ninguna regla, se había comprado el Diccionario y Gramática de la

Academia, y no los perdía de vista mientras escribía, para llegar a

vencer, con el trabajo de oportunas consultas, las dificultades de

ortografía que le salían al paso a cada momento. Tanto bregó, que sus

epístolas veíanse cada día más limpias de las gárrulas imperfecciones

que las afearan antaño, cuando las trazaba en el inmundo y desordenado

escritorio de su casa de Brownsville.

Todas las tardes salía a dar un paseo a caballo. Era diestro y seguro

jinete, de esa escuela mejicana, única, que parece fundir en una sola

pieza el corcel y el hombre. Lo mismo en sus correrías por las afueras

que en la soledad y sosiego de su casa, no se desmentía jamás en él su

condición de enamorado, es decir, que ni un instante dejaba de pensar en

su ídolo, contemplándolo en el espejo de su mente y acariciándolo de una

y otra manera. A veces tan clara la veía, como si viva la tuviera

enfrente de sí. Otras se enturbiaba de un modo extraño su imaginación, y

tenía que hacer un esfuerzo para saber cómo era y reconstruir aquellas

lindas facciones. ¡Fenómeno singular este desvanecimiento de la imagen

en el mismo cerebro que la agasaja! Por fortuna, no tardaba en

presentarse otra vez tan clara y tan viva como la realidad. Aquellos

hoyuelos, cuando se reía, ¡qué bonitos eran! Aquella manera particular

de decir _gracias_, ¿cómo se podía borrar de la fantasía del enamorado?

¿Ni cómo olvidar aquella muequecilla antes de decir _no_, aquel

repentino y gracioso movimiento de cabeza al afirmar, la buena compañía

que hacían los cabellos a los ojos, aquel tono de inocencia, de

sencillez, de insignificancia con que hablaba de sí misma? ¡Qué manera

aquella de mirar cuando se le decía una cosa grave! ¿Pues aquel modo de

cruzar el manto sobre el pecho, con la mano derecha forrada en él y

tapando la boca...?

Al día siguiente de la entrevista en la calle fría (y en dicha

entrevista fue donde Caballero observó el accidente aquel de la mano

forrada, que tan bien conservara en la memoria), escribiole una larga

carta. En ella, más que las palabras amorosas, abundaban las frialdades

positivas. Empezando por señalarle cuantiosa pensión mensual, mientras

llegase el feliz día del casorio, le proponía vivir en casa de Bringas.

Si los primos se negaban a esto, él la visitaría en casa de ella. Amparo

debía disponer con prontitud sus ajuares de ropa para entrar triunfal y

decorosamente en su nuevo estado.

Tormento · 第 22 / 44 题