NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se
han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha respetado la ortografía del original impreso pero se han
puesto tildes a las mayúsculas.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
* Las notas a pie de página se han renumerado y colocado al final
del libro.
* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente para no
interrumpir un poema.
FÁBULAS Y CUENTOS
EN VERSO
[Ilustración]
BIBLIOTECA LITERARIA DEL ESTUDIANTE
DIRIGIDA POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL
TOMO I
FÁBULAS
Y CUENTOS
EN VERSO
SELECCIÓN HECHA POR
MARÍA GOYRI DE MENÉNDEZ PIDAL
_Dibujos de F. Marco._
_MADRID, MCMXXII_
INSTITUTO-ESCUELA
JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS
TIPOGRAFÍA DE LA “REVISTA DE ARCHIVOS”, OLÓZAGA, 1, MADRID
[Ilustración]
ADVERTENCIA
Hace tiempo que el Instituto-Escuela tropieza con bastantes
inconvenientes para que las lecturas literarias de sus alumnos sean
todo lo extensas y variadas que es menester; la misma dificultad
tocarán, en más o menos grado, todos los profesores que se dedican a
la enseñanza de la lengua y de la literatura españolas en sus primeros
grados.
Cierto que abundan las colecciones de trozos escogidos y que éstas
cumplen un importante fin pedagógico, sirviendo para el examen en
detalle de muy diversas cuestiones gramaticales o artísticas, pero no
satisfacen la necesidad que el estudiante tiene de conocer y apreciar
el conjunto mismo de la obra a que pertenecen esos trozos.
Y para ese conocimiento de conjunto faltan los medios. El estudiante
podría quizá remediarse asistiendo a una biblioteca; pero ésta, en
muchas partes no existe, o no está suficientemente dotada; en otras
ocasiones, la índole o la extensión de muchas obras que pueden
hallarse en bibliotecas excede a la comprensión o capacidad propias de
los primeros años de trabajo; y, en todo caso, si el lector puede tener
en su mesa las obras que debe conocer, logrará siempre ganar mayor
familiaridad con ellas. Es, pues, muy conveniente entregar al más fácil
manejo del estudiante una colección literaria de las obras principales
que por él deben ser conocidas.
Por eso trabajamos hace tiempo en formar esta Biblioteca que ahora
sale a luz y para la cual se hallan ya preparados gran parte de los
textos, esperando mantener continuidad y rapidez en la publicación.
No excluiremos enteramente de ella algunos extractos fragmentarios,
como los de las antologías; pero serán extensos y pocos. En general se
incluyen producciones literarias tomadas en su conjunto.
Claro es, sin embargo, que muchas de las obras incluídas tienen que
ser acortadas a fin de que, descartado lo excesivo o inconveniente,
se haga su lectura fácil y llana para cualquier joven que no se haya
de especializar en la literatura. La tarea, como bien se comprende,
es delicada en extremo, sobre todo tratándose de obras de extensión
considerable, como el _Amadís_, donde lo que se suprime es muchísimo
más que lo que se conserva. Pero al eliminar trozos de cualquier
composición se ha puesto todo cuidado y empeño en conservar tanto el
pensamiento fundamental del autor como los pasajes principales en que
ese pensamiento se manifiesta. También nos hemos prohibido alterar
irrespetuosamente los textos y huímos de acortarlos con supresiones
menudas y frecuentes que desfiguran el estilo del autor, cosas ambas
que hemos sentido intolerables en algún ensayo de reducción que se ha
publicado, por ejemplo, del _Quijote_.
Proponiéndose la presente colección servir a una iniciación literaria
bastante extensa, incluye piezas de muy diverso carácter: junto a
las obras maestras, otras de diverso valor artístico o histórico,
entre ellas algunas demasiado olvidadas (esperamos que en los jóvenes
lectores podrá revivir fácilmente mucho del interés aventurero que
encierran los _Historiadores de Indias_), llegando hasta un _Cancionero
musical_ compuesto principalmente de cantos tradicionales. Incluímos
también autores americanos. Dada la amplitud del propósito, lo reducido
del espacio que nos hemos impuesto y las encontradas razones que pueden
abogar por la inclusión o exclusión de una obra, se comprende que la
selección tiene que ser discutible y expuesta a inevitables omisiones;
especialmente se notarán éstas en los autores más recientes, pues aquí
la falta es siempre menos sensible, por hallarse los libros modernos
más al alcance de todos.
Otros notarán más bien cierto exceso en la Colección, sobre todo
pensando que, para los comienzos del estudio, varias de las obras aquí
incluídas exceden a la comprensión y al gusto de un muchacho en los
primeros años de su estudio. Pero nunca se tendrá bastante en cuenta
que el aprendizaje de un niño, y, por último, el de un hombre también,
se hace siempre a fuerza de percibir incompletamente aquellas cosas que
exceden a la comprensión del instante y que esperan tiempo venidero
para ser asimiladas de un modo más perfecto, ora con la conveniente
repetición, ora sin ella. No de otro modo el niño aprende el lenguaje:
sin darse él cuenta apenas de que tropieza en palabras ininteligibles,
llegan éstas a iluminársele con plena comprensibilidad.
Pero evidente es que no todas las obras aquí publicadas son para la
edad primera. Como hay que abominar en la enseñanza del lenguaje
excesivamente incomprensible, hay que evitar la lectura de aquello en
que las dificultades se hagan notar demasiado.
Para que pueda esquivarse tal escollo, esta Biblioteca ha procurado
dos cosas. Primeramente trata de comprender aquellas principales obras
maestras cuyo conocimiento es más urgente en la historia de nuestras
letras. En segundo lugar ha de incluír ciertas obras que por su
sencillez y carácter elemental cuadran a los primeros años de la vida y
de los estudios mejor que otras obras de mayor significación y alcance
artístico; pero aún esas obras han sido escogidas entre las que tienen
por sí un positivo valor histórico. Véase, por ejemplo, cómo se puede
ensanchar el habitual campo de las _Fábulas_ incluyendo en él nombres
de muy altos autores.
Reuniendo estas dos clases de material, la presente Biblioteca trata
de incluír en treinta tomitos las obras cuyo conocimiento nos parece
más esencial o más oportuno en los primeros años de la enseñanza,
ordenándolas bajo el doble método de géneros y épocas, para que el
conjunto pueda con facilidad ser entendido históricamente. Así los
treinta volúmenes están formados obedeciendo a un canon literario, a
un catálogo previamente establecido, de aquellas obras mejores que el
estudiante debe frecuentar en el comienzo de sus estudios para adquirir
los fundamentos de su cultura tradicional hispánica.
Desea esta Biblioteca ser parte en aminorar el caso tan frecuente
de los que se educaron en la más cerrada ignorancia de nuestra
vida artística pasada y vivieron, y aun escribieron, ora venerando
meros fantasmas de los nombres famosos que alegran su oído como una
charanga estrepitosa, ora despreciándolos por apaciguar el disgusto
de ignorarlos o el sinsabor de haber descubierto demasiado tarde
figuras que debiera haber conocido antes y con mayor preparación para
comprenderlas.
Pero es necesario advertir muy encarecidamente que esta amplia
orientación histórica, que consideramos base precisa de la educación
literaria, no ha de aspirar nunca a la imitación de los autores
estudiados, cosa pueril y funesta. La abundancia misma y la gran
disparidad de los textos aquí reunidos indican bien claro que esta
Biblioteca no se propone dar modelos para la imitación que cohiban
la nativa frescura del que los estudia, sino que se propone algo
más elevado y eficiente: quiere entrañar los principales productos
literarios en la inteligencia del lector asiduo, para que el
pensamiento y el lenguaje de éste se enriquezcan, y desenvolviéndose
con fuerte arraigo en la tradición, tomen como punto de partida el
pasado a fin de poder proseguir la línea de progreso que la tradición
señala hacia lo por venir.
Una espontaneidad ingenua y despreciadora de toda tradición convertiría
la producción literaria de cada día en flor efímera y sin semilla.
El ideario y el lenguaje de cada generación serían como un aposento
cerrado, tan sin comunicación con las generaciones de ayer como sin
acceso para las de mañana, despreciadoras también del pasado. Y no vale
asegurar que la perfecta ignorancia de la tradición es prácticamente
imposible. Una ingenuidad abandonada a aquellas impresiones
tradicionales más cercanas o que como a la desbandada y a más no poder
se entran por los resquicios, no producirá por lo común sino abortos
sin completa gestación; estará siempre expuesta en máximo grado a ser
presa incauta de cualquier éxito del momento que se le presente con
aureola de novedad. Sólo cuando las impresiones se multiplican y se
hacen densas, la espontaneidad está más segura de poder madurar en sí
misma sus frutos, mejor y más conscientemente.
R. MENÉNDEZ PIDAL.
_Abril 1922._
[Ilustración]
RAFAEL POMBO
_Bogotá (Colombia), 1834; † 1912._
EL PINZÓN Y LA URRACA
--Enséñame una canción
--dijo la urraca habladora
al gayo y diestro pinzón
que saludaba a la aurora.
--¿A ti? --repuso éste--. ¡Vaya!
No te burlarás de mí;
a pájaros de tu laya
¿quién pudo enseñarles, di?
--¿Y por qué? --Porque es preciso
para aprender, escuchar,
y un charlatán nunca quiso
dejar hablar, sino hablar.
EL SOL Y EL POLVO
Alzándose un furioso torbellino
eclipsó el polvo al sol,
y gritóle por mofa: --¡Astro divino!
¿Dónde estás? ¿Qué te hiciste?... -- Y su camino
siguió en silencio el sol.
Y cesó el huracán; y tornó al cieno
el polvo vil; y en el azul sereno
de gloria y pompa lleno
siguió en silencio el sol.
LA CANGREJA CONSEJERA
--Anda siempre derecha,
querida hijita
--mamá Cangreja díjole
a Cangrejita--;
para ser buena
obedece a tu madre
cuanto te ordena.
--Madre --responde aquélla--,
voy a seguirte,
no quiero en ningún caso
contradecirte,
ve tú delante,
que dándome el ejemplo,
lo haré al instante.
[Ilustración]
[Ilustración]
MANUEL DEL PALACIO
_Lérida, 1831; † 1906._
LOS PEDAZOS DE MÁRMOL
Al pie de una cantera
de mármol de Carrara
varios gigantes bloques
restos de una gran ruina semejaban,
mientras otro, movido
por cuerdas y palancas,
a un carro conducían
muchos obreros en alegre zambra.
Diez poderosos bueyes,
uncidos por el asta,
iban la inmensa mole
a llevar a través de la montaña;
y cuando al recibirla
rechinaron las tablas,
oyóse en el espacio
sordo rumor de voces y amenazas.
--¿Por qué nos abandonas?
--las piedras murmuraban--.
¿Qué buscas en tu orgullo
fuera de estas regiones solitarias?
--El hombre me ha elegido
--respondió la arrastrada--
para que al mundo admire,
centinela perpetuo de su fama.
Si hasta hoy he sido roca,
mañana seré estatua;
no tengo yo la culpa
de ser la más hermosa y la más blanca.
--Piedad antes que enojo
en nosotras hallaras,
si cautiva a la fuerza
de tu profanación no hicieras gala.
Pero en vano te engríes,
la vanidad te engaña,
que aun cambiando de forma
piedra serás, cual somos tus hermanas.
Y antes de que te eleves
del vulgo a las miradas,
¡no sabes tú los golpes
de cincel y martillo que te aguardan!
Los hombres en la tierra
son mármoles con alma,
y si éstos al labrarse dejan polvo,
aquéllos dejan lágrimas.
NATURALISMO
Molidos de la jornada
y con hambre, aunque risueños,
dos estudiantes rondeños
llegaron a una posada.
Comenzaba a anochecer
y entrambos, sin vacilar,
acercáronse al hogar
decididos a comer.
Ligera cual una ardilla
rubia moza les previno,
con un buen jarro de vino,
salchichón, pan y tortilla,
que devoraron los dos
sin tener que repetir,
yéndose luego a dormir
en paz y en gracia de Dios.
A la mañana siguiente,
rayando apenas el día,
del ventero en compañía
tomaron el aguardiente;
y a seguida de pagar
los caballos dispusieron,
y alegres como vinieron
se volvieron a marchar.
No será el cuento profundo
ni por él pido mercedes;
pero ¿no lo hallan ustedes
lo más natural del mundo?
[Ilustración]
[Ilustración]
RAMÓN DE CAMPOAMOR[1]
_Navia (Asturias), 1817; † 1901._
LOS HIJOS Y LOS PADRES
Ni arrastrada un pastor llevar podía
a una cabra infeliz que oía amante
balar detrás al hijo, que, inconstante,
marchar junto a la madre no quería.
--¡Necio! --al pastor un sabio le decía--;
al que llevas detrás, ponle delante;
échate el hijo al hombro, y al instante
la madre verás ir tras de la cría.
Tal consejo el pastor creyó sencillo;
cogió la cría y se marchó corriendo
llevando al animal sobre el hatillo.
La cabra sin ramal les fué siguiendo,
mas siguiendo tan cerca al cabritillo,
que los pies por detrás le iba lamiendo.
LOS PADRES Y LOS HIJOS
Un enjambre de pájaros metidos
en jaula de metal guardó un cabrero,
y a cuidarlos voló desde el otero
la pareja de padres afligidos.
--Si aquí --dijo el pastor-- vienen unidos
sus hijos a cuidar con tanto esmero,
ver cómo cuidan a los padres quiero
los hijos por amor y agradecidos.
Deja entre redes la pareja envuelta,
la puerta abre el pastor del duro alambre,
cierra a los padres y a los hijos suelta.
Huyó de los hijuelos el enjambre,
y como en vano se esperó su vuelta,
mató a los padres el dolor y el hambre.
LA CARAMBOLA
Pasando por un pueblo un maragato
llevaba sobre un mulo atado un gato,
al que un chico, mostrando disimulo,
le asió la cola por detrás del mulo.
Herido el gato, al parecer sensible,
pególe al macho un arañazo horrible;
y herido entonces el sensible macho,
pegó una coz y derribó al muchacho.
Es el mundo, a mi ver, una cadena,
do rodando la bola,
el mal que hacemos en cabeza ajena
refluye en nuestro mal, por CARAMBOLA.
[Ilustración]
EL CONCIERTO DE LOS ANIMALES
Supuesto que respira,
se hace oír, bien o mal, cualquier garganta;
y en esto no hay mentira,
pues mal o bien, el que respira, canta.
Hablen, si no, mil animales duchos
que dieron un concierto como muchos.
Y es fama que el sentido
no acompaña a los órganos vocales,
por lo que ha sucedido
que en la patria de dichos animales,
cada cual, presumiéndose asaz diestro,
gritó: --¡Caiga el león! ¡Fuera el maestro!
Cayó la monarquía,
y en república el reino convirtieron.
--Vaya una sinfonía
de nuestros triunfos en honor --dijeron--;
cada uno cante cual le venga a mano;
ya no más director; ¡muera el tirano!
Comenzóse el concierto,
“cá-cá-rá-cá”, gritando el polli-gallo;
y al primer desacierto
con un relincho contestó el caballo;
“a-y-o, a-y-o”, siguió el pollino;
“pí-pí-pí”, el colorín; “ufff”, el cochino.
El “mís” y el “marramau”
cantó el gato montés, cual tigre bravo;
y con cierto “pau-pau”
le acompañaba el indolente pavo;
formando tan horrenda algarabía,
que ni el mismo Luzbel la aguantaría.
El león destronado,
viendo el reino en desórdenes tan grandes,
--Silencio --dijo airado,
mostrando un arcabuz ganado en Flandes--;
el rey va a dirigir: atrás, canalla.
Y al verle cada cual, amorra y calla.
--Vuelva a sonar la orquesta
--siguió el tirano, de Nerón trasunto--,
y ¡ay de la pobre testa
de aquel que por gruñir me coma un punto!
¿Qué es replicar? No hay réplica ninguna.
Palo o canción; vamos a ver: ¡a una!
Y la orquesta empezando,
“pí-pí”, “cá-cá-rá-cá”, “mís-mís”, “miau-miau”
siguió después sonando
“a-y-o, a-y-o”, “ufff-ufff”, “pau-pau”.
Y tal sonó la música que alabo,
que el mundo gritó absorto: --¡Bravo! ¡Bravo!
Fué el concierto, antes loco,
la maravilla, vive Dios, del arte;
y aunque gruñendo un poco,
cada animal desempeñó su parte;
aprendiendo, en perjuicio de su testa,
que sin buen director no hay buena orquesta.
[Ilustración: El concierto de los animales.]
LOS DOS GORRIONES
--Llégame el comedero
--dijo a un gorrión otro gorrión muy maula--.
--Pues ábreme primero
--contestó aquél --la puerta de la jaula.
--¿Y si al verte ya libre, en tu embeleso,
te vas sin darme de comer en pago?
--¿Y quién me dice a mí --responde el preso--
que me abrirás si llenas el monago?
Y en conclusión, por si ha de ser primero
llegar el comedero
o correr el alambre,
quedóse el enjaulado prisionero
y el hambriento volvióse con el hambre.
¡Digno amigo, por Dios, de tal amigo!
Y ahora diréis, y bien, como yo digo:
--¡Vaya, que son en ciertas ocasiones
lo mismo que los hombres los gorriones!
[Ilustración]
SALVAR EL HONOR CON FRASES
I
EL GALLO Y LA LIEBRE
Dijo un gallo a una liebre: --Huye, cobarde.
--¿Cobarde yo? --la liebre respondía.
Pero atisbando a un galgo nada tarde
hasta más no poder cobarde huía.
--Espera --dijo el gallo-- un Dios te guarde.
¿No llamas a eso huír, señora mía?
Y antes que el galgo le acercase el morro,
la liebre contestó: --No huyo, que corro.
[Ilustración]
II
LA LIEBRE Y EL GALLO
Gritó la liebre al gallo: --Anda, medroso.
--Como el Cid --dijo el dueño del serrallo;
mas, viendo no muy lejos a un raposo,
hizo una acción que por medrosa callo.
--Ten --la liebre exclamó--, gran Cid, reposo.
--Pues ¿acaso esto es miedo? --siguió el gallo.
Y al ver que se subía a un parapeto:
--No --le dijo la liebre--, eso es respeto.
[Ilustración]
[Ilustración]
ANTONIO DE TRUEBA
_Bilbao, 1821; † 1889._
EL EJEMPLO
Cuenta un autor, cuyo nombre
no conservo en la memoria,
porque fácilmente al hombre
se le va el santo a la gloria;
cuenta, repito, que un día
en una ciudad que expresa,
se sentó como solía
una familia a la mesa.
Según los datos completos
que tenemos a la vista,
constaba de los sujetos
que marca la adjunta lista:
un viejo temblón y cano;
dos esposos, por lo visto
hijo y nuera del anciano,
y un niño travieso y listo.
Cada cual con mucho celo
el estómago repara;
mas hete que al pobre abuelo
se le escurre la cuchara,
y como ésta es de metal,
hace doscientos añicos
un plato de pedernal,
por más señas, de los ricos.
El marido y la mujer
gritan con mil desacatos:
--¡A ese modo de romper
no ganamos para platos!
Continuó la pelotera,
y cuentan que al otro día
en un plato de madera
el pobre viejo comía;
mas tan mal se las compuso,
como estaba tan temblón,
que pan y manteles puso
hechos una perdición.
--¡Esto ya pasa de raya!
--gritan marido y mujer--;
levántese usted y vaya
a la cocina a comer;
y si allí no le conviene,
vaya a comer al establo,
que a todos dados nos tiene
con su suciedad al diablo.
En cuanto oyó este consejo
o más bien, este mandato,
bajó la cabeza el viejo
y se largó con su plato;
y desde aquella función
despachaba en la cocina
tristemente su ración
por evitar tremolina.
Llorando el anciano un día
la ingratitud de sus hijos,
sus tristes ojos tenía
el pobre en su nieto fijos.
Y al ver que un madero grueso
el niño afanoso esconde,
le dice: --¿Para qué es eso?
Y su nieto le responde:
--De este madero saldrá
un plato de buena clase
para que papá y mamá
coman cuando yo me case.
Y exclama el mísero anciano:
--¡Hará lo que hacen conmigo!
¡Dios mío! ¡Tu santa mano
puso en la culpa el castigo!
LOS TRES AMIGOS
Según Herder, un sujeto
que tenía tres amigos
a dos de ellos profesaba
el más profundo cariño,
y a la amistad del tercero
se mostraba siempre frío.
Cierto día fué acusado
de un horroroso homicidio,
y se hallaba con el alma
como quien dice en un hilo,
aunque era el hombre inocente
de tan bárbaro delito.
--Amigos míos, me acusan
de un asesinato --dijo--,
y el juez, según me han contado,
está como un basilisco.
Soy inocente, y deseo
que vengáis los tres conmigo
a declarar mi inocencia
en calidad de testigos.
Dió por excusa el primero
unos asuntos precisos;
acompañóle el segundo
si bien un poco remiso,
pero así que vió la turba
de centinelas y esbirros
que el tribunal custodiaban,
volvió pies atrás, más listo
que Cardona, temeroso
de que le echaran los cinco.
No esperaba el acusado
mucho del tercer amigo;
pero éste, fiel y animoso,
compareció ante el ministro
de la ley, y al acusado
defendió tan a lo vivo
que declarado inocente
fué en aquel instante mismo.
Tres amigos tiene el hombre
en el mundo en que vivimos,
¿cómo se portan con él
ante el tribunal divino?
El _dinero_ es el primero
de los tres en su cariño,
y es el primero también
que le abandona mezquino.
Los _deudos_ y los _parientes_
tiene por segundo amigo;
hasta junto a su sepulcro
van haciendo pucheritos,
mas se asustan de la muerte
y se vuelven atrás listos
diciendo a lo más: --Allá
nos esperes muchos siglos.
Por último, son las _obras
buenas_ su tercer amigo,
y aunque con indiferencia
por él miradas han sido,
de tal modo le defienden
ante el tribunal divino,
que al fin el manto de gracia
cubre todos sus delitos.
[Ilustración]
LA PARTE DEL LEÓN[2]
Fuéronse de caza
sin perros ni trompas
el león, el oso,
el lobo y la zorra;
y así que cazaron
porción nada corta
de cabras y ovejas
y chotos y potras,
--Hagamos --dijeron--
el reparto ahora
e inmediatamente
llenemos la andorga.
--¿Quién se encarga de ello?
--preguntó con sorna
el león, sin duda
buscando camorra--.
--¡Yo! --responde el oso,
cuya afición tonta
es hacer el ídem.
--Pues manos a la obra.
Cuando en cuatro partes
la caza amontona,
al león el oso
le dice que escoja
una de las cuatro,
que iguales son todas.
--¡Tú partir no sabes!
--gruñe con voz ronca
el león al oso,
que replicar no osa.
Y ¡ham! de un dentellazo
me lo descogota,
y a la zorra dice
con frase melosa:
--Chiquita, el reparto
vas a hacer tú ahora,
que fío has de hacerlo
a pedir de boca,
pues como chiquita
no eres maliciosa.
En cinco montones
la repartidora
reparte la caza,
y acabada su obra
al león le dice
con una graciosa
reverencia: --Vuestra
majestad escoja
de estas cinco partes
las tres que le tocan:
como león, una,
como monarca, otra,
y otra como jefe...
--Hola, hola, hola
--dice el león--; veo
que tú no eres boba.
Y añade, moviendo
de gusto la cola:
--Di, ¿quién te ha enseñado
todas esas cosas?
--¿Quién, señor...? El oso,
--contesta la zorra.
[Ilustración]
[Ilustración]
EL LOBO Y EL CORDERO[3]
El lobo y el cordero llegaron a un arroyo,
el lobo atormentado más de hambre que de sed,
y entre lobo y cordero sobrevino este diálogo,
que a mí me suena como sobrevenido ayer:
--Súbdito miserable, morirás, pues el agua
que yo, tu rey, bebía, te atreviste a enturbiar.
--¿Cómo, señor, haceros tal injuria he podido
estando más abajo que vuestra majestad?
--Si no lo has hecho ahora, lo hiciste hace seis meses.
--Señor, si todavía de edad no tengo dos.
--Pues si tú no lo has hecho, tu padre es quien lo haría,
y es justo que ahora mismo sufras la expiación.
Así diciendo, el lobo, sin conciencia ni entrañas
hizo al cordero víctima de su voracidad;
que siempre los tiranos, a falta de razones
para oprimir al justo, razones falsas dan.
[Ilustración]
[Ilustración]
CONCEPCIÓN ARENAL
_El Ferrol, 1820; † 1893._
EL SOBRIO Y EL GLOTÓN
Había en un lugarón
dos hombres de mucha edad,
uno de gran sobriedad
y el otro gran comilón.
La mejor salud del mundo
gozaba siempre el primero,
estando de enero a enero
débil y enteco el segundo.
--¿Por qué --el tragón dijo un día--,
comiendo yo mucho más
tú mucho más gordo estás?
No lo comprendo, a fe mía.
--Es --le replicó el frugal--
y muy presente lo ten,
porque yo digiero bien,
porque tú digieres mal.
Haga de esto aplicación
el pedante presumido
si porque mucho ha leído
cree tener instrucción,
y siempre que a juzgar fuere
la regla para sí tome:
No nutre lo que se come,
sino lo que se digiere.
EL LOBO MURMURADOR
Entre las breñas de un cerro,
un día de gran nevada,
un lobo a su camarada
hablábale así de un perro:
--Es un maldito vecino,
tan camorrista y cruel,
que para estar libre de él,
ya se necesita tino.
Ladrador para la gente,
entrometido, goloso,
suspicaz y cauteloso,
en fin, un perro indecente.
Pasaba en esta ocasión
cerca de allí una raposa,
paróse un tanto curiosa,
y al oír la acusación
dijo para su coleto:
--Anda que te crea un bobo:
perro a quien acusa un lobo,
debe ser perro completo.
En caso próspero o adverso
no echarás nunca en olvido
que es elogio el más cumplido
la censura del perverso.
[Ilustración]
JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH
_Madrid, 1806; † 1880._
LAS ESPIGAS
La espiga rica en fruto
se inclina a tierra;
la que no tiene grano
se empina tiesa.
Es en su porte
modesto el hombre sabio
y altivo el zote.
LOS TRES QUEJOSOS
--¡Qué mal --gritó la mona--
que estoy sin rabo!
--¡Qué mal estoy sin astas!
--repuso el asno--.
Y dijo el topo:
--Más debo yo quejarme,
que estoy sin ojos.
No reniegues, Camilo,
de tu fortuna;
que otros podrán dolerse
más de la suya.
Si se repara,
nadie en el mundo tiene
dicha colmada.
[Ilustración]
EL DROMEDARIO Y EL CAMELLO
El camello le dijo
al dromedario:
--Comparado contigo,
¡cuánto más valgo!
No cabe duda:
yo tengo dos jorobas;
tú tienes una.
EL COMPRADOR Y EL HORTERA
Cuentecillo forjado por deleite
parecerá sin duda la contienda
que se trabó en Madrid en una tienda
de vinagre y aceite.
Despachaba en la calle de Torija
líquidos un muchacho madrileño;
y otro, según la traza, lugareño,
fué por aceite allí con su vasija.
--Tú, cara de lechuza
--dijo sin aprensión el forastero--,
despáchame ligero,
lléname bien la alcuza.
--Cuando sepas hablar en castellano
--le replicó el hortera--
sabrás que lo que tienes en la mano
se llama la _aceitera_.
--En toda tierra que garbanzos cría
--contestó el provincial enardecido--
_alcuza_ siempre ha sido,
y alcuza la nombramos en el día.
--En tierra --dijo el otro-- de garbanzos,
corre por aceitera solamente,
y quien le ponga nombre diferente
ha nacido entre malvas y mastranzos.
El patán en sus trece se mantuvo;
le rechazaba el horterilla listo:
se incomodaron, y hubo,
por consiguiente, la de Dios es Cristo.
A las voces y apodos
cachetina siguió, larga y furiosa:
todo por una cosa
que se puede llamar de entrambos modos.
Pueril extravagancia
es, pero comunísima en el hombre,
no poner en disputa la sustancia
y reñir por el nombre.
[Ilustración]
EL JUMENTO MURMURADOR
--Señor, es fuerza que la sangre corra
--dijo al león solícita la zorra--;
sin cesar el estúpido jumento
de ti murmura con furor violento.
--¡Bah! --respondió la generosa fiera--,
déjale que rebuzne cuanto quiera.
Pecho se necesita bien mezquino
para sentir injurias de pollino.
EL AVARO Y EL JORNALERO[4]
Todo su caudal guardaba
cierto avariento cuitado
en onzas de oro, metidas
en un puchero de barro.
Por tenerlo más seguro,
fué con su puchero al campo:
al pie de un árbol cavó,
y lo enterró con recato.
Amaneció al otro día
hambriento y desesperado
un jornalero, sin pan
ni esperanza de ganarlo.
Sacudió las faltriqueras,
y hallando en una cuartos,
sale, se compra una soga,
y en seguida, como un rayo,
se va al campo a que le quite
los pesares el esparto.
Trataba de ahorcarse, en fin,
y escogió para ello el árbol
que era del tesoro en onzas,
inmóvil depositario.
Al afianzar de una rama
bien la soga el pobre diablo,
se le hundió en el hoyo un pie
y halló el puchero enterrado.
Cogióle, besóle y fuese,
y corriendo, a corto rato,
sus preciosas amarillas
vino a visitar el amo.
La tierra encontró movida
y el hoyo desocupado;
pero de puchero y onzas
no vió ni sombra ni rastro.
Reparó en la soga entonces,
y haciendo a la punta un lazo,
se ahorcó para no vivir
sin su tesoro adorado.
Así el puchero y la soga
mal o bien se aprovecharon:
él en un hambriento, y ella
en el cuello de un avaro.
LAS INDIRECTAS DEL PADRE COBOS
Célebres entre agudos y entre bobos
las indirectas son del padre Cobos;
mas como habrá sin duda quien aprecie
que le declare alguno lo que fueron
las tales indirectas en su especie,
trasládole el informe que me dieron.
Parece, pues, que había
en cierta población de Andalucía
un convento ejemplar, con un prelado,
siervo de Dios perfecto y acabado,
que de ciencia y paciencia era un portento;
por lo cual, uno a uno,
dió en irle a visitar a su convento,
sin qué ni para qué, tanto importuno,
que siempre andaba el pobre atropellado
para cumplir las reglas de su estado.
Era portero de la casa un lego,
catalán o gallego,
Cobos apellidado,
Bartolomé de nombre, alto, robusto,
de resuelto genial y un poco adusto.
Llamóle el superior, y dijo: --Mire
si puede hacer, por indirecto modo,
que esa gente comprenda
que de tanta visita me incomodo.
--Yo haré que se retire
la tal familia presto
--respondió el motilón--. --Sí, ponga enmienda,
pero indirectamente, por supuesto.
--Fíe, padre, en el tino de Bartolo;
para indirectas, ¡oh!, me pinto solo.
Viene al siguiente día,
madrugando solícito, un molesto.
Llama. Tilín, tilín... --Ave María.
Bartolo, sin abrir la portería,
dice al madrugador: --Hermano, trate
de ir a otro manantial que no se agote:
desde hoy ningún _pegote_
pruebe de mi prior el chocolate.
Oyendo el hombre la indirecta rara,
se fué, brotando bermellón su cara.
Llega un necio en seguida,
y Cobos dice: --Excuse la venida:
mientras el cargo ejerza de portero,
no entra aquí ni _gandul_ ni _majadero_.
Despedido el segundo visitante,
cata el número tres. --Coja el portante
--prorrumpe el fiero Cobos-- usiría:
no está bien entre monjes un _espía_.
Con una añadidura semejante,
y en tono proferida nada blando,
Bartolo a cada cual fué despachando;
y desde entonces al prior bendito
no perturbó en su celda ni un mosquito.
Contento el padre, y a la par confuso,
al lego preguntó: --¿De qué manera
con aquella familia se compuso
para que así de verme desistiera?
--Fué cosa muy sencilla,
mi querido prior --Cobos repuso--;
cada quisque llevó su indirectilla,
y huyó de mí la incómoda cuadrilla.
--Cuénteme las discretas expresiones,
cuya virtud a la razón los trajo.
--Les dije la verdad: “Sois un atajo
de tunos, de chismosos y de hambrones.”
--¿A eso llama indirectas, en efecto?
--Yo nunca en ellas fuí más circunspecto.
--Pues, hermano, mentiras o verdades,
sus indirectas son atrocidades.
Dijo bien el prior; mas como hay entes
en grado escandaloso impertinentes,
échaseles también de buena gana
tal cual indirectilla cobosiana.
LA ALACENA
Caminando un relator
del Consejo de Ultramar,
hizo noche en un lugar
en casa de un labrador.
Acompañaba al viajero
un tal Ayerbe de Ruiz,
mozo de experta nariz,
pero insigne majadero.
Cenaron en paz de Dios,
trataron de madrugar
y hubiéronse de acostar
en una alcoba los dos.
Veíanse en los costados
de la estancia, frente a frente,
iguales perfectamente,
cuatro postigos cerrados.
El un par era un balcón,
el otro correspondía
a una alacena en que había
seis quesos de Villalón.
Cogió el sueño tarde y mal
el relator, y durmiendo
soñó sentir el estruendo
de un turbión descomunal.
Cerca de la madrugada
le dijo al Fulano Ayerbe:
--Levántese usted y observe
si huele a tierra mojada.
Saltó Ayerbe de su lecho,
y a tientas de mano y pie,
por ir al balcón, se fué
a la alacena derecho.
Abrió, zampó la cabeza,
y aunque miró y remiró,
tan negro el boquete halló
como el resto de la pieza.
Pero un olor en seguida
percibió en aquel recinto,
que le pareció distinto
del de tierra humedecida.
Y entonces dijo el camueso
con mucha formalidad:
--No hay en el aire humedad;
está oscuro y huele a queso.
Así ciega y tontamente
críticas hacen famosas
los que no miran las cosas
desde el punto conveniente.
Tacha de oscuro y condena
tal concepto Santillana,
y es que huye de la ventana
y se asoma a la alacena.
EL CABALLO DE BRONCE
Niños, que de siete a once,
tarde y noche, alegremente,
jugáis en torno a la fuente
del gran caballo de bronce
que hay en la plaza de Oriente.
Suspended vuestras carreras,
pues hace calor, y oíd
una historia muy de veras,
y de las más lastimeras
que se cuentan por Madrid.
Ese caballo... Yo empleo
esta expresión, algo tonta,
porque en mi conciencia creo
que decir _caballo_ es feo,
no atendiendo a quien le monta.
Felipe cuarto es el tal;
pero el uso general,
que tiene fuerza de ley,
hace que, olvidando al rey,
se nombre al irracional.
La razón yo no la sé;
a muchos la pregunté
y nadie fundarlo supo;
en fin, _caballo_ diré,
mas ha de entenderse _grupo_.
Ese caballo, años ha
estaba, como quizá
sabréis sin que yo lo indique,
dentro del Retiro, allá
frente a la casa del _Dique_[5].
Allí da el jardín frescura
con sus aguas y verdor,
y el canoro ruiseñor
tiene morada segura
de enemigo cazador.
Allí al caballo volaban
con fácil y presto arranque
mil pájaros que llegaban
a beber en el estanque,
cuyas ondas le cercaban.
Allí, con reserva poca,
le corría todo entero
la turba intrépida y loca,
y hallábale un agujero
que tuvo el jaco en la boca.
Y tal la disposición
fué del tal, que por afuera
sufría la introducción
de un pajarillo cualquiera
del tamaño de un gorrión.
Por adentro era al revés:
bien que el intruso pasara
cabeza y cuello; después,
no hallando en qué afianzara
ni las alas ni los pies,
ellos no eran de provecho,
y eran ellas el estorbo;
y empujando con despecho
le hería garganta y pecho
el borde cortante y corvo.
Y víctima el animal
de su imprudencia fatal,
que fuga no permitía,
bregaba mientras podía
por la cárcel de metal.
Donde, triste, prisionero,
pidiendo en vano merced,
sobre muchos que primero
tuvieron su paradero,
perece de hambre y de sed.
Mil avecillas, buscando
sombra densa en el estío,
mil en el invierno, cuando
ya lloviendo, ya nevando,
traspasábalas el frío,
embocáronse en la panza
del caballo, que en venganza
debió decir para sí:
--Renunciad a la esperanza,
pájaros que entráis en mí.
Con el tiempo se mudó
del jardín en que habitó,
a la plaza donde está,
y entonces se desarmó
el cuerpo que encima va.
Y los cóncavos secretos
del cuadrúpedo cruel
aparecieron repletos
de plumas y de esqueletos
de aves, tragadas por él.
Mano de piedad movida
cerró, como era razón,
el menudo pozo Airón,
que se sorbió tanta vida
de pajarillo simplón.
Dañosa curiosidad
los condujo a muerte cruda.
¡Ay! ¡Cuántos en nuestra edad
por la brecha de la duda
se abisman en la impiedad!
Abismo donde pedir
favor al mortal discurso
no basta para salir;
él nos deja sin recurso
desesperar y morir.
LA REBANADITA DE PAN[6]
Ya sentado a su mesita
Basilio para cenar,
en su cuarto, sin llamar,
entrósele una visita.
Era una bella señora
la que invadió el domicilio,
diciendo: --Yo soy, Basilio,
una sabia encantadora.
Sé que no eres haragán,
y es escasa tu fortuna:
por tu bien, me has de dar una
rebanadita de pan.
Una onza tan sólo quiero,
y otra pediré mañana:
préstelas de buena gana
el honrado jornalero.
--Nada me sobra, en verdad;
una hija tengo y un hijo
y mujer --el hombre dijo--,
mas no le hace: bien, tomad.
Y con buen talante y fe
la rebanada partió
Basilio; la recibió
la encantadora y se fué.
La esperaba con ahinco
Basilio al siguiente día:
volvió la señora mía
trescientos sesenta y cinco.
Y era en la pobre morada
grande el júbilo y contento
de todos, en el momento
de ofrecer la rebanada.
Cumplido el año, tornó
la mágica pedigüeña
con la cara más risueña
que en el año se le vió;
y de un elegante escriño
roscas empezó a sacar
y en los brazos a ensartar
a padres, a niña y niño;
y díjoles: --Os presento
junto el pan que recibí
de vosotros; eso sí,
viene con algún aumento.
No es magnífico el socorro,
pero él os hace merced;
esta lección aprended
de la maga del ahorro.
Según deis, os volverá
beneficio, grande o chico:
la receta de ser rico
en vuestras manos está.
¿Queréis feliz situación
para los días de anciano?
Sed hormigas en verano,
como enseña Salomón.
A SU TIEMPO CADA COSA
Una zorra iba huyendo
por una loma
de un mastín que llevaba
casi a la cola.
Por encima volando
la ve una alondra,
que en el aire piaba
muy sin zozobra.
--Oye --dice a la que huye--
mi voz sonora.
--¡Para música vamos!
--dijo la zorra--.
Divertir quiere a todos
cierta persona,
y por no ser a tiempo
los incomoda.
[Ilustración]
MIGUEL AGUSTÍN PRÍNCIPE
_Caspe (Aragón), 1811; † 1863._
EL PAPEL Y EL TRAPO
A un pobre Trapo que en el suelo estaba
el Papel desdeñaba,
diciéndole: --¡Anda, sucio! No te acerques,
que yo estoy limpio, rozagante y terso,
y no quiero por todo el Universo
tu contacto sufrir, ni que me empuerques.
--¡Miren el necio --contestó el Guiñapo--
y cuál mi acceso en evitar se empeña!
Mas ya que así me ultraja y me desdeña,
dígame usted, seo Guapo:
¿Cómo tan pronto en su altivez olvida
que fué un Harapo quien le dió la vida,
y que antes que Papel ha sido Trapo?
Quien de la plebe descender entienda
no la desdeñe, aunque sobre ella ascienda,
no sea que por mucho que se eleve,
pueda alguno decir: --¿Veis el desprecio
con que nos mira el tal? Pues ese necio,
antes de ser lo que es, ha sido plebe.
EL TIEMPO PERDIDO
De un jardín en el pozo
solía divertirse cierto mozo
horas pasando enteras y mortales
en subir y bajar sus dos pozales;
su objeto era llenarlos
de dicho pozo en el profundo abismo,
y subirlos arriba y derramarlos,
no en el jardín sino en el pozo mismo.
Viólo un anciano, y con su voz machucha
le dijo: --¿Sabes, joven, que no entiendo
ese tu afán tremendo
en fatigar la soga y la garrucha?
Si al verte sacar agua en tal manera
te viese al menos arrojarla fuera,
vería yo algún fin en tu trabajo;
pero ¿a qué es esperar ansia tan viva
en subir y subir el agua arriba
para luego otra vez volverla abajo?
--Yo me divierto --el mozo le contesta--
con este rudo afán que a usted molesta;
mas ya que usted se pone a reprendello,
¿sabrá decirme lo que pierdo en ello?
El viejo le replica: --¡Joven loco,
pierdes el tiempo! ¿Te parece poco?
[Ilustración]
FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA
_Granada, 1789; † 1862._
EL TOPO Y EL GUSANO DE LUZ
Por una estrecha hendidura
sacó la cabeza un topo,
con poca carne en los huesos
y mucha piel en los ojos.
No sabe si es noche o día;
pero siente en el contorno
a un gusanillo de luz,
y le dice de este modo:
--Ufano puedes estar,
tamaño como un gorgojo,
llevando en parte vedada
la linterna por adorno:
ya la muestras, ya la ocultas,
tan altivo y orgulloso
como fanal que en la torre
enseña el puerto al piloto.
--No tal --contestó el gusano--,
que mi pequeñez conozco;
mas a ninguno hago daño,
y algún bien procuro a otros.
Doy luz, oculto en la hierba,
sobre las plantas me poso,
y los insectos acuden
a guarecerse en su tronco.
Ni destruyo las raíces,
ni las semillas me como,
ni por temor a los hombres
bajo la tierra me escondo.
Esto dijo el gusanillo;
y lo dijo con tal tono,
que el dañino animalejo
quedó aún más ciego de enojo:
fué a replicar, y no pudo;
sintió encendérsele el rostro,
y, murmurando entre dientes,
metióse dentro de un hoyo.
Así en el mundo sucede:
que los más torpes y tontos,
al que brilla poco o mucho
le zahieren envidiosos.
EL ZAGAL Y EL NIDO
--¿Dónde vas, zagal cruel;
dónde vas con ese nido,
riendo tú, mientras pían
esos tristes pajarillos?
Su madre los dejó solos
en este momento mismo
para buscarles sustento
y dárselo con su pico...
Mírala cuán azorada
echa menos a sus hijos,
salta de un árbol a otro,
va, torna, vuela sin tino:
al cielo favor demanda
con acento dolorido,
mientras ellos en tu mano
baten el ala al oírlo...
Tú también tuviste madre,
y la perdiste aún muy niño,
y te encontraste en la tierra
sin amparo y sin abrigo...
Las lágrimas se le saltan
al cuitado pastorcillo,
y, vergonzoso y confuso,
deja en el árbol el nido.
[Ilustración]
[Ilustración]
ANDRÉS BELLO
_Caracas (Venezuela), 1781; † 1865._
LA ARDILLA, EL DOGO Y EL ZORRO
Madama Ardilla con un Dogo fiero,
compadre antiguo suyo y compañero,
salió al campo una tarde a solazarse.
Entretenidos iban en gustosa
conversación, y hubieron de alejarse
tanto, que, encapotada y tempestuosa,
los sorprendió la noche a gran distancia
de su común estancia.
Otra posada no se les presenta
que en una alta encina añosa y corpulenta;
el hueco tronco ofrece albergue y cama
a nuestro Dogo: la ligera Ardilla
se sube de tres brincos a una rama
y lo mejor que puede se acuclilla.
Danse las buenas noches, y dormidos
quedaron luego. A lo que yo barrunto,
eran las doce en punto,
hora propicia al robo y al pillaje,
cuando aportaba por aquel paraje
uno de los ladrones forajidos
de más renombre: un Zorro veterano,
terror de todo el campo comarcano
en leguas veinte y treinta a la redonda,
en torno al árbol ronda,
alza el hocico hambriento
de palpitante carne; atisba, husmea,
y ve a la Ardilla en su elevado asiento:
ya su imaginación la saborea
y la boca se lame,
y la cola menea;
mas ¿cómo podrá ser que a tanta altura,
si no le nacen alas, se encarame?
Iba casi a decir “no está madura”,
cuando le ocurre una famosa idea.
--Bella señora mía,
vuesa merced perdone --le decía--
si interrumpo su plácido reposo.
Después de tanto afán, cuando el consuelo
de hallarla me concede al fin el cielo
no puedo contener el delicioso
júbilo que de mi alma se apodera.
¿No me conoce usted? Su buena madre
hermana fué de mi difunto padre.
Tengo el honor de ser su primo hermano.
¡Ay! en su hora postrera
el venerable anciano
me encomendó que luego en busca fuera
de su sobrina y la mitad le diera
de la hacenduela escasa
que al salir de esta vida
nos ha dejado. A mi paterna casa
sea usted, pues, mil veces bien venida,
y déjeme servirla en el viaje
de escudero y de paje.
¿Qué es lo que duda usted? ¿Qué la detiene
que de una vez no viene
a colmar mi ventura, en lazo estrecho
juntando el suyo a mi amoroso pecho?
Ella, que por lo visto era ladina,
a par que vivaracha y pizpireta,
y al instante adivina
la artificiosa treta,
así responde al elocuente Zorro:
--Fineza tanta, mi querido primo,
y el liberal socorro
del piadoso difunto,
que en paz descanse, como debo, estimo.
Bajar quisiera al punto;
pero, ya veis... ¡Mi sexo!... A la entrevista
es menester que asista,
si lo tenéis a bien, un deudo caro,
que de mis años tiernos fué el amparo;
es persona discreta,
a quien podéis tratar sin etiqueta,
y que holgará de conoceros. Vive
en ese cuarto bajo;
llamadle. Don Marrajo,
dándose el parabién de su fortuna,
que le depara, según él concibe,
dos presas en vez de una,
con la mayor frescura y desahogo
fué, en efecto, y llamó. Pero la suerte
se vuelve azar. Despierta airado el Dogo,
se abalanza, le atrapa y le da muerte.
Esta sencilla historia nos advierte
a un tiempo, hija querida,
tres importantes cosas:
de un seductor las artes alevosas,
de la maldad el triste paradero,
y lo que vale en lances de la vida
la acertada elección de un compañero.
[Ilustración]
[Ilustración]
FÉLIX MARÍA DE SAMANIEGO
_La Guardia (Álava), 1745; † 1806._
EL CAMELLO Y LA PULGA
Al que ostenta valimiento
cuando su poder es tal
que ni influye en bien ni en mal,
le quiero contar un cuento.
En una larga jornada
un camello muy cargado
exclamó ya fatigado:
--¡Oh qué carga tan pesada!
Doña Pulga, que montada
iba sobre él, al instante
se apea y dice arrogante:
--Del peso te libro yo.
El Camello respondió:
--Gracias, señor Elefante.
LA ALFORJA
En una alforja al hombro
llevo los vicios;
los ajenos, delante;
detrás, los míos.
Esto hacen todos:
así ven los ajenos,
mas no los propios.
[Ilustración]
[Ilustración]
EL CUERVO Y EL ZORRO
En la rama de un árbol,
bien ufano y contento,
con un queso en el pico
estaba el señor Cuervo.
Del olor atraído
un Zorro muy maestro
le dijo estas palabras,
a poco más o menos:
--Tenga usted buenos días,
señor Cuervo, mi dueño;
vaya que estáis donoso,
mono, lindo en extremo;
yo no gasto lisonjas
y digo lo que siento;
que si a tu bella traza
corresponde el gorjeo,
juro a la diosa Ceres,
siendo testigo el cielo,
que tú serás el Fénix
de sus vastos imperios.
Al oír un discurso
tan dulce y halagüeño,
de vanidad llevado
quiso cantar el Cuervo.
Abrió su negro pico,
dejó caer el queso,
y el muy astuto Zorro,
después de haberle preso
le dijo: --Señor bobo,
pues sin otro alimento
quedáis con alabanzas
tan hinchado y repleto,
digerid las lisonjas
mientras digiero el queso.
Quien oye aduladores
nunca espere otro premio.
[Ilustración]
EL PERRO Y EL COCODRILO
Bebiendo un Perro en el Nilo
al mismo tiempo corría.
--Bebe quieto --le decía
un taimado Cocodrilo--.
Díjole el Perro prudente:
--Dañoso es beber y andar;
pero ¿es sano el aguardar
a que me claves el diente?
¡Oh qué docto Perro viejo!
Yo venero su sentir
en esto de no seguir
del enemigo el consejo.
LAS DOS RANAS
Tenían dos ranas
sus pastos vecinos:
una en un estanque,
otra en un camino.
Cierto día a ésta
aquélla le dijo:
--¿Es creíble, amiga,
de tu mucho juicio,
que vivas contenta
entre los peligros,
donde te amenazan
al paso preciso
los pies y las ruedas,
riesgos infinitos?
Deja tal vivienda,
muda de destino,
sigue mi dictamen
y vente conmigo.
En tono de mofa,
haciendo mil mimos,
respondió a su amiga:
--¡Excelente aviso!
¡A mí novedades!
Vaya ¡qué delirio!
Eso sí que fuera
darme el diablo ruido.
¡Yo dejar la casa
que fué domicilio
de padres, abuelos,
y todos los míos,
sin que haya memoria
de haber sucedido
la menor desgracia
desde luengos siglos!
--Allá te compongas,
mas ten entendido,
que tal vez sucede
lo que no se ha visto.
Llegó una carreta
a este tiempo mismo,
y a la triste Rana
tortilla la hizo.
Por hombres de seso
muchos hay tenidos,
que a nuevas razones
cierran los oídos.
Recibir consejos
es un desvarío:
la rancia costumbre
suele ser su libro.
[Ilustración]
LA ZORRA Y EL BUSTO
Dijo la Zorra al Busto
después de olerlo:
--Tu cabeza es hermosa,
pero sin seso.
Como éste hay muchos,
que aunque parecen hombres,
sólo son bustos.
EL RAPOSO, LA MUJER Y EL GALLO
Con las orejas gachas
y la cola entre piernas
se llevaba un Raposo
un Gallo de la aldea.
Muchas gracias al alba
que pudo ver la fiesta
al salir de su casa
Juana la madruguera.
Como una loca grita:
--¡Vecinos, que le lleva!
¡Que es el mío, vecinos!
Oye el Gallo las quejas,
y le dice al Raposo:
--Dile que no nos mienta,
que soy tuyo y muy tuyo.
Volviendo la cabeza
le responde el Raposo:
--Oye, gran embustera,
no es tuyo, sino mío:
él mismo lo confiesa.
Mientras esto decía,
el Gallo libre vuela,
y en la copa de un árbol
canta que se las pela.
El Raposo burlado,
huyó, ¡quién lo creyera!
Yo, pues, a más de cuatro
muy zorros en sus tretas,
por hablar a destiempo
les vi perder la presa.
[Ilustración]
[Ilustración]
EL LEÓN VENCIDO POR EL HOMBRE
Cierto artífice pintó
una lucha en que, valiente,
un hombre tan solamente
a un horrible León venció.
Otro León, que el cuadro vió,
sin preguntar por su autor,
en tono despreciador
dijo: --Bien se deja ver
que es pintar como querer
y no fué León el pintor.
[Ilustración: La lechera.]
LA LECHERA
Llevaba en la cabeza
una lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte:
--¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!
Porque no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre le ofrecía
inocentes ideas de contento.
Marchaba sola la feliz lechera,
y decía entre sí de esta manera:
--Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero;
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos que al estío
me rodeen cantando el pío, pío.
Del importe logrado
de tanto pollo mercaré un cochino;
con bellota, salvado,
berza, castaña, engordará sin tino;
tanto, que puede ser que yo consiga
el ver cómo le arrastra la barriga.
Llevarélo al mercado;
sacaré de él sin duda buen dinero;
compraré de contado
una robusta vaca y un ternero
que salte y corra toda la campaña
hasta el monte cercano a la cabaña.
Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera,
que a su salto violento
el cántaro cayó. ¡Pobre lechera!
¡Qué compasión! ¡Adiós, leche, dinero,
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero!
¡Oh loca fantasía!
¡Qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría,
no sea que saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre su cantarillo la esperanza.
No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna,
que vivirás ansiosa,
sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles, impaciente, el bien futuro;
mira que ni el presente está seguro.
[Ilustración]
LOS GATOS ESCRUPULOSOS
¡Qué dolor! Por un descuido
Mizifuf y Zapirón
se comieron un capón
en un asador metido.
Después de haberse lamido
trataron en conferencia
si obrarían con prudencia
en comerse el asador.
--¿Le comieron? --No, señor:
Era caso de conciencia.
EL VIEJO Y LA MUERTE[7]
Entre montes por áspero camino,
tropezando con una y otra peña,
iba un Viejo cargado con su leña,
maldiciendo su mísero destino.
Al fin cayó, y viéndose de suerte
que apenas levantarse ya podía,
llamaba con colérica porfía
una, dos y tres veces a la Muerte.
Armada de guadaña en esqueleto
la Parca se le ofrece en aquel punto;
pero el Viejo, temiendo ser difunto,
lleno más de temor que de respeto,
trémulo la decía, y balbuciente:
--Yo... señora... os llamé desesperado;
pero... --Acaba: ¿qué quieres, desdichado?
--Que me carguéis la leña solamente.
Tenga paciencia quien se cree infelice,
que aun en la situación más lamentable
es la vida del hombre siempre amable:
el viejo de la leña nos lo dice.
LA MONA
Subió una Mona a un nogal,
y cogiendo una nuez verde
en la cáscara la muerde,
con que le supo muy mal.
Arrojóla el animal,
y se quedó sin comer.
Así suele suceder
a quien su empresa abandona
porque halla, como la Mona,
al principio que vencer.
[Ilustración]
LOS DOS AMIGOS Y EL OSO