El pecador falto de voluntad para refrenar sus malas obras le dice a
Jesús, lavándose las manos en la intervención divina y dando testimonio
de la falta de sentido de responsabilidad: "¿Es posible, dulcísimo
Salvador de las almas, que convirtiendo tantos cada día, solo á la
pérdida de la mía te has de demostrar insensible?" (Pág. 13.) Esta
es una parte de una oración compuesta nada menos que por el Sumo
Pontífice Gregorio VII, en su Ejercicio Devoto de la Pasión de Cristo
(Manila, 1905).
También se dice a la Virgen: "Limpiad, Vírgen Inmaculada, mi
corazón de todo pecado, y echad de mí todo aquello que desagrade a
vuestros ojos purísimos. Purgad mi alma de los amores y afectos
terrenos." (Págs. 10-11; Corona Franciscana--de la Virgen
María. Manila, 1902.)
Por la intercesión de San Francisco el devoto pide a Dios que: "Yo
sujete en un todo mis desordenadas pasiones, potencias y sentidos,"
para que "yo pueda reducir mis pensamientos, medir mis palabras y
dirigir mis obras a la mayor perfección," y "que te dignes ablandar la
dureza de mi corazón." (Págs. 18, 20 y 21 de la novena a San Francisco
de Asís. Manila, 1899.)
Asustado de las maquinaciones de Satanás, el devoto a Santa Filomena
le pide (pág. 23, Nov.), "que alcances del Señor el que quiebre más
y más las fuerzas de mis contrarios, los demonios, y que me salve a
pesar mío."
Se invoca el auxilio de Santa Filomena diciendo (pág. 25, Nov.):
"Haz que yo también sea casto, según mi estado, y que mi boca no
profiera ninguna de aquellas palabras que según San Pablo, no deben
nombrarse entre los fieles."
A Santa Ana, Madre de María, le dice su devoto: "Interesaos, pues,
Santa mía, para que se me conceda paciencia en mis adversidades,
tolerancia en las injurias, y en todo un ánimo tranquilo * * *
(Novena, pág. 1; Manila, 1893). También se le dirige el siguiente
ruego; "Empeñaos, pues, Santa mía, con vuestro sagrado nieto Jesús
para que se quite de nuestro corazón todo desafecto y mala voluntad
que perdonemos por amor de Dios todas las injurias * * *."
No es posible cultivar el sentido de la dignidad, ni del respeto de
sí mismo cuando se diseminan doctrinas como las que resultan de los
siguientes ejemplos, en la novena de Santa Rosa de Lima:
"Llevada de su humildad, hacía que una criada le pisara los labios,"
(pág. 10). "Amaba más los desprecios que las mundanas honras
* * *." (pág. 102), y "deseaba con tanta eficacia que los otros la
tuvieran por la cosa más vil del mundo, que aseguraba merecía estar en
el infierno y que ese era su propio lugar por sus pecados. Si alguno
mostraba no creerla y que la tenía por inocente, Nadie me conoce a
mí, añadía, yo sola sé lo que soy" (pág. 11). "Oyendo una vez que la
alababan de virtuosa, lo sintió tanto que quedó desmayada" (pág. 11).
En una oración a Santa Filomena (Novena, pág. 16) se dice a la Santa,
pidiéndole su protección: "Mis pecados me han vuelto de poco menor que
los ángeles, muy inferior a las bestias, pues que éstas no olvidan el
pesebre de su amo, y a su modo agradecen la comida y yo me he olvidado
de la casa de Dios * * *." No es tan sólo desprecio de sí mismo lo que
resulta de tales consideraciones, sino la falta de lógica en atribuir
a la gratitud de las bestias su vuelta al pesebre del amo, cuando es
claro que el móvil que les conduce es sencillamente el hambre.