Nada más que el ciego apasionamiento puede lanzar sobre las escuelas
laicas una acusación como la que transcribimos y contra la cual los
primeros en protestar serán seguramente los frailes dominicos en
Filipinas cuya misión en Formosa tiene una escuela de niñas chinas
y japonesas en la capital, Taihoku, que he visitado en mi viaje
a dicha isla. El R. P. Fr. Clemente Fernández, dominico y Vicario
Apostólico de Formosa, me hizo el honor de acompañarme a visitar
dicho Colegio, llamado de la Beata Imelda, situado en el barrio
de Daitotei, en Taihoku. Es un hermoso colegio del que justamente
pueden los dominicos sentirse orgullosos, pero no me llamó tanto la
atención la organización material y educativa de esta institución,
como la ausencia de toda imagen religiosa en los dormitorios, clases,
salas y demás habitaciones usadas para y por las niñas. Al informarme
del motivo de cosa tan singular, me hizo saber el R. P. Fernández que,
entre las condiciones estipuladas por la ley de enseñanza pública de
Formosa, tanto para las escuelas del gobierno como para las privadas,
existe la prohibición absoluta de educación religiosa y de ostentación
de imágenes y objetos de culto. Esta es, pues, una escuela laica, una
escuela sin Dios, sobre la cual cae también la sorprendente acusación
de un prelado que aprovecha la libertad que nuestro gobierno le concede
de enseñar su religión en sus escuelas, para usar de este derecho ¡y
empeñarse además en imponer luego su voluntad al gobierno acusándole
de enseñar en las escuelas el homicidio, el robo, la violación y la
corrupción de costumbres!
¡Si usáramos el mismo procedimiento!
No hay duda que ya durante la dominación española conocíamos en
Filipinas la existencia de criminales condenados a muerte y presidio
por asesinato, robo, estupro, sacrilegio y toda clase de crímenes, y
que la corrupción de costumbres no era ni desconocida ni rara. Como
durante todo el tiempo de la dominación española, la enseñanza
estuvo al cuidado exclusivo de los sacerdotes de la Iglesia Romana,
si usáramos el mismo procedimiento del mencionado prelado, deberíamos
acusar a dichos sacerdotes de haber con su educación instruido a
los filipinos en el asesinato y el robo, y que la corrupción de
costumbres era "todo fruto sazonado de las escuelas católicas." Yo
no propongo tal acusación, me limito a presentarla como lógica
consecuencia que se sacaría, siguiendo el método empleado por un
prelado hablando nada menos que a sus sacerdotes, en una pastoral
destinada a marcar una orientación en la mentalidad de su clero y de
sus feligreses. Pensando sobre la acusación del obispo se me ocurrió
que sería provechoso recordar lo que fué la instrucción pública dada
anteriormente en Filipinas por las escuelas con Dios y considerar el
resultado obtenido. Confiando en el carácter respetable y para muchos
sagrado de los sacerdotes, a su testimonio he de recurrir para conocer
cómo fué aquella educación y qué resultado dió en el pueblo filipino.
No debemos ocultar la verdad cuando pone en evidencia cosas que no
halagan nuestro amor propio. Nadie como los hombres que se dedican
a la enseñanza tienen tanto interés en conocer la mentalidad de la
sociedad en que viven y a la que tienen el deber de educar. El exacto
conocimiento de los defectos morales, intelectuales y físicos de
un pueblo es el elemento más importante para orientar su educación,
y sería absurdo cerrar los ojos ante lo malo, porque el principio de
la rectificación de una acción es conocer si es o no equivocada. No
puede corregir un mal quien lo desconoce.