No sé si a Aviraneta se le ocurrió la sociedad con el fantástico

Etchegaray por haberse enterado de la fundada por el joyero francés, o

si fué el suyo un proyecto espontáneo de su imaginación de intrigante.

Ya después de montada mi oficina fuí al Consulado de España, en la

plaza de Armas, a entregar a Gamboa la carta de recomendación que me

habían dado para él. Gamboa me recibió un tanto fríamente y me preguntó

qué parentesco tenía con Fermín Leguía. Le dije que era su sobrino.

Luego me interrogó acerca de Etchegaray. Le conté la novela inventada

por Aviraneta y por mí.

--¿Qué hace ahora Etchegaray?

--Está en España. Va a ir a América a realizar su fortuna.

Gamboa pretendía conocer a Etchegaray.

Unos días después, el canciller del Consulado, Vidaurreta, estuvo en mi

oficina y quedó admirado al verla tan elegantemente puesta.

Por lo que supe después, tanto Gamboa como Vidaurreta se extrañaron

de que un hombre tan sesudo como Etchegaray--¡se le consideraba

sesudo!--hubiera dejado su negocio en manos tan inexpertas como las

mías.

ELOGIO DE

ETCHEGARAY

Algunos me hablaban de Etchegaray como de un hombre lleno de virtudes.

Yo, al oírles, me reía; hoy no me río. La verdad es que era un hombre

completo este ente de razón, como le llamaba Aviraneta.

¡Qué varón virtuoso! ¡Qué ejemplo de filosofía y de virtudes

comerciales! ¡Qué modestia en sus aspiraciones! ¡Qué falta de amor

propio!

No, con él no había miedo de que se empeñara terca y estúpidamente en

defender sus opiniones; con él no había cuidado de que se acalorase

hasta perder su serenidad.

Se le encontraba siempre tranquilo, siempre ecuánime. No se quejaba

si se le abrían las cartas, ni si se firmaba con su firma; ni si se

le echaba la culpa de un olvido o de una falta; no pedía cuentas del

dinero gastado, ni se enfurruñaba, ni murmuraba, ni intrigaba.

Era el ideal del hombre y el ideal del socio. No le faltaba más que

existir; pero, seguramente, si hubiera existido, no hubiera sido tan

ideal.

VII

LA VIDA EN BAYONA

MI vida en Bayona era muy aburrida. Con las advertencias de Aviraneta

me encontraba entre la gente cohibido. El miedo a la indiscreción me

quitaba la espontaneidad natural.

Pasaba en la oficina ocho o diez horas al día.

--¿Trabaja usted mucho?--me preguntaban.

--Sí; ahora tengo que arreglar unas cuentas de mi socio, el señor

Etchegaray--les contestaba yo.

Mis trabajos consistían en escribir todos los días largas epístolas a

Corito, que estaba todavía en Laguardia, hablándole de mis trabajos,

que no decía cuáles eran, y explicándole mis esperanzas. Después me

ponía a leer periódicos y novelas. Leía por la mañana _El Centinela

de los Pirineos_, periódico bayonés de la oposición, y el _Faro de

Bayona_. Cuando llegaba el correo de España me dedicaba al _Eco del

Comercio_, de Madrid.

Tras de los periódicos venían las novelas, y el primer autor que

devoré, no precisamente un clásico, fué Paul de Kock; después fuí

leyendo todos los folletinistas de la época.

Si mientras estaba en esta ocupación seria sonaba la campanilla y venía

alguien, metía el libro en un cajón y hacía como que estaba escribiendo.

Pasadas las horas de oficina iba a casa de doña Paca Falcón de tertulia

y me sentaba en uno de los sillones que había en la tienda alrededor de

la mesa estilo Luis XIV.

Los más constantes en la tertulia eran un comerciante judío, Gomes

Salcedo, hombre muy listo que traficaba en todo; un cura, el abate

d'Arzacq, que coleccionaba monedas romanas, y un señor, viejo,

maniático, monsieur de Saint-Allais, que, por lo que se decía, tenía

una casa llena de preciosidades, que no dejaba ver a nadie.

Yo empezaba por entonces a comprender el francés y a hablar algo.

Comenzaba a entender de cuadros, muebles, relojes antiguos y demás

antigüedades. Al cabo de algún tiempo fuí casi un especialista y

conocía el mueble de Boule o el de Chippendale, el reloj del siglo

XVIII, y diferenciaba el de París y el de Lyon.

No sólo conocía los estilos, sino que sabía también los precios de los

varios objetos almacenados allí. En el cajón del mostrador de casa de

la Falcón había un catálogo voluminoso de cuanto contenía la tienda,

con tres precios para cada cosa: el que había costado, el último en

que se podía vender y el que se podía pedir. Estos conocimientos me

sirvieron después para hacer compras de muebles en Madrid y para

adornar mi casa.

LOS CARLISTAS

Bayona, al principio, me pareció un pueblo triste, aburrido; luego, ya

me fué gustando más. Con sus murallas, sus castillos, su ciudadela, sus

puertas estrechas, me oprimía el corazón. Había días que me parecían de

una longitud inusitada, y desde que me levantaba hasta que sonaban, a

las diez de la noche, los tambores y las cornetas, que anunciaban que

se cerraban los portales, con sus puentes levadizos, creía haber pasado

lo menos una semana.

Esta ciudad militar y comerciante, tranquila y soñolienta, un poco

española, un poco bearnesa, un poco vasca y un poco judía, encerraba

entonces en su seno, una emigración de carlistas, la mayoría gente

bárbara, violenta, sanguinaria, y, sin embargo, no se notaba apenas.

Unicamente por la mañana, en la encrucijada de los Cuatro Cantones o

en el café de enfrente del teatro de la plaza Grammont, se veían grupos

de hombres hablando español, que se escabullían en seguida.

En la calle de España, con sus tiendas españolas de ultramarinos, de

zapaterías y lencerías, se oía hablar mucho castellano, y por el aire

de los tipos se comprendía que eran carlistas riojanos y navarros.

En los alrededores de la plaza de los Capuchinos, del Pequeño Bayona,

que era como una aldea, estaba el punto central de las posadas

vascas y se oía hablar mucho vascuense, y se hacían negocios entre

contrabandistas, guerrilleros y negociantes; pero, en general, los

carlistas en Bayona, como gallinas en corral ajeno, alborotaban poco.

Bayona era entonces una gran casa de huéspedes; por cualquier parte,

por cualquier rincón, aparecía un carlista.

Las tiendas que tenían una tertulia española eran un centro de intrigas

políticas.

Se hacían muchas compras de armas y de vestuario por delante de las

narices del cónsul de España, sin que éste se enterara. Los judíos

bayoneses habían puesto dinero en el carlismo.

Todo el mundo intrigaba: unos por fanatismo, otros por ambición, otros

por dinero. Había algunos que lo hacían por amor al arte. Algún tiempo

después, estando en París, oí contar que un napolitano fué a ofrecer

trabajo a un editor. Este le dijo:--No lo quiero porque sé que es usted

un espía.--Es cierto--contestó el italiano--que soy un espía, pero no

por el dinero, _ma per l'onore_.

Había muchos espías en Bayona, en los dos bandos, que no lo eran por

dinero, sino _per l'onore_.

Los carlistas españoles no tenían el aire de casaca, lazo y peluca

que querían darles los legitimistas franceses, ni el aspecto de

bandidos siniestros con que los pintaban los liberales. Su carácter

estaba más en sus ideas que en sus actitudes y sus trajes: en el sello

reconcentrado y un tanto sombrío de todo lo español. El carlista tenía

la candidez de creer que la vida española era superior a todas las

demás, y suponía que el español era más inteligente, más comprensivo y

más enérgico que los demás hombres.

Yo no tenía por ellos la menor simpatía. Aviraneta, en cambio,

experimentaba por estos absolutistas cierto afecto, y les reconocía el

mérito de ser patriotas.

Entre los carlistas los había de todas clases: fanáticos, moderados,

absolutistas, de un clericalismo cerril, y verdaderos liberales.

Unos llevaban una vida pobre y austera; otros se mezclaban en toda

clase de negocios. Los más pedantes eran los que se llamaban a sí

mismo los puros. La pureza, la incorruptibilidad, es un tópico de

todas las revoluciones. Generalmente, ser puro es ser más estólido e

incomprensivo que los demás, no avenirse a razones y no discurrir.

Muchos de estos pobres carlistas habían ido a Bayona, arruinándose, y

vivían en una situación precaria. Las señoritas distinguidas trabajaban

para fuera con gran misterio.

La misma situación precaria hacía que aquellos soldados de Cristo se

enredaran con la primera aventurera o fregona que encontraran al paso,

sin considerar indispensable la bendición de un clérigo.

Se había unido la inmoralidad de la vida provinciana francesa con la

hipocresía y la mojigatería española en silencio. Aquel viejo mundo

español decrépito, cuya esencia representaba el carlismo, con sus

generales inútiles, sus frailes y curas fanáticos y sus guerrilleros

atrevidos y crueles, había hecho su nido en la tranquila Bayona, ciudad

burguesa, que aparentemente tenía una moral muy respetable, pero en la

que había mucho mar de fondo.

De esta unión resultaba que la ciudad estaba más españolizada que nunca

y que en casi todos los comercios se hablaba castellano.

Se vendían en las tiendas muchos objetos de procedencia española y

americana: joyas, relojes, anillos, cuadros, imágenes, tabaqueras,

vajillas de plata y cadenas gruesas de oro, traídas de Méjico.

Se decía que el comercio bayonés marchaba mal, probablemente a causa

del cierre de la frontera.

Los bayoneses se mostraban amables y, al mismo tiempo, explotadores

y sórdidos. Quizá en una ciudad española hubiéramos hecho lo mismo,

aunque yo creo que, en general, los españoles hubiéramos sido con los

extranjeros menos amables y menos sórdidos.

MIS PASEOS

A veces iba a las Allées Marines, hasta la colina de Blanc-Pignon;

otras, daba la vuelta a las murallas; pero lo que más me atraía eran

las proximidades del Nive. El Adour, como río gascón, me era más

antipático que el Nive.

Iba por los muelles de una y otra orilla, paseaba por los arcos bajos

de la Galupèrie y del Pont Traversant y veía las gabarras y las

chalanas que bajaban de Ustariz y de Cambo. Cruzaba los puentes de

madera, el Puente Mayou y el Puente Panecau, y contemplaba las casuchas

sórdidas y sucias de los muelles.

Al bajar hacia la plaza de Armas contemplaba la animación del puente de

Saint-Esprit, puente de madera tendido sobre barcas, y veía el puerto,

ya en el Adour, con sus goletas, sus bergantines y sus pataches.

La larga fila de embarcaciones, que comenzaba en la confluencia del

Nive y del Adour, se extendía por el muelle de la Aduana, a lo largo de

la reja de la plaza de Armas, hacia las Allées Marines.

Los carros de bueyes iban y venían; los obreros del muelle, con sus

sacos en la cabeza como capuchas y los pies descalzos, cargaban y

descargaban las barricas de vino y de aguardiente de Armagnac, las

maderas de los Pirineos y de las Landas, los sacos de harina del centro

de Francia, los fardos de pita americana para los alpargateros y los

cordeleros. El sol daba en el Adour de una manera lánguida, y las

gaviotas jugueteaban sobre las aguas muertas de este río, que deja de

ser un torrente para convertirse en seguida en un pantano.

CONOCIMIENTOS

DE HOTEL

Por entonces, en la fonda de San Esteban, había algunas personas fijas

como yo: un profesor del Liceo, monsieur Teinturier, varios militares

y un señor rico que quería ser elegante. Este señor se llamaba Tartas.

El señor de Tartas tenía ya cerca de cincuenta años, pero pretendía

pasar por joven; vestía a la última moda; llevaba una peluca muy bien

disimulada; era gordo, rechoncho, ventrudo, con los dientes postizos,

el bigote pintado, y con corsé. Era voluptuoso y goloso. Las modistas

y los pasteles de crema eran sus debilidades. Yo le decía Tartas, el

elegante, y algunos chuscos le habían llamado por su laminería Tartas

a la crema, lo que recordaba la _Tarte â la crême_, de Molière. Tartas

tenía un color rubio falso y una piel rojiza: parecía un cochinillo

asado. Se las echaba de muchacho y solía pasearse conmigo por los Arcos

del Puerto Nuevo hablando de sus conquistas y mirándose en todos los

escaparates.

Tartas era mentiroso y farsante como pocos, un verdadero gascón. A

creerle a él, con la historia de sus antepasados, y con la suya,

y con sus amores, se podían hacer tomos y tomos. La preocupación

íntima de Tartas era no ser bastante alto. Respecto a todas las

demás particularidades de su físico, estaba convencido de que eran

encantadoras. Tenía un abdomen abultado, pero esto era una señal de

fuerza; tenía un color rojizo, pero hacía bien, su optimismo no podía

conseguir el que se creyera de buena estatura.

La amistad con Tartas me daba a mí también un aire de donjuanismo y de

fatuidad que no estaba mal para un hombre que, como yo, iba a intentar

una segunda vida de conspirador.

Otro de los huéspedes de la fonda era el profesor Teinturier, joven,

del centro de Francia, de unos veinticinco a treinta años. Teinturier

era un tipo de galo: tenía una cara juanetuda y cuadrada, una mirada

dura y fuerte, los labios gruesos, la barba cobriza y las manos fuertes.

Era muy radical en sus ideas y muy tímido con las mujeres.

Teinturier y Tartas se despreciaban mutuamente; yo comprendía que

valía mucho más el profesor que aquel _dandy_ grasiento, encorsetado y

repintado; pero éste tenía más relaciones, y me incliné a reunirme con

él.

También venía a pasear con nosotros un abate, el abate d'Arzacq,

que vivía en la misma fonda. El abate d'Arzacq era un hombre rubio,

sonriente, sonrosado, anticuario y coleccionista de monedas. Yo le

conocía de casa de la Falcón, porque era uno de los contertulios de la

tienda de antigüedades. D'Arzacq tenía un aire tan insinuante y tan

burlón, que parecía que debía ser inteligentísimo. A mí me daba la

impresión de un cínife, pero en él todo era fachada.

El abate d'Arzacq era un hombre hecho para las reverencias: las

hacía maravillosamente. En compañía del señor de Tartas conocí a

algunas chicas guapas que estaban en los comercios, y con el abate

d'Arzacq visité a varias familias de la buena sociedad bayonesa, que,

naturalmente, eran clericales y legitimistas.

VIII

SENSIBILIDAD PATRIÓTICA

ADEMÁS de mis conocimientos del hotel, tenía otros de españoles, gente

modesta, a quien conocía por doña Paca Falcón y sus operarios.

Uno de estos españoles, amigo del carpintero Joaquín García y del

cerrajero Horcajo, era un tal Jesús Díaz, carlista, andaluz, el padre

del chico de mi oficina, Fernandito; Jesús Díaz había tenido que

emigrar de su pueblo con su mujer y sus hijos, y se había establecido

en Bayona. Lo cómico era que a medida que vivía en Francia iba

perdiendo el fervor carlista y haciéndose republicano.

Don Jesús vivía en la calle de la Zapatería, una callejuela que iba de

la calle de España hacia la muralla, callejuela sombría, en una casa de

cuatro pisos, con unas habitaciones que daban a un patio obscuro. Don

Jesús era un hombre joven, guapo, de bigote negro. Daba lecciones de

español, pintaba cuadritos y escudos nobiliarios, y hacía juguetes de

madera y alambre, que vendía a bajo precio.

Debía pasar épocas de miseria negra. Algunas veces fuí a su casa.

Tenía una mujer que trabajaba mucho y, además de Fernandito, dos

chicas morenitas muy graciosas, que se pasaban la vida abanicándose

vertiginosamente y lamentándose de estar en Francia, que les parecía un

país muy soso, en donde los hombres no decían galanterías a las mujeres

en la calle. Don Jesús tocaba la guitarra, y las chicas bailaban las

sevillanas o los caracoles, u otros bailes de su tierra.

En la misma casa, sórdida y siniestra, vivían otros dos españoles: uno

de ellos era Joaquín el carpintero, que trabajaba en la tienda de doña

Paca; y el otro, un carlista vascongado, Zabaleta, amigo del conde de

Negrí, que estaba empleado en una frutería. Todos ellos tenían de noche

su tertulia en una taberna de la calle de España, que antiguamente se

había llamado la Bandera Blanca, y que era de un ex policía.

En aquella taberna se hacía espionaje a favor de Don Carlos, como en la

casa de Iturri a favor de la Reina.

A este rincón solían ir españoles que vivían en la vecindad, tipos

raros y desgarrados.

Uno de ellos era un cura catalán, mosén Pau, hombre cetrino, cejijunto,

muy áspero. Mosén Pau había peleado con Tristany, y estaba resentido

con él por un motivo de dinero.

Mosén Pau vivía en una casa de la calle de la Carnicería Vieja, y todo

su entretenimiento era ir al campo y tirar al blanco con una pistola

sobre botellas vacías, huevos vacíos, etcétera. Para este cura, tirador

al blanco, no había hisopo que tuviera el encanto de una carabina o de

cualquiera otra arma de fuego, ni agua bendita tan agradable como la

pólvora.

En la misma casa de mosén Pau, en una guardilla, vivía otro carlista

viejo, arruinado por la causa. Era un hombre de cerca de setenta años,

con varias cicatrices profundas en la cara. Iba a casa de los españoles

pudientes y esperaba a la puerta horas y horas, embozado en una capa

raída y apoyado en un bastón, a que le dieran una limosna. Si recibía

algunos cuartos, saludaba dignamente y se marchaba.

Era también contertulio de la taberna un tipógrafo de la imprenta de

Lamaignere, donde trabajaba como corrector de pruebas. Este tipógrafo

se llamaba Barbanegre: era hombre de unos cuarenta años, muy culto; muy

enterado de la política y de los asuntos españoles, y muy aficionado al

vino.

Para publicar algunas hojas, cuyos originales me envió Aviraneta, me

entendí con Barbanegre y fuí a la imprenta de Lamaignere, que estaba en

la calle de Bourg-Neuf del Pequeño Bayona, una de las calles más frías

y más húmedas del pueblo.

Un día me encontré a mosén Pau; me dijo que estaba Tristany en Bayona y

que iba a verle. Me invitó a comer con ellos.

Fuimos a un fonducho miserable de la calle de los Toneleros, obscuro

y húmedo, y allí conocí a Tristany, que andaba vestido de cura y se

preparaba a entrar de nuevo en Cataluña. Mosén Pau y Tristany se

pusieron a discutir, en catalán, con tal violencia, que parecía que

estaban dispuestos a matarse. Dejé a estos dos energúmenos con placer.

TERTULIA EN

LA LIBRERÍA

Barbanegre, el cajista, me llevó a la librería de Mocochain, sucesor

de Gosse, donde me presentó al librero, que era un señor ya viejo. Yo

quería suscribirme a una librería circulante, y me suscribí allí.

Había otro librero en Bayona llamado Larroullet, que prestaba libros, y

un salón de lectura en la plaza de Armas.

Mocochain tenía la especialidad de los libros raros. Fuí a su tienda

con frecuencia. Allí se reunían varios bibliófilos, la mayoría curas;

entre ellos, el abate Miñano.

Miñano era hombre muy acicalado, muy elegante, de una gran facundia,

y, como había vivido mucho y conocido muchas gentes, se manifestaba

muy escéptico. Empleaba en la conversación frases maquiavélicas que,

aunque no las hubiera inventado él, las usaba con gran oportunidad. Es

más que un crimen: es una falta. Una victoria más como ésta, y estamos

perdidos...

La librera, madama Mocochain, muy sonriente y muy joven, según las

malas lenguas, no era una virtud muy sólida.

Fuí a la librería varias veces, al anochecer, y escuché lo que allí

se hablaba, y me quedé asombrado de la cantidad de cosas desconocidas

por mí: la historia antigua, la historia moderna, la literatura, el

arte, la política, sin contar las ciencias, que no pretendía, ni aun

siquiera someramente, enterarme de ellas. ¡Qué suma se podía hacer con

mis ignorancias!

Tenía buen sentido y bastante buena memoria, y pensé en los

procedimientos para cubrir mi desnudez mental de una manera decente.

Como mi cultura era tan escasa discurrí el modo de adquirirla. Decidí

que después de aprender el francés me dedicaría al inglés.

MIS LECTURAS

Abonado a la librería circulante de Mocochain y al gabinete de lectura

de la plaza de Armas, me puse a leer de una manera frenética. Ya la

vida en Bayona no me parecía tan aburrida, y muchas veces me faltaba el

tiempo para las cosas más elementales.

Alternando con las novelas y los libros de historia me puse a leer

biografías de hombres célebres para ver qué camino emprendieron en la

vida tales hombres. La _Biografía Universal_, de Michaud, que entonces

se acababa de publicar e iba dando suplementos, me sirvió mucho para

mis planes.

Tomaba notas de todo lo que me chocaba en la lectura, y, como tenía

buena memoria y mucha curiosidad y deseo de saber, me iba improvisando

una cultura y marchaba camino de ser un _polihistor_.

LOS FRANCESES

Y ESPAÑA

Uno de los resultados de mis lecturas fué el darme una preocupación

grande por España y, al último, hacerme patriota.

Leí un _Resumen Geográfico de la Península ibérica_, por Bory de

Saint-Vincent, muy áspero para nosotros, y otro libro, _L'Espagne sous

Fernand VII_, por el marqués de Custine, que tenía escrito en los

márgenes palabras de protesta de algún lector español. Yo conocía de

España muy poco, casi nada, y, sin embargo, me dió la impresión de que

el libro del señor marqués era un tejido de embustes y de tonterías.

Leí todos los libros que encontré sobre nuestro país.

Hay que reconocer que la mayoría de las cosas que los franceses han

escrito acerca de España valen poco: son casi siempre observaciones

superficiales y vulgaridades que destilan antipatía y odio. No se

explica bien, mas que teniendo un fondo entre rencoroso e indelicado,

la rabia de los franceses contra un país como el nuestro en el siglo

XIX, en plena disolución y decadencia.

Estas duras invectivas contra España me hicieron, como digo, patriota.

Mi sensibilidad patriótica fué un hecho nuevo que surgió en mí con la

lectura y al ver que se denigraba constantemente a España. En España

no se podía vivir una vida relativamente civilizada, ni comer, ni

dormir. España era un país imposible. Los españoles, al parecer, éramos

una excepción en el mundo: malos, crueles, sanguinarios, incultos,

indisciplinados, de color negro y cobardes.

Sin embargo, cuando fuí leyendo biografías, encontré que los tipos

históricos españoles valían lo de los otros países, y que muchas veces

los superaban. Me chocó la incomprensión de los franceses para con

nosotros. Reconocían que España podía haber tenido en otras épocas

hombres de genio, pero eso no valía.

Los franceses, en general, creen que el colmo de la civilización es

llevar un _redingote_ con elegancia, y que decir cuatro o cinco lugares

comunes con una pronunciación muy perfilada y con un acento muy nasal

es algo sublime. En esto se engañan. El mundo que admira el acento

parisiense, y la cocina francesa, y las cantantes de café concierto, es

el mundo de los tontos, de los rastacueros y de los negros disfrazados.

Al mundo inteligente lo que le interesa de Francia es su aportación a

la cultura general, sobre todo su aportación científica.

LOS GRANDES HOMBRES

DE LA ÉPOCA

Una cosa que me asombró leyendo la _Biografía Universal_,

principalmente los tomos del «Suplemento», que se referían a hombres

contemporáneos, fué ver que casi todos ellos habían sido de una

perfecta inmoralidad: ladrones, inconsecuentes y traidores. Además,

no sólo ocurría esto, sino que casi todos los traidores habían sido

premiados, y casi todos los hombres fieles a una causa acababan en la

miseria, en la prisión o en el patíbulo.

Era un ejemplo verdaderamente inmoral. Yo me fijaba, sobre todo, en

españoles y franceses. Los fieles a una idea, Robespierre, Vergniaud,

Saint-Just, Ney, Berton, Riego, el Empecinado, Torrijos, caían en la

lucha; en cambio, los Tayllerand, los Fouché, los Bernardotte, los

Soult, subían como la espuma.

La ingratitud de los reyes era verdaderamente espantosa. Fernando

VII fusilaba a los generales de la Independencia, que habían luchado

heroicamente por él, y hundía en la miseria a Godoy, que quizá era su

padre; Luis XVIII daba pensiones a los bonapartistas y republicanos

y dejaba abandonado a Fauche-Borel, agente de los Borbones durante

más de treinta años, que, viéndose en la vejez, sin amparo, acabó

suicidándose. María Cristina, traicionando a los que la defendían,

pactaba con Don Carlos, y este último veía con inquietud los éxitos de

Zumalacárregui y escuchaba con tranquilidad la noticia de su muerte.

Si de la historia puede desprenderse una moral, de la historia de

nuestro tiempo no podía desprenderse más que una lección de inmoralidad.

El amor, el dandysmo y la intriga · 第 2 / 18 段