CAPÍTULO LXI.

Tornó el Rey otro dia á la carabela á visitar al Almirante; comió

allí con él.--Pónense argumentos claros de la bondad natural

destas gentes.--Asígnanse razones porqué quiso el Almirante dejar

en esta isla Española algunos cristianos.--Tuvo nuevas de Martin

Alonso.--Envió el Rey una canoa, y el Almirante un cristiano á

buscarle.--Torna sin hallarle.--Dió priesa en hacer la fortaleza, y

acabóla en diez dias, por la mucha gente que le ayudó; púsole nombre,

La Navidad.--Vido el marinero un Rey que traia unas plastas de oro en

la cabeza.

Jueves, luego de mañana, saliendo el sol, vino el rey Guacanagarí á

la carabela á visitar al Almirante; de donde parece claro la gran

bondad de la gente desta tierra, porque, cierto, cosa de notar y de

admirar es, que un Rey bárbaro, por respeto nuestro, aunque poderoso

en su tierra, sin cognoscimiento de Dios, y en tierras apartadas de

conversacion y de noticia, ni experiencia, ni historias de la policía

y sotileza é humanidad de otras gentes, de que por aquel mundo de

allá nosotros tuvimos, tuviese tanto cuidado y diligencia en consolar

y hacer todo género y especie de clemencia y humanidad á gente tan

poca, porque no pasaban de 60 personas, nunca vista ni oida, y de su

natura y apariencia feroz y horrible, y puestos en tanto disfavor

y afliccion y necesidad y tristeza, los cuales pudieran ser hechos

dellos pedazos, ó tenerlos por esclavos sin que jamás se supiera ni

hobiera imaginacion ni sospecha dello; argumento y señal cierta es y

bien averiguada, ser estas gentes, de su innata y natural condicion,

humanas, benignas, hospitales, compasivas, mansas, pacíficas y dignas

de tener en mucha estima, y de ayudarlas á salvar, y, como con ovejas

mansas, conversar y tratar con ellas. Cierto, no fué menor indicio de

humanidad y virtud innata por natura, de no violar los derechos de la

hospitalidad, esta obra, que lo que cuenta Julio César en el libro

VI de sus _Comentarios_, hablando de las costumbres de los alemanes,

que á los huéspedes que venian á sus casas estimaban por santos,

y tenian por grande pecado no comunicarles todo cuanto poseian y

ayudarlos y defenderlos de toda injuria, daño y mal. _Hospitem violare

fas non putant, qui quacumque de causa ad eos venerint, injuriam

prohibent, sanctosque habent: hiisque omnium domus patent, victusque

communicantur._ Así que, viendo el Rey á la carabela, comenzó á, con

su blandura benigna, consolar y alegrar al Almirante, diciéndole que

habia enviado por oro, y que lo queria cobrir todo de oro ántes que

se fuese, rogándole tambien afectuosamente que no se fuese, sino que

holgase de vivir é holgar allí con él y con sus gentes. Comió con el

Almirante el Rey y un hermano suyo, y otro que parecia pariente y

privado suyo, y estos dos le decian que querian irse á Castilla con

él. Estando en esto, vinieron ciertos indios con nuevas, diciendo que

la carabela Pinta que tenia Martin Alonso Pinzon, y con que se habia

ausentado ó alzado, estaba en un rio al cabo desta isla ó léjos de

allí. Proveyó luego el rey Guacanagarí con gran diligencia, mandando

que una canoa esquifada de remos, como dicen los marineros, fuese

luego á buscar la carabela y cristianos, y hiciesen con solicitud lo

que el Almirante mandaba, porque le amaba tanto que era maravilla; y

así lo dice el Almirante. Envió en ella el Almirante un marinero con

sus cartas de amor á Martin Alonso, disimulando el apartamiento y pena

que por él le habia causado, persuadiéndole que se viniese donde él

estaba, pues nuestro Señor los habia hecho á todos tanta merced. El Rey

se tornó á su casa despues de haber comido, dejando al Almirante muy

alegre y consolado. En este tiempo se determinó el Almirante de dejar

allí alguna gente por algunas razones: la primera y principal, por ver

la felicidad y frescura y amenidad de la tierra, y la riqueza de ella

en haber hallado muestra tan grande y tan rica de haber en ella mucha

cantidad de oro, y por consiguiente poder en ella, con tanta ventaja

y prosperidad, hacer grandes poblaciones de españoles y cristianos;

la segunda, porque, en tanto que él iba y tornaba de Castilla, ellos

supiesen la lengua, y hubiesen preguntado, inquirido, y sabido los

secretos de la tierra, los señores y Reyes della, y las minas del oro

y metales otros, y si en ella habia otras, más de las que él habia

visto, riquezas, y lo que él mucho estimaba tambien y creia haberlo,

que es especería; la tercera, por dejar en alguna manera prenda, porque

los que oyesen en Castilla que habian quedado ciertos cristianos de su

voluntad en esta isla, no temiesen la luenga distancia, ni los trabajos

y peligros de la mar, aunque esto no era mucho necesario, porque con

decir que habia oro, y tanto oro, aún al cabo del mundo no temieran los

de España irlo á buscar; la cuarta, porque como se le habia perdido la

nao, no pudieran tornar todos en la carabela, sino con gran dificultad;

la quinta, por la voluntad que todos mostraban de quererse quedar, y

los ruegos que sobre ello al Almirante hacian, diciendo que se querian

allí los primeros avecindar. Favoreció y animó mucho su determinacion

ver la bondad, humildad, mansedumbre y simplicidad de todas estas

gentes, y sobre todo, la gran caridad, humanidad y virtud del rey

Guacanagarí, y el tan señalado acogimiento, que no pudo ser en el mundo

en casa de padre y madre más, como les habia hasta entónces hecho, y

el amor que les mostraba, y lo que cada hora se les ofrecia hacer más.

Así que, resuelto en esta determinacion, porque, con algun abrigo, el

que al presente le era posible, quedasen, acordó que se hiciese una

fortaleza de la tablazon, madera y clavazon de la nao con su cava en

derredor, que para los indios desta isla fué y era tan fuerte, como

Salsas para defenderse de franceses, y muy mejor. Mandó, pues, luego á

toda su gente dar muy gran priesa, y el Rey mandó á sus vasallos que

le ayudasen, y como se juntaron cuasi innumerables personas con los

cristianos, diéronse tan buena maña, y con tanta diligencia, que, en

obra de diez dias, nuestra fortaleza quedó muy bien hecha, y, segun

convenia por entónces, edificada; púsole nombre la Villa de la Navidad,

porque aquel dia habia llegado allí, y así hasta hoy se llama aquel

puerto de la Navidad, puesto que no hay memoria que allí hobiese

habido fortaleza ni edificio alguno, porque están tantos y tan grandes

árboles allí nacidos, é yo los he visto, como si hobieran pasado

quinientos años; la razon es, porque es tanta la fertilidad y grosedad

desta isla, que si cortan hoy una rama de un árbol y hacen un hoyo y

la ponen, dos é tres palmos de hondo, en él, sin regarla ni curar más

della, desde á tres ó cuatro años está hecho otro árbol, poco menor que

el de que fué cortada. Tornó la canoa y el marinero que habian ido en

busca de Martin Alonso y de su carabela, y dijo que habian andado más

de 20 leguas y no lo hallaron; y si anduvieran cinco ó seis más, lo

hallaran. Despues vino un indio, y dijo que dos dias habia que habia

visto la carabela surta en un rio, pero no le dieron crédito, creyendo

que burlaba, como los primeros no le habian hallado. Este indio dijo

verdad, como despues pareció, la cual pudo ver desde algun lugar alto,

y él se debia de dar priesa á venir á decirlo á su Rey é señor. Dijo

aquel marinero que habia ido en la canoa, que, 20 leguas de allí,

habia visto un Rey que traia en la cabeza dos grandes plastas de oro,

y mucho á otras personas que estaban con él, y, luego que los indios

de la canoa lo hablaron, se las quitó; creyó el Almirante que el rey

Guacanagarí debia de haber prohibido á todos que no vendiesen oro á los

cristianos, porque pasase todo por su mano.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 76 / 126 题