Etchegaray por haberse enterado de la fundada por el joyero francés, o
si fué el suyo un proyecto espontáneo de su imaginación de intrigante.
Ya después de montada mi oficina fuí al Consulado de España, en la
plaza de Armas, a entregar a Gamboa la carta de recomendación que me
habían dado para él. Gamboa me recibió un tanto fríamente y me preguntó
qué parentesco tenía con Fermín Leguía. Le dije que era su sobrino.
Luego me interrogó acerca de Etchegaray. Le conté la novela inventada
por Aviraneta y por mí.
--¿Qué hace ahora Etchegaray?
--Está en España. Va a ir a América a realizar su fortuna.
Gamboa pretendía conocer a Etchegaray.
Unos días después, el canciller del Consulado, Vidaurreta, estuvo en mi
oficina y quedó admirado al verla tan elegantemente puesta.
Por lo que supe después, tanto Gamboa como Vidaurreta se extrañaron
de que un hombre tan sesudo como Etchegaray--¡se le consideraba
sesudo!--hubiera dejado su negocio en manos tan inexpertas como las
mías.
ELOGIO DE
ETCHEGARAY
Algunos me hablaban de Etchegaray como de un hombre lleno de virtudes.
Yo, al oírles, me reía; hoy no me río. La verdad es que era un hombre
completo este ente de razón, como le llamaba Aviraneta.
¡Qué varón virtuoso! ¡Qué ejemplo de filosofía y de virtudes
comerciales! ¡Qué modestia en sus aspiraciones! ¡Qué falta de amor
propio!
No, con él no había miedo de que se empeñara terca y estúpidamente en
defender sus opiniones; con él no había cuidado de que se acalorase
hasta perder su serenidad.
Se le encontraba siempre tranquilo, siempre ecuánime. No se quejaba
si se le abrían las cartas, ni si se firmaba con su firma; ni si se
le echaba la culpa de un olvido o de una falta; no pedía cuentas del
dinero gastado, ni se enfurruñaba, ni murmuraba, ni intrigaba.
Era el ideal del hombre y el ideal del socio. No le faltaba más que
existir; pero, seguramente, si hubiera existido, no hubiera sido tan
ideal.
VII
LA VIDA EN BAYONA
MI vida en Bayona era muy aburrida. Con las advertencias de Aviraneta
me encontraba entre la gente cohibido. El miedo a la indiscreción me
quitaba la espontaneidad natural.
Pasaba en la oficina ocho o diez horas al día.
--¿Trabaja usted mucho?--me preguntaban.
--Sí; ahora tengo que arreglar unas cuentas de mi socio, el señor
Etchegaray--les contestaba yo.
Mis trabajos consistían en escribir todos los días largas epístolas a
Corito, que estaba todavía en Laguardia, hablándole de mis trabajos,
que no decía cuáles eran, y explicándole mis esperanzas. Después me
ponía a leer periódicos y novelas. Leía por la mañana _El Centinela
de los Pirineos_, periódico bayonés de la oposición, y el _Faro de
Bayona_. Cuando llegaba el correo de España me dedicaba al _Eco del
Comercio_, de Madrid.
Tras de los periódicos venían las novelas, y el primer autor que
devoré, no precisamente un clásico, fué Paul de Kock; después fuí
leyendo todos los folletinistas de la época.
Si mientras estaba en esta ocupación seria sonaba la campanilla y venía
alguien, metía el libro en un cajón y hacía como que estaba escribiendo.
Pasadas las horas de oficina iba a casa de doña Paca Falcón de tertulia
y me sentaba en uno de los sillones que había en la tienda alrededor de
la mesa estilo Luis XIV.
Los más constantes en la tertulia eran un comerciante judío, Gomes
Salcedo, hombre muy listo que traficaba en todo; un cura, el abate
d'Arzacq, que coleccionaba monedas romanas, y un señor, viejo,
maniático, monsieur de Saint-Allais, que, por lo que se decía, tenía
una casa llena de preciosidades, que no dejaba ver a nadie.
Yo empezaba por entonces a comprender el francés y a hablar algo.
Comenzaba a entender de cuadros, muebles, relojes antiguos y demás
antigüedades. Al cabo de algún tiempo fuí casi un especialista y
conocía el mueble de Boule o el de Chippendale, el reloj del siglo
XVIII, y diferenciaba el de París y el de Lyon.
No sólo conocía los estilos, sino que sabía también los precios de los
varios objetos almacenados allí. En el cajón del mostrador de casa de
la Falcón había un catálogo voluminoso de cuanto contenía la tienda,
con tres precios para cada cosa: el que había costado, el último en
que se podía vender y el que se podía pedir. Estos conocimientos me
sirvieron después para hacer compras de muebles en Madrid y para
adornar mi casa.
LOS CARLISTAS
Bayona, al principio, me pareció un pueblo triste, aburrido; luego, ya
me fué gustando más. Con sus murallas, sus castillos, su ciudadela, sus
puertas estrechas, me oprimía el corazón. Había días que me parecían de
una longitud inusitada, y desde que me levantaba hasta que sonaban, a
las diez de la noche, los tambores y las cornetas, que anunciaban que
se cerraban los portales, con sus puentes levadizos, creía haber pasado
lo menos una semana.
Esta ciudad militar y comerciante, tranquila y soñolienta, un poco
española, un poco bearnesa, un poco vasca y un poco judía, encerraba
entonces en su seno, una emigración de carlistas, la mayoría gente
bárbara, violenta, sanguinaria, y, sin embargo, no se notaba apenas.
Unicamente por la mañana, en la encrucijada de los Cuatro Cantones o
en el café de enfrente del teatro de la plaza Grammont, se veían grupos
de hombres hablando español, que se escabullían en seguida.
En la calle de España, con sus tiendas españolas de ultramarinos, de
zapaterías y lencerías, se oía hablar mucho castellano, y por el aire
de los tipos se comprendía que eran carlistas riojanos y navarros.
En los alrededores de la plaza de los Capuchinos, del Pequeño Bayona,
que era como una aldea, estaba el punto central de las posadas
vascas y se oía hablar mucho vascuense, y se hacían negocios entre
contrabandistas, guerrilleros y negociantes; pero, en general, los
carlistas en Bayona, como gallinas en corral ajeno, alborotaban poco.
Bayona era entonces una gran casa de huéspedes; por cualquier parte,
por cualquier rincón, aparecía un carlista.
Las tiendas que tenían una tertulia española eran un centro de intrigas
políticas.
Se hacían muchas compras de armas y de vestuario por delante de las
narices del cónsul de España, sin que éste se enterara. Los judíos
bayoneses habían puesto dinero en el carlismo.
Todo el mundo intrigaba: unos por fanatismo, otros por ambición, otros
por dinero. Había algunos que lo hacían por amor al arte. Algún tiempo
después, estando en París, oí contar que un napolitano fué a ofrecer
trabajo a un editor. Este le dijo:--No lo quiero porque sé que es usted
un espía.--Es cierto--contestó el italiano--que soy un espía, pero no
por el dinero, _ma per l'onore_.
Había muchos espías en Bayona, en los dos bandos, que no lo eran por
dinero, sino _per l'onore_.
Los carlistas españoles no tenían el aire de casaca, lazo y peluca
que querían darles los legitimistas franceses, ni el aspecto de
bandidos siniestros con que los pintaban los liberales. Su carácter
estaba más en sus ideas que en sus actitudes y sus trajes: en el sello
reconcentrado y un tanto sombrío de todo lo español. El carlista tenía
la candidez de creer que la vida española era superior a todas las
demás, y suponía que el español era más inteligente, más comprensivo y
más enérgico que los demás hombres.
Yo no tenía por ellos la menor simpatía. Aviraneta, en cambio,
experimentaba por estos absolutistas cierto afecto, y les reconocía el
mérito de ser patriotas.
Entre los carlistas los había de todas clases: fanáticos, moderados,
absolutistas, de un clericalismo cerril, y verdaderos liberales.
Unos llevaban una vida pobre y austera; otros se mezclaban en toda
clase de negocios. Los más pedantes eran los que se llamaban a sí
mismo los puros. La pureza, la incorruptibilidad, es un tópico de
todas las revoluciones. Generalmente, ser puro es ser más estólido e
incomprensivo que los demás, no avenirse a razones y no discurrir.
Muchos de estos pobres carlistas habían ido a Bayona, arruinándose, y
vivían en una situación precaria. Las señoritas distinguidas trabajaban
para fuera con gran misterio.
La misma situación precaria hacía que aquellos soldados de Cristo se
enredaran con la primera aventurera o fregona que encontraran al paso,
sin considerar indispensable la bendición de un clérigo.
Se había unido la inmoralidad de la vida provinciana francesa con la
hipocresía y la mojigatería española en silencio. Aquel viejo mundo
español decrépito, cuya esencia representaba el carlismo, con sus
generales inútiles, sus frailes y curas fanáticos y sus guerrilleros
atrevidos y crueles, había hecho su nido en la tranquila Bayona, ciudad
burguesa, que aparentemente tenía una moral muy respetable, pero en la
que había mucho mar de fondo.
De esta unión resultaba que la ciudad estaba más españolizada que nunca
y que en casi todos los comercios se hablaba castellano.
Se vendían en las tiendas muchos objetos de procedencia española y
americana: joyas, relojes, anillos, cuadros, imágenes, tabaqueras,
vajillas de plata y cadenas gruesas de oro, traídas de Méjico.
Se decía que el comercio bayonés marchaba mal, probablemente a causa
del cierre de la frontera.
Los bayoneses se mostraban amables y, al mismo tiempo, explotadores
y sórdidos. Quizá en una ciudad española hubiéramos hecho lo mismo,
aunque yo creo que, en general, los españoles hubiéramos sido con los
extranjeros menos amables y menos sórdidos.
MIS PASEOS
A veces iba a las Allées Marines, hasta la colina de Blanc-Pignon;
otras, daba la vuelta a las murallas; pero lo que más me atraía eran
las proximidades del Nive. El Adour, como río gascón, me era más
antipático que el Nive.
Iba por los muelles de una y otra orilla, paseaba por los arcos bajos
de la Galupèrie y del Pont Traversant y veía las gabarras y las
chalanas que bajaban de Ustariz y de Cambo. Cruzaba los puentes de
madera, el Puente Mayou y el Puente Panecau, y contemplaba las casuchas
sórdidas y sucias de los muelles.
Al bajar hacia la plaza de Armas contemplaba la animación del puente de
Saint-Esprit, puente de madera tendido sobre barcas, y veía el puerto,
ya en el Adour, con sus goletas, sus bergantines y sus pataches.
La larga fila de embarcaciones, que comenzaba en la confluencia del
Nive y del Adour, se extendía por el muelle de la Aduana, a lo largo de
la reja de la plaza de Armas, hacia las Allées Marines.
Los carros de bueyes iban y venían; los obreros del muelle, con sus
sacos en la cabeza como capuchas y los pies descalzos, cargaban y
descargaban las barricas de vino y de aguardiente de Armagnac, las
maderas de los Pirineos y de las Landas, los sacos de harina del centro
de Francia, los fardos de pita americana para los alpargateros y los
cordeleros. El sol daba en el Adour de una manera lánguida, y las
gaviotas jugueteaban sobre las aguas muertas de este río, que deja de
ser un torrente para convertirse en seguida en un pantano.
CONOCIMIENTOS
DE HOTEL
Por entonces, en la fonda de San Esteban, había algunas personas fijas
como yo: un profesor del Liceo, monsieur Teinturier, varios militares
y un señor rico que quería ser elegante. Este señor se llamaba Tartas.
El señor de Tartas tenía ya cerca de cincuenta años, pero pretendía
pasar por joven; vestía a la última moda; llevaba una peluca muy bien
disimulada; era gordo, rechoncho, ventrudo, con los dientes postizos,
el bigote pintado, y con corsé. Era voluptuoso y goloso. Las modistas
y los pasteles de crema eran sus debilidades. Yo le decía Tartas, el
elegante, y algunos chuscos le habían llamado por su laminería Tartas
a la crema, lo que recordaba la _Tarte â la crême_, de Molière. Tartas
tenía un color rubio falso y una piel rojiza: parecía un cochinillo
asado. Se las echaba de muchacho y solía pasearse conmigo por los Arcos
del Puerto Nuevo hablando de sus conquistas y mirándose en todos los
escaparates.
Tartas era mentiroso y farsante como pocos, un verdadero gascón. A
creerle a él, con la historia de sus antepasados, y con la suya,
y con sus amores, se podían hacer tomos y tomos. La preocupación
íntima de Tartas era no ser bastante alto. Respecto a todas las
demás particularidades de su físico, estaba convencido de que eran
encantadoras. Tenía un abdomen abultado, pero esto era una señal de
fuerza; tenía un color rojizo, pero hacía bien, su optimismo no podía
conseguir el que se creyera de buena estatura.
La amistad con Tartas me daba a mí también un aire de donjuanismo y de
fatuidad que no estaba mal para un hombre que, como yo, iba a intentar
una segunda vida de conspirador.
Otro de los huéspedes de la fonda era el profesor Teinturier, joven,
del centro de Francia, de unos veinticinco a treinta años. Teinturier
era un tipo de galo: tenía una cara juanetuda y cuadrada, una mirada
dura y fuerte, los labios gruesos, la barba cobriza y las manos fuertes.
Era muy radical en sus ideas y muy tímido con las mujeres.
Teinturier y Tartas se despreciaban mutuamente; yo comprendía que
valía mucho más el profesor que aquel _dandy_ grasiento, encorsetado y
repintado; pero éste tenía más relaciones, y me incliné a reunirme con
él.
También venía a pasear con nosotros un abate, el abate d'Arzacq,
que vivía en la misma fonda. El abate d'Arzacq era un hombre rubio,
sonriente, sonrosado, anticuario y coleccionista de monedas. Yo le
conocía de casa de la Falcón, porque era uno de los contertulios de la
tienda de antigüedades. D'Arzacq tenía un aire tan insinuante y tan
burlón, que parecía que debía ser inteligentísimo. A mí me daba la
impresión de un cínife, pero en él todo era fachada.
El abate d'Arzacq era un hombre hecho para las reverencias: las
hacía maravillosamente. En compañía del señor de Tartas conocí a
algunas chicas guapas que estaban en los comercios, y con el abate
d'Arzacq visité a varias familias de la buena sociedad bayonesa, que,
naturalmente, eran clericales y legitimistas.
VIII
SENSIBILIDAD PATRIÓTICA
ADEMÁS de mis conocimientos del hotel, tenía otros de españoles, gente
modesta, a quien conocía por doña Paca Falcón y sus operarios.
Uno de estos españoles, amigo del carpintero Joaquín García y del
cerrajero Horcajo, era un tal Jesús Díaz, carlista, andaluz, el padre
del chico de mi oficina, Fernandito; Jesús Díaz había tenido que
emigrar de su pueblo con su mujer y sus hijos, y se había establecido
en Bayona. Lo cómico era que a medida que vivía en Francia iba
perdiendo el fervor carlista y haciéndose republicano.
Don Jesús vivía en la calle de la Zapatería, una callejuela que iba de
la calle de España hacia la muralla, callejuela sombría, en una casa de
cuatro pisos, con unas habitaciones que daban a un patio obscuro. Don
Jesús era un hombre joven, guapo, de bigote negro. Daba lecciones de
español, pintaba cuadritos y escudos nobiliarios, y hacía juguetes de
madera y alambre, que vendía a bajo precio.
Debía pasar épocas de miseria negra. Algunas veces fuí a su casa.
Tenía una mujer que trabajaba mucho y, además de Fernandito, dos
chicas morenitas muy graciosas, que se pasaban la vida abanicándose
vertiginosamente y lamentándose de estar en Francia, que les parecía un
país muy soso, en donde los hombres no decían galanterías a las mujeres
en la calle. Don Jesús tocaba la guitarra, y las chicas bailaban las
sevillanas o los caracoles, u otros bailes de su tierra.
En la misma casa, sórdida y siniestra, vivían otros dos españoles: uno
de ellos era Joaquín el carpintero, que trabajaba en la tienda de doña
Paca; y el otro, un carlista vascongado, Zabaleta, amigo del conde de
Negrí, que estaba empleado en una frutería. Todos ellos tenían de noche
su tertulia en una taberna de la calle de España, que antiguamente se
había llamado la Bandera Blanca, y que era de un ex policía.
En aquella taberna se hacía espionaje a favor de Don Carlos, como en la
casa de Iturri a favor de la Reina.
A este rincón solían ir españoles que vivían en la vecindad, tipos
raros y desgarrados.
Uno de ellos era un cura catalán, mosén Pau, hombre cetrino, cejijunto,
muy áspero. Mosén Pau había peleado con Tristany, y estaba resentido
con él por un motivo de dinero.
Mosén Pau vivía en una casa de la calle de la Carnicería Vieja, y todo
su entretenimiento era ir al campo y tirar al blanco con una pistola
sobre botellas vacías, huevos vacíos, etcétera. Para este cura, tirador
al blanco, no había hisopo que tuviera el encanto de una carabina o de
cualquiera otra arma de fuego, ni agua bendita tan agradable como la
pólvora.
En la misma casa de mosén Pau, en una guardilla, vivía otro carlista
viejo, arruinado por la causa. Era un hombre de cerca de setenta años,
con varias cicatrices profundas en la cara. Iba a casa de los españoles
pudientes y esperaba a la puerta horas y horas, embozado en una capa
raída y apoyado en un bastón, a que le dieran una limosna. Si recibía
algunos cuartos, saludaba dignamente y se marchaba.
Era también contertulio de la taberna un tipógrafo de la imprenta de
Lamaignere, donde trabajaba como corrector de pruebas. Este tipógrafo
se llamaba Barbanegre: era hombre de unos cuarenta años, muy culto; muy
enterado de la política y de los asuntos españoles, y muy aficionado al
vino.
Para publicar algunas hojas, cuyos originales me envió Aviraneta, me
entendí con Barbanegre y fuí a la imprenta de Lamaignere, que estaba en
la calle de Bourg-Neuf del Pequeño Bayona, una de las calles más frías
y más húmedas del pueblo.
Un día me encontré a mosén Pau; me dijo que estaba Tristany en Bayona y
que iba a verle. Me invitó a comer con ellos.
Fuimos a un fonducho miserable de la calle de los Toneleros, obscuro
y húmedo, y allí conocí a Tristany, que andaba vestido de cura y se
preparaba a entrar de nuevo en Cataluña. Mosén Pau y Tristany se
pusieron a discutir, en catalán, con tal violencia, que parecía que
estaban dispuestos a matarse. Dejé a estos dos energúmenos con placer.
TERTULIA EN
LA LIBRERÍA
Barbanegre, el cajista, me llevó a la librería de Mocochain, sucesor
de Gosse, donde me presentó al librero, que era un señor ya viejo. Yo
quería suscribirme a una librería circulante, y me suscribí allí.
Había otro librero en Bayona llamado Larroullet, que prestaba libros, y
un salón de lectura en la plaza de Armas.
Mocochain tenía la especialidad de los libros raros. Fuí a su tienda
con frecuencia. Allí se reunían varios bibliófilos, la mayoría curas;
entre ellos, el abate Miñano.
Miñano era hombre muy acicalado, muy elegante, de una gran facundia,
y, como había vivido mucho y conocido muchas gentes, se manifestaba
muy escéptico. Empleaba en la conversación frases maquiavélicas que,
aunque no las hubiera inventado él, las usaba con gran oportunidad. Es
más que un crimen: es una falta. Una victoria más como ésta, y estamos
perdidos...
La librera, madama Mocochain, muy sonriente y muy joven, según las
malas lenguas, no era una virtud muy sólida.
Fuí a la librería varias veces, al anochecer, y escuché lo que allí
se hablaba, y me quedé asombrado de la cantidad de cosas desconocidas
por mí: la historia antigua, la historia moderna, la literatura, el
arte, la política, sin contar las ciencias, que no pretendía, ni aun
siquiera someramente, enterarme de ellas. ¡Qué suma se podía hacer con
mis ignorancias!
Tenía buen sentido y bastante buena memoria, y pensé en los
procedimientos para cubrir mi desnudez mental de una manera decente.
Como mi cultura era tan escasa discurrí el modo de adquirirla. Decidí
que después de aprender el francés me dedicaría al inglés.
MIS LECTURAS
Abonado a la librería circulante de Mocochain y al gabinete de lectura
de la plaza de Armas, me puse a leer de una manera frenética. Ya la
vida en Bayona no me parecía tan aburrida, y muchas veces me faltaba el
tiempo para las cosas más elementales.
Alternando con las novelas y los libros de historia me puse a leer
biografías de hombres célebres para ver qué camino emprendieron en la
vida tales hombres. La _Biografía Universal_, de Michaud, que entonces
se acababa de publicar e iba dando suplementos, me sirvió mucho para
mis planes.
Tomaba notas de todo lo que me chocaba en la lectura, y, como tenía
buena memoria y mucha curiosidad y deseo de saber, me iba improvisando
una cultura y marchaba camino de ser un _polihistor_.
LOS FRANCESES
Y ESPAÑA
Uno de los resultados de mis lecturas fué el darme una preocupación
grande por España y, al último, hacerme patriota.
Leí un _Resumen Geográfico de la Península ibérica_, por Bory de
Saint-Vincent, muy áspero para nosotros, y otro libro, _L'Espagne sous
Fernand VII_, por el marqués de Custine, que tenía escrito en los
márgenes palabras de protesta de algún lector español. Yo conocía de
España muy poco, casi nada, y, sin embargo, me dió la impresión de que
el libro del señor marqués era un tejido de embustes y de tonterías.
Leí todos los libros que encontré sobre nuestro país.
Hay que reconocer que la mayoría de las cosas que los franceses han
escrito acerca de España valen poco: son casi siempre observaciones
superficiales y vulgaridades que destilan antipatía y odio. No se
explica bien, mas que teniendo un fondo entre rencoroso e indelicado,
la rabia de los franceses contra un país como el nuestro en el siglo
XIX, en plena disolución y decadencia.
Estas duras invectivas contra España me hicieron, como digo, patriota.
Mi sensibilidad patriótica fué un hecho nuevo que surgió en mí con la
lectura y al ver que se denigraba constantemente a España. En España
no se podía vivir una vida relativamente civilizada, ni comer, ni
dormir. España era un país imposible. Los españoles, al parecer, éramos
una excepción en el mundo: malos, crueles, sanguinarios, incultos,
indisciplinados, de color negro y cobardes.
Sin embargo, cuando fuí leyendo biografías, encontré que los tipos
históricos españoles valían lo de los otros países, y que muchas veces
los superaban. Me chocó la incomprensión de los franceses para con
nosotros. Reconocían que España podía haber tenido en otras épocas
hombres de genio, pero eso no valía.
Los franceses, en general, creen que el colmo de la civilización es
llevar un _redingote_ con elegancia, y que decir cuatro o cinco lugares
comunes con una pronunciación muy perfilada y con un acento muy nasal
es algo sublime. En esto se engañan. El mundo que admira el acento
parisiense, y la cocina francesa, y las cantantes de café concierto, es
el mundo de los tontos, de los rastacueros y de los negros disfrazados.
Al mundo inteligente lo que le interesa de Francia es su aportación a
la cultura general, sobre todo su aportación científica.
LOS GRANDES HOMBRES
DE LA ÉPOCA
Una cosa que me asombró leyendo la _Biografía Universal_,
principalmente los tomos del «Suplemento», que se referían a hombres
contemporáneos, fué ver que casi todos ellos habían sido de una
perfecta inmoralidad: ladrones, inconsecuentes y traidores. Además,
no sólo ocurría esto, sino que casi todos los traidores habían sido
premiados, y casi todos los hombres fieles a una causa acababan en la
miseria, en la prisión o en el patíbulo.
Era un ejemplo verdaderamente inmoral. Yo me fijaba, sobre todo, en
españoles y franceses. Los fieles a una idea, Robespierre, Vergniaud,
Saint-Just, Ney, Berton, Riego, el Empecinado, Torrijos, caían en la
lucha; en cambio, los Tayllerand, los Fouché, los Bernardotte, los
Soult, subían como la espuma.
La ingratitud de los reyes era verdaderamente espantosa. Fernando
VII fusilaba a los generales de la Independencia, que habían luchado
heroicamente por él, y hundía en la miseria a Godoy, que quizá era su
padre; Luis XVIII daba pensiones a los bonapartistas y republicanos
y dejaba abandonado a Fauche-Borel, agente de los Borbones durante
más de treinta años, que, viéndose en la vejez, sin amparo, acabó
suicidándose. María Cristina, traicionando a los que la defendían,
pactaba con Don Carlos, y este último veía con inquietud los éxitos de
Zumalacárregui y escuchaba con tranquilidad la noticia de su muerte.
Si de la historia puede desprenderse una moral, de la historia de
nuestro tiempo no podía desprenderse más que una lección de inmoralidad.