Los fenómenos naturales se miran por la ignorancia como manifestaciones
de la ira divina, que no llegarían a producirse si alguien, en la
humanidad, no la provocara por medio de su conducta. Santo Tomás de
Aquino, que con razón es considerado como el hombre más científico de
su época, creía firmemente que los truenos, los rayos y las tempestades
fueron tan sólo manifestaciones punitivas de Dios irritado contra
los hombres. "De su temor a Dios, nacía en el Santo Doctor un género
de miedo a los truenos y tempestades, con que como reverente hijo,
temía ver airado el rostro del Padre, recelando no fueran aquellas
tempestades provocadas por sus culpas." (Milicia Angélica, Manila,
1907, pág. 21.)
El miedo ciego de Santo Tomás le hacía concebir una justicia ciega
de la Divinidad porque por su culpa Dios desencadenaba una tempestad
y prodigaba el rayo que naturalmente dañaba y molestaba a un gran
número de personas que sufrían por causa de las culpas del Santo. Para
el sencillo creyente, cuando el Santo sabio pensaba y creía de tal
manera, no habrá motivo para rechazar su explicación, mucho menos
sospechar siquiera que lo de castigar justos con pecadores no es obra
de justicia ni siquiera de sentido común.