Nota del Transcriptor:
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_Pío Baroja_
_MEMORIAS DE UN
HOMBRE DE ACCIÓN_
_El aprendiz de conspirador._
_El escuadrón del Brigante._
_Los caminos del mundo._
_Con la pluma y con el sable._
_Los recursos de la astucia._
_La ruta del aventurero._
_Los contrastes de la vida._
_La veleta de Gastizar._
_Los caudillos de 1830._
_La Isabelina._
_El sabor de la venganza._
_Las Furias._
_El amor, el dandysmo y la intriga._
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
EL AMOR, EL DANDYSMO Y LA INTRIGA
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES
COPYRIGHT BY
PÍO BAROJA
1923
IMPRENTA DE CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID.
PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
EL AMOR,
EL DANDYSMO
Y LA INTRIGA
NOVELA
SEGUNDA EDICIÓN
[Ilustración]
CARO RAGGIO, EDITOR
MENDIZÁBAL, 34, MADRID
PRIMERA PARTE
EXPERIENCIAS Y DESILUSIONES
EN LA ENGADINA
COMIENZO a escribir este libro--dice Leguía--en Suiza, en un pueblo del
cantón de los Grisones. No sé dónde lo concluiré, ni si lo concluiré.
Me han recomendado pasar el verano en un sitio alto para mis bronquios
y para mi ciática, y aquí estoy, en un cuarto amplio y ventilado de una
casa antigua que perteneció a un obispo.
Es una casa que tiene en una de las paredes que da al jardín un reloj
de sol y, alrededor de él, una orla con esta sentencia, en romanche:
_Il solacl splendura per touts_, sentencia optimista y mixtificadora
que parece querer decir mucho y no dice nada.
El verano actual el sol _splendura_ poco, y aunque la dueña de la casa,
dueña también de un barómetro tan optimista como el letrero del reloj
de sol, afirma que el buen tiempo se aproxima, el buen tiempo no llega
y el sol no _splendura_ para nadie.
Hace siempre lluvia, frío y sobre todo viento, un viento furioso
que muge como si hubiera por esos campos algún búfalo gigantesco de
malhumor.
La casa está bien preparada para el frío. Mi cuarto se halla recubierto
de madera: tiene dos ventanas con vidrieras dobles, que cierran
perfectamente, y una estufa de faienza en un rincón.
Una de las ventanas mira hacia el pueblo, que es silencioso y triste,
con una torre de iglesia alta, blanca, puntiaguda, con el tejado de
pizarra; la otra da al valle, valle largo y estrecho.
En el pueblo, enfrente, veo una casa antigua, con un mirador de madera
adornado con escudos y un esgrafito que representa un macho cabrío
erguido, y debajo, este letrero: _¡Evvíva la Grisha!_
Delante de la ventana que da al valle tengo mi mesa, y cuando no leo
contemplo distraído el panorama. A la derecha hay montes formidables
con la cima nevada, y las faldas que avanzan hacia el centro del valle,
cubiertas de abetos y de alerces; a la izquierda, montes más bajos, con
árboles y praderas; en medio corre el río, verde, blanquecino, trazando
eses, costeando aldeas por entre campos llenos de flores, y en el
fondo aparecen unas montañas blancas, altas, como dos gigantes que se
apoyaran el uno en el otro.
No se ve apenas nadie por estos contornos, ni por la carretera, ni por
los caminos. El cantón de los Grisones tiene el buen acuerdo de no
permitir automóviles. El silencio aquí es imponente, magnífico.
Mi entretenimiento los días malos es mirar el ir y venir de las nubes
a los lejos, sobre las montañas lejanas y blancas, que se me figuran
gigantes hermanos.
Cuando la niebla se nos echa encima, los montes, cubiertos de árboles,
tienen un aire misterioso y romántico de balada germánica. Se ve todo
vagamente, como por un cristal esmerilado. Las copas de los árboles en
la línea quebrada de los montes dan la impresión de un regimiento de
fantasmas.
En este cuarto de mi casa solitaria, ante el paisaje grave y
silencioso, voy a continuar mi obra las MEMORIAS DE UN HOMBRE DE
ACCIÓN. Ahora me toca escribir sobre mi juventud.
Esta calma, este reposo, deben ser propicios para sacar a flote los
recuerdos más lejanos, aun aquellos ya dormidos en el fondo de la
conciencia. En sitios así únicamente se comprende que un poeta suizo,
al escribir sus Memorias, haya dedicado un capítulo largo a las
impresiones de su infancia, de cuando contaba la tierna edad de un año.
Tal era la precocidad del autor, que, ya a los pocos meses de vida,
filosofaba y estetizaba. Un esfuerzo más, y este suizo nos hubiera
contado sus impresiones de la vida intrauterina.
Yo no poseo tan prodigiosa memoria, no puedo llegar a la precisión de
un individuo de esta raza de relojeros y de tiradores al blanco; no soy
suizo, sino vasco, y aunque vasco y gascón es primitivamente lo mismo,
no he llegado ni por la fantasía ni por el recuerdo a figurarme lo que
pensaba cuando estaba en pañales.
Voy a recordar mi juventud. No sé si habrá alguno que me lea o si todo
este montón de papel escrito acerca de la vida de Aviraneta y la mía
irá a parar al fuego. Aunque así sea, esta es mi única distracción, mi
único entretenimiento, por desgracia, y me pongo a la obra.
Comprendo que esta literatura, hecha exclusivamente como recurso contra
la tristeza y el aburrimiento, tiene que ser mediana y de pocos vuelos;
pero, en fin, no es fácil volar, ni siquiera con la imaginación, cuando
se es viejo y se está cansado.
Pero hay que ser optimista, ¡qué diablo! _¡Il solacl splendura per
tuots! ¡Evvíva la Grisha!_
I
DE SANTANDER A BAYONA
UN día de verano de mucho calor íbamos Aviraneta y yo en un barco de
Santander a San Sebastián. El barco era el bergantín la _Gaviota_, y
tenía unas trescientas toneladas. Marchaba suavemente, con un viento
fresco que hinchaba todo su velamen.
Aviraneta dormía envuelto en una manta, tendido en un banco de la
toldilla de popa, y yo me paseaba de un lado a otro mirando la costa
con un anteojo del capitán.
Al pasar por delante del cabo de Machichaco, Aviraneta se levantó, miró
su reloj y me llamó con la mano.
Yo me acerqué a él.
--Tenemos que hablar--me dijo.
--Es lo que yo estaba pensando.
--La misión que te voy a encargar, amigo Pello, va a ser una misión
difícil y que exigirá mucho tacto.
--Haré lo posible por tenerlo.
--Por el momento vas a establecerte en Bayona.
--Muy bien.
--¿No tienes ninguna objeción que hacer contra Bayona?
--Ninguna. No he estado allí, pero no tengo ningún motivo de antipatía
contra esa ciudad famosa por sus capones y sus chalecos.
Habíamos salido Aviraneta y yo de Laguardia, pasado por Miranda de
Ebro, y de Miranda de Ebro alcanzado en silla de posta Santander. El
tiempo estaba muy caliente, el cielo muy azul y el mar tranquilo.
--¿Tú conoces San Sebastián?--me preguntó Aviraneta.
--Sí; he vivido allí más de un año.
--Vas a estar en San Sebastián una semana.
--¿Usted también?
--No; yo pasaré allí esta noche solamente. Mañana por la mañana iré a
Bayona.
--Y yo, ¿qué tengo que hacer en San Sebastián?
--Harás lo posible por enterarte de todo lo que se dice respecto a la
guerra.
--No es mucha ocupación.
--La ocupación vendrá más tarde. Visitarás también a mi primo don
Lorenzo de Alzate, que es secretario del Ayuntamiento; a don Domingo
Orbegozo, persona de importancia, y al jefe político de Guipúzcoa,
don Eustasio Amilibia. Al mismo tiempo escribirás a tus conocimientos
comerciales diciendo que vas a establecer una casa de comisión en
Bayona.
--¡Yo! ¡Una casa de comisión!
--Sí.
--No lo sabía.
--¿Es que te parece mal?
--No, no. ¿Por qué?
--Dile a Orbegozo que te recomiende a los comerciantes amigos suyos de
San Sebastián; sobre todo, a ver si te puede poner en relaciones con
Lasala y con Collado.
--¿Y luego?
--Luego, en cualquier lancha que salga para San Juan de Luz, te
embarcas, y de allí, a Bayona.
--¿Y en Bayona, qué hago?
--En Bayona llegas y te instalas en la fonda de San Esteban; luego
miras en un plano de la ciudad que hay en el escritorio del hotel
dónde está la calle de los Vascos; te diriges a esa calle y buscas
una lencería que tiene en el escaparate pañuelos de colores y que
es también posada: es la casa de Iturri. Entras en ella y preguntas
por mí. Si yo no estoy me mandarán un aviso e iré en seguida y
continuaremos esta conversación.
EXPLICACIONES
--¿Y por qué no continuarla ahora?--pregunté yo.
--¿Qué quieres decir?
--Las instrucciones que usted me ha dado trataré de cumplirlas lo mejor
posible; pero creo que debía usted explicarme algo de lo que hay en el
fondo de esta expedición, decirme su objeto y quién la dirige, para que
no vaya yo, sin saberlo, a hacer una tontería.
--Sí; tienes razón. ¿No hay nadie por ahí que nos oiga?
--No. Ahora sube un pasajero. Vamos, si quiere usted, hacia la proa.
Haremos como que miramos al mar.
Nos acercamos a la proa del barco. Se veía a lo lejos, a la derecha, el
cabo Ogoño, alto, romo, tajado a pico y de color rojo, y delante, la
silueta gris de la isla de Guetaria.
--Te contaré--me dijo Aviraneta--cómo he aceptado yo esta comisión.
Estaba en Madrid, a principios de este año, escondido porque me
perseguía el Gobierno de Mendizábal, vivía obscuramente llevando las
cuentas de un ferretero de la calle de los Estudios, cuando a fines
de mayo se comenzó a hablar de la expedición real de los carlistas.
Yo había tenido que recurrir varias veces a un amigo mío, don José
María Cambronero, jefe de una de las secciones del Ministerio de la
Gobernación, para parar los golpes de la policía, que me molestaba
constantemente. Una noche, al volver a mi casa, encontré una tarjeta de
Cambronero, en la cual me decía que fuera a verle a su oficina. Fuí,
me acogió amablemente y me hizo pasar al despacho del ministro, don
Pío Pita Pizarro. El ministro me dijo que se habían interceptado unas
cartas escritas desde Bayona, en las que se hablaba de un gran complot
carlista que tenía por objeto sublevar la Mancha, Andalucía y los
presidios de Africa. Pita Pizarro me preguntó si quería encargarme de
este asunto y de estudiar la manera de hacer abortar la conspiración.
En principio le dije que sí y le hice varias observaciones. A los
cuatro o cinco días un palaciego amigo mío, Fidalgo, vino a buscarme
a casa, me llevó al Palacio Real y me presentó a la Reina.--Sé la
misión que has tomado--me dijo María Cristina--; pon en la empresa toda
tu alma. Si el dinero que te da Pita Pizarro no te basta, escríbeme a
mí.--Así lo haré--. Es todo lo que ha ocurrido.
--Sabiéndolo me parece que estoy más seguro de mí mismo--le dije a don
Eugenio.
--Vamos a trabajar por la libertad y por la Reina; vamos a poner todos
los medios para acabar la guerra, que nos consume y nos aniquila.
Tras de esta confidencia, yo intenté llevar a Aviraneta al terreno de
los detalles, pero él me dijo:
--En esta clase de trabajos en donde colaboran varios conviene que sólo
uno, el jefe, esté enterado del conjunto de las operaciones. Tú, poco a
poco, irás conociendo a los agentes que trabajan en tu mismo campo; yo
te los iré indicando cuando venga el momento.
Comprendí que mi misión iba a tener mucho de confidencia y de
espionaje; pero en esta época todos los políticos activos y los
generales, quitando los oradores ampulosos y huecos de Madrid, tenían
que practicar el espionaje.
Llegamos a San Sebastián; yo fuí a la antigua casa de huéspedes en
donde había vivido, y Aviraneta, al Parador Real.
EN SAN SEBASTIÁN
En los ocho días que estuve en San Sebastián me enteré de varias cosas
relacionadas con el viaje de Aviraneta. Los políticos estaban alarmados
con la marcha de don Eugenio a Francia; los masones trabajaban contra
él.
La Plana Mayor General había escrito al conde de Mirasol señalándole
la presencia del peligroso personaje. Alzate contó que la misma noche
de nuestra llegada a San Sebastián el conde de Mirasol mandó llamar a
Aviraneta, y que tuvieron los dos una conferencia reservada. Pasada la
semana en San Sebastián, siguiendo las instrucciones de don Eugenio, y
habiendo logrado que algunos comerciantes me dieran representaciones
de sus casas, me embarqué en una trincadura, desembarqué en Socoa y fuí
en un cochecito a Bayona, y paré en la fonda de San Esteban.
Contemplé el plano de la ciudad, me di cuenta de sus calles y, al
anochecer, seguí la orilla derecha del Nive por el muelle de los
Mercados.
Estaban algunos pescadores en el pretil del río, di la vuelta a la
torre de Sault y aparecí en la calle de los Vascos. Era una calle
estrecha, triste, en la que olía a pescado; se hallaba entre los
muelles del Nive y la calle de España, y salía a la de la Pescadería.
Vi en las portadas muchos nombres vascongados: Olhagaray, Etcheverry,
Hiribarne, Errachu, y, por fin, encontré la tienda de Iturri, tienda de
pañolería en el piso bajo y de posada en los altos, y entré en ella.
II
AVIRANETA Y YO
NO sé si habrá notado el lector que, después de los doce tomos ya
publicados de las MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN, ahora sigo con mi
relato, interrumpido en la mitad del primer tomo de _El aprendiz de
conspirador_. Esa mitad del primer volumen es como el prólogo de toda
mi obra.
Si algún curioso ha llegado en la lectura hasta aquí, no cabe duda que
es amigo y que habrá perdonado los innumerables olvidos, equivocaciones
y errores que se me han pasado en tan larga narración. En este libro
que comienzo ahora hablo más de mí mismo que de Aviraneta, y hago casi
mi autobiografía.
Podría haber escrito una historia con pretensiones de seria de algunos
sucesos, porque muchos de mis datos son nuevos y desconocidos, pero
desconfío de la historia que se tiene por seria.
La historia es siempre una fantasía sin base científica, y cuando se
pretende levantar un tinglado invulnerable y colocar sobre él una
consecuencia, se corre el peligro de que un dato cambie y se venga
abajo toda la armazón histórica. Creyéndolo así, casi vale más afirmar
las consecuencias sin los datos.
Para algunos hubiera sido quizá más interesante hablar sólo de
Aviraneta, retirándome yo a un último plano; pero creo que de
Aviraneta he hablado bastante, y que a las cosas y a los hombres hay
que compararlos para apreciar sus caracteres; y en esta narración,
Aviraneta y yo estamos con frecuencia frente a frente, no como
enemigos, sino como tipos de modalidad espiritual distinta.
La vida de Aviraneta fué, sin duda alguna, un segmento de vida mucho
más interesante que cualquiera de los trozos de la vida mía; pero, en
conjunto, la existencia mía fué más completa que la suya.
La mayoría de la gente supone que vivir bien es esa cosa un poco vulgar
y cotidiana de comer abundantemente, de tener una casa cómoda, una
familia respetable, sin ocurrírseles pensar que un intrigante, metido
en un convento o en un presidio, pueda experimentar más emociones y
hasta más satisfacciones que el buen hombre en su casa confortable, y
que muchas veces el ciudadano rico y tranquilo que tiene motivos para
ser feliz, no lo es, porque no bastan los motivos para que una cosa se
realice.
EL AVENTURERO
Y EL AFICIONADO
Aviraneta, con relación a mí, fué el perfecto aventurero al lado del
_dilettante_, el maestro al lado del aficionado.
Yo siempre tuve más prudencia que él, y no olvidé jamás las
dificultades de una empresa. Si a veces fuí imprudente, lo fuí a
sabiendas. El, no. Era imprudente, creyéndose lleno de tino. Yo, cuando
he tenido algo que realizar obscuro y sin claridad, he ido tanteando.
Aviraneta marchaba a veces con una mezcla de ceguedad y de lucidez de
sonámbulo. Parecía como si el mapa del país fantástico que recorría lo
conociese admirablemente.
--Hay que ir de este modo y por aquí. Es lo lógico y lo seguro--decía
él.
--¿Por qué?
--Porque sí. Es evidente.
Yo no veía la evidencia por ningún lado. No he podido nunca llegar a
esa seguridad un poco absurda y mal fundada.
A Aviraneta, como a mí, le gustaba el movimiento, lo imprevisto, la
aventura; pero él creía dominar lo fortuito, y yo, no. Su espíritu,
fértil en recursos, encontraba remedio para todos los males.
Indudablemente hay algo fatal en el aventurero.
Yo, al conocer a don Eugenio, intenté imitarle, y quise ser como él;
pero la corriente de la vida me fué llevando por otros caminos y
terminé convirtiéndome en un señor tranquilo y burgués. He sido un
hombre de suerte, y las cosas se me han arreglado siempre con relativa
facilidad.
EL SUBJETIVISMO
DE LA AVENTURA
No cabe duda que los mismos hechos, los mismos acontecimientos
recogidos por espíritus diferentes, son absolutamente distintos, en
forma tal, que lo que para uno es una aventura rara y casi absurda,
para otros es un accidente vulgar y corriente de la vida cotidiana.
Las inteligencias y las conciencias son seguramente distintas unas de
otras, no sólo por su contenido de impresiones venidas de fuera, sino
por su esencia. Todo es individual en la Naturaleza, y como no hay dos
hojas de árbol iguales, probablemente no hay tampoco dos conciencias
iguales.
El dogma de la igualdad de las conciencias de los hombres es un dogma
afirmativo, como los dogmas religiosos, pero no es un resultado de la
observación ni de la experiencia.
El espíritu del aventurero es el que crea la aventura, más que las
contingencias de la vida exterior.
LOS OBSTÁCULOS
Además del factor individual interior que nos diferenciaba a Aviraneta
y a mí, había factores exteriores, y entre éstos se contaban las
dificultades y obstáculos que don Eugenio había encontrado en su
camino, cosa en que yo no tropecé.
En los primeros años de la vida él se había sentido comprimido por
el ambiente; yo, por el contrario, marché con facilidad, y más bien
ayudado por las influencias exteriores. Es indudable que los obstáculos
enriquecen nuestra vida y la van moldeando.
Yo no podía tener el sentimiento de estar comprimido por el medio,
porque hasta salir de San Sebastián y reunirme a Aviraneta había
vivido en una obscuridad tranquila y modesta; luego, antes de tener
ambiciones, me vi tratado por gente distinguida que no sólo no me
pusieron obstáculos a mi paso, sino que más bien contribuyeron a
limarme y a pulirme.
Yo me transformé por la acción del tiempo casi por completo. Aviraneta,
no; Aviraneta fué siempre hombre de una pieza. Desde su juventud hasta
la vejez siguió siendo el mismo, sin variar en nada. Para él no había
posibilidad de cambio.
Le sucedía como a algunos tipos animales, como, por ejemplo, el gato,
que son demasiado perfectos para evolucionar.
Aviraneta era también demasiado perfecto en su género para cambiar.
Yo, además de transformarme, tenía dudas acerca de mi vida y momentos
de depresión: experimentaba muchas veces un vago sentimiento de no
haber seguido una línea más recta, más pura.
Aviraneta no podía sospechar que él pudiera discurrir y obrar de una
manera distinta a la que discurría y obraba.
Aviraneta era hombre de otro tiempo: había nacido demasiado temprano
o demasiado tarde, probablemente demasiado tarde. En una época de
absolutismo hubiera sido algo más. Tenía la base del gran aventurero,
del gran conquistador, la fe en sí mismo, la voluntad tensa y fuerte.
Para ser un político importante de nuestro país y nuestro tiempo le
faltaba la facundia y la petulancia; para un país más adelantado que
el nuestro le hubiese faltado la cultura profunda constituída con las
lecturas lentas y reposadas.
Su cultura, somera como la mía, de _dilettante_, no podía substituír en
su espíritu a esa formación honda que va creciendo y engrosando como un
árbol, poco a poco, con los años.
Como decía al principio, imité a Aviraneta; quise ser como él un hombre
de acción, un cabecilla. La vanagloria me seducía; me gustaba ser
interesante, un poco tenebroso, asombrar, intrigar, por el placer de
intrigar, demostrar la fertilidad de mis recursos.
Sistema político o moral no tenía ninguno: no había pensado seriamente
en nada. En esto no me diferenciaba gran cosa de Aviraneta. En lo que
sí me separaba de él era en que yo tenía un sentido de humanidad más
agudo y más amplio.
Don Eugenio hubiera sido un gran ministro a la antigua: de aquellos
para quienes sacrificar unos cuantos cientos de hombres en beneficio
del orden no tenía importancia.
Yo no hubiera llegado nunca a eso; para mí la vida de cualquiera
era respetable y no podía ser sacrificada por una idea o por una
conveniencia de la mayoría.
Jugar con la vida propia me parecía cosa de valientes; jugar con la
ajena es lo que me parecía ilícito.
Aviraneta era maquiavelista en la teoría y en la práctica. La gran
fraseología masónica del tiempo, que giraba alrededor de los derechos
individuales y sociales, le producía un gran desprecio.
--Todo eso del derecho es una farsa--le oí decir varias veces--; la
moral cambia según las circunstancias y el tiempo. Las cabezas de los
hombres de hoy, ni son como las de los hombres de ayer, ni serán como
las de los hombres de mañana.
Unicamente el utilitarismo le atraía un tanto; pero en el fondo era un
casuísta.
De ser más hipócrita hubiera tenido menos enemigos; pero hacía gala de
hablar de una manera libre, cínica, y esto le restaba simpatías.
III
PROYECTOS
AL llegar a la fonda de Iturri pregunté a una muchacha por Aviraneta;
me indicó una escalera estrecha y tortuosa; subí, llamé a una puerta y
pasé a un comedor, con un armario y una mesa en medio.
Había en la pared un retrato, en litografía, de Mina; una estampa
iluminada con las varias edades de la existencia, y un reloj muy
adornado, en cuya péndola se veía un picador recortado de hoja de lata,
muy repintado, con patillas, picando a un toro, también de hoja de lata
y con los cuernos de búfalo. Con el movimiento del reloj, el picador se
inclinaba y clavaba la pica en el toro semibúfalo.
Salió Aviraneta y me pasó a un cuarto pequeño y blanqueado, y charlamos.
Le conté lo que se había dicho en San Sebastián acerca de él y de su
conversación con el conde de Mirasol.
--¿Han dicho que hemos reñido?
--Sí.
--Pues no es cierto. El Conde me llamó por conducto del jefe político,
Amilibia, muy alarmado; me pidió el pasaporte, se lo mostré; me dijo
que sabía que yo era comisario de guerra, y entonces le entregué la
credencial que me había dado el ministro de la Gobernación. No sé
cuáles eran sus temores, pero cuando se tranquilizó me preguntó qué
misión traía; se la expliqué, y él me dijo que si iba a la frontera de
Cataluña me daría toda clase de noticias y de informes.
--Pues allí se ha dicho que Mirasol había recibido avisos de la Plana
Mayor General de que usted venía al Norte a sublevar el ejército contra
Espartero y contra Mirasol.
--¿Enviado por quién?
--Sin duda por los progresistas; y que con usted venía un francés
misterioso cargado de dinero, cuyo nombre no se conoce, y que sólo se
sabe que su apellido empieza con Z y que firma sus cartas con esta
inicial.
--¿Eso se ha dicho?
--Sí.
--Me choca. ¿De dónde habrán sacado la existencia de este hombre que
firma con una Z? La mentira es siempre hija de algo. Y esa noticia,
¿cómo ha llegado a San Sebastián?
--Yo creo que ha debido venir por los masones.
--Eso debe ser. Ya te diré, con el tiempo, quién es esa Zeda.
UN ENTE DE RAZÓN
Después hablé de mis gestiones para encontrar casas que me dieran su
representación comercial, y le dije a don Eugenio que de una manera,
más bien honoraria que efectiva, podía titularme representante de la
casa Collado, de San Sebastián.
--Está bien eso.
--Traigo, además, una carta para el cónsul de España en Bayona, don
Agustín Fernández de Gamboa.
--¿La tienes ahí?
--Sí.
Le di la carta, la leyó y me dijo:
--Es una carta corriente; no sé si te servirá de algo. Si vas a verle a
Gamboa no le hables de mí. Es un enemigo mío furioso.
--No le hablaré; no tenga usted cuidado.
--Bueno. Ahora vamos a hacer una sociedad para la casa de comisión que
tenemos que fundar.
--¡Una sociedad! ¿Entre quiénes?
--Tú serás uno de los socios.
--¿Y el otro?
--El otro será el señor Etchegaray.
--¿Y quién es el señor Etchegaray?
--El señor Etchegaray es un ente de razón.
--No sé lo que es eso.
--Pues es un personaje que no existe.
--¿Y para qué lo necesitamos?
--El dará seriedad y gravedad a tu casa de comisión; así, cuando tú
alquiles un piso bajo con una pequeña oficina, pondrás una placa en la
que se leerá:
ETCHEGARAY Y LEGUÍA
CASA DE COMISIÓN
--Muy bien. Me tendrá usted que pintar qué clase de pájaro es este
Etchegaray, para que no cometa alguna pifia si me preguntan por él.
--Etchegaray tendrá unos diez años más que yo: unos cincuenta y cinco a
cincuenta y seis. Habrá estado en Méjico...
--Lo mejor sería que hiciera usted un documento de identificación
completo.
--Lo voy a hacer ahora mismo.
Aviraneta se puso los anteojos, tomó una hoja de papel, y escribió:
«Dominique Michel Etchegaray Leguía.»
--¡Hombre! ¡Leguía! ¿Es pariente mío?
--Sí; tío tuyo y primo mío.
* * * * *
«Nacido en Bidart, Bajos Pirineos, el 21 de diciembre de 1782; estado,
viudo; profesión, comerciante; estatura, alta; pelo, canoso; ojos,
garzos; nariz, larga; barba, afeitada; color, sano...»
--¿Tiene hijos?
--Uno, que está en América establecido.
--¿En qué República?
--En Méjico.
--¿Qué ha hecho mi tío por allá?
--Ha sido comerciante y minero en California.
--¿Tiene parientes en Francia?
--No; únicamente una hermana en España.
--Que es, naturalmente, tía mía.
--Claro.
--¿La haremos soltera, o casada?
--Soltera.
--¿La tía Juana?
--Bueno.
--¿Dónde vivirá?
--En Vergara, si te parece.
--Muy bien.
--Ya que estamos de acuerdo en la existencia de este ente de
razón, haré que mañana Iturri, el dueño de esta fonda, saque en la
subprefectura, donde tiene un amigo, documentos de identificación de
Dominique Etchegaray, avencindado en Bidart; luego haremos la escritura
de sociedad comercial entre Etchegaray y tú. Etchegaray será socio tuyo
y andará yendo y viniendo de España. Cuando tú pongas tu oficina, yo
escribiré siempre a nombre de Etchegaray.
--Ahora, ¿qué tengo yo que hacer?
--Nada. Sigues en la fonda de San Esteban, donde dirás que cuando quede
vacante un cuarto alto y barato te lo reserven. Mañana por la mañana
irás a un comercio de antigüedades de la calle Salie: el comercio
del señor Falcón. Allí verás a doña Francisca González de Falcón,
que es española, y ella te irá resolviendo las dudas que tengas,
dándote el dinero que necesites e indicándote lo que debes hacer. Nos
comunicaremos por carta; tú me escribirás a nombre de Iturri; yo, a
nombre de Etchegaray, cuando la casa de comisión esté establecida.
Mientrastanto, si te necesito, te avisaré.
--Bueno.
--Eres un joven de una familia acomodada del comercio, a quien han
enviado a aprender francés a Bayona y a estar fuera de la lucha
carlista.
--Muy bien. Comprendido.
Me despedí de Aviraneta y fuí marchando después hacia el centro del
pueblo. Mi vida en Bayona comenzaba de una manera rara y pintoresca.
IV
ALGO DE MI INFANCIA
NO sé si lo que he contado de mí mismo en esta larga obra habrá bastado
a los lectores para conocerme.
De chico fuí yo un poco bárbaro, valiente, reñidor y turbulento. Tenía
un amor propio exagerado. Esto hizo, principalmente, que no pudiera
acomodarme a vivir en mi casa con mi padrastro. Era, sobre todo, terco,
y cuando me decidía a hacer alguna cosa no retrocedía jamás.
Los compañeros de la escuela, en Vera, que lo sabían, se burlaban de mí.
Una vez estábamos subidos a una tapia muy alta, y dos chicos me dijeron:
--¿A que no te tiras de aquí?
--A que sí.
Me tiré; al caer me agaché, me di con una rodilla en un ojo, y lo tuve
hinchado cerca de un mes.
Cuando íbamos a bañarnos al Bidasoa, al comienzo del verano, yo era de
los primeros que se tiraban al río.
Al caer al agua y sentir que estaba helada me ponía a temblar, pero
luego me vengaba.
--¿Cómo está el agua?--me decían los chicos; y yo, tiritando de frío y
nadando, decía--: ¡Caliente, caliente!
Una vez fuimos a las fiestas de Pamplona, en donde se hace un encierro
que a la mayoría le parece bárbaro, pero que yo lo encuentro bien. La
gente del pueblo marcha por las calles delante de los toros bravos que
se han de lidiar excitándolos y desafiándolos.
Para mí lo repugnante en los toros es que un cobarde pueda comprar con
dinero el derecho de ver cómo otro hombre se expone a que lo maten;
pero si el espectador es capaz de ser actor y de exponerse a su vez a
la muerte, entonces los toros constituyen una fiesta brava y atrevida.
Si todos los espectadores de una plaza fueran capaces de torear, si no
vieran en el torero mas que una superioridad de agilidad, de habilidad
o de talento, pero no de valor, los toros me parecerían, como digo,
bien.
Por eso yo dejaría las capeas de los pueblos, aunque murieran en cada
fiesta cuatro o cinco, y suprimiría las corridas de los profesionales.
Estando en el encierro de las fiestas de Pamplona corrí delante de los
toros, y al llegar a la plaza me encontré con un ribereño que me dijo:
--¿A que no haces lo que hago yo?
--A que sí.
Se puso él en el camino por donde tenían que pasar los toros con la
boina en la mano. Yo hice lo mismo. Los toros pasaron por delante, y no
nos mataron porque sin duda tenían más buen sentido que nosotros.
Otra de mis aventuras sonadas la pensé imitando a mi tío Fermín, por
quien sentía gran admiración. Como él había escalado el castillo de
Fuenterrabía, yo pensé que debía escalar algo, y escalé la casa de una
muchacha, hija del enterrador, que me gustaba.
Tenía en mi casa guardada una cuerda para cualquier evento, con un
gancho de hierro en la punta. Una noche tiré mi cuerda con su gancho
al balcón de atrás de la casa de la muchacha; dió la coincidencia de
que agarró, y subí. Las maderas del balcón estaban cerradas. Decidido
a llevar adelante la aventura, escalé el tejado y vi la chimenea rota.
Cabía yo por allí. Sujeté el gancho de la cuerda, me metí por el tubo
de la chimenea y bajé a la cocina del enterrador, envuelto en hollín y
asustando a la familia.
Varias otras calaveradas de esta clase hice de chico, y la que me
obligó a salir de Vera fué el haberle acompañado al general Oráa en un
encuentro que tuvo con los carlistas cerca del pueblo.
Yo era liberal rabioso y anticlerical furibundo. Consideraba a mi
tío Fermín como a un héroe, y recordaba sus frases y su odio por los
clérigos. Habían excitado también mis rencores antifrailunos los
frailes del convento de capuchinos del pueblo próximo al barrio de
Alzate, que nos enseñaban a los chicos la Gramática, las Matemáticas y
el Latín a fuerza de pescozones y de puntapiés.
Hay que reconocer que por entonces era la época en que los dómines,
fueran laicos o seglares, tenían como principio pedagógico el apotegma:
la letra, con sangre entra.
Los dos frailes encargados de la enseñanza superior en el convento eran
el padre Gregorio y el padre Aquilino. El padre Gregorio era hombre
simpático, y nos enseñaba Matemáticas. Se desacreditó porque, según se
dijo, visitaba a una muchacha del pueblo que acababa de casarse con un
zapatero. Una noche el marido sorprendió al fraile en una habitación de
su casa. El zapatero era un filósofo, y no dijo nada; cogió las ropas
del fraile, interiores y exteriores, se las echó al hombro y fué a casa
de su suegra.
--Aquí tiene usted--le dijo--lo que había ahora en la alcoba de su
hija--y echó al suelo las ropas del capuchino.
La suegra puso el grito en el cielo, fué al convento, intervino el
prior, y llevaron las ropas al padre Gregorio, quien tuvo que marcharse
poco después de Vera.
El otro padre, el padre Aquilino, era un bruto muy malhumorado y muy
austero que nos zurraba a los chicos como quien varea lana. Yo le tenía
un odio profundo; así que, al quemar las tropas liberales el convento y
dispersar a los frailes, me alegré muchísimo.
El incendio se verificó cuando pasó por Vera el general Rodil;
y yo estuve presenciando cómo salían las llamas de los tejados
y celebrándolo. Por este motivo tuve un gran altercado con mi
padrastro, que se reprodujo cuando pasó Zuaznavar con una compañía de
chapelgorris, y luego cuando vino el general Oráa. Yo tenía entonces
diez y seis o diez y siete años. Todo el pueblo estaba escondido a la
llegada de las tropas liberales. Yo me presenté y hablé con el mismo
Oráa, que era un viejo navarro, de cara de malhumor, pero muy simpático.
Sería esto hacia abril; hacía un tiempo admirable. Oráa me preguntó
primero quién era; le dije que era sobrino de Fermín Leguía, y liberal.
Luego me pidió detalles sobre la topografía del terreno. Los carlistas
estaban enfrente del pueblo, en un alto, que se llama Casherna gaña.
--Vamos a echar a los carlistas de ese monte--me dijo Oráa--. ¿Quieres
venir a verlo?
--Si me dan un caballo, sí.
Me monté a caballo y, al lado del general, presencié el combate.
Estaba entusiasmado oyendo los tiros. Yo creía que los carlistas se
defenderían mejor, y que los nuestros atacarían desde más cerca. Al
cabo de unas horas, los carlistas se retiraron. Entre los liberales
había muchos muertos, y vi pasar hacia el cementerio diez o doce; entre
ellos, me dijeron que estaba un abogado, Goicochea, que mandaba una de
las compañías de cazadores de Isabel II.
Esta nueva aventura con Oráa alarmó mi casa; mi padrastro afirmó
que acabaría en presidio o en el patíbulo; mi madre me dijo que era
mejor que me marchara del pueblo. Al día siguiente iba camino de San
Sebastián...
Con estos datos de la infancia creo que se puede componer mi retrato
moral. Respecto a lo físico, era alto, fornido, con la cara redonda,
los ojos pardos y el pelo negro y ensortijado. Aviraneta me dijo varias
veces que me encontraba cierto aire neroniano. Afortunadamente, el
parecido con Nerón no pasaba del aspecto.
V
LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES
A la mañana siguiente de llegar a Bayona salí del hotel y pregunté por
la tienda de Antigüedades de Falcón. Estaba en la calle de la Salie.
La calle de la Salie era una calle antigua, con algunas casas góticas,
modernizadas, de arcos apuntados, calle de burguesía comerciante, con
almacenes profundos y bien surtidos y tiendas abarrotadas de género.
La tienda de Falcón estaba en la planta baja de una casa grande y
negra. Se llegaba a ella por unos cuantos escalones, tenía una portada
pintada de nogal y un escaparate pequeño, en donde se exhibían un
secreter de laca, varios jarrones, abanicos, porcelanas, jarras de
cobre, figuritas, objetos de plata y miniaturas.
Dentro, el almacén estaba repleto de muebles, cuadros, estatuas,
bordados, y tenía una dependencia interior, más repleta aún, que daba a
un patio obscuro.
En medio de la tienda había una mesa de mármol estilo Luis XIV y varios
sillones dorados, en los que se sentaban a hacer tertulia algunos
parroquianos y amigos.
Era difícil, a primera vista, darse cuenta clara de lo que allí había
amontonado, porque cada vez que se entraba se hacía un descubrimiento.
Detrás de dos o tres vargueños españoles aparecían relojes ingleses de
pared; detrás de un armario, cuadros antiguos, grabados muy perfilados
y groseras litografías bárbaramente iluminadas. En las vitrinas se
veían camafeos, puños de bastón, fosforeras, tabaqueras y relojes de
repetición con esmaltes primorosos.
DOÑA PACA
Doña Francisca González de Falcón era una mujer de treinta y cinco
años, gruesa, morena, de ojos negros. Su marido, el señor Falcón, era
hombre delgado, fino, que estaba casi siempre fuera, pues viajaba mucho
por Francia y por España, andaba por rincones raros y traía cajas con
preciosidades. El señor Falcón coleccionaba medallas, y en esta afición
ponía todo su entusiasmo.
Los Falcón tenían cuatro hijos, que estaban por entonces en el colegio.
Entré en la tienda de la calle de la Salie y me encontré con doña Paca.
Me presenté a ella; me hizo sentar y hablamos. Sabía a lo que yo iba.
--Le conozco a Aviraneta ya hace muchos años y somos muy amigos--me
dijo--, pero estamos de acuerdo en no hablar el uno del otro, y cuando
nos vemos pasamos por desconocidos.
--Es decir, que con usted no hay que hablar de don Eugenio ante la
gente.
--Es lo mejor. A él tampoco le conviene que se hable de adónde va y
adónde viene. Aviraneta me ha recomendado a usted. Yo seré la encargada
de dirigirle al principio en Bayona, de darle los informes necesarios y
el dinero para ir viviendo.
--Muy bien. ¿Puedo venir a la tienda con frecuencia?
--Sí; cuando usted quiera.
--Esto será entretenido.
--Ahora, en el verano, menos, porque la gente se marcha. En otoño es
otra cosa. Usted puede venir aquí cuando quiera; oiga usted y entérese
usted de lo que le interese. ¿Sabe usted francés?
--Muy poco.
--Pues es conveniente que lo aprenda. Yo conozco a un señor que le dará
lecciones muy baratas. Es un profesor: el señor Serret. Vive en la
calle de la Platería. Aquí tiene usted sus señas.
--¿Así que yo puedo venir aquí y estarme horas y horas?
--Sí; todas las que usted quiera.
Me despedí de doña Paca y fuí a ver al señor Serret. Era éste un hombre
alto, flaco, seco, áspero y severo, con el pelo gris. Tenía la boca
recta, dura; vivía retirado y modestamente, con una familia numerosa.
Yo me figuraba que sabía algo de francés, pero, cuando llevé cuatro o
cinco lecciones con el profesor, comprendí que no sabía nada.
SARA LA JUDÍA
Al día siguiente, por la tarde, volví a casa de la Falcón. Doña Paca
tenía una dependiente, una muchacha judía del barrio de Saint-Esprit,
delgada, morena, de aire un poco triste, con los ojos como dos
azabaches, la nariz corva, los labios gruesos y el pelo negro, rizado.
Esta muchacha se llamaba Sara, hablaba muy bien castellano y era muy
inteligente.
En los primeros días, en que no conocía a nadie, fué para mí un gran
recurso ir a hablar con ella.
Por la noche, a la hora de cerrar la tienda, solía venir la madre de
Sara a acompañarla. Era una vieja judía, gruesa, mal vestida, con los
ojos negros e inquietos.
Sara me habló de la vida triste que llevaba en su rincón de
Saint-Esprit; el padre, malhumorado e indiferente; la madre, llena
de suspicacia por todo, no queriendo que nadie entrase en su casa y
cerrando de noche las puertas y ventanas con barras de hierro, como si
viviera en un país peligroso.
El hermano de Sara venía también con frecuencia. Era un jorobado, con
unas manos largas y delgadas, tipo muy pálido, con aire febril, muy
inteligente y muy triste.
Me hubiera dejado llevar por el atractivo de hablar con Sara y la
hubiera galanteado, pero comprendí que doña Paca Falcón me espiaba, y
esto bastó para no seguir adelante en mis proyectados galanteos.
En frente de la tienda de antigüedades había una camisería, y entre los
dependientes, una señorita del mostrador, muy bonita y muy displicente,
con la cabeza llena de rizos. Solía venir con frecuencia a casa de doña
Paca a cambiar dinero, y yo hablaba con ella, y la acompañé un domingo
en los Arcos.
En general, estaba en Bayona aburrido. Contribuía al aburrimiento el
calor, que fué grande aquel verano, y el que no hubiera gente en la
ciudad, pues todo el mundo distinguido se había marchado a tomar los
baños de mar a Biarritz.
Mis únicos recursos de distracción eran el hotel y la tienda de doña
Paca. El hotel servía de punto de cita a muchos jefes carlistas, que
desde allí marchaban a sus respectivos destinos. Muchas veces me
enteraba de lo que decían, porque, como buenos españoles, tenían la
costumbre de hablar alto.
LAS CORREDORAS
En la tienda de la Falcón fuí conociendo a corredoras de alhajas y de
muebles, gente de vida muy pintoresca. A una de éstas le llamaban la
Condesa. Era una señora alta, esbelta, que debía haber sido muy guapa,
pero que estaba ya marchita. Hablaba mucho mejor el francés que el
castellano, a pesar de que decía que era española, y tenía grandes
conferencias con doña Paca, que la trataba secamente.
Otra de estas corredoras era la señora Hidalgo. La Hidalgo era una
vieja gruesa, algo coja, muy ocurrente y muy insinuante, que tenía una
conversación divertida y amena. Ella fingía que hacía sus gestiones
comerciales de compras y ventas por amistad, por remediar la situación
precaria de alguna familia carlista, pero cobraba sus corretajes.
Esta mujer vivía con un filólogo, agricultor y libelista, que se
llamaba Martínez López. La señora Hidalgo llevaba una cartera grande,
como un maletín, donde guardaba una porción de cosas; de allí solía
sacar abanicos, fosforeras, relojes, collares, papeles con piedras
preciosas, y discutía el precio de estas joyas con doña Paca, diciendo
ingeniosidades de cuando en cuando, que hacían reír a todos los que la
escuchaban.
Había otros españoles que trabajaban en la casa: un carpintero
madrileño, muy hábil para imitar muebles antiguos y hacer
falsificaciones, que se llamaba Joaquín García; un cerrajero riojano,
Horcajo, que tenía una especialidad semejante en los hierros, y una
mujer, Angela, que componía y arreglaba los encajes y tapices rotos y
hacía unos zurcidos maravillosos, que apenas se notaban.
Doña Paca Falcón prefería a los españoles para tales menesteres, no por
patriotismo, sino porque, aislados como estaban en el pueblo, cobraban
menos por sus trabajos.
La primera semana de Bayona me pareció aburridísima. No le veía a
Aviraneta ni sabía nada de él.
A los diez o doce días don Eugenio me escribió para que fuera a la
fonda de Iturri.
VI
NUEVAS INSTRUCCIONES
LLEGUÉ al anochecer al comedor de la fonda de Iturri y me encontré con
Aviraneta.
--Me marcho--me dijo--, pero tú te vas a quedar aquí.
--Lo siento.
--¿Te aburres?
--Un poco.
--Te irás acostumbrando. Ya está hecha la escritura con el supuesto
Etchegaray. Iturri tiene un poder del ente de razón. Tú tienes que ir
mañana con Iturri a la notaría a firmar.
--Bueno.
--Luego buscarás un piso bajo y pondrás la casa de comisión.
--Muy bien, todo se hará. ¿Y qué le ocurre a usted para marcharse?
--Gamboa, el cónsul, que me hace la guerra a muerte y me cierra todos
los caminos.
--¿Y por qué?
--Gamboa es amigo y agente de Calatrava, y éste es, a su vez, compadre
de Mendizábal y de Gil de la Cuadra. Todos ellos son masones escoceses
y enemigos míos, y me persiguen; no quieren que yo salga adelante en
mis propósitos.
--¿Y qué le ha pasado a usted con Gamboa?
--Al llegar aquí, sin salir, sin hacer el menor alarde, he visto que la
policía francesa me vigilaba como a un criminal. Cansado, he ido a ver
al cónsul, le he mostrado mi nombramiento del Ministerio y le he dicho
a qué venía. Gamboa ha examinado detenidamente mis credenciales, y he
visto que ha quedado resentido.
--¿Por qué?
--Porque cree que vengo a quitarle atribuciones, a enmendarle la
plana. Al día siguiente de mi visita a Gamboa, un empleado de la
Subprefectura, amigo mío y de Iturri, un italiano, Pagani, me ha
invitado a que vaya a allí a regularizar mi residencia y a visar el
pasaporte. El subprefecto me ha sometido a un interrogatorio acerca
del objeto de mi viaje, y me ha dicho que no puedo permanecer en
Bayona.--Está bien--le he contestado yo--; entonces me iré. Al día
siguiente ha venido a mi hotel el canciller del Consulado, Ignacio
Vidaurreta, y me ha dicho que no puedo salir de Bayona. He ido a
ver a Gamboa y hemos tenido un altercado. Ha aparecido la causa del
resentimiento. Gamboa cree que el Gobierno le ha ofendido enviando
una persona a su distrito para que dirija los asuntos políticos de la
guerra como si él fuera un imbécil, y ha añadido que en su Consulado
no puede haber más dirección que la suya, ni más agentes que los que
él designe.--Eso, al Gobierno--le he replicado yo.--Al Gobierno y
a usted--me ha contestado él--, porque mientras yo esté aquí en el
Consulado, usted no podrá hacer nada.--Bueno; me iré a Perpiñán.--No
irá usted, no le daré pasaporte.--Iré con el pasaporte de usted o
sin él--le he contestado--. Así que me marcho en seguida hacia la
frontera catalana. Si no puedo sostenerme allí, me iré a Madrid, pero
tú seguirás aquí, porque es indispensable que tengamos en Bayona una
persona de confianza. No te faltará el dinero necesario. El ministro
o la reina darán para vivir. Aquí no creo que puedas perder el tiempo
en absoluto. Si la cosa sale mal y no da resultado, habrás pasado unos
meses en Bayona, habrás aprendido el francés, y eso será todo; si la
cosa sale bien, habrá otras esperanzas.
--¿Tengo que cambiar de plan?
--No. Tú sigues en la fonda de San Esteban, y desde mañana buscas el
piso para la casa de comisión. Doña Paca te indicará los mejores sitios
y te ayudará a arreglar la oficina.
--Muy bien.
--Por ahora, amigo Pello, no te voy a dar un plan de campaña. Hazte
amigo de toda la gente que puedas y de todas las mujeres que anden
cerca de ti. No te enamores. Ya te basta con Corito. Una pequeña
intriga amorosa bien llevada y sin escándalo, no está mal. Piensa que
de que aquí puede salir tu porvenir. Respecto a tu amigo don Eugenio de
Aviraneta, no hables nunca de él, ni para defenderle ni para atacarle.
Tú no le conoces a ese señor.
--¿Respecto a los demás, no habrá que llevar tan lejos la prudencia?
--Sin embargo, acostúmbrate a hablar lo menos posible, sobre todo de
política.
--No sé si podré.
--Habla de lo que hablen los demás; desconfía de asombrar a los otros
con ideas originales y brillantes, y aprende a decir sólo lo que te
convenga.
--Eso me parece muy difícil.
--¡Ah! ¡Claro! Eso no se consigue en seguida; pero tú tienes
condiciones de diplomático, y ya te las arreglarás.
--¿Cree usted?
--Sí.
--¡Que sé yo!
--Naturalmente, como todos, tendrás tus tropiezos. La prudencia y la
diplomacia no se improvisan: es cuestión de tiempo y de voluntad. De
cuando en cuando recuerdas mi consejo, y cuando estés en camino de
decir algo atrevido, piensas: ¿Si estaré diciendo una tontería? Si te
hacen a ti una confidencia, guárdala lo mejor posible.
--Voy a matar en mí toda espontaneidad.
--Siempre queda espontaneidad. Otro consejo: Si te invitan a hacerte
masón, no digas que no: acepta, pero sin entusiasmo. Si nadie te
invita, no te presentes tú.
--Muy bien.
--Segundo consejo. Ahora no; pero si más tarde tienes algo importante
que guardar, lo llevas al caserío Ithurbide, de Bidart, y lo dejas en
el armario de mi cuarto. Siempre ve solo y aprende a guiar un cochecito.
--Sé guiar.
--Iturri tiene un tílburi, y te lo prestará siempre que lo necesites.
--Muy bien.
--Es importante en muchas ocasiones no tener más testigo que un
caballo. Ahora nos vamos a quedar de acuerdo en los medios de
correspondencia entre nosotros dos. Asunto de familia, sin importancia:
carta corriente. Asunto político reservado, pero sin trascendencia:
papel blanco y tinta simpática. Asunto político importante: papel
amarillento, carta con plantilla número uno y tinta simpática. Asunto
importantísimo: carta con papel azulado, con plantilla número dos y
tinta simpática.
Aviraneta me dió dos frasquitos de la tinta simpática, las plantillas
una y dos, y me explicó su uso.
--También convendría--concluyó diciendo--que escribieras un diario
contando todo lo que vayas viendo, y haciendo una biografía de cuantas
personas conozcas. Si haces esto que te aconsejo, nunca pongas nombres,
sino anagramas.
--¡Bah! ¿Cree usted que el espionaje va a llegar a tanto?
--¿Quién sabe? Viviendo en un hotel el espionaje es fácil. Tú, como yo,
puedes tener enfrente el espionaje masón y el de los curas, que aquí,
en Francia, lo dirigen las congregaciones en que se mueven los jesuítas.
Dicho esto, Aviraneta se despidió de mí.
LA OFICINA
Días después de marcharse don Eugenio alquilé un piso bajo en la
calle del Puerto Nuevo, en los arcos, y puse una placa de metal en la
entrada, con este letrero:
ETCHEGARAY Y LEGUÍA
CASA DE COMISIÓN
Del mobiliario de la oficina se encargó doña Paca Falcón, y le dió
un aire muy elegante. Había dos armarios, una mesa tallada, un reloj
magnífico de pared, varias sillas y una caja fuerte. Allí dentro me
sentía un capitalista. Tomé un chico para abrir la puerta y llevar las
cartas al correo. Este chico, Fernandito, hijo de un emigrado carlista
andaluz, era un chico muy listo, sabía el francés bien y conocía todos
los rincones de Bayona.
Las horas de oficina me las tenía que pasar escribiendo a la novia,
mirando a las paredes y leyendo novelas.
La sociedad con Etchegaray, aquel ente de razón, como le llamaba
Aviraneta, me llegó a veces a inquietar. Me preguntaron varias veces
por Etchegaray, y había gente que pretendía conocerle, y que contaba
anécdotas de su vida.
En las causas célebres de Gayot de Pitaval, que luego leí, en momentos
de aburrimiento, encontré que un joyero francés de a principios del
siglo XVIII, de apellido vascongado, un tal Duhalde, hizo una sociedad
nada menos que con Dios, para explotar el negocio de la joyería.
Luego, andando el tiempo, he visto que un prendero madrileño le ha
imitado o ha tenido la misma idea que Duhalde, y ha fundado su sociedad
nada menos que con Jesu-Cristo.