Después de haber tributado el debido homenaje de elogios que

[Illustration: PERO REPITO QUE NO SE JUEGA CONMIGO (Acto Cuarto, Escena

Dos)]

CONTIGO PAN Y CEBOLLA

POR MANUEL EDUARDO DE GOROSTIZA

EDITED WITH NOTES, EXERCISES, AND VOCABULARY BY ELIZABETH MCGUIRE

FORMERLY INSTRUCTOR IN SPANISH UNIVERSITY OF CALIFORNIA

1922

PREFACE

"Contigo Pan y Cebolla," a prose comedy of the lightest sort, affords

a pleasant and attractive glimpse of certain phases of Spanish life

and thought. Manuel Eduardo de Gorostiza is said to have written the

play in order to cure his daughter Luisa of her infatuation for a

worthy but impecunious suitor; but in addition to this motive his

purpose is obviously to entertain.

The theme developed is a family affair, and so the vocabulary is

essentially domestic. In this vocabulary of over sixteen hundred

words, many of the phrases and expressions appear again and again in

the natural fashion of every-day speech.

The text used is that found in Book I of the four-volume edition,

"Obras de D. Manuel E. de Gorostiza," México, 1899. From the

standpoint of typography this text is lamentably inexact. The

necessary corrections have been made, and the accentuation is in

accordance with the latest rulings of the Royal Spanish Academy. For

the sake of the student one or two passages have been omitted.

Much work has been left to be done by those who read the play as

prepared. The Spanish-English vocabulary is limited in most cases to

defining the word as it occurs in the text, and frequently only an

approximation of the meaning has been attempted. For instance, the

English equivalents of the same Latin origin as the sonorous Spanish

terms that are used so naturally by the man-servant Bruno and the

garrulous Nicolasa would be strangers to the lips of English-speaking

individuals of corresponding station.

There has been added a series of questions and topics (Preguntas y

Temas) that may serve as suggestions for exercises in composition. The

questions follow the thread of the story, but they are not meant to be

exhaustive, while the number of topics for descriptive paragraphs or

additional dialogue can readily be increased.

Instead of the usual biographical data collected from many sources and

presented to the student in English, selections have been taken from

a life-sketch of Gorostiza written by the distinguished Mexican Roa

Bárcena, who secured his information from Gorostiza's son. Naturally

the biographer has thrown into high relief the part which Gorostiza

took in the interesting events that occurred in Europe and in the New

World during his lifetime. We are mainly concerned with Gorostiza the

dramatist. Next to Juan Ruiz de Alarcón (1581?-1639), Mexico honors

him as her greatest modern representative in the dramatic field.

Furthermore, the play "Contigo Pan y Cebolla" is given first place on

the list of his many literary achievements.

This play the reader is left to gauge by his own standards. No two

individual opinions will be exactly alike, and the judgment of

non-Spanish critics will naturally be different from that formed by

those to whom Spanish is the native tongue. By good fortune there is

available a criticism of "Contigo Pan y Cebolla" written by Mariano

José de Larra, and to serve as a guide there have been included here a

few paragraphs from the pen of this contemporary of Gorostiza, who was

the foremost Spanish satirist and dramatic critic of his time.

Thus the reader has before him specimens of the prose writings of

three distinguished men. All three write in Spanish; yet all three

differ in style and in temperament. To those readers in America who

have hitherto looked for the best things with a backward glance there

should be a certain significance in the fact that two of these writers

are of Mexican birth.

E. McG.

BERKELEY, CALIFORNIA

CONTENTS

NOTICIA BIOGRÁFICA _José M. Roa Bárcena_

CRÍTICA DE CONTIGO PAN Y CEBOLLA _M.J. de Larra_

CONTIGO PAN Y CEBOLLA

TEXT

NOTES

EXERCISES

VOCABULARY

NOTICIA BIOGRÁFICA

Gorostiza nació en nuestro puerto de Veracruz el 13 de octubre de

1789, de una familia española distinguida, cuyo jefe, el general D.

Pedro de Gorostiza, vino a la Nueva España con el segundo Conde de

Revillagigedo, de quien era pariente o amigo, a encargarse del mando

civil y militar de aquella plaza. Su madre, D.ª María del Rosario

Cepeda, contaba entre sus ascendientes a Santa Teresa de Jesús, y

había heredado su ingenio y afición al estudio, de que dió buenas

pruebas en Cádiz. Muerto D. Pedro en 1794, la viuda regresó a Madrid

con tres hijos, siendo nacidos en España D. Francisco, en quien debía

recaer el mayorazgo, y D. Pedro Ángel, después matemático notable y

a quien como literato elogia D. Eugenio de Ochoa en el _Tesoro del

Teatro Español_. El menor, nuestro D. Manuel, habiendo recogido el

primero los bienes patrimoniales y abrazado el segundo la carrera

de las armas, fué destinado a la Iglesia y emprendió los estudios

necesarios. Si aprovechólos, como después lo demostró, la vocación

sacerdotal no le vino, y con ayuda de sus hermanos, pajes de la

familia real a la sazón, obtuvo plaza de cadete, presentándose a la

madre el día menos pensado con uniforme militar en vez de hábitos.

La invasión francesa le halló listo a la defensa de la que entonces

era su patria, como la invasión norteamericana le había de hallar

muchos años después entre los más distinguidos defensores de su

tierra natal. Era capitán de granaderos en 1808; batióse contra los

franceses, derramando a ocasiones su propia sangre, y ya coronel, y

cambiadas las circunstancias públicas, abandonó las armas en 1814

para entregarse a las letras. Ya en 1821 había escrito y hecho

representar[1] en Madrid sus primeras comedias _Indulgencia para

Todos_, _Tal para cual_, _Las Costumbres de Antaño_ y _Don Dieguito_;

pero el torbellino de la política habíale envuelto en su tromba. El

odio a los invasores[2] no le preservó del virus de la revolución

francesa, y la actitud y las leyes de las Cortes de Cádiz tuviéronle

de admirador y partidario. Ni era fácil, supuestas las ideas

dominantes, cuya filiación española databa del reinado de Carlos III,

que un joven de su carácter e inclinaciones dejara de formar en el

bando de los Martínez de la Rosa, Alcalá Galiano y Quintana, y a que

en esfera menos activa pertenecían hasta hombres que, como Gómez

Hermosilla y Moratín, aceptaron el gobierno efímero de José Bonaparte.

Gorostiza llevó a la política la actividad y fogosidad de su carácter

y de sus verdes años; y el príncipe que había asombrado al mundo con

los rasgos de su deslealtad filial[3] en Aranjuez, de su humillación

y bajeza en Valencey, y de su versatilidad, falsedad y crueldad en

el trono, al recobrar el poder absoluto y enviar a los presidios

de África a los más ilustres ministros y consejeros de su período

constitucional, no podía haberse olvidado del fecundo y entusiasta

orador liberal de la _Fontana de Oro_. Proscrito D. Manuel Eduardo

y confiscados sus bienes, salió de España, recorriendo diversas

capitales europeas y deteniéndose algún tiempo en Londres, donde

residían otros muchos emigrados españoles.

[Footnote 1: 'Had written and had had produced,' _hacer_ being here

used with the active infinitive to express the idea _had caused to be

produced_.]

[Footnote 2: His hatred for the (French) invaders. As the ideas of the

American and French Revolutions were permeating the Spanish colonies,

so Napoleon, quite without intention, gave to Spain herself an

impulse to national feeling. Charles III had encouraged the growth of

democratic ideas, and the framing of the Constitution of 1812 by the

Cortes of Cadiz marks the climax of radical Spanish development during

this epoch. (Cf. Charles E. Chapman, "A History of Spain," chap. xxxv,

New York, Macmillan Co., 1918.)]

[Footnote 3: Ferdinand VII, son of Charles IV and Maria Louisa, was

one of Spain's worst kings. With the army and the people on his side

he openly opposed his father, causing the latter to abdicate on March

19, 1808. The humiliating negotiations of this royal family with

Napoleon at Bayonne and the subsequent invasion of Spain by the French

led to the glorious uprising of the Spanish people on the second of

May, 1808.]

Compartió con ellos las penalidades y escaseces del destierro, tanto

más duro para él cuanto que tenía que atender a familia propia, pues

se había casado en Madrid con D.ª Juana Castilla y Portugal. Las

letras, que sólo por afición cultivó antes, fuéronle ahora recurso

eficaz de subsistencia. Escribía en periódicos sobre materias varias,

y especialmente contra el absolutismo dominante en España. En 1822

había publicado en París su _Teatro Original_, con las comedias que

acabo de citar y que aparecieron dedicadas a Moratín; y tres años

después, imprimió en Bruselas su _Teatro Escogido_, en que de la

edición anterior sólo reprodujo _Indulgencia para Todos_ y _D.

Dieguito_, presentando como nuevas piezas _El Jugador_ y _El Amigo

Íntimo_, y poniendo al frente su retrato, que es el generalmente

conocido y que no da idea de la vivacidad y animación de su gesto.

Entretanto, México había realizado su independencia, y siguiendo la

propensión que en su adolescencia acompaña a los pueblos como a los

individuos, de llamar la atención ajena y de crearse relaciones que

prometen grandes bienes, trataba de hacerse representar dignamente en

el exterior, y por medio de sus agentes invitó a Gorostiza a asumir

la ciudadanía mexicana y a encargarse de importantes comisiones

diplomáticas. A consecuencia de ello, nuestro representante en

Londres, D. José Mariano de Michelena, en Julio de 1824 dirigió al

Gobierno un ocurso de Gorostiza ofreciendo sus servicios a México; y

antes de terminar el año, se le encargó una misión confidencial en

Holanda. Su familia, que había quedado en Madrid, se le reunió después

en Bruselas de donde en 1829 pasó D. Manuel de encargado de negocios

a Londres. De esta última corte, y siendo ministro plenipotenciario,

después de la caída de Carlos X,[1] fué dos veces a París con el

carácter de enviado extraordinario, logrando ajustar nuestro primer

tratado de amistad y comercio con Francia. Tuvo, además, misión

confidencial de la administración de Bustamante para arreglar el

reconocimiento de nuestra independencia por España, de que se desistió

en virtud de sus informes; había estado asimismo con carácter

diplomático en Berlín, y para apreciar el resultado general de sus

gestiones, bastará recordar que él negoció casi todos nuestros

primeros tratados con potencias extranjeras. Por entonces, escribió

e imprimió en Londres su obra dramática más notable a mi juicio,

_Contigo Pan y Cebolla_; refundió _Las Costumbres de Antaño_, y dio

a luz una _Cartilla política_ que acaso aun más que sus servicios

diplomáticos le ganaría la voluntad de nuestros hombres de 1833.[2]

[Footnote 1: Charles X (1757-1836) became king of France in 1824;

forced to abdicate in 1830.]

[Footnote 2: 'Must have earned him the good will of our men of 1833.'

In 1832 General Anastasio Bustamante, "a heavy, dull, rather kindly,

and fairly honest aristocrat, though nominally a moderate Federalist,"

who had become President of Mexico in 1830 by the revolution which

displaced Don Vicente Guerrero, was driven from power by another

revolution in which General Antonio López de Santa Anna joined. Gómez

Pedraza, the president whom Guerrero had deposed, was restored to fill

out his own term; then, in 1833, Santa Anna was elected, but retired

to his estate, leaving the vice-president Gómez Farías in power. He,

like Gómez Pedraza, attempted reforms directed chiefly against the

Church and the army, with the backing of the Federalist majority in

Congress. Thereupon the rival Centralist party, made up largely of the

Church and the rich proprietors, called in Santa Anna, who had been

biding his time to go over to their side.]

Vino en ese año con su familia a México, hallando desde Veracruz

cordial y entusiasta recibimiento; y supuesto su positivo mérito y lo

avanzado de sus ideas liberales, nada extraño fué verle aquí nombrado

bibliotecario nacional y síndico del Ayuntamiento, ni que la

administración de Gómez Farias le hiciera miembro de la Dirección

General de Instrucción Pública, en que figuraban Rodríguez Puebla,

Quintana Roo[1] y algunos otros personajes, y que, como es sabido,

llegó a ser una especie de consejo privado en que se discutieron

y resolvieron las más graves cuestiones políticas de la época. El

historiador Mora, Ercilla de esta nueva Araucana[2], habla de la

aquiescencia de Gorostiza respecto de las medidas dictadas en

materias eclesiásticas, y de la parte activa que tomó en el plan de

secularización de la enseñanza y en la formación de la biblioteca;

pero de su animado relato de aquellos días terribles en que se

proscribían en masa los partidos[3], nada se deduce en menoscabo de

los humanos sentimientos del autor de _Indulgencia para Todos_,

ajeno a los odios y a las persecuciones personales que anublaban el

horizonte, y en cuanto a sus ideas y tendencias políticas, si las

ensalzara perdería yo todo derecho a vuestro aprecio.

[Footnote 1: Rodríguez Puebla and Andrés Quintana Roo were prominent

figures among the _hombres de 1833_. The latter especially, as

president of the House of Representatives (_Cámara de diputados_), in

1830 fearlessly protested against the harsh treatment of political

offenders as he had earlier opposed the expulsion from Mexico of

the Spaniards on the formation of the Republic. Quintana Roo is

respectfully styled the _viejo y varonil insurgente_.]

[Footnote 2: José María Luis Mora (1794-1848), author of "Méjico y sus

revoluciones." Just as, remarks Roa Bárcena, the poet Ercilla has

recorded the struggles of the Araucanians and the Spaniards, so the

historian Mora has recorded the struggles of the Mexicans.]

[Footnote 3: Cf. Note I, above. It is plain that Gorostiza and Quintana

Roo took the same stand on these questions.]

Cambiaron los tiempos; pero, puestas ya en relieve las altas dotes

de nuestro D. Manuel Eduardo, siguió desempeñando a intervalos papel

notable en la administración pública, ya como consejero, ya como

ministro de Relaciones o de Hacienda, cuyas secretarías tuvo diversas

veces a su cargo; ya, en fin, como plenipotenciario en el arreglo

de las cuestiones que en 1838 provocaron la guerra con Francia[1].

Infatigable en su actividad, la consagraba ora a la instrucción

general y a la de los niños de la Casa de Corrección, cuyo

establecimiento fué objeto particular de sus desvelos; ora al teatro,

cuya afición jamás le faltó[2], y a que dió impulso por todos los

medios posibles, haciendo venir, en mucha parte a su costa, la primera

compañía de ópera, y constituyéndose empresario del Principal, para

cuyo fomento refundió y tradujo multitud de piezas extranjeras, entre

ellas la _Emilia Galotti_, obra de bastante mérito, del dramaturgo

alemán Léssing. Aun debía figurar, sin embargo, en escenario más

importante y noble, y sus últimos años nos ofrecen hechos merecedores

de eterna recordación y que vinieron a coronar dignamente una vida

empleada casi toda en el servicio de su patria. Refiérome a su misión

diplomática en los Estados Unidos y a la parte que tomó en 1847 en la

defensa del territorio nacional[3].

[Footnote 1: Reference is here made to the "Pastry War," so styled

because among the claims for indemnity made by France in behalf of

Frenchmen who had sustained losses in Mexico was one of a French baker

whose wares had been purloined by a Mexican mob.]

[Footnote 2: 'For which he never lost his fondness.']

[Footnote 3: The national territory here referred to is, of course,

Mexico. (For a general history of Mexico, a standard work in English

is that of Hubert Howe Bancroft, "A History of Mexico," 6 vols., San

Francisco, 1883. The latest and most detailed study of the period

covering the war with the United States is Justin H. Smith's "The War

with Mexico," 2 vols., New York, 1919).]

* * * * *

Tras las batallas de Palo Alto y Resaca, la toma de Monterey, la

jornada gloriosa aunque estéril de la Angostura[1], la ocupación de

Tampico, la rendición de la humeante y heroica Veracruz y el tremendo

desastre de Cerro Gordo, el cañón norteamericano tronó en el Valle

mismo de México, y un pueblo vencido ya en cien combates, pero

conservando el ánimo sereno que heredó de sus dos razas progenitoras,

se agrupó en torno de sus banderas destrozadas a defender la capital

de la República. El diplomático ilustre que había sostenido en

Washington[2] la causa de la justicia, la causa nacional, quiso pelear

por ella como soldado, aspirando a sellar con su propia sangre sus

palabras y sus escritos. Levantó y organizó un batallón de artesanos,

denominado de "Bravos," y cuando los restos del brillante cuerpo

de ejército debelado en Padierna retirábanse en confusión ante las

bayonetas del vencedor, el anciano de cerca de sesenta años, fuerte y

valeroso y resuelto como en los días de su juventud, se apostaba a

la cabeza de sus guardias nacionales en el convento de Churubusco,

deteniendo el paso al enemigo hasta quemar el último cartucho y

recibirle impávido con los brazos descansando sobre las armas. Si la

gloria humana no es sueño, Gorostiza alcanzóla ese día, recibiendo sus

palmas en el respeto y la admiración de sus adversarios.

[Footnote 1: The battle known to Americans as Buena Vista. Cf.

Whittier's poem "The Angels of Buena Vista."]

[Footnote 2: Gorostiza was sent as Special Minister to Washington in

1836. Justin Smith thus characterizes him: "a witty, agreeable man of

the world, Mexican by birth, Spanish by education, the author of some

clever dramas, but not professionally a topographer, a lawyer or even

a diplomat." ("The War with Mexico," vol. I, p. 64.) The delicate

question as to the _causa de la justicia_ is ably handled by the two

historians above mentioned.]

Tal fué el último rasgo de su vida pública y en la privada comenzó

desde entonces a gustar el cáliz de amargura que tarde o temprano

llevamos todos a los labios[1] en el huerto del mundo. La muerte de

una hija suya, las quiebras mercantiles que acabaron con su modesta

fortuna, la ingratitud de los gobiernos: todas esas nieblas frías que

traen consigo sobre la frente del hombre los vientos de la adversidad

al doblarle como frágil caña hacia la tierra que ha de recibir sus

despojos, quebrantaron su ánimo, debilitaron su físico, y recibiendo

en un ataque cerebral el golpe de gracia, rindió el alma al Criador el

23 de octubre de 1851, en Tacubaya.

[Footnote 1: An allusion to the Agony of Christ in the garden of

Gethsemane.]

JOSÉ MARÍA ROA BÁRCENA

"Datos y apuntamientos para la biografía de D. Manuel E. de

Gorostiza," en _Memorias de la Academia Mexicana_, México, 1876, t. I,

págs. 93-101.

CRÍTICA DE _CONTIGO PAN Y CEBOLLA_

El señor de Gorostiza, poeta ya conocido en nuestro teatro moderno,

se ha apoderado de una idea feliz y ha escogido un asunto de la mayor

importancia. ¿Halo desempeñado[1] como de su talento nos debíamos

prometer[2]? Oiga el lector el argumento, y podrá responder a tan

atrevida pregunta.

[Footnote 1: Note the position of the pronoun object, since the verb

is first in the clause.]

[Footnote 2: 'As we ought to expect from a man of his talent.']

Matilde, hija de un padre, que, según de la comedia resulta, no conoce

sus inclinaciones ni su carácter, ama a don Eduardo de Contreras,

joven de talento, rico, y que ocupa un puesto distinguido en la

sociedad; pero ignora estas circunstancias sin embargo de que entra en

su casa con frecuencia. Anímase don Eduardo a pedir la mano de Matilde

a don Pedro, quien gustosísimo se la concede, pero en el momento de

convenir en tan deseado enlace, sabe la heroína que don Eduardo no es

pobre, nota que no hay en esta boda los obstáculos que en las de sus

novelas ha leído,[1] desama de pronto a quien tanto amó y despide a

don Eduardo. Éste, que conoce de donde le viene el golpe,[2] propone

al padre, aturdido de tal mudanza, una ingeniosa ficción que ha de

llevar a cabo sus deseos. Fíngese desheredado de un tío suyo, y

desairado por don Pedro; aparenta la novelesca desesperación de un

amante despedido, y estos extraordinarios medios hacen renacer el

acomodaticio cariño de Matilde, que por lo visto sólo ama en casos

dados. El padre sigue haciendo del negado, y cuando vienen segunda vez

entrambos a importunarle, se lleva la niña de un brazo y despide

para siempre al amador. Con esto por fuerza ha de subir de punto la

frenética pasión de Matilde: inténtase una escapatoria, la cual se

verifica sin maldita la oposición del padre, que está él mismo en el

complot que se le arma, y cooperando a ella un pobre criado a quien

no le vale su honradez[3]. El padre no ha querido oírle por no verse

comprometido a impedir el rapto, y le amenaza por una parte don

Eduardo con tirarse un pistoletazo, y por otra Matilde con tragarse

un veneno que posee, si no abre una reja, por donde se escapa nuestra

deslumbrada, sin embargo de hallarse la puerta libre y desembarazada;

y en atención, según dice ella misma, a ser de rigor[4] el salir en

semejantes casos por la ventana.

[Footnote 1: In another criticism of this play Larra writes: 'y con

no ver en este amorío los terribles inconvenientes que en los de sus

novelas está acostumbrada a encontrar....']

[Footnote 2: Eduardo is aware of Matilde's fondness for romantic

fiction and realizes that her head has been turned.]

[Footnote 3: 'Whose honesty is of no avail' (since his master refuses

to listen to him and his mistress overrules him).]

[Footnote 4: 'And all because leaving by the window is the thing to

do,' etc.]

En el cuarto acto, que parece un acto de otra comedia, Matilde se

halla el día de tornaboda en una miserable boardilla, pero en compañía

de su constante esposo; no han comido la víspera, no se han desayunado

aquel día: medios, Dios los dé; dinero, por las nubes:[1] en una

palabra, pobres de solemnidad y solemnes pobres; la infeliz Matilde

tendrá que levantar la cama; ... tendrá que barrer, que jabonar, que

pasar hambres, que estar sola, porque su marido habrá de salir a

buscar dinero. Matilde comienza ya a padecer los inconvenientes de

su posición: humíllala el casero, humíllala una antigua compañera de

colegio, marquesa, que vive en la misma casa, y que dice que una cosa

es casarse, y otra enamorarse; en lo cual no parece su señoría un si

es no es verde y alegre de cascos: humíllala, en fin, una vecinilla

ordinaria entre cotorra y contrabandista:[2] llora Matilde y conoce

su yerro. Vuelve entonces su esposo, y vienen impacientes papá y el

criado honrado; descúbrese la ficción, y se van todos muy convencidos

de que para quererse mucho es indispensable por lo menos haber comido

algo; verdad indisputable de todos los tiempos y países, y que no

bastarán a echar por tierra todas las pasiones reunidas que pueden

agitar a un mísero mortal.

[Footnote 1: 'May God give them means (for they have none); money, up

in the clouds, perhaps (for there's none in their pockets).']

[Footnote 2: A reference to the neighbor's incessant chatter and her

smuggled laces.]

Ya puede inferir el lector qué de escenas cómicas ha tenido el autor

a su disposición. El señor Gorostiza no las ha desperdiciado: rasgos

hemos visto en su linda comedia que Moliere no repugnaría, escenas

enteras que honrarían a Moratín. El carácter del criado y las

situaciones todas en que se encuentra son excelentes y pertenecen a la

buena comedia:[1] del padre pudiéramos decir lo que dice la marquesa

de su marido; ni es feo, ni es bonito: es un hombre pasivo, es un

instrumento no más del astuto don Eduardo. Éste es un bello carácter:

la carta que escribe es del mayor efecto y pertenece a la alta

comedia. El lenguaje es castizo y puro; el diálogo bien sostenido y

chispeando gracias,...

[Footnote 1: 'Belong to first-rate comedy.']

* * * * *

Después de haber tributado el debido homenaje de elogios que de

nuestra pluma reclamaba imperiosamente la divertida comedia del señor

Gorostiza ¿nos será permitido indicar algunos de los defectos de que

rara obra humana consigue verse completamente purgada? ¿Se dirá que

nos ensangrentamos, que somos parciales, si ponemos al lado del elogio

el grito de nuestra conciencia literaria? Quisiéramos equivocarnos,

pero el carácter de la protagonista nos parece por lo menos llevado a

un punto de exageración tal, que sería imposible hallar en el mundo un

original siquiera que se le aproximase. Estas niñas románticas, cuya

cabeza ha podido exaltar la lectura de novelas, no reparan en clases

ni en dinero; éste podrá ser su yerro; enamóranse de un hombre sin

preguntarle quién es; ésta es su imprudencia: si sale pobre, verdad

es, nada les arredra, y en las aras del amor sacrifican su

porvenir; mas si sale rico, como ya están enamoradas, por esta sola

circunstancia no se desenamoran. Por la misma razón, si tratan de

escaparse, y no tienen otro recurso, se arrojan por una ventana; mas

si tienen la puerta franca, aquel paso ya no es ni medio verosímil.

Esta exageración hace aparecer a Matilde loca las más veces; quiere

ser el don Quijote de las novelas. Pero acordémonos de que Cervantes

para huir de la inverosimilitud que de la exageración debía resultar,

hizo loco realmente y enfermo a su héroe, y una enfermedad no es un

carácter. Si la comedia pedía un carácter, era preciso no haber pasado

los límites de la verosimilitud, pues pasándolos, Matilde no resulta

enamorada sino maniática; por eso en varias ocasiones parece que ella

misma se burla de sus desatinos: lo mismo hubiera sucedido con don

Quijote si no nos hubiera dicho Cervantes desde el principio: "Miren

ustedes que está loco." Peca además el plan por donde los más del

mismo poeta:[1] ya en otra ocasión hemos dicho[2] que estos planes en

que varios personajes fingen una intriga para escarmiento de otro,

son incompletos y conspiran contra la convicción, que debe ser el

resultado del arte.

[Footnote 1: As Larra indicates, the element of intrigue, each time

worked out in a different fashion, is plainly seen in practically all

of Gorostiza's plays. In "Indulgencia para Todos" the hero, whose only

fault is his perfection and his consequent intolerance of the failings

of others, by the intriguing of his hosts is tempted and falls and

is led to crave pardon for his own shortcomings and for those of

his hosts who have sinned against the laws of hospitality. In

"Don Dieguito" the hero is taught the needed lesson of his own

insignificance, since his wealthy uncle by a clever ruse causes the

young man to see that the adulation that he has accepted as his due is

in reality given by self-interested schemers who hope to profit by

his vanity and gullibility. In "Las Costumbres de Antaño" the old

gentleman constantly bewailing the departure of the good old days is

caught asleep. By maneuvering, he is visited with such horrible dreams

of the past that he is glad to awake to the conditions of a later

generation.]

[Footnote 2: A reference to one of Larra's numerous other dramatic

criticisms.]

En Moliere y en Moratín no se encuentra un solo plan de esta especie:

el poeta cómico no debe hacer hipótesis; debe sorprender y retratar a

la naturaleza tal cual es; esta comedia hubiera requerido una mujer

realmente enamorada, y que realmente hubiera hecho una locura, como

en _el Viejo y la Niña_[1] sucede; verdad es que entonces no hubiera

podido ser dichoso el desenlace, y acaso habrá huido de esto el señor

Gorostiza; éste era defecto del asunto, así como lo es también la

aglomeración en horas de tantas cosas distintas, importantes, y

regularmente más apartadas entre sí en el discurso de la vida.

[Footnote 1: In Moratin's play the niña has married the old man after

a designing relative has assured her that her youthful lover has

married someone else. This rash act is doubtless the locura to which

Larra refers. As a virtuous wife she first dismisses the young man,

and when in her weakness she recalls him she is forced to treat him

with indifference and coldness, since she knows that her husband is

overhearing their conversation. Goaded to desperation, the young woman

finally enters a convent.]

Si Matilde no se ha de casar más de una vez con Eduardo, si esa vez

que se ha casado no ha hecho realmente locura alguna, supuesto que

Eduardo es rico, ¿de qué puede servirle el escarmiento y el ver lo que

le hubiera sucedido si hubiera hecho lo que no ha hecho?--A ella

no, nos contestarán,--a los demás que ven la comedia.--Tampoco,

responderemos,--porque las que crean en novelas al pie de la letra,

creerán al pie de la letra en la comedia, que es otra nueva novela

para ellas; en la novela leen que aquél que se presentó incógnito se

descubre ser luego hijo de algún señorón oculto, y en la comedia se

descubre ser rico luego el pobre. Se enamorarán pues, sin cuidado,

seguras de que hacia el fin de su boda se ha de descubrir la riqueza

del marido, así como creían que debían salir por la ventana por

decirlo las novelas.

A pesar de estas observaciones, que no podemos menos de hacer, nos

complacemos en repetir que es mayor la suma de las bellezas que la

de los defectos de la comedia. El señor de Gorostiza ha adquirido un

nuevo laurel, y nosotros quisiéramos que la obligación de periodista

se limitara a alabar: mucho nos daría que hacer aun en este caso esta

composición dramática.

En cuanto a la representación, podemos asegurar que no nos acordamos

de haber visto en Madrid nada mejor desempeñado en este género.

MARIANO JOSÉ DE LARRA

("Contigo Pan y Cebolla," _Obras Completas de Fígaro_, t. I, en

_Colección de los Mejores Autores Españoles_ t. XLVII, París, 1883.)

CONTIGO PAN Y CEBOLLA

COMEDIA ORIGINAL EN CUATRO ACTOS

POR

MANUEL EDUARDO DE GOROSTIZA

DON PEDRO DE LARA

DOÑA MATILDE, su hija

DON EDUARDO DE CONTRERAS

BRUNO, criado de DON PEDRO

LA MARQUESA

EL CASERO

LA VECINA

La escena pasa en Madrid; los tres primeros actos en una sala bien

amueblada, aunque algo a la antigua, de la casa que habita D. Pedro,

y el último acto en un cuarto muy miserable y en donde habrá sólo una

mala cama, dos o tres sillas de paja vieja, un brasero de hierro etc.

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA

DOÑA MATILDE Y BRUNO

DOÑA MATILDE. ¡Bruno!

BRUNO. Jesús, señorita, ¿ya se levantó usted?

DOÑA MATILDE. Sí, no he podido cerrar los ojos en toda la noche.

BRUNO. Ya se habrá usted estado leyendo hasta las tres o las cuatro,

según costumbre....

DOÑA MATILDE. No es eso....

BRUNO. Se le habrá arrebatado el calor a la cabeza....

DOÑA MATILDE. Repito que....

BRUNO. Y con los cascos calientes ya no se duerme por más vueltas que

uno dé en la cama.

DOÑA MATILDE. Pero hombre, que estás ahí charlando sin saber....

BRUNO. ¿Conque no sé lo que me digo? Y en topando cualquiera de

ustedes con un libraco de historia o sucedido, de ésos que tienen el

forro colorado, ya no ha de saber dejarlo de la mano hasta apurar si

D. Fulano, el de los ojos dormidos y pelo crespo, es hijo o no de su

padre, y si se casa o no se casa con la joven boquirrubia que se muere

por sus pedazos, y que es cuando menos sobrina del Papamoscas de

Burgos: todo mentiras.

DOÑA MATILDE. ¿Acabaste?

BRUNO. No señora, porque es muy malo, muy malo leer en la cama....

DOÑA MATILDE. ¡Aprieta! ¿Y no ha venido nadie?

BRUNO. Nadie ... ah, sí, vino el aguador con su esportilla y su....

DOÑA MATILDE. ¿Qué tengo yo que ver con el aguador ni con su

esportilla?

BRUNO. ¿Esperaba usted acaso otra visita a las siete de la mañana?

DOÑA MATILDE. No.... Sí.... ¡Válgame Dios, qué desgraciada soy!

(Sentándose)

BRUNO. ¡Desgraciada! ¿Qué dice usted?

DOÑA MATILDE. ¡Oh, muy desgraciada, muy desgraciada!

BRUNO. Pues señor, ¿qué ha sucedido? acaso su papá de usted....

DOÑA MATILDE. No, papá duerme todavía y estará sin duda bien lejos

de soñar o de pensar que el terrible momento se aproxima en que va a

decidirse para siempre el porvenir de su hija única y querida ... ¡para

siempre! Ay, Bruno, si tú pudieras comprender toda la fuerza y la

extensión de esta palabra _¡para siempre!_

BRUNO. Sin contar que el día menos pensado nos va a dar usted un susto

con la luz y la cortina.

DOÑA MATILDE. Mira, Bruno, que estás muy pesado.

BRUNO. Siempre las verdades pesan, señorita, amargan y se indigestan.

DOÑA MATILDE. Qué disparate, sino que anoche cabalmente ni siquiera

hojeé un libro. Buena estaba yo para lecturas.

BRUNO. ¿Estuvo usted mala, eh? Y cómo no quiere estar usted mala con

ese maldito te que ha dado usted en tomar ahora en lugar del guisado y

de la ensalada, que todo cristiano toma a semejantes horas. Yo no digo

por eso que el te no sea saludable ... pero al cabo no pasa de ser

agua caliente; sólo podía habernos venido de Inglaterra, que como allí

son herejes, ni tendrán vino, ni bueyes cebones, ni ... ¿Qué está usted

curioseando por esa ventana?

DOÑA MATILDE. Nada; miraba si ... ¿qué hora será?

BRUNO. Las siete dieron hace rato en San Juan de Dios. ¡Vaya, y qué

tonto me hace usted! Conque ¿no comprendo lo que quiere decir _para

siempre_? Para siempre es lo mismo que decir a uno "hasta que te

mueras".

DOÑA MATILDE. Decía sólo que si tú pudieras discernir bien y avalorar

las sensaciones de diferente naturaleza que semejante palabra excita,

fomenta, inflama....

BRUNO. No, en efecto, todo eso para mí es griego.

DOÑA MATILDE. Y pone en combustión, entonces es cuando estarías en

estado de.... ¿Pero quién anda en la antesala?

BRUNO. Será quizá el gato que habrá olfateado ya su pitanza.

DOÑA MATILDE. Él es, él es.

BRUNO. ¿Quién había de ser? Minino, minino.

ESCENA II

DON EDUARDO, DOÑA MATILDE, BRUNO

DOÑA MATILDE. ¡Eduardo!

DON EDUARDO. ¡Matilde!

BRUNO. ¡Calle, pues no era el gato!...

DOÑA MATILDE. Creí que no acababa usted de llegar nunca.

DON EDUARDO. Amanece todavía tan tarde ... y a no haber venido sin

afeitarme....

DOÑA MATILDE. ¡Oh! eso no; hubiera sido imperdonable en un día tan

solemne, como lo es éste, el que usted se hubiera presentado con

barbas.

DON EDUARDO. Y sobre todo, hubiera sido poco limpio.

DOÑA MATILDE. Si usted hubiera tenido que viajar en posta tres o

cuatro días con sus noches ... como a otros les ha sucedido ... para

poder llegar a tiempo de arrancar a sus queridas del altar en que un

padre injusto las iba a inmolar ... ya era otra cosa ... y aun cierto

desorden en la _toilette_, hubiera sido entonces de rigor; pero como

usted viene sólo de su casa....

DON EDUARDO. Que está a dos pasos de aquí, en la calle de Cantarranas.

DOÑA MATILDE. Por lo mismo ha hecho usted bien en afeitarse y en ...

mas a lo menos trataremos de recuperar el tiempo perdido. ¿Bruno?

BRUNO. ¿Señorita?

DOÑA MATILDE. Anda, y dile a papá que el Sr. D. Eduardo de Contreras

desea hablarle de una materia muy importante.

BRUNO. No creo que el amo se haya despertado todavía.

DOÑA MATILDE. ¿Qué sabes tú?

BRUNO. Porque nunca se despierta antes de las nueve, y porque....

DON EDUARDO. Quizá valga más entonces que yo vuelva un poco más tarde.

DOÑA MATILDE. No, no; ¿a qué prolongar nuestra agonía? Anda, Brunito,

anda, si es que mi felicidad te interesa.

BRUNO. Bueno, iré; pero lo mismo me ha dicho usted en otras ocasiones,

y luego la tal felicidad se vuelve agua de borrajas.

DOÑA MATILDE. ¡Bruno!

BRUNO. Iré, iré, no hay que atufarse por eso.

ESCENA III

DOÑA MATILDE Y DON EDUARDO

DOÑA MATILDE. ¡Estos criados antiguos, que nos han visto nacer, se

toman siempre unas libertades!...

DON EDUARDO. En justo pago de las cometas que nos han hecho, o de

las muñecas que nos han arrullado. Y éste me parece además muy buen

sujeto.

DOÑA MATILDE. ¡Oh, muy bueno!... ¡Si viera usted la ley que nos

tiene ... y lo que le queremos todos! ¡Pobre Bruno! Cuando estuvo el

invierno pasado tan malo, ni un instante me separé yo de la cabecera

de su cama.

DON EDUARDO. Con qué gusto oigo a usted eso, ¡Matilde mía!

DOÑA MATILDE. Nada tiene de particular; sin embargo, una cosa es que

sus vejeces me desesperen tal cual vez, y otra cosa es que.... ¡Ay

Dios, y qué temblor me ha dado!

DON EDUARDO. ¿Está usted sin almorzar?

DOÑA MATILDE. Por supuesto.

DON EDUARDO. Entonces es algún frío que ha cogido el estómago, y....

DOÑA MATILDE. Entonces también temblaría usted, porque es bien seguro

que tampoco habrá usted tomado nada.

DON EDUARDO. Sí, por cierto; he tomado, según mi costumbre, una jícara

de chocolate, con sus correspondientes bollos y pan de Mallorca.

DOÑA MATILDE. ¡Chocolate y pan de Mallorca en un día como éste!

DON EDUARDO. ¿Es requisito acaso el pedir la novia en ayunas?

(Sonriéndose)

DOÑA MATILDE. No; ciertamente que no ... con todo hay ocasiones en que

uno debe estar tan absorbido, que necesariamente olvida cosas tan

vulgares como el almorzar y el comer. A lo menos yo hablo por mí, y

puedo asegurar a usted que ni siquiera ha pasado esta mañana por

mi cabeza el que había cacao en Caracas. ¡Ay, Eduardo, está usted

demasiado tranquilo!

DON EDUARDO. No veo el por qué había yo de estar fuera de mí cuando

me lisonjeo con la esperanza de que su padre de usted, que es íntimo

amigo de mi tío, me concederá esa linda mano, en cuya posesión se

cifra toda mi felicidad.

DOÑA MATILDE. ¿Y si se la niega a usted?

DON EDUARDO. Si usted hubiera permitido alguna vez que la informara de

mi posición, de mi familia, como en varias ocasiones lo he intentado

en balde, comprendería usted ahora si tengo o no motivo para no temer

el éxito de mi negociación; pero nunca me ha dejado usted hablar en

esta materia, no sé por qué, y así....

DOÑA MATILDE. Porque ni entonces quise, ni ahora quiero oír hablar

de intereses ni parentescos. Eso queda bueno cuando se trata de esos

monstruosos enlaces que se ven por ahí, en donde todo se ajusta como

libra de peras, y en donde se quiere averiguar antes si habrá luego

que comer, o si habrá con que educar los hijos que vendrán, o que

quizá no vendrán. ¿Y yo había de pensar en eso? No, Eduardo, no; yo le

quiero a usted, más que a mi vida, pero sólo por usted, créame usted,

por usted solo.

DON EDUARDO. ¡Matilde mía!

ESCENA IV

BRUNO Y DICHOS

BRUNO. ¡Vaya que estaba su papá de usted como un tronco de dormido!

DOÑA MATILDE. ¿Y qué ha respondido?

BRUNO. Ni oste ni moste: oyó mi relación, se sonrió y echó mano a los

calzoncillos.

DON EDUARDO. ¿Se sonrió?

BRUNO. ¡Pues! como quien dice "ya sé lo que es".

DOÑA MATILDE. Dios sabe además lo que tú le dirías.

BRUNO. Ésta es otra que bien baila: le dije sólo que usted me había

mandado le anunciase que el Sr. D. Eduardo....

DOÑA MATILDE. ¿Ves como al fin habías de hacer alguna de las tuyas?

BRUNO. ¿Conque usted no me mandó?

DOÑA MATILDE. Sí; pero no había necesidad de decir que era yo la que

te enviaba, ni de añadir, como sin duda habrás añadido, que había

hablado antes o me quedaba hablando con este caballero.

BRUNO. Ya se ve, que le dije también entrambas cosas; ¿y qué mal hubo

en ello?

DOÑA MATILDE. Que ya papá no se sorprenderá, y que la escena pierde

por lo mismo una gran parte de su efecto.

DON EDUARDO. En cuanto a mí, le protesto a usted, Matilde, que me

alegro mucho de que Bruno haya en cierto modo preparado a su papá de

usted para lo que voy a decirle; porque ahora tendré menos cortedad, y

podré desde luego entrar en materia.

DOÑA MATILDE. Bueno.... Si a usted le parece así, mejor....

BRUNO. Ya siento al señor en la escalera.

DOÑA MATILDE. ¡Ay Dios.... qué susto!... ¡No sé lo que por mí pasa!...

¿Me he puesto muy pálida? Me voy, me voy a mi cuarto ... a suspirar ...

a llorar ... a ponerme un vestido blanco.... Ven tú también Bruno ... y

el pelo a la Malibrán.... ¡Oh, y qué crisis!... Allí esperaré a que mi

padre me llame.... ¡La crisis de mi vida! ... porque siempre me llama

en tales casos ... ánimo Eduardo ... valor ... resignación ... si habrá

planchado anoche la Juana mi collereta a la María Estuardo ... sobre

todo confianza en mi eterno cariño. (Vase, llevándose tras sí a Bruno)

BRUNO. Señorita, que me desgarra usted la solapa.

ESCENA V

DON EDUARDO Y LUEGO DON PEDRO

DON EDUARDO. ¡Muchacha encantadora! Es lástima por cierto que haya

leído tanta novela, porque su corazón....

DON PEDRO. Buenos días, Sr. D. Eduardo, muy buenos días ¡y qué

temprano tenemos el gusto de ver a usted en esta su casa!

DON EDUARDO. En efecto, Sr. D. Pedro, la hora es bastante inoportuna,

y bien sabe Dios que no sé cómo disculparme con usted.

DON PEDRO. ¿De qué, amigo mío?

DON EDUARDO. Por una visita realmente demasiado matutina e inesperada.

DON PEDRO. ¿Y quién le dice a usted que yo no esperaba esta misma

visita?

DON EDUARDO. ¿Que me esperaba, dice usted?

DON PEDRO. Hoy precisamente, no; pero sí en una de estas mañanas,

porque ya había yo notado ciertos síntomas ... ya se ve, a ustedes los

enamorados se les figura que un padre cuando juega en un rincón al

tresillo, o que una madre cuando está más enfrascada en la letanía de

las imperfecciones de su cocinera, no piensa en otra cosa sino en el

codillo que le dieron, o en las almondiguillas que se quemaron, y

de consiguiente que no notan las ojeadas de ustedes, ni oyen los

suspiros, ni se enteran de las peloteras ... pues, no señor, están

ustedes muy equivocados; ni el padre ni la madre pierden ripio de

cuanto va pasando....

DON EDUARDO. Nada más natural, ciertamente.

DON PEDRO. Y llevan también libro de entradas y salidas como si

hubieran sido toda su vida horteras.

DON EDUARDO. Así, Sr. D. Pedro, usted habrá ya observado....

DON PEDRO. Sí, señor, ya sé que usted está muy prendado de mi Matilde.

DON EDUARDO. Entonces advinará usted también que el objeto de mi

visita es....

DON PEDRO. El de pedirme su mano. ¿No es ése?

DON EDUARDO. Ése mismo; y si fuera yo tan dichoso que reuniera a los

ojos de usted aquellas circunstancias....

DON PEDRO. Muchas reune usted, por vida mía, Sr. D. Eduardo:

nacimiento ilustre, mayorazgo crecido, educación, talento,

moralidad....

DON EDUARDO. Usted me confunde, Sr. D. Pedro.

DON PEDRO. Y el ser sobre todo sobrino y heredero de mi mejor

amigo ... de ahí que yerno más a mi gusto sería muy difícil que se me

presentase.

DON EDUARDO. ¿Entonces puedo esperar?

DON PEDRO. Pero mi hija es la que se casa, yo no; ella es pues, la que

ha de juzgar si usted....

DON EDUARDO. ¡Oh, Sr. D. Pedro, y qué feliz soy! La amable, la hermosa

Matilde, me corresponde, no lo dude usted, y está en el secreto, y....

DON PEDRO. Tanto mejor, amigo mío, y ahora vamos a ver, porque, con el

permiso de usted, la haré llamar; en presencia de usted consultaremos

su gusto y su voluntad.

DON EDUARDO. No deseo otra cosa, y cuanto más pronto....

DON PEDRO. Ahora mismo.... ¿Bruno? Que ella venga y se explique, y si

dice que sí, entonces.... ¿Bruno?

BRUNO. Mande usted. (Desde adentro)

DON PEDRO. Porque si dice que no ... ya ve usted ... un buen padre no

debe nunca violentar la inclinación de sus hijos.

DON EDUARDO. Repito a usted que ella misma....

ESCENA VI

BRUNO Y DICHOS

BRUNO. ¿Llama usted?

DON PEDRO. Sí, ¿dónde está la niña?

BRUNO. En su cuarto ... representando, a lo que parece, algún paso de

comedia.

DON PEDRO. ¿Qué entiendes tú de eso? ... dila que venga.

BRUNO. O de tragedia, ¿qué me sé yo? ... ello es que se la oye hablar

alto ... que está sola ... y que a no haber perdido la chabeta....

(Yéndose)

ESCENA VII

DON PEDRO Y DON EDUARDO

DON PEDRO. Pues, y como le iba a usted diciendo, Sr. D. Eduardo, yo

soy demasiado buen padre para pretender ... luego, ya voy a viejo,

estoy viudo, no tengo más que esta hija ... a la que quiero como a las

niñas de mis ojos ... no soy además amigo de lloros ni tristezas dentro

de casa, y en suma....

DON EDUARDO. Si tiene usted en todo mil razones.

DON PEDRO. Y en suma, ella hará lo que quiera, como lo hace siempre;

aunque eso no quita el que la chica sea muy dócil, y muy bien criada,

y muy temerosa de Dios....

DON EDUARDO. ¡Y es tan bonita!

DON PEDRO. Y el que es muy buena hija, y será muy buena mujer propia.

DON EDUARDO. Oh, excelente, excelente.

DON PEDRO. Y si llega a ser madre....

DON EDUARDO. Por supuesto, ¿no quiere usted que llegue?

DON PEDRO. Tendrá hijos a su vez, y será también muy buena madre, no

lo dude usted, Sr. D. Eduardo....

DON EDUARDO. ¡Qué he de dudar yo eso Sr. D. Pedro! ¡Poco enamorado

estoy a fe mía para dudar ahora de nada!

DON PEDRO. Es que no crea usted que es el primero a quien yo le digo

todo esto, no señor, y otro tanto, sin quitar ni poner, le dije a mi

sobrino Tiburcio hará ahora unos cuatro meses, cuando se quiso casar

con su prima.

DON EDUARDO. Que fué sin duda la que se opuso al enlace, ¿eh?

DON PEDRO. ¡Quién había de ser! Y por más señas, que aunque no estuvo

el tal enlace tan adelantado como el que seis meses antes tuvimos

entre manos, lo estuvo sin embargo lo bastante para dar después mucho

que hablar a la gente ociosa.

DON EDUARDO. ¿Y dice usted que hubo otro seis meses antes que lo

estuvo más?

DON PEDRO. Cien veces más, con el vizconde del Relámpago, un caballero

andaluz, maestrante de la de Ronda ... con no sé cuántos millares de

pinares, pegujares y lagares ... hombre muy bien nacido, y que yo....

ESCENA VIII

DOÑA MATILDE Y DICHOS

DON PEDRO. Ven, hija mía, y nos dirás si....

DOÑA MATILDE. ¡Ah! Padre mío, y qué criminal debo de aparecer a los

ojos de usted; ya sé que debía consultarle antes de comprometerme; ya

sé que debía después....

DON PEDRO. Cierto, muy cierto, mas ahora....

DOÑA MATILDE. Haber seguido humilde los consejos de su experiencia,

de su cariño; ¡pero ay! que no pude, porque arrastrada por una pasión

irresistible....

DON PEDRO. Si no es eso....

DOÑA MATILDE. Que como una erupción volcánica....

DON EDUARDO. Pero Matilde, si su papá de usted....

DOÑA MATILDE. Calle usted; no me distraiga ... se apoderó de mi pobre

corazón, que estaba indefenso ... que no había hasta entonces amado....

DON PEDRO. Si me dejarás meter baza....

DOÑA MATILDE. Con todo, padre mío, no crea usted que trato de

rebelarme contra su autoridad, y si el hombre de mi elección no

mereciese, como me temo, el sufragio de usted....

DON EDUARDO. Dígole a usted que....

DOÑA MATILDE. Entonces ... no seré nunca de otro ... eso no ... pero

gemiré en silencio sin ser suya, o iré a sepultarme en las lobregueces

del claustro.

DON PEDRO. ¡Tú quedarte soltera! ¡Jesús qué desatino! Primero te

casaría con un bajá de tres colas, cuanto más que el Sr. D. Eduardo es

muy buen partido por todos títulos....

DOÑA MATILDE. ¿Qué dice usted?

DON PEDRO. De familia muy noble....

DOÑA MATILDE. Eso para mí es tan indiferente como el que fuera

inclusero.

DON EDUARDO (aparte). Para mí no.

DON PEDRO. Y que será muy rico cuando herede a su tío....

DOÑA MATILDE (aparte). ¡Será rico! ¡Qué lástima!

DON PEDRO. De quien supongo que heredará también el título que aquél

tiene de alguacil mayor de....

DOÑA MATILDE (aparte). ¡Alguacil mayor! ¡elegante título por vida mía!

DON EDUARDO. ¡Sí señor, si es de mayorazgo!

DOÑA MATILDE (aparte). ¡También mayorazgo!

DON PEDRO. Así, hija mía, puedes tranquilizarte, porque elección más

juiciosa, más a gusto mío, más a gusto de todos....

DOÑA MATILDE (aparte). ¡Lo que engañan las apariencias!

DON PEDRO. Vamos, era imposible hacerla mejor ... y ya verás lo que se

alegra tu tía Sinforosa, y las primas Velasco, y tu padrino el señor

Deán, y....

DOÑA MATILDE (aparte). ¡Y todo el género humano; y sólo porque es

rico! ¡Gente sórdida!

DON EDUARDO. ¡Ah! ¡Sr. D. Pedro, tanta bondad! Cómo podré yo pagar

nunca....

DON PEDRO. Haciéndola feliz, Sr. D. Eduardo.

DON EDUARDO. ¡Lo será! ¿Cómo quiere usted que no lo sea? Adorada

por su marido, mimada por sus parientes, respetada por sus amigos,

pudiendo disfrutar de todo, sobrándole todo....

DOÑA MATILDE (aparte). ¡Y eso se llama ser feliz!

DON EDUARDO. ¿Pero qué tiene usted, Matilde mía? ¿Por qué se ha

quedado usted tan callada?

DON PEDRO. La misma alegría que la habrá sobrecogido.... ¿No es eso,

hija?

DOÑA MATILDE. Pues ... en efecto ... y también ciertas reflexiones ... ya

ve usted, la cosa es muy seria ... se trata de un lazo indisoluble, de

la dicha o de la desgracia de toda la vida....

DON PEDRO. Como ya obtuviste mi consentimiento, que era lo que te

tenía con cuidado....

DON EDUARDO. Y queriéndonos tanto como nos queremos....

DOÑA MATILDE. No digo que no ... y yo agradezco a usted infinito el

que me quiera ... ciertamente es una preferencia que me debe lisonjear

mucho, y que ... sin embargo, esto de casarse no es jugar a la gallina

ciega, y no es extraño que yo me arredre y titubee, y....

DON EDUARDO. Bien sabe Dios, Matilde, que no entiendo....

DON PEDRO. Vaya, vaya, esos escrúpulos se quitan con señalar un día de

esta semana para que se tomen los dichos.

Contigo Pan y Cebolla · 第 1 / 9 段