CAPÍTULO XVII.[14]

Y porque muchas veces arriba, y más en este capítulo pasado, hemos

tocado del promontorio Hesperionceras ó de Buena Esperanza y de las

islas de Canaria y Cabo Verde y de los Azores, y dellas muchas veces

hemos de tocar en la historia siguiente, con el ayuda de Dios, y muchos

y aún quizá todos lo que hoy son, y ménos los que vinieren, no saben

ni por ventura podrán saber cuando ni cómo ni por quién fué celebrado

su descubrimiento, parecióme que sería mucho agradable referir aquí

algo dello, ántes que tratemos del de nuestras océanas Indias; porque

se vea cuán moderno el cognoscimiento, que de los secretos que en el

mar Océano habia, tenemos, y cuantos siglos y diuturnidad de tiempos

la divina Providencia tuvo por bien de los tener encubiertos. Por

demas trabajan y son solícitos los hombres, de querer ó desear ver ó

descubrir cosas ocultas, ó hacer otra, por chica aunque buena que sea,

si la voluntad de Dios cumplida no fuere; la cual tiene sus puntos y

horas puestas en todas las cosas, y ni un momento de tiempo ántes ni

despues de lo que tiene ordenado, como al principio de este libro se

dijo, han de sortir ó haber sus efectos. Y por ende grande acertar en

los hombres sería, si en el juicio humano muy de véras cayése ninguna

cosa querer, ni desear, ni pensar poner por obra, sin que primero, con

sincero y simple corazon é importuna suplicacion, consultasen su divina

y rectísima voluntad, remitiéndoselo todo á su final é inflexible

determinacion y juicio justisimo. Cuánta diligencia y solicitud se

puso por los antiguos por la ansía y codicia que tuvieron de saber

lo que en este Océano y vastísimo mar había, y despues muchos que

les sucedieron y los cercanos á nuestros tiempos; y finalmente no lo

alcanzaron hasta el punto y la hora que Dios puso los medios y quitó

los impedimentos. Maravillosa cosa, cierto es que las islas de Canaria,

siendo tan vieja la nueva ó fama que dellas en los tiempos antiguos se

tuvo, pues Ptolomeo y otros muchos hicieron mencion dellas, y estando

tan cerca de España, que no se hobiese visto ni sabido (ó al ménos no

lo hallamos escrito) lo que habia en ellas, hasta agora poco ántes de

nuestros tiempos. En el año, pues, de nuestro Señor Jesucristo de[15]

una nao inglesa ó francesa, viniendo de Francia ó Inglaterra á España,

fué arrebatada, como cada dia acaece, por los vientos contrarios de

los que traia y dió con ella en las dichas islas de Canaria: esta nao

dió nuevas, á la vuelta de su viaje, en Francia.[16] El Petrarca, en

el lib. II, cap. 3.º _De vita solitaria_, dice, que los Ginoveses

hicieron una armada que llegó á las dichas islas de Canaria y que

el Papa Clemente VI, que por el año de nuestro Salvador Jesucristo

de mil y trescientos y cuarenta y dos, fué subido al pontificado,

instituyó por Rey ó Príncipe de aquellas islas á un notable Capitan,

que se habia señalado en las guerras de entre España y Francia (no

dice su nombre), y que el dia que el Papa lo quiso coronar ó coronó,

llevándole por Roma con grande fiesta y solemnidad, fué tanta el agua

que llovió súpitamente que tornó á casa en agua todo empapado; lo cual

se tuvo por señal ó agüero que se le daba principado de patria que

debia ser abundante de pluvias y grandes aguas, como si fuese otro

mundo, y que no sabe, segun lo mucho que de aquellas islas se escribe

y dice, como les convenga el nombre de Fortunadas: dice tambien no

saber como le sucedió al Rey nuevo que dellas hizo el Papa. Esto es

todo del Petrarca. De creer parece que es ser esto despues de que las

descubrió la dicha nao porque no se hobiera así tan presto la memoria

dellas borrado si esto acaeciera antes. Despues en el año[17] en tiempo

del rey D. Enrique III, de Castilla, hijo del rey D. Juan I, deste

nombre y padre del rey D. Juan II, digo el rey D. Enrique III, padre

del rey D. Juan II, agüelo de la serenísima y católica reina Doña

Isabel, mujer del católico rey D. Fernando; habiendo oido en Francia

estar en aquella mar las dichas islas pobladas de gente pagana, un

caballero francés que se llamaba Mosior Juan de Betancor, propuso de

venir á conquistarlas y señorearlas, para lo cual armó ciertos navíos

con alguna gente de franceses, aunque poca, con la qual se vino á

Castilla y allí tracto con el rey don Enrique III, que entónces en

Castilla reinaba; y, porque le favoreciese con gente y favor, se hizo

su vasallo haciéndole pleito y homenaje de le reconocer por señor, y

servirle como vasallo por las dichas islas. El Rey le dió la gente que

le pidió y todo favor y despacho. Ido á las dichas islas con su armada,

sojuzgó por fuerza de armas las tres dellas que fueron Lanzarote,

Fuerte Ventura y la isla que llaman del Hierro, haciendo guerra cruel

á los vecinos naturales dellas, sin otra razon ni causa más de por su

voluntad ó por mejor decir ambicion y querer ser señor de quien no le

debia nada, sojuzgándolos. Esto hizo el dicho Mosior Juan Betancor con

grandes trabajos y gastos, segun dice un coronista portogués, llamado

Juan de Barros, en sus _Décadas de Asia_, década 1.ª, cap. 12, el cual

entre otras cosas dice deste Betancor, que vino á Castilla y que de

allí se proveyó de gente y de otras cosas que le faltaban Tambien es de

creer que aquellas islas tomó con muerte de hartos de los que consigo

llevaba, y no ménos serian, sino muchos más, de los Canarios naturales,

como gente de pocas armas, y que estaban en sus casas seguros sin

hacer mal á nadie. Esta es cosa cierto de maravillar que haya caido

tanta ceguedad en los cristianos, que habiendo profesado guardar la

ley natural y el Evangelio en su baptismo, y en todo lo que toca y

concierne á la cristiana conversacion y edificacion de los otros

hombres, seguir las pisadas y obras de su Maestro y guiador Jesucristo,

entre las cuales es y debe ser una, convidar y atraer y ganar, por

paz y amor y mansedumbre y ejemplos de virtud, á la fé y cultura y

obediencia y devocion del verdadero Dios y Redentor del mundo, á los

infieles, sin alguna diferencia de cualquiera secta ó religion que sea

y pecados y costumbres corruptas que tengan; y esto no de la manera que

cualquiera quisiere pintar, sino por la forma y ejemplo que Cristo nos

dió y estableció en su Iglesia y como nosotros fuimos y quisiéramos

ser, sino lo hubiéramos sido, traidos, dejándonos mandado por regla

general, que todo aquello que querríamos que los otros hombres hiciesen

con nosotros hagamos con ellos y donde quiera que entrásemos la primera

muestra que de nosotros diésemos, por palabras y obras, fuese la paz; y

que no hay distincion en esto, para con indios, ni gentiles, griegos ó

bárbaros, pues un solo Señor es de todos, que por todos sin diferencia

murió, y que vivamos de tal manera y nuestras obras sean tales para con

todos que loen y alaben al Señor que creemos y adoramos por ellas, y no

demos causa de ofension ó escándalo alguno ni á judíos, ni á gentiles,

ni á la Iglesia de Dios, como promulga Sant Pablo, y que sin hacer

distincion alguna entre infieles, no por mas de que no son cristianos

algunos hombres, sino por ser infieles, en cualesquiera tierras suyas

propias que vivan y esten, creamos y tengamos por verdad que nos es

lícito invadir sus reinos y tierras, é irlos á desasosegar y conquistar

(porque usen del término que muchos tiranos usan, que no es otra cosa,

sino ir á matar, robar, captivar, y subiectar, y quitar sus bienes, y

tierras, y señoríos á quien están en sus casas quietos y no hicieron

mal, ni daño, ni injuria á los de quien las reciben) no considerando

que son hombres y tienen ánimas racionales y que los cielos y la

tierra y todo lo que de los cielos desciende, como las influencias

y lo que en la tierra y elementos hay, son beneficios comunes que

Dios á todos los hombres sin diferencia concedió, y los hizo señores

naturales de todo ello no mas á unos que á otros, como dice por Sant

Mateo: _Solem suum oriri facit super bonos et malos, et pluit super

justos et injustos_; y que la ley divina y preceptos negativos della

que prohiben hacer injuria ó injusticia á los prójimos, y hurtarles

cualquiera cosa suya, y mucho ménos tomársela por violencia, no bienes

muebles, ni raíces, no sus mujeres ni sus hijos, no su libertad, no

sus jumentos, ni sus gatos, ni sus perros, ni otra alhaja alguna, se

entienden tambien y se extienden para con todos los hombres del mundo,

chicos y grandes, hombres y mujeres, fieles ó infieles: esto todo

contiene la ley de Jesucristo. Quien inventó este camino, de ganar para

Cristo los infieles y traerlos á su cognoscimiento y encorporarlos en

el aprisco de su universal Iglesia, creo y aun sé por cierto, que, no

Cristo, ántes muy claramente, y no por ambajes, lo tiene condenado

por su Evangelio. Tornando á nuestra historia, este Juan de Betancor

viéndose gastado, y conociendo que el negocio habia de ir muy adelante,

acordó de se volver á Francia, ó á rehacerse de dineros, ó á quedarse

del todo, como al cabo se quedó, dejando en su lugar á un sobrino suyo,

que se llamaba Maciot Betancor. Ántes que se fuese, estando en sus

ocupaciones guerreando y sojuzgando las gentes de aquellas islas, murió

el rey D. Enrique de Castilla, el año de 1407, y sucedió el rey D. Juan

II, su hijo, á quien el dicho Juan de Betancor, hizo el mismo pleito

homenaje, recognosciéndose por vasallo del reino de Castilla, y al Rey

por señor, como lo habia hecho y sido del rey D. Enrique su padre. Esto

testifica el mismo rey D. Juan, en cierta carta que escribió al rey

D. Alonso de Portugal, de que se hará abajo mencion. Maciot Betancor,

que sucedió á su tio Juan de Betancor, prosiguiendo el propósito del

tio, dice la Historia portoguesa, que sojuzgó la isla de la Gomera,

con ayuda de los castellanos que consigo tenía, y los que despues le

fueron á ayudar, con licencia, ó quizá por mandado, del rey D. Juan de

Castilla, ó por mejor decir, de la reina Doña Catalina, su madre, que

gobernaba los reinos, porque el dicho Rey, era niño y estaba en tutoría

de la dicha Reina y del infante D. Fernando, su tio, que despues fué

rey de Aragon; pero viendo que no podia mas sostener la guerra, ni los

gastos que se le recrecian para conservar las islas que habia ganado ó

sojuzgado, concertóse con el infante D. Enrique de Portugal, hijo del

rey D. Juan, el primero de este nombre en aquel reino, traspasándole

todo lo que en aquellas islas tenia, y él pasóse á vivir á la isla de

la Madera, que en aquel tiempo se comenzaba á poblar y tenia fama de

que los vecinos de ella se aprovechaban bien; donde al cabo se hizo

rico, y fué señor de mucha hacienda y muy estimado en Portogal, por

el favor y mercedes que el Infante le hizo, y despues de él, toda su

sucesion.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 32 / 126 题