Y porque muchas veces arriba, y más en este capítulo pasado, hemos
tocado del promontorio Hesperionceras ó de Buena Esperanza y de las
islas de Canaria y Cabo Verde y de los Azores, y dellas muchas veces
hemos de tocar en la historia siguiente, con el ayuda de Dios, y muchos
y aún quizá todos lo que hoy son, y ménos los que vinieren, no saben
ni por ventura podrán saber cuando ni cómo ni por quién fué celebrado
su descubrimiento, parecióme que sería mucho agradable referir aquí
algo dello, ántes que tratemos del de nuestras océanas Indias; porque
se vea cuán moderno el cognoscimiento, que de los secretos que en el
mar Océano habia, tenemos, y cuantos siglos y diuturnidad de tiempos
la divina Providencia tuvo por bien de los tener encubiertos. Por
demas trabajan y son solícitos los hombres, de querer ó desear ver ó
descubrir cosas ocultas, ó hacer otra, por chica aunque buena que sea,
si la voluntad de Dios cumplida no fuere; la cual tiene sus puntos y
horas puestas en todas las cosas, y ni un momento de tiempo ántes ni
despues de lo que tiene ordenado, como al principio de este libro se
dijo, han de sortir ó haber sus efectos. Y por ende grande acertar en
los hombres sería, si en el juicio humano muy de véras cayése ninguna
cosa querer, ni desear, ni pensar poner por obra, sin que primero, con
sincero y simple corazon é importuna suplicacion, consultasen su divina
y rectísima voluntad, remitiéndoselo todo á su final é inflexible
determinacion y juicio justisimo. Cuánta diligencia y solicitud se
puso por los antiguos por la ansía y codicia que tuvieron de saber
lo que en este Océano y vastísimo mar había, y despues muchos que
les sucedieron y los cercanos á nuestros tiempos; y finalmente no lo
alcanzaron hasta el punto y la hora que Dios puso los medios y quitó
los impedimentos. Maravillosa cosa, cierto es que las islas de Canaria,
siendo tan vieja la nueva ó fama que dellas en los tiempos antiguos se
tuvo, pues Ptolomeo y otros muchos hicieron mencion dellas, y estando
tan cerca de España, que no se hobiese visto ni sabido (ó al ménos no
lo hallamos escrito) lo que habia en ellas, hasta agora poco ántes de
nuestros tiempos. En el año, pues, de nuestro Señor Jesucristo de[15]
una nao inglesa ó francesa, viniendo de Francia ó Inglaterra á España,
fué arrebatada, como cada dia acaece, por los vientos contrarios de
los que traia y dió con ella en las dichas islas de Canaria: esta nao
dió nuevas, á la vuelta de su viaje, en Francia.[16] El Petrarca, en
el lib. II, cap. 3.º _De vita solitaria_, dice, que los Ginoveses
hicieron una armada que llegó á las dichas islas de Canaria y que
el Papa Clemente VI, que por el año de nuestro Salvador Jesucristo
de mil y trescientos y cuarenta y dos, fué subido al pontificado,
instituyó por Rey ó Príncipe de aquellas islas á un notable Capitan,
que se habia señalado en las guerras de entre España y Francia (no
dice su nombre), y que el dia que el Papa lo quiso coronar ó coronó,
llevándole por Roma con grande fiesta y solemnidad, fué tanta el agua
que llovió súpitamente que tornó á casa en agua todo empapado; lo cual
se tuvo por señal ó agüero que se le daba principado de patria que
debia ser abundante de pluvias y grandes aguas, como si fuese otro
mundo, y que no sabe, segun lo mucho que de aquellas islas se escribe
y dice, como les convenga el nombre de Fortunadas: dice tambien no
saber como le sucedió al Rey nuevo que dellas hizo el Papa. Esto es
todo del Petrarca. De creer parece que es ser esto despues de que las
descubrió la dicha nao porque no se hobiera así tan presto la memoria
dellas borrado si esto acaeciera antes. Despues en el año[17] en tiempo
del rey D. Enrique III, de Castilla, hijo del rey D. Juan I, deste
nombre y padre del rey D. Juan II, digo el rey D. Enrique III, padre
del rey D. Juan II, agüelo de la serenísima y católica reina Doña
Isabel, mujer del católico rey D. Fernando; habiendo oido en Francia
estar en aquella mar las dichas islas pobladas de gente pagana, un
caballero francés que se llamaba Mosior Juan de Betancor, propuso de
venir á conquistarlas y señorearlas, para lo cual armó ciertos navíos
con alguna gente de franceses, aunque poca, con la qual se vino á
Castilla y allí tracto con el rey don Enrique III, que entónces en
Castilla reinaba; y, porque le favoreciese con gente y favor, se hizo
su vasallo haciéndole pleito y homenaje de le reconocer por señor, y
servirle como vasallo por las dichas islas. El Rey le dió la gente que
le pidió y todo favor y despacho. Ido á las dichas islas con su armada,
sojuzgó por fuerza de armas las tres dellas que fueron Lanzarote,
Fuerte Ventura y la isla que llaman del Hierro, haciendo guerra cruel
á los vecinos naturales dellas, sin otra razon ni causa más de por su
voluntad ó por mejor decir ambicion y querer ser señor de quien no le
debia nada, sojuzgándolos. Esto hizo el dicho Mosior Juan Betancor con
grandes trabajos y gastos, segun dice un coronista portogués, llamado
Juan de Barros, en sus _Décadas de Asia_, década 1.ª, cap. 12, el cual
entre otras cosas dice deste Betancor, que vino á Castilla y que de
allí se proveyó de gente y de otras cosas que le faltaban Tambien es de
creer que aquellas islas tomó con muerte de hartos de los que consigo
llevaba, y no ménos serian, sino muchos más, de los Canarios naturales,
como gente de pocas armas, y que estaban en sus casas seguros sin
hacer mal á nadie. Esta es cosa cierto de maravillar que haya caido
tanta ceguedad en los cristianos, que habiendo profesado guardar la
ley natural y el Evangelio en su baptismo, y en todo lo que toca y
concierne á la cristiana conversacion y edificacion de los otros
hombres, seguir las pisadas y obras de su Maestro y guiador Jesucristo,
entre las cuales es y debe ser una, convidar y atraer y ganar, por
paz y amor y mansedumbre y ejemplos de virtud, á la fé y cultura y
obediencia y devocion del verdadero Dios y Redentor del mundo, á los
infieles, sin alguna diferencia de cualquiera secta ó religion que sea
y pecados y costumbres corruptas que tengan; y esto no de la manera que
cualquiera quisiere pintar, sino por la forma y ejemplo que Cristo nos
dió y estableció en su Iglesia y como nosotros fuimos y quisiéramos
ser, sino lo hubiéramos sido, traidos, dejándonos mandado por regla
general, que todo aquello que querríamos que los otros hombres hiciesen
con nosotros hagamos con ellos y donde quiera que entrásemos la primera
muestra que de nosotros diésemos, por palabras y obras, fuese la paz; y
que no hay distincion en esto, para con indios, ni gentiles, griegos ó
bárbaros, pues un solo Señor es de todos, que por todos sin diferencia
murió, y que vivamos de tal manera y nuestras obras sean tales para con
todos que loen y alaben al Señor que creemos y adoramos por ellas, y no
demos causa de ofension ó escándalo alguno ni á judíos, ni á gentiles,
ni á la Iglesia de Dios, como promulga Sant Pablo, y que sin hacer
distincion alguna entre infieles, no por mas de que no son cristianos
algunos hombres, sino por ser infieles, en cualesquiera tierras suyas
propias que vivan y esten, creamos y tengamos por verdad que nos es
lícito invadir sus reinos y tierras, é irlos á desasosegar y conquistar
(porque usen del término que muchos tiranos usan, que no es otra cosa,
sino ir á matar, robar, captivar, y subiectar, y quitar sus bienes, y
tierras, y señoríos á quien están en sus casas quietos y no hicieron
mal, ni daño, ni injuria á los de quien las reciben) no considerando
que son hombres y tienen ánimas racionales y que los cielos y la
tierra y todo lo que de los cielos desciende, como las influencias
y lo que en la tierra y elementos hay, son beneficios comunes que
Dios á todos los hombres sin diferencia concedió, y los hizo señores
naturales de todo ello no mas á unos que á otros, como dice por Sant
Mateo: _Solem suum oriri facit super bonos et malos, et pluit super
justos et injustos_; y que la ley divina y preceptos negativos della
que prohiben hacer injuria ó injusticia á los prójimos, y hurtarles
cualquiera cosa suya, y mucho ménos tomársela por violencia, no bienes
muebles, ni raíces, no sus mujeres ni sus hijos, no su libertad, no
sus jumentos, ni sus gatos, ni sus perros, ni otra alhaja alguna, se
entienden tambien y se extienden para con todos los hombres del mundo,
chicos y grandes, hombres y mujeres, fieles ó infieles: esto todo
contiene la ley de Jesucristo. Quien inventó este camino, de ganar para
Cristo los infieles y traerlos á su cognoscimiento y encorporarlos en
el aprisco de su universal Iglesia, creo y aun sé por cierto, que, no
Cristo, ántes muy claramente, y no por ambajes, lo tiene condenado
por su Evangelio. Tornando á nuestra historia, este Juan de Betancor
viéndose gastado, y conociendo que el negocio habia de ir muy adelante,
acordó de se volver á Francia, ó á rehacerse de dineros, ó á quedarse
del todo, como al cabo se quedó, dejando en su lugar á un sobrino suyo,
que se llamaba Maciot Betancor. Ántes que se fuese, estando en sus
ocupaciones guerreando y sojuzgando las gentes de aquellas islas, murió
el rey D. Enrique de Castilla, el año de 1407, y sucedió el rey D. Juan
II, su hijo, á quien el dicho Juan de Betancor, hizo el mismo pleito
homenaje, recognosciéndose por vasallo del reino de Castilla, y al Rey
por señor, como lo habia hecho y sido del rey D. Enrique su padre. Esto
testifica el mismo rey D. Juan, en cierta carta que escribió al rey
D. Alonso de Portugal, de que se hará abajo mencion. Maciot Betancor,
que sucedió á su tio Juan de Betancor, prosiguiendo el propósito del
tio, dice la Historia portoguesa, que sojuzgó la isla de la Gomera,
con ayuda de los castellanos que consigo tenía, y los que despues le
fueron á ayudar, con licencia, ó quizá por mandado, del rey D. Juan de
Castilla, ó por mejor decir, de la reina Doña Catalina, su madre, que
gobernaba los reinos, porque el dicho Rey, era niño y estaba en tutoría
de la dicha Reina y del infante D. Fernando, su tio, que despues fué
rey de Aragon; pero viendo que no podia mas sostener la guerra, ni los
gastos que se le recrecian para conservar las islas que habia ganado ó
sojuzgado, concertóse con el infante D. Enrique de Portugal, hijo del
rey D. Juan, el primero de este nombre en aquel reino, traspasándole
todo lo que en aquellas islas tenia, y él pasóse á vivir á la isla de
la Madera, que en aquel tiempo se comenzaba á poblar y tenia fama de
que los vecinos de ella se aprovechaban bien; donde al cabo se hizo
rico, y fué señor de mucha hacienda y muy estimado en Portogal, por
el favor y mercedes que el Infante le hizo, y despues de él, toda su
sucesion.