DOÑA MATILDE. Perdone usted, padre mío; yo no puedo en la agitación en

que estoy ni decidir ni consentir en nada ... quédese la cosa así ... yo

lo pensaré ... yo me consultaré a mí misma ... no digo por esto que este

caballero deba perder toda esperanza ... no tal ... aunque por otra

parte ... en fin, dentro de tres o cuatro días saldremos de una vez de

este estado de incertidumbre ... entre tanto permítanme ustedes que me

retire ... y ... beso a usted la mano.... (Aparte) ¡Mujer de un alguacil

mayor! ¡No faltaba más!

ESCENA IX

DON PEDRO Y DON EDUARDO

DON EDUARDO. ¡No sé lo que pasa por mí!

DON PEDRO. A la verdad que yo no me esperaba tampoco ... la niña, como

le dije a usted, es muy dócil, eso es otra cosa, y muy bien criada,

pero....

DON EDUARDO. Pero señor, por la Virgen Santísima, si ella apenas hace

un cuarto de hora....

DON PEDRO. Se lo parecería a usted quizá, Sr. D. Eduardo, porque como

ella es tan afable ... quién sabe también si usted interpretaría....

DON EDUARDO. Eso es lo mismo que decirme que soy un fatuo,

presuntuoso, que....

DON PEDRO. No señor, cómo había yo de decirle a usted eso en sus

barbas, sino que a veces los amantes ... vea usted, ni mi sobrino

Tiburcio, ni el marqués del Relámpago eran fatuos ni presuntuosos, y

también se imaginaron que Matilde....

DON EDUARDO. Ya, pero ellos no oirían, como yo oí de sus propios

labios ... vaya ... lo mismo me he quedado que si me hubiera caído un

rayo.

DON PEDRO. Así se quedó cabalmente el marqués del Relámpago cuando....

DON EDUARDO. Y le juro a usted que si no la quisiera tan

sinceramente....

DON PEDRO. Además, no está todo perdido ... ella no ha dicho todavía

que no, Sr. D. Eduardo.

DON EDUARDO. Pero tampoco ha dicho que sí, Sr. D. Pedro.

DON PEDRO. Es verdad, no lo ha dicho; mas quizá lo diga ... tenga usted

paciencia ... tres o cuatro días se pasan en un abrir y cerrar de

ojos ... y ... conque, Sr. D. Eduardo, a la disposición de usted ...

bueno será que yo vaya a ver lo que hace la chica; y no dude usted que

si puedo influir....

DON EDUARDO. Quede usted con Dios, Sr. D. Pedro, y mil gracias de

todos modos.

DON PEDRO. No hay de qué, amigo mío, no hay de qué.... (Vase)

DON EDUARDO. Ya sé yo que no hay mucho de qué.... ¡Caramba y qué

chasco! Lo peor es que conozco que estoy enamorado de veras. ¡Ah,

Matilde!... y quién pudiera presumir ... en fin ¡paciencia!... y

esperaré a estar más de sangre fría para determinar lo que me queda

que hacer.... ¡Ah, Matilde, Matilde!

ACTO SEGUNDO

ESCENA PRIMERA

DON PEDRO Y BRUNO

BRUNO. Aquí tiene usted una carta del Sr. D. Eduardo.

DON PEDRO. Bueno. Déjala aquí.

BRUNO. ¡Qué! ¿No la lee usted?

DON PEDRO. ¿Para qué? Si ya sé, poco más o menos, lo que dirá ... que

las ... lamentaciones ... como si uno pudiera remediar el que Matilde no

le haya querido al cabo.

BRUNO. Y vea usted, cualquiera hubiera dicho al principio que....

DON PEDRO. También me lo creí yo ... y sólo cuando ella me hizo

escribirle ayer aquella carta que tú le llevaste, fué cuando acabé de

desengañarme.

BRUNO. Valiente trabucazo fué la tal carta.

DON PEDRO. ¿Qué había de hacer?... Decirle la verdad ... que mi hija

no se quería ya casar con él, y que yo lo sentía mucho ... porque en

efecto me pesa de ello por mil y quinientas razones ... ya ves tú ...

¿qué dirá su tío?... y luego ... no se encuentra así como quiera un

partido tan ventajoso.

BRUNO. Pero señor, ¡qué _pero_ le puede poner la señorita a D.

Eduardo! Él es lindo mozo ... muy afable....

DON PEDRO. Y muy callado.

BRUNO. Y siempre que entraba o salía me apretaba la mano.

DON PEDRO. Y nunca me hablaba de dote.

BRUNO. Como que es un caballero.

DON PEDRO. ¡Oh! Todo un caballero.

BRUNO. ¡Si las muchachas hoy día no saben lo que quieren!

DON PEDRO. Ni quieren tampoco.

BRUNO. No, lo que es querer ... con perdón de usted ... lo mismo que las

de antaño ... sino que se las figura allá yo no sé qué cosas del otro

jueves, y ... y con nada se satisfacen.

DON PEDRO. Quise indicar que no tienen al parecer tanta gana de

casarse como tenían las de nuestros tiempos.

BRUNO. Yo diré a usted, las nuestras pasaban sus días y sus noches

haciendo calceta ... lo que no pide atención ... y podían pensar entre

tanto en el novio y en la casa ... y ... pero las de ahora, como todas

leen la Gaceta y saben donde está Pekín, ¿qué sucede? que se les va el

tiempo en averiguar lo que no les importa ... y ni cuidan de casarse,

ni saben cómo se espuma el puchero.

DON PEDRO. Tienes mucha razón, Bruno, mucha ... aquéllas eran otras

mujeres.

BRUNO. Y éstas no son aquéllas, Sr. D. Pedro.

DON PEDRO. También es verdad ... en fin ... ¿cómo ha de ser? La cosa ya

no tiene remedio ... así....

BRUNO. Así, yo me vuelvo a mi antesala ... a darle sus garbanzos a

la cotorrita ... que si me gusta por algo es porque de todas las del

barrio es la única que no picotea el gabacho.

ESCENA II

DON PEDRO (se sienta junto a la mesa, tomando la carta). ¡Pobre D.

Eduardo!... ¿Quizá pida respuesta? ¡Qué disparate! Lo que pedirá

será lo que yo no le puedo otorgar ... que hable a Matilde ... que me

empeñe ... que la obligue ... cosas imposibles ... ¿dónde habré puesto

las antiparras? cosas que no pueden hacerse sin ruidos ... ya las

encontré ... veamos sin embargo. (Lee) "Sr. D. Pedro de Lara, &c. &c.

Nada de lo que usted me escribe me ha sorprendido, y yo ya estaba

preparado para semejante fallo...." Más vale así, porque unas calabazas

ex abrupto son difíciles de digerir ... "lo que sí me ha llenado de

satisfacción y de gratitud hacia usted son las finas expresiones con

que se sirve manifestarme lo que siente este desenlace...." Como que

le decía que hubiera dado un ojo de la cara por poder anunciarle un

resultado favorable ... no podía estar más expresivo ... "y siendo

aquéllas, en mi concepto, sinceras, me animan por lo mismo a solicitar

de usted un favor...." Ya pareció el peine ... "un favor de que va a

depender la felicidad de toda mi vida...." ¡Si conoceré yo a mi gente!

"la felicidad, quizá de su propia hija de usted, y es que cuando me

presente otra vez en su casa me reciba usted lo peor...." ¿Qué ha

puesto aquí este hombre?... "lo peor que le sea posible" ¡Peor dice, y

bien claro! "lo peor que le sea posible, esto es, que me trate desde

hoy con el mayor despego, que murmure de mí en mi ausencia, que se

burle sin rebozo de mi familia y circunstancias, que me calumnie, si

fuese necesario, y finalmente...." Vaya, está visto, hay que atarlo ...

"y finalmente si Matilde algún día cediere a mis votos, y consintiere

en recompensar con el don de su mano tanta constancia y cariño, que

usted nos niegue entonces y después su licencia, por más que ella lo

solicite, y por más que usted mismo lo apetezca, hasta tanto que yo

se la pida a usted en papel sellado." ¡Repito que se le fué la

chabeta!... "Si usted accede, pues, a mi súplica, y me promete, bajo

su palabra de honor, hacer bien su papel, y no confiar el secreto a

nadie, en este caso nada me quedará que desear, y estoy seguro que muy

pronto se podrá firmar su obediente hijo el que ahora sólo se dice de

usted atento y seguro servidor: Eduardo de Contreras." Si comprendo

una jota de toda esta geringonza.... "Posdata." ¿Todavía le quedaron

más disparates en el buche?... "Ya le explicaré a usted mi proyecto

cuando pueda hacerlo a solas y sin dar que sospechar; entre tanto me

urge el saber si usted me concede lo que tanto anhelo, y para ello iré

dentro de una hora a su casa, y le haré entrar recado por Bruno de que

deseo hablarle; usted entonces hágame decir secamente por el mismo que

no me quiere recibir, y yo entonces interpretaré esta repulsa a mi

favor. Por Dios Sr. D. Pedro, que no logre yo el ver a usted...." ¡Ah,

conque es un proyecto!... que luego me explicará ... y a fe que buena

falta me hace ... y yo entre tanto sólo tengo que hacer ... poco ... muy

poco es lo que tengo que hacer; no recibirle, encerrarme en mi cuarto

para mayor seguridad ... la cosa no es difícil ... pero, y si tropiezo

con él antes de que pueda ponerme al corriente ... entonces ... no

le miraré a la cara, ahuecaré la voz ... y le volveré pronto las

espaldas ... tampoco esto es muy difícil ... con todo no sé yo si

podré ... y por otra parte me parece tan extravagante....

ESCENA III

BRUNO Y DON PEDRO

BRUNO. El Sr. D. Eduardo desea con mucho ahinco hablar con usted.

DON PEDRO (aparte). ¡Jesús! Tan pronto....

BRUNO. Dice que es materia muy grave....

DON PEDRO (aparte). ¡Qué compromiso!

BRUNO. Y que despachará en un santiamén.

DON PEDRO (aparte). ¿Pero cómo puedo yo negarle un favor tan barato?

BRUNO. Yo le he asegurado que usted tendría mucho gusto en recibirle.

DON PEDRO. Has hecho muy mal.

BRUNO. ¡Como usted le estima tanto!

DON PEDRO. ¿Quién te ha dicho eso?

BRUNO. Usted mismo no hace un credo; por más señas que....

DON PEDRO. Qué señas ni qué berenjenas ... siempre has de meterte en

camisa de once varas.

BRUNO. Ya las quisiera yo de tres y media.

DON PEDRO (aparte). ¿Pero yo, qué arriesgo en darle gusto?

BRUNO. ¿Conque, por fin, qué le digo?

DON PEDRO. Dile que ... que no le quiero recibir ... anda.

BRUNO. Bueno ... le diré que había usted salido por la puerta falsa, y

que....

DON PEDRO. No, no; que estoy en casa, y que no le quiero recibir.

BRUNO. Ya estoy, que siente usted mucho no poderle recibir, porque....

DON PEDRO. ¡Habrá mentecato igual con sus malditos cumplidos!...

No que no puedo, sino que no quiero recibirle, que no quiero; sin

preámbulos ni sentimientos, ni ... ¿lo entiendes ahora?

BRUNO. Pero eso no se le dice a nadie en sus bigotes.

DON PEDRO. Pues tú se lo vas a decir en los suyos ... ¡y cuidado que no

se lo digas!... que no quiero recibirle, ni más ni menos.... (Aparte)

No dudará ahora de mi amistad. (Vase)

ESCENA IV

BRUNO, Y LUEGO DON EDUARDO

BRUNO. ¡Qué mosca le habrá picado! Jamás le ví tan fosco ... la carta

traería sin duda alguna pimienta y ... pero esto no quita que yo trate

de dorar la píldora ... no sea también que se enfade y que yo vaya a

pagar lo que no debo.

DON EDUARDO. ¡Lo que tarda este Bruno! (A la puerta) Ya me falta

paciencia ... aquí está solo ... ¡Dios mío, si no se lo habrá dicho

todavía!

BRUNO. Nadie puede responder de un primer pronto, y....

DON EDUARDO. Bruno, le dijo ya usted a su amo.... (Entrando)

BRUNO. Perdone usted, señor don Eduardo, si no he vuelto tan luego

como ... me entretuve aquí en....

DON EDUARDO. No importa, no importa; y ¿qué ha contestado su amo de

usted?

BRUNO. Ya ve usted ... el amo puede salir por la puerta trasera sin que

nosotros lo sintamos....

DON EDUARDO. ¡Había salido!... Y bien; esperaré a que vuelva; ¡cómo ha

de ser!... (Se sienta)

BRUNO. No digo que haya salido, sino que....

DON EDUARDO. ¿No me quiere recibir? Acabe usted. (Se levanta)

BRUNO. A veces, con la mejor voluntad del mundo, hay momentos tan

ocupados en que no se puede....

DON EDUARDO. En que no se quiere recibir, ¿querrá usted decir?

BRUNO. En que no se puede....

DON EDUARDO. En que no se quiere ... ¿a qué andar con rodeos?

BRUNO (aparte). ¡También es empeño el de los dos!

DON EDUARDO. Vaya ... ¿no es cierto que D. Pedro no quiere recibirme?

BRUNO (aparte). Estoy por cantar de plano.

DON EDUARDO. Ea, no tenga usted empacho ... ¿no es cierto?...

BRUNO. Cierto ... ya que usted exige absolutamente....

DON EDUARDO. ¡Oh! ¡Qué fortuna!

BRUNO. ¡Fortuna!

DON EDUARDO. La de no morirme aquí de repente al oír semejante

desengaño.

BRUNO (aparte). ¡Qué lástima me da!

DON EDUARDO. ¿Y D. Pedro, por supuesto se serviría de palabras agrias

y malsonantes?

BRUNO. Oh no señor; el amo es incapaz de....

DON EDUARDO. Pero al menos se expresaría ... así ... con cierta

sequedad ... ¿eh?

BRUNO. Oiga usted, no necesita uno humedecerse mucho la boca para

decir "no quiero".

DON EDUARDO. ¡Y bien, tanto mejor!

BRUNO. Si es a gusto de usted....

DON EDUARDO. Porque es bien claro que lo que más importa a un

desgraciado es llegar a serlo tanto, que ya no pueda serlo más.

BRUNO. ¿Eso llama usted claro?

DON EDUARDO. ¿No ve usted que así se pierde toda esperanza y toma uno

al cabo su partido?

BRUNO. Cuando hay partido que tomar, no digo que no.

DON EDUARDO. Ahora quisiera yo que usted, mi querido Bruno....

BRUNO (aparte). ¡Su querido Bruno!...

DON EDUARDO. Me concediera una gracia que le voy a pedir y que será

probablemente la última que le pediré en mi vida.

BRUNO. Si está en mi arbitrio....

DON EDUARDO. Lo está, y consiste sólo en que usted me proporcione una

conferencia de dos minutos con su señorita.

BRUNO. Pero ¿cómo quiere usted que yo...?

DON EDUARDO. Aquí mismo, en presencia de usted ... dos minutos tan

sólo.

BRUNO. ¡Así podré oír!

DON EDUARDO. Cuanto hablemos ... que yo no soy partidario de misterios

ni de cosas irregulares ... lo único que solicito es ver todavía otra

vez a doña Matilde ... y probarla con sólo tres palabras que yo no era

enteramente indigno del tesoro que codiciaba.

BRUNO. ¿Quién puede dudarlo?... y muy digno que era usted. Con todo,

¿yo, qué puedo hacer? decírselo cuando más a la señorita ... pero si

ella sale con lo que su padre ... entonces....

DON EDUARDO. Entonces, tendremos los dos paciencia ... y no la volveré a

importunar más.

BRUNO. Siendo así, voy, pues, y Dios haga que no la coja de mal

talante. (Vase)

ESCENA V

DON EDUARDO Y LUEGO BRUNO

DON EDUARDO. Qué miedo tenía que D. Pedro no quisiera prestarse a mi

proyecto sin saber antes ... y también que el buen Bruno ... pero hasta

aquí todo va viento en popa; ahora sólo falta el que Matilde venga,

y me dé ocasión para entablar la comedia ... porque si no consigo

hablarla, entonces no sé cómo podré....

BRUNO. Pues ... lo mismo que su padre. (Entrando)

DON EDUARDO. ¡Malo!

BRUNO. Me echó con cajas destempladas, y....

DON EDUARDO. ¿Tampoco quiere verme?

BRUNO. Tampoco.

DON EDUARDO (aparte). Voto va ... ¿Qué haré? si tuviera papel y

tintero ... quizá cuatro renglones ... bien torcidos, como si me

temblara el pulso ... y cuatro expresiones bien campanudas ... bien

misteriosas....

BRUNO. Dijo que nada tenía que añadir ni quitar a lo que la carta

rezaba....

DON EDUARDO. Allí creo hay uno y otro. (Se dirige a la mesa)

BRUNO. Y que de consiguiente era inútil que ustedes se hablasen.

DON EDUARDO. En efecto, aquí hay papel.... (Sentándose y escribiendo)

y también pluma ... escribamos. "Matilde ..." sin adjetivo; cuando uno

está muy agitado deben dejarse los adjetivos en el tintero.

BRUNO. ¿Qué escribirá?

DON EDUARDO. "¡¡Matilde!!" Dos signos de admiración ... "no tema usted

que la importune, no...." Este segundo "no" vale un Perú. "Ya sé que

las condenas de amor no admiten apelación, y que no es culpa de usted

el que yo no haya sabido agradarla;" Punto y coma ... "pero al menos

que la vea yo a usted hoy, que la vea a usted siquiera otra vez, antes

que nos separe para siempre el océano...." ¡No vaya a parecerla todavía

poco el océano!... "el océano o la eternidad...." Ahora sí que hay

tierra de por medio ... nada de firma ... ni de sobre.... Bruno, entre

usted este papel a doña Matilde.

BRUNO. Si....

DON EDUARDO. Éntrele usted por la Virgen.

BRUNO. Cuando....

DON EDUARDO. Mire usted que me va la vida.

BRUNO. ¡Santa Margarita! (Entra precipitadamente)

ESCENA VI

DON EDUARDO Y LUEGO DOÑA MATILDE Y BRUNO

DON EDUARDO. Si esto no la ablanda, digo que es de piedra

berroqueña.... ¡Pobre de mí, y a lo que me veo obligado para obtener a

Matilde!... ¡a engañarla, a fingir un carácter tan opuesto al mío!...

¡Oh! si yo no estuviera tan convencido como lo estoy de que Matilde me

prefiere a pesar de pesares y que me deberá su futuro bienestar, jamás

apelaría ... ¡pero ella es!... Pongámonos en guardia. (Se sienta como

absorbido en una profunda meditación)

BRUNO. Allí le tiene usted hecho una estatua. (A doña Matilde)

DOÑA MATILDE. No nos ha sentido ... y en efecto, le encuentro muy

desmejorado ... retírate un poco ... no, no tan lejos.

BRUNO. ¿Si se habrá dormido?

DOÑA MATILDE. He consentido, caballero.... (Aparte) No me oye.

DON EDUARDO. ¡Ay!

DOÑA MATILDE. ¿Suspira? (A Bruno)

BRUNO. Ya lo creo ... y de mi alma. (A doña Matilde)

DOÑA MATILDE. He consentido, Sr. D. Eduardo.... (Acercándose)

DON EDUARDO. ¿Quién?... ¡Ah! Perdone usted, Matilde, si absorbido en

mis tristes meditaciones ... perdone usted ... la desgracia hace injusto

al mísero a quien agobia ... y yo ya me había rendido al desaliento,

persuadido a que usted persistiría en su cruel negativa.

DOÑA MATILDE. Quizá hubiera sido más prudente; porque ... ya ve usted,

antes de tomar un partido irrevocable he debido pesar todas las

circunstancias, y ... no soy ninguna niña de quince años.

BRUNO. Como que tiene usted ya sus diez y siete.

DOÑA MATILDE. Diez y ocho son los que tengo, si vamos a eso.

BRUNO. Diez y siete.

DOÑA MATILDE. Diez y ocho. ¡Habrá pesado igual!

BRUNO. Pero hija, si nació usted el día de los innumerables mártires

de Zaragoza, que cayó en viernes en el mes pasado, y entonces hizo

usted los diez y siete.

DOÑA MATILDE. Bueno, diez y siete; y lo que va desde entonces acá, ¿no

lo cuentas? Si sabré yo que tengo diez y ocho años.

DON EDUARDO. ¡Indudablemente! Diez y ocho años tiene usted, y más bien

más que menos, edad, por mi desgracia, en que ya se calcula y se

tiene la experiencia necesaria para conocer lo que se quiere y lo que

conviene. Por eso, Matilde, no tema usted que la importune con mis

súplicas, ni la entristezca con el relato de mis padecimientos ... no

por cierto ... ¿de qué serviría? Usted ha hecho lo que ha debido ...

cerciorarse primero de que no me amaba, y quitarme luego de una vez

toda esperanza ... nada más natural, ni más de agradecer ... otro más

afortunado que yo habrá quizá obtenido....

DOÑA MATILDE. Oh, no, por lo que es eso, puede estar usted bien

satisfecho ... ni siquiera me he vuelto a acordar de que hay hombres en

este mundo, desde ayer que creí necesario el desengañar a usted.

DON EDUARDO. Siempre es ése un consuelo ... aunque por otra parte,

si usted podía ser dichosa con otro hombre ¿por qué no me había de

alegrar? ¡Ah! Matilde, su felicidad de usted es la única idea que me

ha preocupado siempre, y si algún día, en medio de los países remotos

en que voy a arrastrar mi mísera existencia, me llegará por acaso la

noticia....

DOÑA MATILDE. ¡Qué! ¿Se va usted tan lejos?

DON EDUARDO. ¡Oh! Sí, muy lejos.

DOÑA MATILDE. Arrima unas sillas, Bruno.... ¿Y dónde? Esto es, si usted

no tiene interés en callarlo.

DON EDUARDO. Apenas lo sé yo todavía ... cualquiera país me es

indiferente con tal que sea bien agreste y selvático.

BRUNO (aparte). ¡Si se irá a Sacedón?

DON EDUARDO. He titubeado algún tiempo entre Californias y la Nueva

Holanda; pero al cabo puede ser que me decida por la Isla de Francia.

DOÑA MATILDE. ¡Allí nacieron Pablo y Virginia!

DON EDUARDO. Y el negro Domingo también.

DOÑA MATILDE. En efecto ... siéntese usted, siéntese usted.

DON EDUARDO. Es que temería....

DOÑA MATILDE. No, no; siéntese usted ... y como iba diciendo allí fué

donde pasó toda su trágica historia, que tengo bien presente.

DON EDUARDO (aparte). Más la tengo yo, que la leí anoche de cabo a

rabo.

DOÑA MATILDE. ¡Y aquella madre señor, aquella madre tan cruel que se

empeñó en que su hija había de ser rica!

BRUNO. Más cruel me parece a mí que hubiera sido si se hubiera

empeñado en lo contrario.

DON EDUARDO. Luego hallaré en dicha isla todo cuanto puedo apetecer en

mi posición actual; cascadas que se despeñan, ríos que salen de madre,

precipicios, huracanes....

BRUNO (aparte). No iré yo a la tal isla.

DON EDUARDO. Y bosques inmensos de plátanos, cocoteros y tamarindos,

con cuyos frutos podré sustentarme, o a cuya sombra podrán reposar tal

cual vez mis fatigados miembros.

DOÑA MATILDE. ¡Y qué! ¿No tendrá usted miedo de los negros cimarrones?

BRUNO (aparte). ¿Quiénes serán esos demonios?

DON EDUARDO. ¡Ah! ¡Matilde, si viera usted qué poco vale la vida

cuando se vive sin deseos, ni porvenir!

DOÑA MATILDE. ¡Pobre Eduardo!

DON EDUARDO. ¿Se enternece usted?

BRUNO. También a mí me empiezan a escocer los ojos, si vamos a eso.

DOÑA MATILDE. Ciertamente que no puedo menos de agradecer y admirar el

que vaya así a exponerse por mi causa a tantos peligros un joven de

tales esperanzas, tan rico....

DON EDUARDO. ¿Yo rico?

DOÑA MATILDE. Contando con la herencia del tío....

DON EDUARDO. No hay duda que he podido ser rico, pero....

DOÑA MATILDE. ¿Pero qué?

DON EDUARDO. Nada, nada.

DOÑA MATILDE. Explíquese usted.

DON EDUARDO. Son cosas mías, que ya no pueden interesar a usted.

DOÑA MATILDE. ¡Oh! sí, sí ... hable usted ... lo quiero ... lo exijo....

DON EDUARDO. Bueno; sepa usted que cuando el Sr. D. Pedro creía que

mi tío aprobaba nuestro proyectado enlace, éste me instaba a que me

casase con la hija única del conde de la Langosta....

BRUNO (aparte). Familia muy noble en tierra de Campos.

DOÑA MATILDE. ¿Y bien?

DON EDUARDO. ¡Y que mi tío me ha desheredado en seguida, porque no he

querido darle gusto!

DOÑA MATILDE. ¿Le ha desheredado a usted?

DON EDUARDO. Así me lo anuncia en una carta que recibí ayer suya, dos

o tres horas antes que Bruno me entregara la de su padre de usted.

DOÑA MATILDE. ¿Le ha desheredado a usted?

DON EDUARDO. Pues, y por lo mismo nada sacrifico, en punto a bienes de

fortuna, al desterrarme para siempre de mi patria.

DOÑA MATILDE. ¿Y había de consentir yo en ese destierro?

BRUNO. Perrada fuera.

DOÑA MATILDE. ¡Yo, que tengo la culpa de todas las desgracias de

usted!

DON EDUARDO. Pero qué remedio....

DOÑA MATILDE. No, jamás se realizará tan terrible separación ... si es

cierto que usted me quiere....

DON EDUARDO. ¿Lo duda usted todavía?

DOÑA MATILDE. ¿Desheredado por mí! ¡Y yo he podido, Dios mío,

desconocer un instante tanto mérito!

DON EDUARDO. ¡No llore usted, por mi vida, Matilde mía!

DOÑA MATILDE. ¡Sí, hace usted bien en llamarme suya ... que de usted

soy y seré ... que de usted he sido siempre; porque ahora lo conozco, y

no tengo vergüenza de confesarlo!

BRUNO. ¡Pobrecita, qué ha de hacer más que conocerlo y confesarlo!

DON EDUARDO. ¿Puedo creer tamaña dicha!

DOÑA MATILDE. Ojalá estuviera aquí mi padre, para que en su

presencia....

ESCENA VII

DON PEDRO Y DICHOS

DON PEDRO (aparte). Si se habrá ya ido.

DOÑA MATILDE. Papá, papá, aquí está D. Eduardo.

DON PEDRO. ¡Hola! Conque.... (Risueño)

DON EDUARDO. Hum. (Tosiendo)

DON PEDRO (aparte). ¡Canario! que se me olvidaba el encargo....

DOÑA MATILDE. Y ya nos hemos explicado cierto _qui pro quo_ que

había ... y ... nos hemos mutuamente satisfecho ... y....

DON PEDRO. ¡Oh! pues si se han satisfecho ustedes, entonces....

(Risueño)

DON EDUARDO. Hum. (Tose)

DON PEDRO (aparte). ¡Maldita carraspera!

DOÑA MATILDE. ¿No es verdad, papá, que usted se alegra de ello, y

que?...

DON EDUARDO. Achí. (Estornuda fuerte)

BRUNO. _Dominus tecum_.

DON PEDRO. No, hija mía, no me alegro de semejante cosa ni tampoco

puedo aprobar ... porque ... después de todo, y ... en fin, yo me

entiendo, yo me entiendo.

DOÑA MATILDE. Yo soy la que no entiendo a usted, papá mío, porque....

DON EDUARDO. Su papá de usted, Matilde mía, se habrá irritado al verme

aquí en conversación con usted, cuando me había hecho decir que no

quería recibirme.

DON PEDRO. Precisamente.

DON EDUARDO. Y creerá que en esto le hemos faltado al respeto.

DON PEDRO. Cabal.

DON EDUARDO. Y que nuestra conferencia clandestina es contra las leyes

del decoro.

DON PEDRO. Sí, señor, clandestina, y contra las leyes del decoro.

DON EDUARDO. Y al notar yo el furor de sus miradas y el calor con

que se expresa, le protesto a usted empiezo a temer además que ya no

quiera atender a otras razones, que nos quiera separar, y aun para

separarnos más pronto que la coja ahora mismo del brazo y se la lleve

a su gabinete.

DON PEDRO. Eso es, eso es, ni más ni menos, lo que voy a hacer....

Vente conmigo. (A Matilde)

DOÑA MATILDE. ¿Pero papá?

DON PEDRO. Vente conmigo. (Llevándola como por fuerza)

DON EDUARDO. Pero Sr. D. Pedro....

DON PEDRO. ¡Eh! (Volviéndose para oír lo que va a decir)

DON EDUARDO. Decía que yo también me retiraba para no ofender a usted

más con mi presencia.

DON PEDRO. Bien hecho.... Vamos. (A Matilde)

DOÑA MATILDE. Adiós, Eduardo.

DON EDUARDO. Adiós, Matilde.

DON PEDRO. Vamos, repito.

DOÑA MATILDE. Fíate en mi constancia. (Al entrarse)

DON EDUARDO. Ya me fío. (Yéndose)

DOÑA MATILDE. Adiós. (Desde adentro)

DON EDUARDO. Adiós. (Vase)

BRUNO. ¡Cómo se quieren! Como dos tortolillos ... y el amo, a pesar de

eso, y sin saber por qué, los separa y los ... vaya, no hiciera otro

tanto Herodes el Ascalonita.

ACTO TERCERO

ESCENA PRIMERA

DON PEDRO Y DOÑA MATILDE

DOÑA MATILDE. Por Dios, papá, déjese usted ablandar.

DON PEDRO. No, no; nunca consentiré en semejante bodorrio.

DOÑA MATILDE. ¿Pues no lo aprobaba usted antes?

DON PEDRO. No sabía entonces lo que sé ahora.

DOÑA MATILDE. ¿Pero qué sabe usted?

DON PEDRO. Mil cosas ... sé en primer lugar que tu D. Eduardo no tiene

un ochavo.

Contigo Pan y Cebolla · 第 2 / 9 段