Poco más tarde despedíase Amparo, recibiendo de Rosalía los siguientes
encargos:
«Mañana me traes media docena de tubos. Se acaba de romper el del
recibimiento. Te pasas por la Cava Baja y das un recado al de los
huevos. Tráete dos docenas de botones como este, y ven temprano para que
me peines, porque he de ir a Palacio antes de la una».
En la calle, Amparo vio que se le ponía al lado un bulto, una persona,
un fantasma embozado. Diole saltos el corazón al reconocer las vueltas
rojas y grises de la capa.
«No se me escapa usted»--dijo Agustín echando la fisonomía fuera del
embozo.
--¡Ay!
--No hay motivo para asustarse. Es preciso que esto acabe pronto. Es
preciso que hablemos cuando nos plazca. Ni espiar los ratitos en que
usted se halle sola en la casa del primo, ni esperarla a la puerta, como
se espera a las modistas, me gusta.
--Tiene mucha razón--dijo ella, dejándose llevar de sus sentimientos.
--Por consiguiente, usted me dará permiso para ir a su casa. Desde hoy
entra usted en una vida nueva. La que va a ser mi mujer... y hasta ahora
no ha dicho usted nada en contrario...
En la pausa que él hizo, Amparo, confundida, buscaba las frases más
convenientes para contestar; pero aquel bálsamo suave que caía sobre las
heridas de su corazón le aletargaba el entendimiento.
--La que va a ser mi mujer--prosiguió Caballero--no puede vivir de esta
manera, sirviendo en una casa... porque esto es peor que servir... Ya es
tiempo además de que usted vaya arreglando sus cosas...
Música celeste era lo que Amparo oía. Tal era su éxtasis que no sabía
por donde andaba ni de qué modo expresar lo que sentía. La contestación
rotundamente afirmativa tropezaba en sus labios con algo asfixiante,
amargo y obstructivo que salía de su conciencia cuando menos lo pensaba.
Pero era tanta la debilidad de su carácter, que ni la conciencia ni el
afecto acertaban a declararse, y el _sí_ y el _no_, pasado un rato de
dolorosas tartamudeces, tornaban adentro... Rechazar de plano tanta
felicidad érale imposible; aceptarla le parecía poco delicado. Creía
salir del paso con la expresión de su agradecimiento que, a su modo de
ver, era como una aquiescencia condicional.
«No sé cómo agradecerle a usted... D. Agustín. Yo no valgo lo que usted
cree».
Sin hacer caso de esto, Caballero añadía:
«Desde mañana usted mudará de vida. Eso corre de mi cuenta. Es preciso
que Bringas y Rosalía lo sepan, porque a nada conduce el misterio».
Iban por la calle Ancha, sin separarse para dar paso a nadie. A ratos se
miraban y sonreían. Idilio más inocente y más soso no se puede ver a la
luz del gas y en la poblada soledad de una fea calle, donde todos los
que pasan son desconocidos. En los sucesivos accidentes de aquel
coloquio de tan poco interés dramático y cuyo sabor sólo podían gustar
ellos mismos, la voz de Amparo decía:
«Sí... lo había comprendido, pero tenía miedo de que usted me dijera
algo. Yo no valgo tanto como usted se figura».
--¿Usted qué ha de decir, si es la misma modestia?
Iban despacio y a cada frase se paraban deseosos de hacer muy largo el
camino. Los ojos de ella brillaban en la noche con dulce y poética luz,
y estaba tan orgulloso y enternecido Caballero mirándolos, que no se
habría cambiado por los ángeles que están tocando el arpa en las gradas
del trono del Criador...
«Otra cosa...--dijo temblando dentro de su capa--. ¿No le parece a usted
que nos tuteemos?».
Este brusco proyecto de confianza asustó tanto a la Emperadora que... se
echó a reír.
«Me parece--observó--que me será difícil acostumbrarme».
--Pues por mi parte...--manifestó el tímido--, creo que no tendré
dificultad. Verdad que esto es ya en mí pasión antigua, y tanto me he
acostumbrado a tal idea, que cuando estoy solo y aburrido en casa me
parece que la veo entrar a usted, digo, a ti; me parece que te veo
entrar, y que te oigo, dando órdenes a los criados y gobernando la
casa... Si ahora estas esperanzas de tanto tiempo se desvanecieran,
créalo usted... créelo, me enterrarían.
Amparito, confusa, se dejó estrechar la mano por la vigorosa y ardiente
de su amigo. Miraba a otra parte, a ninguna parte. Tenía la vista
extraviada. Había visto pasar una sombra negra.
«Ese gran suspiro--preguntó Caballero en tono pueril--¿es por mí?».
Ella le miró. Iba a decir que sí, pero no dijo sino:
«Con cien mil vidas que tuviera no le pagaría a usted...».
--Yo no quiero cien mil vidas; me basta con una, a cambio de la que yo
doy. Lo que ofrezco no es gran cosa. Todos dicen que soy un bruto, un
salvaje. Bien comprendo que no tengo atractivos, que mis modales son
algo toscos y mi conversación seca. Me he criado en la soledad, y no es
extraño que esa segunda madre mía me haya sacado un tanto parecido a
ella. Quizás en la vida íntima me encontrarían aceptable los que me
tachan de soso en la sociedad; pero esto no lo saben los que me ven de
lejos...
--Lo que a los demás no gusta--afirmó la joven resuelta, inspirada--a mí
me gusta.
Estaba tan guapita, que al más severo se lo podría perdonar que se
enamorase locamente de ella, sólo con verla una vez. Ojos de una
expresión acariciante, un poco tristes y luminosos como el crepúsculo de
la tarde; tez finísima y blanca; cabello castaño, abundante y rizado;
con suaves ondas naturales; cuerpo esbelto y bien dotado de carnes; boca
deliciosa e incomparables dientes, como pedacitos iguales de bien pulido
mármol blanco; cierta emanación de bondad y modestia, y otros y otros
encantos hacían de ella la más acabada estampa de mujer que se pudiera
imaginar. ¡Lástima grande que no llevara más gala que el aseo y que
estuviera su vestido tan entrado en días! El velo estaba pidiendo
sustituto, el mantón lo mismo, y sus botas aparentaban, a fuerza de
aliños, una juventud que no tenían. Pero todos aquellos desperfectos, y
aun otros menos visibles, tendrían remedio bien pronto. Entonces ¿qué
imagen se compararía a la suya? Pensando rápidamente en esto, todo su
ser latía con ansiedad muy viva. Porque Amparito, dígase claro, no tenía
ambición de lujo, sino de decencia; aspiraba a una vida ordenada, cómoda
y sin aparato, y aquella fortuna que se le acercaba diciéndole «aquí
estoy, cógeme», la volvía loca de alegría Y no obstante, valor le
faltaba para cogerla, porque de su interior turbadísimo salían reparos
terribles que clamaban: «detente... eso no es para ti».
Algo más de lo trascrito hablaron, frases sin sustancia para los demás,
para ellos interesantísimas. En la puerta de la casa, cuando mutuamente
se recreaban en sus miradas, recibiéndolas y devolviéndolas en agradable
juego, Caballero deslizó esta palabra:
«¿Subo?».
--Creo que no es prudente.
Ambos estaban serios.
--Me parece muy bien--dijo Agustín, que siempre era razonable--.
Mañana... ¡Qué feliz soy! ¿Y usted... y tú?
--Yo también.
--Sube. Aguardaré hasta que te vea dar la primera vuelta por la
escalera.