CAPÍTULO LXIX.

Hallábanse los pilotos 150 leguas delanteros quel Almirante, pero

el Almirante andaba más cierto.--Comenzó á tener malos tiempos y

tormentas terribles, donde muchas veces pensó perecer.--Desapareció la

_Pinta_, donde iba Pinzon.--Vido señales de mayor tormenta.

Despues del sol puesto, navegó al leste toda la noche 130 millas, que

son 32 leguas y media, y, el sol salido, domingo, 10 de Febrero, hasta

la noche, anduvo nueve millas por hora; y ansí anduvo en once horas 99

millas, que son 24 leguas y media y una cuarta.

En la carabela del Almirante carteaban ó echaban punto, (que es

mirar por la carta de marear los rumbos y caminos de la mar, y tener

cuenta de las leguas que se andaban), Vicente Yañez, y Sancho Ruiz, y

Peralonso Niño, pilotos, y Roldan, que despues vivió muchos años en

la ciudad de Sancto Domingo, desta isla Española, siendo vecino della

y rico, que llamábamos el piloto Roldan, el cual tuvo muchos pares de

casas en las cuatro calles de la dicha ciudad, que edificó él ó hizo

edificar á los principios que la ciudad se pasó de la otra banda del

Oriente, donde solia estar, á la del Poniente, donde agora está, como,

placiendo á Dios, se dirá. Todos estos pilotos, y que echaban punto, se

hallaban mucho adelante de las islas de los Azores, al leste, por sus

cartas, porque echaban más leguas de las que las carabelas andaban, por

manera que, navegando al Norte, ninguno tomara la isla de Sancta María,

que es la postrera de los Azores, ántes fueran cinco leguas apartados

dellas, y á parar en la comarca de la isla de la Madera ó de la del

Puerto Sancto; pero el Almirante se hallaba mucho más atras dellos,

desviado de su camino, como quien mejor sabia tasar las leguas que

andaban, por su gran juicio, y memoria, y experiencia de navegaciones,

así que iban delanteros 150 leguas. Dice, que mediante la gracia de

Dios, desque vean la tierra se sabrá quién andaba más cierto. Dice aquí

más, que primero anduvo, cuando vino á descubrir, 263 leguas, pasada

la isla del Hierro, que viese la primera hierba. Anduvo esta noche 39

leguas, y en todo el dia, lúnes, 11 de Febrero, 16 leguas y media, que

fueron 55 leguas y media entre dia y noche; vido muchas aves, de donde

creyó estar cerca de tierra. Anduvo esta noche 18 leguas, y mártes, que

se contaron 12 de Febrero, comenzó á levantarse la mar muy brava, y

así á padecer grande tormenta, y de tal manera, que si la carabela no

fuera, en que iba, muy buena y bien aderezada, temiera perderse. Aquí

comenzó Dios Nuestro Señor, por sus ocultos juicios á mezclar agua de

grandes temores, angustias, tristezas y grandes adversidades, poniendo

cada hora muchas veces al Almirante en el vino de su grande placer y

alegría, con que le habia mucho é inestimablemente, y frecuentes veces

alegrado y consolado con el descubrimiento, en especial, desta grande

isla. Esto parecerá harto claro en este y en los siguientes capítulos.

Corrió hoy, mártes, 12 leguas con intolerable trabajo y peligro; toda

esta noche, hasta miércoles de dia, tornó mucha tormenta de viento y

mar muy alta, relampagueó tres veces hácia el Nornordeste, dijo ser

señal de gran tempestad, que habia de venir de aquella parte ó de su

contraria; anduvo á árbol seco lo más de la noche, despues dió una

poca de vela, y andaria 13 leguas. Blandeó un poco el viento, pero

tornó desde á poco arreciar y ponerse la mar espantosa y terrible;

cruzaban las olas que atormentaban los navíos, y esto es venir una

ola de una parte y otra de otra donde tomaban las naos en medio, y es

cosa peligrosísima; anduvo otras 13 leguas y media. Miércoles, en la

noche, creció el viento, y las olas eran espantables, contrarias una de

otra, que cruzaban, como está dicho, que embarazaban el navío que no

podia salir de entremedias dellas; llevaba el papahigo (que es la vela

de en medio, sin añididura de boneta), muy bajo, para que solamente

sacase el navío de entre las grandes ondas; correria así tres horas;

dejaria atrás 20 millas, que son 5 leguas. Crecia mucho más la mar y

el viento, y, viendo el peligro grande que tenia, comenzó á correr á

popa, donde el viento le quisiese llevar, porque no habia otro remedio,

entónces comenzó á correr tambien la carabela _Pinta_ de Martin Alonso,

y desapareció, temiendo el Almirante si se habia perdido; puesto que

toda la noche hacia el Almirante hacer farol, que es mostrar lumbre

como una hacha, y la _Pinta_ con otro farol respondia, hasta que no

debia de poder más por la fuerza de la tormenta. Corrió el Almirante

esta noche, al Nordeste, cuarta del leste, 13 leguas. Salido el sol,

jueves, 14 de Febrero, fué mayor el viento y la mar cruzante, cada

hora temian hundirse, y no era chico desconsuelo haberse desaparecido

la _Pinta_, porque cuando van en compañía algunos navíos llevan algun

más remedio, si se pierde ó abre alguno en el otro suele salvarse la

gente; anduvo desta manera siete leguas y media. Viéndose en tan gran

peligro, ordenó que se echase un romero que fuese en romería á Nuestra

Señora de Guadalupe, y llevase un cirio de cinco libras de cera, y

que hiciesen todos voto, que, al que cayese la suerte, cumpliese la

romería; esta es una obra y diligencia que los marineros hacen cada

dia, viéndose en necesidad de tormenta, por la cual, Nuestro Señor los

libra de la muerte muchas veces, pero más lo hace porque se humillan,

y, temiendo la muerte, de sus pecados se arrepienten, y proponen la

enmienda de su vida. Así que mandó el Almirante traer tantos garbanzos,

cuantas personas en el navío venian, y señalar uno con un cuchillo,

haciendo una cruz, y meterlos en un bonete bien revueltos; el primero

que metió la mano fué el Almirante, y sacó el garbanzo señalado con

la cruz, y así cayó la suerte sobre él, y desde luego se tuvo por

obligado á cumplir el romeraje. Acordó que otra vez se tornase á echar

la suerte para enviar romero á Sancta María de Loreto, que está en la

comarca de Antona, que es casa devotísima de Nuestra Señora Sancta

María, y donde hace, segun se cuenta, muchos y grandes milagros; esta

vez cupo la suerte á un marinero del Puerto de Sancta María, tres

leguas de San Lúcas de Barrameda, y aquel se llamaba Pedro de Villa,

al cual el Almirante prometió de darle dineros para las costas; y,

porque la tormenta más los afligia y amenazaba, ordenó que se echase

otro romero, que velase una noche en Sancta Clara de Moguer y hiciese

decir una misa, porque tambien aquella es casa donde los marineros,

del Condado especialmente, tienen devocion. Echaron los garbanzos y

uno señalado con una cruz, el cual sacó el Almirante, y así quedó por

dos veces obligado á ir á cumplir las dichas romerías. Despues desto,

fatigándolos más el miedo y angustia de la mar, el Almirante y toda

la gente hicieron voto, de que si los llegase á tierra, en la primera

salir todos en camisa y procesion, á hacer oracion y darle gracias en

una Iglesia que fuese de la invocacion ó nombre de Nuestra Señora, la

Vírgen María; y porque la tormenta crecia, y ninguno pensaba escapar,

allende los votos comunes, cada uno hacia en especial su voto, segun

la devocion que Dios le infundia. Ayudaba al aumento del peligro y

temor, que venia el navío con falta de lastre, que es la piedra y

peso que ponen abajo porque no se trastorne, y ande, como calabaza,

liviano, y esta es una cosa para los que navegan muy peligrosa; causó

esta liviandad, en parte, haberse aliviando la carga por ser ya comidos

los bastimentos y bebida el agua y el vino, lo cual, por cudicia de

gozar del próspero viento que entre las islas tuvieron, no proveyó el

Almirante de mandar lastrar ó echar peso de piedra en las carabelas,

como tenia propósito cuando estaba cerca ó en paraje de las islas de

las mujeres, donde queria ir, como arriba se hizo mencion. En este paso

escribe el Almirante cosas, cierto, de compasion, por las angustias en

que estaba; refiere las causas que le ponian temor de que allí, Nuestro

Señor no quisiese que pereciese, y otras que le daban esperanza de

que Dios lo habia de llevar y poner en salvo, para que tales nuevas,

y tan dignas de admiracion como llevaba á los Reyes, no pereciesen en

aquella mar. Parecíale quel deseo grande que tenia de llevar nuevas tan

nuevas y tan grandes, y mostrar que habia salido verdadero en lo que

habia dicho, y proferídose á descubrir, le ponia miedo grandísimo de

lo no conseguir, y que cada mosquito, decia, que le podia perturbar

é impedir, atribuyéndolo esto á su poca fé y desfallecimiento de

confianza de la providencia divinal; confortábanle, por otra parte, las

mercedes que Dios le habia hecho en darle tanta victoria descubriendo

lo que descubierto habia, y cumpliéndole todos sus deseos, habiendo

pasado en Castilla por sus despachos muchas y grandes adversidades, y

que como ántes hobiese puesto su fin, y enderezado su intencion y su

negocio á Dios, y Dios le habia oido, y al cabo concedido todo lo que

le habia suplicado, debia creer que, por su bondad, le perfecionaria

los bienes y mercedes que le habia comenzado; mayormente habiéndole

librado á la ida, cuando tenia mayor razon de temer, de los trabajos

que con los marineros y gente que llevaba, los cuales todos á una vez

estaban determinados de se volver y alzarse contra él, haciéndole

mil protestaciones, y el eterno Dios le dió esfuerzo y valor contra

todos, y otras cosas de mucha maravilla que Dios habia mostrado en él

y por él en aquel viaje, allende aquellas que Sus Altezas sabian de

las personas de su casa. Todas estas son sus palabras, del Almirante,

aunque algunas, con su estilo simple y humilde, que dan testimonio

de su bondad; así que, acúsase á sí mismo de temer la tormenta, pues

tantas razones tenia para confiar, pero la flaqueza y congoja, dice él,

no me dejaban asegurar el ánima. Dice más, que tambien le daba gran

pena dos hijos que tenia en Córdoba, al estudio, que quedaban huerfanos

de padre y madre en tierra estraña, y los Reyes no sabian los servicios

que los habia hecho en aquel viaje, y las nuevas tan prósperas que

les llevaba, para que se moviesen á los remediar. Por esto y porque

supiesen Sus Altezas como Nuestro Señor le habia dado victoria de todo

lo que deseaba descubrir de las Indias, y supiesen que ninguna tormenta

habia en aquellas partes (lo cual dice que se puede cognoscer por

la hierba y árboles que están nacidos y crecidos hasta dentro en la

mar), y porque si se perdiese con aquella tormenta, los Reyes hobiesen

noticia de su viaje, usó de la siguiente industria. Tomó un pergamino y

escribió en él todo cuanto pudo de lo que habia hallado y descubierto,

rogando mucho á quien lo hallase, que lo llevase á los reyes de

Castilla; este pergamino envolvió en un paño encerado, atado muy bien,

y mandó traer un gran barril de madera, y lo puso en él sin que alguna

persona supiese lo que era, sino que pensaron todos que era alguna

devocion, y así lo mandó echar en el mar; despues, con los aguaceros y

turbionadas, se mudó el viento al gueste, y andaria á popa, sólo con el

trinquete, cinco horas con la mar muy brava; andaria este jueves en la

noche, 13 leguas. Cosa es de notar la diferencia del viaje, que á la

venida destas Indias hizo ser tan suave, que pensaron todos que nunca

podia haber tormenta en aquesta mar, y algunos temian que no habian de

tener vientos para tornar en Castilla; no lo dijo ni experimentó así el

Almirante cuando en su cuarto viaje descubrió á Veragua, como, si Dios

me diese vida, se dirá, porque de las más terribles tormentas que se

cree haber en todas las mares del mundo, son las que por estas mares

destas islas y tierra firme suele hacer, como parecerá, y experimentan

cada dia los que las navegan. Maravillosas, finalmente, son las cosas

de Dios y la órden y providencia que tiene en sus obras; cierto, si

las tormentas que suele hacer por acá, aquel primer viaje hobieran y

experimentáran aquellos tan impacientes marineros que consigo traia,

ménos sufrieran la dilacion de aquel tan nuevo y luengo viaje, como

se les hizo, y, á la primera que les asomara, no hobiera duda, sino

que luego volvieran las espaldas, y entónces tuviera mayor peligro el

Almirante en su vida, si porfiara á detenerlos; pero proveyólo Dios,

como suele, las cosas que hacer determina, y trájolos hasta descubrir y

ver estas tierras, como si vinieran por un rio.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 84 / 126 题