VI

Oíase la voz de Naranjo, áspera y chillona. Oíase otra voz ronca y

hueca que tenía las sonoras y retumbantes inflexiones de la elocuencia.

—Como lo cortés no quita a lo valiente —decía Naranjo—, bien venido a

mi casa sea el señor don Patricio. Dígame en qué puedo servirle.

—Todo Madrid, señor Naranjo, todo Madrid —decía Sarmiento— sabe que

no somos amigos. Cada cual tiene sus ideas, y como en las ideas no se

transige... Pero una cosa es la política y otra la cortesía.

—Siéntese el buen Sarmiento.

—Gracias, señor de Naranjo.

En la habitación que a este servía de sala de recibo, estaba Sarmiento

vestido con uniforme de miliciano nacional, gran casaca azul de botón

de plata, con las iniciales M. N. en el cuello; descomunal morrión en

forma muy semejante a la boca de una pieza de artillería y adornado

de flamantes cordones; correaje blanco cruzado en el pecho, sable y

cartuchera. Con tales arreos, la enhiesta figura del maestro de escuela

parecía agrandarse,

extenderse, crecer, tocar las nubes,

y en el profundo abismo hundir la planta.

¡Tales eran su arrogancia y tiesura, y el marcial continente severo con

que los llevaba!

—No sabía —dijo Naranjo con sorna—, que el señor don Patricio había

ingresado en la Milicia nacional. Ya tenemos a Periquito hecho fraile.

—Los pillos crecen, el absolutismo trabaja, el sistema peligra; malos

vientos soplan... Es preciso luchar... Con su permiso, señor Naranjo.

Ambos se sentaron.

Cuando Sarmiento se desplomó sobre la silla, emitió la siguiente copla,

que siempre traía pronta para soltarla en todos los actos de la vida:

Digamos Ave María

para que tiemble el infierno;

digamos para que tiemblen

los pícaros: ¡Viva Riego!

—Amén —contestó Naranjo sonriendo—. ¿Me dirá usted por fin a qué debo

el gusto...?

—Poco a poco —repuso Sarmiento—. ¡Cuánto se habrá sorprendido usted al

verme entrar en su casa! ¡Ya se ve..., enemigos encarnizados, enemigos

a muerte!... ¡Usted absolutista, yo liberal; usted servil, yo gorro!

—En efecto, me sorprende mucho.

—Y no solo somos enemigos políticamente hablando, sino escolásticamente

—dijo Sarmiento, recalcando bien los adverbios—. Usted enseña por un

sistema, yo por otro. Usted se inspira en el misticismo, yo en los

grandes cuadros históricos; usted hace leer a sus alumnos el Antiguo

Testamento, yo les lleno la cabeza de Historia romana; usted enseña la

escritura por Torío, yo por Iturzaeta... ¡Enemigos a muerte!... Y ahora

ha de saber usted que hoy estreno mi uniforme y que me lo he puesto

expresamente para venir a esta casa.

—Gracias, señor Sarmiento: es grande honor para mí.

—Al mismo tiempo —dijo don Patricio—, debo tranquilizarle a usted

respecto al fin de mi visita. Soy enemigo, pero enemigo leal.

—Lo supongo.

—Por consiguiente, no vengo acá como autoridad.

—Es de creer, porque no es usted juez, ni jefe político, ni capitán

general.

—Quiero decir que no vengo con la espada en la mano..., y razón había

para ello, porque usted, señor Naranjo, conspira más que el rey, y su

casa es una madriguera de conspiradores, ¡chilindrón, chilindraina!

—Señor Sarmiento —dijo Naranjo con indignación mal reprimida—, cuando

sea usted autoridad le daré cuenta de lo que en mi casa hago o dejo de

hacer. Pero no lo es usted todavía: absténgase, pues, de formar juicios

temerarios, y no se meta en lo que no le importa.

—¡Ah! Ya sabía yo que saldríamos por ahí —afirmó Sarmiento con

vanidad—. Esté tranquilo, que las conspiraciones serán descubiertas y

los locos realistas castigados. Seremos inexorables, y no le tendré a

usted lástima, no, porque ejerzamos una misma honrosísima y nobilísima

profesión, no... La justicia siempre por delante.

Siempre se dijo,

y ello es probado:

a burro lerdo

purísimo palo.

Purísimo palo: es sensible, pero es preciso. Conque mucho cuidado, que

mis consejos no son moco de pavo.

Don Patricio se levantó como para marcharse.

—De modo que solo ha venido usted a llamarme burro lerdo y a ofrecerme

purísimo palo.

—¡Qué demonche! ¡Chilindrón, chilindrón! Se me olvidaba...

—¡Cabeza de patriota! ¡Bendito sea Dios que todo lo cría, hasta las

calabazas sin costuras!

—Sí. Con la conversación y los avisos que he dado a usted para que ande

con pausa en eso de las conjuraciones, se me olvidaba que venía...

En aquel instante, Solita, impulsada por la curiosidad, abrió

cautelosamente la puerta asomando su semblante.

—Pase usted, mi señora doña Solita —dijo Sarmiento haciendo una

reverencia—. Acabo de decirle al señor Naranjo que ponga cuidado en lo

que se trama en su casa, no sea que tenga que llamar a Cachán con dos

tejas. Todos sabemos que aquí no se viene a oír misa. Pues digo...,

viviendo en la casa Gil de la Cuadra, el lugarteniente de don Matías

Vinuesa...

Naranjo miró a un rincón de la sala, en el cual había una estaca.

—Pero si pienso ser inexorable el día en que toquen a descubrir

artimañas —continuó don Patricio—, en todas las demás ocasiones seré

deferente y cortés con los que han sido mis vecinos. Señora doña

Solita, diga usted a su padre que he venido a traerle una carta que

llevaron a casa.

—¡Una carta! —repitió Gil de la Cuadra, que también se había acercado a

la puerta.

Un momento después, don Urbano desdoblaba con febril impaciencia el

papel, diciendo:

—¡Es de Anatolio..., de tu primo!

Recorrió con la vista la carta. Su rostro pálido encendiose de pronto,

y una viva exclamación de alegría brotó de sus trémulos labios.

—¡Viene!... Dios mío, ¿es cierto lo que leo? ¡Viene!... Lee tú, hija

mía: viene resuelto a cumplir su promesa...

El infeliz anciano se desmayó. Sostúvole Naranjo; y cuando le llevaron

a su cama y le tendieron y le rociaron el rostro y recobró el

conocimiento, exclamó:

—¡Hay Dios, hija de mi corazón, hay Dios! Abrázame..., más fuerte. Soy

el hombre más feliz de la tierra.

7 de julio · 第 9 / 31 题