CAPÍTULO XXVI.

En el mismo año de 446 envió el Infante otro navío y descubrió adelante

del cabo Verde 60 leguas, y despues envió otro que pasó 100, todos

los cuales hicieron grandes estragos, escándalos, robos y captiverios

y destrucciones de pueblos tambien en los negros, porque no habia

moros del cabo Verde adelante; tantas y más y muy graves ofensas que

siempre en sus descubrimientos hacian contra Dios y en daños gravísimos

de sus prójimos. Perseveró el infante D. Enrique susodicho en estos

descubrimientos, tan nocivos á aquellas gentes, por cuarenta años

cumplidos y más (comenzólos siendo de edad de diez y ocho ó veinte años

y vivió sesenta y tres) dejó descubierto, sin las islas de Puerto Santo

y la de la Madera, por la costa de África y Etiopía, desde el cabo del

Boxador, que está en 37° de altura desta parte de la equinoccial, hasta

la Sierra Liona que está de la otra parte de la equinoccial en 7° y dos

tercios, que hacen 370 leguas. Dentro de estas leguas dejó descubierta

la malagueta, la cual, ántes que se descubriese, la llevaban los moros

de allí viniendo por ella y atravesando la region de Mandinga y los

desiertos de Libia, grandes y luengas tierras, y la llevaban á vender á

Berbería, y de allí se proveia Italia, y por ser tan preciosa especia,

la llamaban los italianos granos del paraíso. En este tiempo y por

estos años de 1440 hasta 46 fueron descubiertas las siete islas de los

Azores; no he hallado cómo ni por quien, más de que el rey D. Alonso

V de Portugal, sobrino del dicho Infante, que ya habia salido de la

tutoría y reinaba ya, de edad de diez y siete años, y por el año de

1448, segun dice Gomez Canes, dió licencia al dicho Infante en el año

de 1449 para que las pudiese mandar poblar, donde ya el Infante habia

mandado echar ganados para que multiplicasen.[23] Y sin duda son estas

las islas Cassitéridas ó Cattitéridas, de que hace mencion Estrabon en

el fin del lib. III de su _Geografía_, donde dice que los fenices ó

Cartaginenses, que vivian en nuestra isla de Cáliz, las descubrieron

y las tuvieron algun tiempo encubiertas por el estaño y plomo que

dellas rescataban, las cuales despues los romanos oyeron y enviaron á

ellas; y parece que lleva razon ser estas, porque dice Estrabon que

estaban estas islas en el mar alto, hácia el Norte, frontero al cabo

ó punta de Galicia, que llamamos hoy el cabo de Finisterre, sobre el

puerto de la Coruña, y así es, que casi están frontero, un grado ó dos

de diferencia; en ellas dice Estrabon que vivia una gente lora ó baca

de color, vestida de túnicas hasta los piés, la cintura tenian á los

pechos, andaban con bordones en las manos, comian comida de pastores,

abundaban de estaño y de plomo, etc; esto dice Estrabon. Dice tambien

que eran diez, pero agora no parecen sino siete; puédense haber hundido

las tres, como ha acaecido en el mundo muchas veces. En este tiempo

tambien se descubrieron las islas de cabo Verde por un Antonio de

Nolle, genovés, noble hombre, que habia venido á Portugal con dos naos,

y trujo un hermano suyo que se llamaba Bartolomé de Nolle y un Rafael

de Nolle, su sobrino, los cuales, desde el dia que salieron de Lisboa,

en diez y seis dias llegaron á la isla que nombraron de Mayo, porque

la descubrieron primer dia de Mayo, y el dia de Sant Felipe y Santiago

hallaron la otra, y por eso la nombraron la isla de Santiago; y porque

ciertos criados del infante D. Pedro, hermano del susodicho infante D.

Enrique, habian tambien ido á descubrir por aquella vía, descubrieron

las otras islas comarcanas destas, que todas las principales son siete

y otras chiquititas hasta diez. Llámanse las islas de cabo Verde

porque estan frontero del dicho Cabo al Poniente; las dos dichas de

Mayo y Santiago están leste queste en 15° desta parte de la línea

equinoccial, las demas en 16 y 17, como son Buena Vista, Sant Nicolás,

Santa Lucía, Sant Vicente y Santanton; la isla del Fuego é isla Fuerte,

están en 14°: dista la más cercana cerca de 100 leguas del Cabo, y

algunas 160, al ménos la postrera. Dice Juan de Barros, portogués, en

el lib. II, cap. 1.º de su primera década, que estas son las islas que

los antiguos geógrafos llamaban las Fortunadas, pero cierto asáz claro

parece, por lo que en el cap. 20 queda dicho, él estar bien engañado,

porque las Fortunadas eran predicadas y loadas por la clemencia de los

aires y de la misma tierra gran templanza, estas de cabo Verde son, por

el excesivo calor, enfermísimas y casi inhabilitables; luego no son

las islas que los antiguos nombraban Fortunadas. Descubrióse tambien

la isla de Sancto Tomé, que está debajo de la línea equinoccial, en

tiempo deste rey D. Alonso V, y, segun la cuenta susopuesta, viviente

tambien el infante D. Enrique, su tio. En los descubrimientos arriba

dichos, pasado el cabo Blanco, ofrecióse un moro viejo á ir al reino

de Portugal por ver las cosas de allí, y lo mismo quiso hacer un

portogués, llamado Juan Fernandez, quedarse por curiosidad con los

moros, por ver la tierra y las cosas della; de ambas á dos cosas se

holgó en gran manera el Infante, porque de ambas á dos partes, del

moro por relacion y de Juan Fernandez por experiencia, esperaba saber

los secretos de la tierra que él mucho deseaba. Al moro recibió muy

bien y le hizo vestir y darle mucho contentamiento el tiempo que en

Portogal estuvo. Á cabo de ocho ó diez meses, envió el Infante á saber

del dicho Juan Fernandez, el cual ya deseaba que viniesen por él, y

él acudia muchas veces á la costa de la mar por ver si parecia algun

navío; llegado el navío á la tierra donde estaba, y dicho á los moros

que se queria volver á su tierra, mostraron los moros sentimiento de

se querer ir de su compañía, por el amor que ya cobrado le tenian.

Vinieron cierta gente con él para lo acompañar y defender de los

pescadores de la costa que le podian hacer mal, y los que vinieron con

él rescataron á los portogueses nueve negros y cierta cantidad de oro

en polvo. Contaba este Juan Fernandez, que los moros, en cuya compañía

estuvo, eran todos pastores, parientes de aquel moro viejo que quiso

ir á Portugal; lo que primero con él hicieron fué quitarle todo lo que

tenia y llevó consigo, ansí de vestidos como del vizcocho y legumbres,

y lo que más llevaba, y, para que se cubriese, diéronle un alquicer

viejo y roto con que se cubriese, al revés de lo que el Infante habia

hecho al moro viejo. Él, con que no le tocasen en la vida, mostrábales

haber placer y hacerse con ellos cuanto podia; lo que comian ellos,

y á él le daban, era cierta simiente ó grano, semejante á panizo,

que el campo tiene y hallan sin sembrarla por él, y ciertas raíces y

tallos de algunas hierbas, y esto no en abundancia, con muchas cosas

inmundas, como lagartijas y gusanos tostados al sol, que por aquella

region arde mucho; y porque algunos meses del año aún esto les falta,

comunmente se mantienen de leche y queso de los ganados que guardan, y

la leche les sirve de bebida tambien, porque tienen gran falta de agua,

por no tener rio alguno, y los pozos que en algunas partes tienen son

muy salobres; carne, si alguna comen, es de algunos animales monteses

y aves que matan, pero en los ganados no tocan, y estos son los que

viven en la tierra dentro, porque los que viven en la costa de la mar

acerca tienen abundancia de pescado crudo y seco al sol, sin sal, y el

fresco muchas veces por ser más húmedo para que no les dé tanta sed.

Aquella tierra es toda arenales, muy estéril, arboledas casi ninguna

sino son algunas palmas, y unos árboles que parecen á las higueras que

en Castilla llaman del infierno; por esta causa la tierra es mala de

conocer, por lo cual, para andar por ella y no perderse, se guian por

los aires que corren y por las estrellas y tambien por las aves que

vuelan, principalmente cuervos y buitres y otras de rapiña, que siguen

las inmundicias que se echan á los lugares poblados, y estas muestran

donde están las poblaciones ó por mejor decir aquellas cabañas de los

pastores y ganados, porque, por ser la tierra tan estéril, á cada

paso mudan los pastos. Las casas suyas son unos tendejones; su comun

vestido es de los cueros de los ganados; los mas honrados tienen sus

alquiceles, y los que más principales son paños de mejor suerte y ansí

los caballos como las guarniciones dellos; el oficio comun de todos es

seguir la vida pastoral y curar y guardar su propio ganado, porque en

ello consiste toda su hacienda y la sustentacion de su vida, porque

deben de venderlo á otras gentes de la tierra adentro. La lengua y la

escritura difiere algo de la de los alárabes de Berbería, como la de

castellanos y portogueses; no tienen Rey ó Príncipe alguno, sino siguen

el mayor de las parentelas y aquel los gobierna, y ansí andan apartados

los parientes entre sí; estas parentelas ó linajes tienen contiendas

y guerra con otras, sobre los pastos de la hierba y los abrevadores

de los pozos. Esta vida y policía contaba Juan Fernandez que vido en

aquella tierra; despues andando mirando mas secretos de la tierra topó

con una cuadrilla ó parentela de gente, cuya cabeza era un moro muy

honrado y principal de aquellos Azenegues, persona de autoridad, que se

trataba mejor que otros, el cual guardó mucha verdad y hizo muy buen

tratamiento al dicho Juan Fernandez y lo dejó ir á buscar los navíos

de los portogueses, y le dió ciertos hombres que le acompañasen y

guardasen, como digimos, el cual, dice el historiador que vino á ellos

muy gordo y fresco, habiendo comido siempre aquellos flacos manjares

con leche. Quiero concluir este capítulo con referir una graciosa

curiosidad que un extranjero tuvo en uno destos viajes. En aquellos

tiempos como sonase la fama por los otros reinos, fuera de Portugal,

los descubrimientos de gentes y tierras nuevas que el Infante hacia y

cada dia crecian más, algunos extranjeros se determinaban salir de sus

reinos y naciones y venirse á Portugal é ir algun viaje de aquellos,

para despues tener en sus tierras que contar; entre los otros fué un

caballero que se llamaba Baltasar, de la casa del Emperador Federico

III. Movido por la razon dicha, pidió cartas de favor del Emperador

para el rey de Portogal, el cual suplicó al rey de Portogal que lo

enviase en un viaje de aquellos, porque en gran manera deseaba verse

en una gran tormenta en la mar para tener que contar en su tierra; el

cual deseo el caballero Baltasar vido cumplido, porque, salidos del

puerto, dende á algunos dias tomóles tan terrible y deshecho temporal

que totalmente tuvieron perdida esperanza de las vidas, y ansí dijo

el dicho Baltasar que habia visto ya su deseo cumplido pero que no

sabia si á contarlo en su tierra tornaria, y por esta gran tormenta se

tornaron necesitados á Portugal. Despues de haberse proveido de las

cosas que les faltaban tornaron á salir, y el Baltasar tambien con

ellos diciendo, que pues ya podia contar la tormenta de la mar, que

tambien determinaba ver las cosas que en la tierra habia; y ansí tornó

en el mismo viaje.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 41 / 126 题