El año siguiente de 445 invió el Infante un navío, el cual llegó á
la isla dicha de Arguim, y metióse el Capitan con 12 hombres en un
batel para ir á la tierra firme, que está dos leguas de la isla, y
llegado, metióse en un estero, y cuando menguó la mar quedó el batel en
seco; viéronlo la gente de la tierra, vinieron contra él 200 hombres
y matáronle á él y á siete de los doce, y los demás se salvaron por
saber nadar: y éstos fueron los primeros que mataron justamente de los
portogueses, por cuantos los portogueses habian muerto y captivado
con la injusticia que arriba parece por lo dicho. Ninguno que tenga
razon de hombre, y mucho ménos de los letrados, dudará de tener
aquellas gentes todas contra los portogueses guerra justísima. El año
siguiente 46, envió el Infante tres carabelas, y su hermano el infante
D. Pedro, que era tutor del rey D. Alonso, su sobrino y regente del
reino, mandó á los que iban que entrasen en el rio del Oro y trabajasen
por convertir á la fe de Cristo aquella bárbara gente, y cuando no
recibiesen el baptismo asentasen con ellos paz y trato. Aquí es de
notar otra mayor ceguedad de Portogal que las pasadas, y aún escarnio
de la fe de Jesucristo; y esto parece, lo uno, porque mandaban los
Infantes, á los que solian enviar á saltear y robar los que vivian en
sus casas pacíficos y seguros, como idóneos apóstoles, que trabajasen
de traer á la fe los infieles ó moros, que nunca habian oido della, ó
si tenian della noticia, ántes desto, que habian fácilmente de dejar
la suya y la nuestra recibir: lo segundo, que les mandaba traerlos á
la fe, como si fuera venderles tal y tal mercaduría y no hobiera más
que hacer; lo tercero, que habiéndoles hecho las obras susodichas,
tan inícuas, tan de sí malas y tan horribles, no considerasen los
Infantes cuales voluntades, para recibir los sus predicadores, que tan
buenos ejemplos de cristiandad les habian dado, podian tener. Cosa
es esta mucho de considerar, y por cierto harto digna de lamentar.
Así que, ni quisieron los de la tierra recibir la fé, ni aún quizá
entendieron en su lengua lo que se les decia, ni hacer paz ni tener
trato con gente que tantos y tan irreparables males y daños les hacia,
y esto hicieron con mucha razon y justicia; y para que esto, cualquiera
que seso tuviere, lo conozca y apruebe, deberé aquí de notar que á
ningun infiel, sea moro, alárabe, turco, tártaro ó indio ó de otra
cualquiera especie, ley ó secta que fuere, no se le puede ni es lícito
al pueblo cristiano hacerle guerra, ni molestarle, ni agraviarle con
daño alguno en su persona ni en cosa suya, sin cometer grandísimos
pecados mortales, y ser obligados, el cristiano ó cristianos que
lo hicieren, á restitucion de lo que les robáren y daños que les
hicieren, sino es por tres causas justas, ó por cualquiera dellas, y
regularmente no hay otras; y las que algunos fingen, fuera destas,
ó son niñerías ó gran malicia, por tener ocasiones ó darlas para
robar lo ajeno y adquirir estados no suyos y riquezas iniquísimas. La
primera es, si nos impugnan, é guerrean é inquietan la cristiandad
actualmente ó en hábito, y esto es que siempre están aparejados para
nos ofender, aunque actualmente no lo hagan, porque ó no pueden ó
esperan tiempo y sazon para lo hacer, y estos son los turcos y moros
de Berbería y del Oriente, como cada dia vemos y padecemos; contra
estos no hay duda ninguna sino que tenemos guerra justa, no sólo
cuando actualmente nos la muevan pero aún cuando cesan de hacerlo,
porque nos consta ya por larguísima experiencia su intincion de nos
dañar, y esta guerra nuestra contra ellos no se puede guerra llamar,
sino legítima defension y natural. La segunda causa es, ó puede ser,
justa nuestra guerra contra ellos si persiguen, ó estorban, ó impiden
maliciosamente nuestra fe y religion cristiana, ó matando los cultores
y predicadores della, sin causa legítima, ó haciendo fuerza por fin de
que la renegasen, ó dando premio para que la dejasen y recibiesen la
ley suya; todo esto pertenece al impedimento y persecucion de nuestra
sancta fe; por esta causa ningun cristiano duda que no tengamos justa
guerra contra cualesquiera infieles, porque muy mayor obligacion
tenemos á defender y conservar nuestra sancta fe y cristiana religion
y á quitar los impedimentos della, que á defender nuestras proprias
vidas y nuestra república temporal, pues somos mas obligados á amar á
Dios que á todas las cosas del mundo. Dije «maliciosamente» conviene
á saber, si tuviésemos probabilidad que lo hacen por destruir la
nuestra y encumbrar y dilatar la suya; dije «sin causa legítima»
porque si matasen y persiguiesen á los cristianos por males y daños
que injustamente dellos hobiesen recibido, y por esta causa tambien
padeciesen los predicadores, aunque sin culpa suya, no en cuanto son
predicadores de Cristo, sino en cuanto son de aquella nacion que los
han ofendido sin saber que sean inocentes, ni que haya diferencia del
fin de los unos ni de los otros, injustísima sería contra ellos nuestra
guerra, como sería injusto culpar y querer descomulgar ó castigar, y
por ello pelear contra aquel ó aquellos, que, por defenderse á sí ó á
los suyos y á sus bienes, matasen clérigos ó religiosos que en hábito
de seglares venian en compañía de los que los querian matar ó robar, ó
en otra manera los afrentar y damnificar; manifiesto es que los tales
ni eran descomulgados, ni culpables, ni castigables. La tercera causa
de mover guerra justa á cualesquiera infieles el pueblo cristiano, es
ó sería ó podria ser por detenernos reinos nuestros ó otros bienes,
injustamente, y no nos los quisiesen restituir ó entregar, y esta es
causa muy general que comprende á toda nacion y la autoriza la ley
natural para que pueda tener justa guerra, una contra otra; y puesto
que toda gente y nacion por la misma ley natural sea obligada, primero
que mueva guerra contra otra, á discutir y á ponderar y averiguar la
razon que tiene por sí y la culpa de la otra, y si la excusa y está
purgada por la antigüedad, porque no ella, sino sus pasados tuvieron
la culpa, y ella posee con buena fe, porque ignora el principio de
la detencion por la diuturnidad de los tiempos, la cual examinacion,
y no cualquiera sino exactísima, de necesidad, debe preceder (por ser
las guerras plaga pestilente, destruicion y calamidad lamentable del
linaje humano) mucho mayor y más estrecha obligacion tiene la gente
cristiana, para con los infieles que tuvieren tierras nuestras, de
mirar y remirar, examinar y reexaminar la razon y justicia que tiene,
y hacer las consideraciones susodichas, y allende desto los escándalos
y daños, muertes y damnacion de sus prójimos, que son los infieles, y
los impedimentos que se les ponen para su conversion; y la perdicion
tambien de muchos de los cristianos, que por la mayor parte parece
no ir á las guerras con recta intincion, y en ellas cometen, aunque
sean justas, diversos y gravísimos pecados: porque el pueblo cristiano
no parezca anteponer los bienes temporales, que Cristo posponer y
menospreciar nos enseñó, á la honra divina y salud de las ánimas, que
tanto nos encomendó y mandó. Por manera, que supuesto que sin engaño
nos constase algunos infieles tener nuestras tierras y bienes y no nos
las quisiesen tornar, si ellos estuviesen contentos con los términos
suyos y no nos infestasen, ni, por alguna vía eficaz, maliciosamente
impidiesen ó perjudicasen nuestra fe, sin duda ninguna por recobrar
cualquiera temporales bienes dudosa sería, delante, al ménos, del
consistorio y fuero de Dios, la justicia de la tal guerra. Aplicando
las razones susodichas á las obras tan perjudiciales que á aquellas
gentes hacian los portogueses, que no eran otras sino guerras crueles,
matanzas, captiverios, totales destruiciones y anichilaciones de muchos
pueblos de gentes seguras en sus casas y pacíficas, cierta damnacion
de muchas ánimas que eternalmente perecian sin remedio, que nunca los
impugnaron, ni les hicieron injuria, ni guerra, nunca injuriaron ni
perjudicaron á la fe, ni jamás impedirla pensaron, y aquellas tierras
tenian con buena fe porque ellos nunca dellas nos despojaron, ni quizá
ninguno de sus predecesores, pues tanto distantes vivian de los moros
que por acá nos fatigan, porque confines son de Etiopía, y de aquellas
tierras no hay escritura ni memoria que las gentes que las poseen las
usurparon á la Iglesia, ¿pues con qué razon ó justicia podrá justificar
ni excusar tantos males y agravios, tantas muertes y captiverios,
tantos escándalos y perdicion de tantas ánimas, como en aquellas pobres
gentes, aunque fuesen moros, hicieron los portogueses? ¿No más de por
que eran infieles? gran ignorancia y damnable ceguedad, ciertamente,
fué esta. Tornando al propósito de la historia, para cumplir con este
capítulo, aquellos tres navíos se tornaron á Portugal con un negro,
que fué el primero que rescataron allí de los moros, y otro navío
salteó por allí un lugar, de donde llevó á Portugal 20 personas. En
este mismo año de 46, un Dinis Fernandez, movido por las mercedes que
el Infante hacia á los que descubrian, determinó con un navío ir é
pasar adelante de todos los otros que habian descubierto, el cual pasó
el rio de Saiaga, donde otros habian llegado, que está junto al cabo
Verde, 90 leguas adelante del cabo Blanco, y este rio divide la tierra
de los moros Azenegues de los primeros negros de Guinea, llamados
Jolophos; vido ciertas almadías ó barcos de un madero, en que andaban
ciertos negros á pescar, de los cuales, con el batel que llevaba, por
popa, alcanzó uno, en que estaban cuatro negros, y éstos fueron los
primeros que, tomados ó salteados por los portogueses, á Portugal
vinieron; y puesto que el dicho Dinis Fernandez halló mucho rastro y
señales de espesas poblaciones, y pudiera, si quisiera, saltear gente
y hacer esclavos, pero, por agradar más al Infante, no quiso gastar
su tiempo sino en descubrir tierra más adelante; y navegando vido un
señalado Cabo que hacia la tierra, y salia hácia el Poniente, al cual
llamó cabo Verde, porque le pareció mostrar no sé qué apariencias de
verduras. Este es uno de los nombrados Cabos y tierras que hay en
aquella costa de África y Guinea. Y porque á la vuelta del dicho Cabo
hallaron contrarios tiempos de los que traian, que los impidieron pasar
adelante, acordó el Capitan tornarse á Portugal; y llegáronse á una
isleta, junta con el dicho cabo Verde, donde mataron muchas cabras,
que fué harto refresco y ayuda para su vuelta. Y segun parece querer
decir Juan de Barros, en el cap. 9.º de su primer libro y 1.ª década,
éste trujo más negros de cuatro salteados, porque dice que aqueste
Capitan tornó á Portugal con nuevas de la novedad de la tierra que
habia descubierto, y con la gente que llevaba de negros, no rescatados
de los moros como otros que habian traido al reino, sino tomados en
sus propias tierras; por manera que debia de traer más de los cuatro,
y ansí parece que no hacian diferencia de los negros á los moros, ni
la hicieran en cualquiera nacion que halláran: todos los robaban y
captivaban, que no llevaban otro fin sino su interés proprio, y hacerse
ricos á costa de las angustias ajenas y sangre humana. Recibió grande
alegría el Infante con las nuevas y presa que Dinis Fernandez trujo,
y hízole mercedes; y dicen que nunca pensaba dar mucho, sino poco,
por mucho que diese, á los que le traian destas nuevas; y por estas
mercedes se animaban mucho muchos del reino á ir é ponerse á grandes
trabajos y peligros en estos descubrimientos, por servirle. Dicen que
siempre mandaba y amonestaba, que á las gentes de las tierras que
descubriesen no les hiciesen algun agravio, sino que con paz y amor
tratasen con ellos, pero vemos que lindamente se holgaba de los saltos
y violencias que hacian y de los muchos esclavos que traian robados
é salteados; llevaba dellos su quinta parte y hacia mercedes á los
salteadores y tiranos, y ansí todos aquellos pecados aprobaba, y por
eso su intencion buena, que dicen que tenia, para excusa de lo que él
ofendia poco le aprovechaba.