«Qué... ¿te encabritas? Es que no confío yo en tu salvación completa si
no ponemos mucha tierra y mucha agua de por medio. Patillas es listo, y
podría suceder que mi convaleciente... Las recaídas son siempre
mortales, hijo. Última palabra. Si no aceptas mi plan completo, te
abandono a tu desgraciada suerte. ¿Qué tienes que decir? ¿Vacilas?».
En efecto, el enfermo vacilaba, dejando ver la irresolución en su
semblante. Levantose entonces bruscamente D. Juan Manuel, cruzó el
manteo, tomó con aire decidido la canaleja, y poniéndosela de golpe como
un militar se pone el sombrero de tres picos, dijo así:
«Ea... bastante hemos hablado. Quédate con todos los demonios, y no
cuentes conmigo para nada».
Alzando la voz, que de afectuosa se trocó en severa, sacudió por un
brazo a Polo diciéndole:
«De mí no se ríe nadie... ¡ya sabes que tengo malas pulgas, y si me
apuras, todavía soy hombre para cogerte por un brazo y hacerte cumplir,
que quieras que no, con tu obligación, badulaque, mal hombre, clérigo
danzante!».
Tembló este al oír tan airadas palabras, y retuvo a su amigo,
agarrándole por el manteo. De esta manera le quería indicar que se
sentara para seguir hablando. Así lo hizo el célebre Nones, y tales
cosas humildes y compungidas le dijo el penitente, que el anciano se
aplacó y ambos celebraron su concordia con otro cigarrito.
Al día siguiente D. Pedro se fue al Castañar.