Mediano rato empleó el clérigo en dar fuego al cigarrito, en chuparlo,
en soplar la ceniza... Después, sin mirar a su amigo, empezó a exponer
ampliamente su pensamiento con estas palabras:
«La verdad más grande que se ha dicho en el mundo es esta: _Nihil novum
sub sole_. Nada hay nuevo debajo del sol. Por donde se expresa que
ninguna aberración humana deja de tener su precedente. El hombre es
siempre el mismo y no hay más pecados hoy que ayer. La perversidad tiene
poca inventiva, hijo, y si tuviéramos a mano el libro de entradas del
Infierno, nos aburriríamos de leerlo; tan monótono es. Quien como yo ha
estado barajando por tantos años conciencias de criminales y extraviados
no se asusta de nada. Y dicho esto, vamos al remedio.
»Dos males veo en ti: el pecado enorme y la enfermedad del ánimo que has
contraído por él. El uno daña la conciencia, el otro la salud. A
entrambos hay que atacar con medicina fuerte y sencilla. Sí, Perico, sí
_(voz alta y robusta)_ es indispensable cortar por lo sano, buscar el
daño en su raíz, y ¡zas!... echarlo fuera. Si no, estás perdido. ¿Que
esto te dará un gran dolor?... _(voz aflautada y blanda)_. Pues no hay
más remedio que sufrirlo. Luego vendrán los días a cicatrizarte, los
días, sí, que pasarán uno tras otro sus dedos suaves y amorosos, y cada
uno te quitará un poco de dolor, hasta que se te cierre la herida. Si
tienes miedo y en vez de cortar por lo sano quieres curarte con
cataplasmas, el mal te vencerá, llegarás a convertirte en una bestia, y
serás el escándalo de la sociedad y de nuestra clase.
»Porque mira tú _(voz insinuante)_, esas cosas, si bien se las mira, son
niñerías para el que tenga un poco de fuerza de voluntad y aprenda a
dominarse. Sucumbir a una borrasca de esas es vergonzoso para
cualquiera, y más aún para quien lleva encima siete varas de merino
negro. Y no hay aquello de decir _(voz alta y estrepitosa)_, llevándose
las manos a la cabeza: '¡Dios mío, qué desgraciado soy! ¡Cómo erré la
vocación!...'. Pues haberlo pensado antes, porque harto se sabe _(voz
muy familiar)_ que en este nuestro estado no hay que pensar en boberías.
¡A dónde iríamos a parar si el Sacramento se pudiera romper cuando se le
antoja a un boquirrubio, y volver al mundo y dale con _hoy digo misa y
mañana me caso_!... Nada, nada; al que le toca la china se tiene que
aguantar. Es lo mismo que cuando se pone a clamar al cielo uno que se ha
casado mal: 'Pues amigo, qué quiere usted... hubiéralo pensado
antes...'. ¿Y los que después de elegir una profesión encuentran que no
les va bien en ella? El mundo está lleno de equivocaciones. Pues si
acertáramos siempre, seríamos ángeles. Lo que yo digo; al que le toca la
china _(voz sumamente pedestre y familiar)_, no tiene más remedio que
rascarse y aguantar. Con que amigo, fastidiarse, resignarse, y volverse
a fastidiar y a resignar».
Dijo esto enfáticamente, acompañando el gesto a la palabra. Después,
inspirándose con otro par de chupadas, prosiguió su sermón:
«Aquí estamos dos amigos uno frente a otro. Hablemos de hombre a hombre
primero. Hay cosas que parecen dificilillas y peliagudas cuando no se
las mira de cerca, hay sacrificios que parecen imposibles cuando no se
prueba a hacerlos. Pero cuando una voluntad resuelta apechuga con ellos
se ve que no son un arco de iglesia. Amigo _(voz terrible)_, batallas
más bravas y espantosas que las que te aconsejo han ganado otros. ¿Y
cómo? Con paciencia, nada más que con paciencia. Esta virtud se cultiva,
como todas, con auxilio de la fe y de la razón. Y tú puedes volver sobre
ti mismo y decir: 'Pues hombre, yo estoy faltando, pero faltando
gravemente. Yo tengo que mirar por mi decoro, por mi salud, por mi
salvación; yo no soy un chiquillo'. Créeme, una vez que hagas propósito
de vencerte, llamando en tu auxilio a Dios y ayudándote de tu
entendimiento, empezarás a sentir fuerzas para la gran obra y esas
fuerzas crecerán como la espuma. En eso, como en lo contrario, hijito,
todo es empezar. Luego que digas 'esto se acabó' _(voz formidable)_, si
lo dices con propósito valiente, verás cómo cada día te nace en el alma
una nueva ligadura con que atarte, y vas poco a poco sujetando las
innúmeras extremidades de la bestia que te patalea en las entrañas. Y no
te digo que te des disciplinazos ni que te abras las carnes, no. Esto es
bobería. Confíate a la fe, a la voluntad y al tiempo.
»¡Ah!, ¡el tiempo! _(voz patética.)_ ¡No sabes bien los milagros que
hace este caballerito! Y con los que coge talludos como tú, hace mejores
y más radicales curas. Porque no vengas echándotelas de pollo _(voz
festiva...)_ No tienes canas; pero el día menos pensado te llenas de
ellas, y vendrá este achaque, luego el otro; hoy se cae un diente,
mañana la mitad del pelo; que hoy el reuma, que mañana el estómago... Y
estas, amiguito, son las farmacias que usa el gran médico. Las
enfermedades del cuerpo son las medicinas de los males de la mocedad en
el espíritu. Te lo dice quien ha visto mucho mundo y chubascos más
grandes que el tuyo y trapisondas más horrorosas. Resumiendo mi consejo,
amigo Perico, oye mi receta: Primero cortar por lo sano, sacrificio
completo, extirpación de la maleza en su origen; después horas, días,
meses, el agua tibia del tiempo, amigo querido. Cuando pasen algunos
años, todo habrá terminado, y te encontrarás con que ha caído sobre tu
cabeza la bendición de Dios, esta lluvia blanca, esta nevada que todo lo
tapa, emblema del olvido y de la paz».
Polo, sin decir cosa alguna, extendió sus miradas por la venerable
cabeza de Nones, blanquísima y pura como el vellón del cordero de la
Pascua.
«Y ya que hemos hablado de hombre a hombre--prosiguió el cura en tono
más severo--, voy a despacharme a mi gusto como sacerdote. Pero antes de
entrar en ello, hazme el favor de decir a esa tarasca de Celedonia que
traiga una copita de vino: eso es, si la tienes, que si no, venga de
agua para refrescar las predicaderas».
Traído el vino, D. Juan Manuel se fortificó con él los espíritus para
seguir su plática:
«El papel ignominioso que haces ante el mundo, pues los curas te
despreciarán por perdido, y los perdidos por cura; el atentado contra tu
salud y los demás perjuicios temporales son bobería en comparación de la
ofensa que haces a Dios, a quien has querido engañar como a un chino...
permite este modo vulgar de expresarme. Estás en pecado mortal, y si
ahora te murieras, te irías al Infierno tan derechito como ha entrado en
mi estomago este vino que acabo de beber. En eso sí que no hay escape,
hijo; en eso sí que no hay tus-tus; en eso sí que no hay quita y pon. Es
solución redonda, terminante, brutal. Demasiado lo comprendes. Pues
bien, desgraciado Periquillo _(voz afectuosa.)_; hablándote como amigo,
como sacerdote, como ex-cazador, como extremeño, como lo que gustes, te
pregunto: '¿Quieres salvarte de la deshonra, de la muerte y de las
llamas eternas?'».
--Sí.
--¿Respondes con sinceridad?
--Sí.
--Pues si quieres curarte y salvarte, lo primero que tienes que hacer es
ponerte a mi disposición, abdicar tu voluntad en la mía y hacer
puntualmente todo lo que yo te mande.
--Estoy conforme.
--Bueno. Pues vas a empezar por salir de Madrid. Mi sobrino político, el
marido de Felisa, la mayor de mis sobrinas, ha comprado una gran dehesa
en la provincia de Toledo, entre el Castañar y Menasalvas. Allí está él;
quiere que yo vaya, pero mis huesos no están ya para traqueteos. Tú eres
el que vas a empaquetarte para allá, antes hoy que mañana. Te mando,
como primer remedio, al yermo; ¡pero qué yermo delicioso! Hay
sembradura, ganado, un poco de viña, y para que nada falte, hay también
un monte que ahora están descuajando en parte. Tú les ayudarás, porque
el manejo del hacha es la mejor receta contra melindres que se podría
inventar. En esa finca, en ese paraíso te estarás hasta que yo te mande.
Y cuidadito con las escapadas _(voz familiar y expresiva; admonición con
el dedo índice)_; cuidadito con las epístolas. Debes hacer cuenta de que
la tal persona no existe, de que se la ha llevado Dios... Y no te mando
que estés allí mano sobre mano mirando a las estrellas, que holganza y
pecado son dos palabras que expresan una misma idea. Harás toda la
penitencia que puedas, y fíjate bien en el plan de mortificaciones que
te impongo: levantarte muy temprano, y cazar todo lo que encuentres
andar de Ceca en Meca por llanos, breñas y matorrales; comer cuanto
puedas, mientras más magras mejor; beber buen vino de Yepes; ayudar a
Suárez en sus tareas; tomar el arado cuando sea menester o bien la azada
y el hacha; llevar el ganado al monte y cargar un haz o leña si es
preciso; en fin, trabajar, alimentarte, fortalecer ese corpachón
desmedrado. Quiero que empieces por ponerte en estado salvaje; y si
sigues mi plan, serás tal que al poco tiempo de estar allí, si te
varean, soltarás bellotas... Desde que logres esta felicidad, serás otro
hombre, y si no se te quitan todas esas murrias del espíritu, me dejo
cortar la mano. Cuando pase cierto tiempo, iré a verte o me escribirás
diciéndome cómo te encuentras. Te someteré a un examen, y si estás bien
limpio de calentura, se te devolverán las licencias, y con ellas...
_(voz muy cariñosa)_. Aquí viene la segunda parte de mi plan curativo.
Atención. Mientras tú estás allá... _civilizándote_, yo en Madrid me
ocupo de ti, y te consigo por mediación de D. Ramón Pez, mi amigo, un
curato de Filipinas...