Hallábanse los pilotos 150 leguas delanteros quel Almirante, pero
el Almirante andaba más cierto.--Comenzó á tener malos tiempos y
tormentas terribles, donde muchas veces pensó perecer.--Desapareció la
_Pinta_, donde iba Pinzon.--Vido señales de mayor tormenta.
Despues del sol puesto, navegó al leste toda la noche 130 millas, que
son 32 leguas y media, y, el sol salido, domingo, 10 de Febrero, hasta
la noche, anduvo nueve millas por hora; y ansí anduvo en once horas 99
millas, que son 24 leguas y media y una cuarta.
En la carabela del Almirante carteaban ó echaban punto, (que es
mirar por la carta de marear los rumbos y caminos de la mar, y tener
cuenta de las leguas que se andaban), Vicente Yañez, y Sancho Ruiz, y
Peralonso Niño, pilotos, y Roldan, que despues vivió muchos años en
la ciudad de Sancto Domingo, desta isla Española, siendo vecino della
y rico, que llamábamos el piloto Roldan, el cual tuvo muchos pares de
casas en las cuatro calles de la dicha ciudad, que edificó él ó hizo
edificar á los principios que la ciudad se pasó de la otra banda del
Oriente, donde solia estar, á la del Poniente, donde agora está, como,
placiendo á Dios, se dirá. Todos estos pilotos, y que echaban punto, se
hallaban mucho adelante de las islas de los Azores, al leste, por sus
cartas, porque echaban más leguas de las que las carabelas andaban, por
manera que, navegando al Norte, ninguno tomara la isla de Sancta María,
que es la postrera de los Azores, ántes fueran cinco leguas apartados
dellas, y á parar en la comarca de la isla de la Madera ó de la del
Puerto Sancto; pero el Almirante se hallaba mucho más atras dellos,
desviado de su camino, como quien mejor sabia tasar las leguas que
andaban, por su gran juicio, y memoria, y experiencia de navegaciones,
así que iban delanteros 150 leguas. Dice, que mediante la gracia de
Dios, desque vean la tierra se sabrá quién andaba más cierto. Dice aquí
más, que primero anduvo, cuando vino á descubrir, 263 leguas, pasada
la isla del Hierro, que viese la primera hierba. Anduvo esta noche 39
leguas, y en todo el dia, lúnes, 11 de Febrero, 16 leguas y media, que
fueron 55 leguas y media entre dia y noche; vido muchas aves, de donde
creyó estar cerca de tierra. Anduvo esta noche 18 leguas, y mártes, que
se contaron 12 de Febrero, comenzó á levantarse la mar muy brava, y
así á padecer grande tormenta, y de tal manera, que si la carabela no
fuera, en que iba, muy buena y bien aderezada, temiera perderse. Aquí
comenzó Dios Nuestro Señor, por sus ocultos juicios á mezclar agua de
grandes temores, angustias, tristezas y grandes adversidades, poniendo
cada hora muchas veces al Almirante en el vino de su grande placer y
alegría, con que le habia mucho é inestimablemente, y frecuentes veces
alegrado y consolado con el descubrimiento, en especial, desta grande
isla. Esto parecerá harto claro en este y en los siguientes capítulos.
Corrió hoy, mártes, 12 leguas con intolerable trabajo y peligro; toda
esta noche, hasta miércoles de dia, tornó mucha tormenta de viento y
mar muy alta, relampagueó tres veces hácia el Nornordeste, dijo ser
señal de gran tempestad, que habia de venir de aquella parte ó de su
contraria; anduvo á árbol seco lo más de la noche, despues dió una
poca de vela, y andaria 13 leguas. Blandeó un poco el viento, pero
tornó desde á poco arreciar y ponerse la mar espantosa y terrible;
cruzaban las olas que atormentaban los navíos, y esto es venir una
ola de una parte y otra de otra donde tomaban las naos en medio, y es
cosa peligrosísima; anduvo otras 13 leguas y media. Miércoles, en la
noche, creció el viento, y las olas eran espantables, contrarias una de
otra, que cruzaban, como está dicho, que embarazaban el navío que no
podia salir de entremedias dellas; llevaba el papahigo (que es la vela
de en medio, sin añididura de boneta), muy bajo, para que solamente
sacase el navío de entre las grandes ondas; correria así tres horas;
dejaria atrás 20 millas, que son 5 leguas. Crecia mucho más la mar y
el viento, y, viendo el peligro grande que tenia, comenzó á correr á
popa, donde el viento le quisiese llevar, porque no habia otro remedio,
entónces comenzó á correr tambien la carabela _Pinta_ de Martin Alonso,
y desapareció, temiendo el Almirante si se habia perdido; puesto que
toda la noche hacia el Almirante hacer farol, que es mostrar lumbre
como una hacha, y la _Pinta_ con otro farol respondia, hasta que no
debia de poder más por la fuerza de la tormenta. Corrió el Almirante
esta noche, al Nordeste, cuarta del leste, 13 leguas. Salido el sol,
jueves, 14 de Febrero, fué mayor el viento y la mar cruzante, cada
hora temian hundirse, y no era chico desconsuelo haberse desaparecido
la _Pinta_, porque cuando van en compañía algunos navíos llevan algun
más remedio, si se pierde ó abre alguno en el otro suele salvarse la
gente; anduvo desta manera siete leguas y media. Viéndose en tan gran
peligro, ordenó que se echase un romero que fuese en romería á Nuestra
Señora de Guadalupe, y llevase un cirio de cinco libras de cera, y
que hiciesen todos voto, que, al que cayese la suerte, cumpliese la
romería; esta es una obra y diligencia que los marineros hacen cada
dia, viéndose en necesidad de tormenta, por la cual, Nuestro Señor los
libra de la muerte muchas veces, pero más lo hace porque se humillan,
y, temiendo la muerte, de sus pecados se arrepienten, y proponen la
enmienda de su vida. Así que mandó el Almirante traer tantos garbanzos,
cuantas personas en el navío venian, y señalar uno con un cuchillo,
haciendo una cruz, y meterlos en un bonete bien revueltos; el primero
que metió la mano fué el Almirante, y sacó el garbanzo señalado con
la cruz, y así cayó la suerte sobre él, y desde luego se tuvo por
obligado á cumplir el romeraje. Acordó que otra vez se tornase á echar
la suerte para enviar romero á Sancta María de Loreto, que está en la
comarca de Antona, que es casa devotísima de Nuestra Señora Sancta
María, y donde hace, segun se cuenta, muchos y grandes milagros; esta
vez cupo la suerte á un marinero del Puerto de Sancta María, tres
leguas de San Lúcas de Barrameda, y aquel se llamaba Pedro de Villa,
al cual el Almirante prometió de darle dineros para las costas; y,
porque la tormenta más los afligia y amenazaba, ordenó que se echase
otro romero, que velase una noche en Sancta Clara de Moguer y hiciese
decir una misa, porque tambien aquella es casa donde los marineros,
del Condado especialmente, tienen devocion. Echaron los garbanzos y
uno señalado con una cruz, el cual sacó el Almirante, y así quedó por
dos veces obligado á ir á cumplir las dichas romerías. Despues desto,
fatigándolos más el miedo y angustia de la mar, el Almirante y toda
la gente hicieron voto, de que si los llegase á tierra, en la primera
salir todos en camisa y procesion, á hacer oracion y darle gracias en
una Iglesia que fuese de la invocacion ó nombre de Nuestra Señora, la
Vírgen María; y porque la tormenta crecia, y ninguno pensaba escapar,
allende los votos comunes, cada uno hacia en especial su voto, segun
la devocion que Dios le infundia. Ayudaba al aumento del peligro y
temor, que venia el navío con falta de lastre, que es la piedra y
peso que ponen abajo porque no se trastorne, y ande, como calabaza,
liviano, y esta es una cosa para los que navegan muy peligrosa; causó
esta liviandad, en parte, haberse aliviando la carga por ser ya comidos
los bastimentos y bebida el agua y el vino, lo cual, por cudicia de
gozar del próspero viento que entre las islas tuvieron, no proveyó el
Almirante de mandar lastrar ó echar peso de piedra en las carabelas,
como tenia propósito cuando estaba cerca ó en paraje de las islas de
las mujeres, donde queria ir, como arriba se hizo mencion. En este paso
escribe el Almirante cosas, cierto, de compasion, por las angustias en
que estaba; refiere las causas que le ponian temor de que allí, Nuestro
Señor no quisiese que pereciese, y otras que le daban esperanza de
que Dios lo habia de llevar y poner en salvo, para que tales nuevas,
y tan dignas de admiracion como llevaba á los Reyes, no pereciesen en
aquella mar. Parecíale quel deseo grande que tenia de llevar nuevas tan
nuevas y tan grandes, y mostrar que habia salido verdadero en lo que
habia dicho, y proferídose á descubrir, le ponia miedo grandísimo de
lo no conseguir, y que cada mosquito, decia, que le podia perturbar
é impedir, atribuyéndolo esto á su poca fé y desfallecimiento de
confianza de la providencia divinal; confortábanle, por otra parte, las
mercedes que Dios le habia hecho en darle tanta victoria descubriendo
lo que descubierto habia, y cumpliéndole todos sus deseos, habiendo
pasado en Castilla por sus despachos muchas y grandes adversidades, y
que como ántes hobiese puesto su fin, y enderezado su intencion y su
negocio á Dios, y Dios le habia oido, y al cabo concedido todo lo que
le habia suplicado, debia creer que, por su bondad, le perfecionaria
los bienes y mercedes que le habia comenzado; mayormente habiéndole
librado á la ida, cuando tenia mayor razon de temer, de los trabajos
que con los marineros y gente que llevaba, los cuales todos á una vez
estaban determinados de se volver y alzarse contra él, haciéndole
mil protestaciones, y el eterno Dios le dió esfuerzo y valor contra
todos, y otras cosas de mucha maravilla que Dios habia mostrado en él
y por él en aquel viaje, allende aquellas que Sus Altezas sabian de
las personas de su casa. Todas estas son sus palabras, del Almirante,
aunque algunas, con su estilo simple y humilde, que dan testimonio
de su bondad; así que, acúsase á sí mismo de temer la tormenta, pues
tantas razones tenia para confiar, pero la flaqueza y congoja, dice él,
no me dejaban asegurar el ánima. Dice más, que tambien le daba gran
pena dos hijos que tenia en Córdoba, al estudio, que quedaban huerfanos
de padre y madre en tierra estraña, y los Reyes no sabian los servicios
que los habia hecho en aquel viaje, y las nuevas tan prósperas que
les llevaba, para que se moviesen á los remediar. Por esto y porque
supiesen Sus Altezas como Nuestro Señor le habia dado victoria de todo
lo que deseaba descubrir de las Indias, y supiesen que ninguna tormenta
habia en aquellas partes (lo cual dice que se puede cognoscer por
la hierba y árboles que están nacidos y crecidos hasta dentro en la
mar), y porque si se perdiese con aquella tormenta, los Reyes hobiesen
noticia de su viaje, usó de la siguiente industria. Tomó un pergamino y
escribió en él todo cuanto pudo de lo que habia hallado y descubierto,
rogando mucho á quien lo hallase, que lo llevase á los reyes de
Castilla; este pergamino envolvió en un paño encerado, atado muy bien,
y mandó traer un gran barril de madera, y lo puso en él sin que alguna
persona supiese lo que era, sino que pensaron todos que era alguna
devocion, y así lo mandó echar en el mar; despues, con los aguaceros y
turbionadas, se mudó el viento al gueste, y andaria á popa, sólo con el
trinquete, cinco horas con la mar muy brava; andaria este jueves en la
noche, 13 leguas. Cosa es de notar la diferencia del viaje, que á la
venida destas Indias hizo ser tan suave, que pensaron todos que nunca
podia haber tormenta en aquesta mar, y algunos temian que no habian de
tener vientos para tornar en Castilla; no lo dijo ni experimentó así el
Almirante cuando en su cuarto viaje descubrió á Veragua, como, si Dios
me diese vida, se dirá, porque de las más terribles tormentas que se
cree haber en todas las mares del mundo, son las que por estas mares
destas islas y tierra firme suele hacer, como parecerá, y experimentan
cada dia los que las navegan. Maravillosas, finalmente, son las cosas
de Dios y la órden y providencia que tiene en sus obras; cierto, si
las tormentas que suele hacer por acá, aquel primer viaje hobieran y
experimentáran aquellos tan impacientes marineros que consigo traia,
ménos sufrieran la dilacion de aquel tan nuevo y luengo viaje, como
se les hizo, y, á la primera que les asomara, no hobiera duda, sino
que luego volvieran las espaldas, y entónces tuviera mayor peligro el
Almirante en su vida, si porfiara á detenerlos; pero proveyólo Dios,
como suele, las cosas que hacer determina, y trájolos hasta descubrir y
ver estas tierras, como si vinieran por un rio.