El 16 de marzo las tribunas del salón de Cortes en Doña María de Aragón
rebosaban de gente. Decíase que el segundo batallón de Asturias iba a
penetrar en la sala de sesiones, y esto era de ver. No siempre entra la
tropa en las asambleas para disolverlas.
La iglesia-congreso ofrecía entonces al espectador escasísimo valor
artístico. Por algunas pinturas sagradas en el techo se conocía el
templo cristiano; por una estatua de la Libertad y una inscripción
política se conocía la asamblea popular. El presbiterio sin altar era
presidencia; la sacristía sin roperos, salón de conferencias; el coro
sin órgano, tribuna. Bastaba quitar y poner algunos objetos para hacer
de la cátedra política lugar santo, o viceversa; y así, cuando los
frailes echaban a los diputados, o los diputados a los frailes, no era
preciso clavar muchos clavos.
El Senado actual puede dar idea completa del Congreso de entonces, si
la imaginación suprime el decorado artístico y los graciosos remiendos
de oro y estuco que los arquitectos del Estado han puesto por todas
partes. El presidente ocupaba el mismo sitio, y los diputados se
sentaban, cual los modernos senadores, en dos filas, frente a frente,
contemplándose unos a otros. Había en lo alto tribunas laterales
tan oscuras, estrechas o incómodas como las de hoy, con ingreso
por lóbregos pasillos, los cuales tenían tortuosa comunicación con
una escalera que en los tiempos frailescos servía para dar subida
al campanario. Los espectadores, fuesen a la tribuna de orden o a
la pública, tenían que ascender por inverosímiles antros oscuros y
escurrirse luego por los corredores sin luz, hasta que la remota
claridad de los medios puntos en que se abrían las tribunas y el rumor
de la discusión les anunciaban el término de su arriesgado viaje.
Salvador Monsalud penetró en la tribuna cuando los padres de la patria
empezaban a llenar los escaños. Su primera mirada fue para el duque,
que también recorrió con los ojos el piso alto, buscando al autor de
sus discursos. Fijose luego el joven en los diputados de ambos grupos,
en los de la gran montaña democrática, que eran los que daban interés
a las sesiones, y en los templados, que con su moderación importuna
procuraban quitárselo. Vio a los grandes demagogos de aquellos días,
Alcalá Galiano, Escobedo, el duque de Rivas, Istúriz, Bertrán de
Lis, Infante, Ruiz de la Vega; vio a los doceañistas Argüelles,
Canga-Argüelles, Álava, Valdés; a los ministros Sierra Pambley,
Balanzat, Clemencín, Romarate, Moscoso, Garelli y Martínez de la Rosa,
objeto de la atención general por parte del público de las tribunas.
Un hombre como de cuarenta y cinco años, de mediana estatura, presencia
simpática, rostro medianamente agradable, sin barba, de ojos azules y
aspecto en general pacífico y bonachón, subió a la presidencia. Era
el hombre de la época, _el caudillo de la libertad, el héroe de las
Cabezas, el ídolo de los hombres libres, el hijo más querido de la
madre España, el padre de los descamisados_, don Rafael del Riego.
Los primeros momentos no ofrecieron interés. Murmullos insignificantes,
un rumor perezoso, verdadero bostezo de la Cámara luchando con su
propia desgana, marcaron el período de las preguntas. Habló un
ministro, hablaron dos o tres diputados, y aquellas palabras fugaces se
perdieron, sin que nadie hiciera caso de ellas, como una conversación
de visitas. Los discursos empezarían más tarde, aunque el interés de
aquella sesión memorable no podía estar en los discursos. Una ceremonia
ideada por los amigos y aduladores de Riego, y consentida, ¡parece
increíble!, por Martínez de la Rosa, que no tuvo valor para oponerse a
ella, debía verificarse dentro de pocos momentos.
Ya la anunciaba vivo y alegre rumor de bandas militares, cuyo lejano
son entusiasmó a la gente de la tribuna pública. Agitáronse los
diputados, agitose el pueblo, y el presidente, haciendo alarde de
modestia y delicadeza, dejó su asiento. Al verle bajar y oscurecerse,
perdiéndose en las filas de los diputados, un grito unánime sonó arriba
y abajo: «¡Viva Riego!» El héroe (pues es preciso darle este nombre)
saludó con la perezosa cortesía de los ídolos populares, fatigados de
hacer reverencias al pueblo al volver de cada esquina. Los ministros
querían aparentar satisfacción; pero harto se conocía que la farsa
próxima a representarse no les entusiasmaba. Algunos diputados estaban
fríos, cejijuntos; otros reían, y la mayor parte aguardaban impacientes
un espectáculo que, por lo nuevo en los fastos constitucionales,
merecía ser visto para poderlo transmitir a las generaciones futuras.
Llegó el momento. Las músicas militares cesaron en las inmediaciones
de Doña María, y vierais entrar en el salón por la puerta principal,
precedidos de cuatro maceros, los oficiales comisionados para
representar al batallón en acto tan solemne. Pusiéronse en pie los
diputados, como si la real persona hubiera penetrado en el recinto,
y un ¡_Viva el batallón de Asturias_! zumbó en las altas regiones de
las tribunas. Los oficiales avanzaron gravemente hasta encarar con
la presidencia, ocupada por el vicepresidente, señor Salvato, y allí
detuvieron el animoso pie.
Cualquier extraño que asistiera a recepción tan ceremoniosa y oyese los
estentóreos vivas, y viera la seriedad y emoción de muchos diputados,
habría creído que aquellos distinguidos tenientes y capitanes, tan
bien peinados, venían de conquistar medio mundo; habría creído que
cada uno era cuando menos un Bonaparte regresando de Italia con los
eternos laureles de Arcole, Lodi y Montenotte. ¡Pobre representación
nacional la que de este modo abría su puerta sagrada a media docena
de oficiales, cuyo único mérito había sido lo que ellos llamaban el
restablecimiento de la libertad!... ¡Como si la libertad pudiera ser
verdaderamente establecida ni derrocada por un batallón!
Pero el comandante de Asturias no había ido allí a servir de objetivo
a miradas curiosas. Era preciso que hablara, que dirigiese cuatro
palabrillas de consuelo a la representación nacional, con algún consejo
si esta lo había menester. El comandante, cuyo nombre la historia no ha
creído digno de ser conservado, a pesar de sus indudables hazañas, tomó
la palabra, y mirando con bizarría al presidente, dio las gracias por
la distinción hecha al cuerpo; y después, mostrando generosidad a toda
prueba y grandes propósitos de proteger y amparar a la desvalida madre
España, prometió defender la libertad hasta el último aliento. Tanta
abnegación de parte de un comandante enterneció a los demagogos.
Tocole la vez al señor Salvato, hombre de pocas palabras, algo
ronquillo, y empezó su discurso, que parecía iba a ser largo como
esperanza de pobre. De las tribunas no se le oía jota, lo cual fue
ocasión de desasosiego y tumulto; pero Salvato, al llegar al fin de su
perorata, alzó la débil voz cuanto le fue posible, y se oyeron estas
palabras: «¡Batallón de Asturias! ¡El genio tutelar de la libertad
acompañe tus filas, mientras que el aprecio general de los hombres
libres te sigue a todas partes!»
En medio de atronadores aplausos, Salvato alargó al comandante un
ejemplar de la Constitución. Al ver la entrega del librito, cualquier
espectador de cabeza despejada habría creído presenciar el acto de la
distribución de premios de escuela, y que el citado jefe había merecido
llamar la atención del consejo profesional por sus correctas planas o
sus adelantos en la gramática. Pero aquí empezó la parte mis chusca
de aquella ceremonia, que oficialmente, y según lo acordado por el
gobierno, debía concluir con la solemne entrega del libro.
El comandante, que sin duda era hombre de iniciativa, no creyó
suficientemente hecha la apoteosis del batallón de Asturias, y
sintiéndose inspirado, abrasado en sacrosanto fuego de gratitud y
patriotismo, desciñose el corvo sable y lo ofreció al Congreso,
diciendo con hueca frase y triunfador gesto que era el mismo que
empuñara don Rafael del Riego al dar el grito de rebelión en las
Cabezas de San Juan. Esto produjo cierto estupor, y aunque no faltaron
aplausos, sordo murmullo corrió por los bancos, como un vientecillo
rastrero precursor de grandes tempestades.
Vaciló el digno señor Salvato un momento, sin saber si admitir o
rechazar la oferta, estando, por razón de su perplejidad, un buen rato
con el acero levantado, como aparecen en las estatuas conmemorativas
de heroicos hechos los grandes capitanes y conquistadores; pero al fin
decidiose por la admisión, y poniendo el sable sobre la mesa, pronunció
estas palabras: «Las Cortes admiten con singular aprecio este acero,
fasto vivo del pronunciamiento de la libertad y trofeo del héroe
predilecto de ella.»
Más tarde el Congreso se avergonzó de su debilidad; comprendió la
ridiculez de la escena que había consentido, y no sabiendo qué hacer
del malhadado sable, devolviolo a su dueño _para que defendiese con él
la amenazada Constitución_.
¡De esta manera querían establecer en España lo más serio, lo más
imponente que existe: la libertad! ¡De esta manera querían infundir la
dignidad de los hombres libres a un pueblo que conservaba la forma del
absolutismo, como conserva el amasado yeso la figura del molde de que
acaba de salir!
El gobierno, concluido el acto, cayó en la cuenta de la ridiculez de
este. Era preciso borrarlo de la memoria de todos; era preciso echarle
tierra encima, es decir, discursos, para que con las agitaciones de
un debate fuese puesto en olvido. Abriose la discusión sobre el tema
puesto a la orden del día, y Su Excelencia el duque del Parque se
puso pálido. Mirando a la tribuna, vio a su fiel secretario y amigo,
cuya presencia y animado semblante servíanle de consuelo. Evocó su
serenidad; razonó consigo mismo durante breves minutos, considerando
cuán bien y con cuánto despejo suelen hablar algunos tontos; hizo
memoria de todos los consejos y recetas que su secretario le había
dado, y midiendo con atrevida mirada ese abismo inmenso e imponente que
separa el mutismo de la palabra, el silencio del discurso, arrojose
resueltamente a la otra orilla. Empezó muy bien, y era escuchado con
atención.
El secretario, a su vez, aunque no empezaba ningún discurso, sentía
emociones muy vivas, no ciertamente por la ceremonia que acababa
de presenciar. Esta no había concluido, cuando Monsalud vio en la
tribuna de enfrente a una persona cuya presencia embargó de súbito
sus facultades, dejándole atónito y confuso. Estupor más grande no lo
tuvo en su vida. Fijó bien la atención, creyendo equivocarse; pero
una observación prolija le convenció de la realidad de la imagen
percibida. A un tiempo mismo llenaban su espíritu secreto alborozo y
una especie de terror instintivo, al cual no podía hallar de pronto
justificación cumplida. Miraba a la persona, y sus ojos sorprendieron
el furtivo mirar de ella. Trató de sobreponerse a un dominio que era
de su agrado, y a sentimientos que con pasmosa rapidez principiaban a
subyugarle; pero a la medida de sus esfuerzos crecían su debilidad y la
esclavitud de su ánimo. Esto y lo que pasa a los peces cuando quieren
librarse del anzuelo, al sentirse cogidos, es una misma cosa.
Y en tanto, el duque navegaba por el piélago inmenso de su discurso.
Había afrontado impávido y sereno los escollos del exordio y entrado en
la exposición que le ofrecía su ancho campo cerúleo, despejado, claro
y llano como un mar sin olas; pero de pronto, ¡oh perversidad de los
hados que protegen la oratoria!, ¡oh picardía de la maligna Palas!, el
duque tropezó, equivocando una oración por otra y enredándose en una
palabra. Mascó durante breve rato, tratando de salir del paso por medio
de un esfuerzo de ingenio; mas para esto era necesario improvisar, y Su
Excelencia no era fuerte en la improvisación. ¡Qué lástima, equivocarse
precisamente cuando iba a examinar con crítica aguda la conducta
del ministerio; equivocarse cuando Alcalá Galiano e Istúriz estaban
mudos de asombro ante aquel ignoto prodigio de elocuencia que tan
inesperadamente aparecía!
El del Parque sintió que su frente se cubría de sudor; trató de
recordar, llamó la memoria; pero el discurso había desaparecido ante
los ojos de su entendimiento; se había borrado por completo, y en su
lugar una inmensidad negra, horrendo caos sin una línea, sin una idea,
sin un rasgo, se extendía ante el atribulado espíritu del orador.
Al verse perdido, miró a la tribuna, esperando que la presencia de un
amigo, devolviéndole la serenidad, le devolviese el evaporado discurso;
pero entonces su angustia fue más grande. El amigo, el secretario, el
confidente había desaparecido.
Entonces el duque sintió un mareo espantoso; en su garganta formose
un nudo; miró al presidente con desesperación, con angustia, como un
náufrago que pide socorro.
Los diputados todos le observaban, aguardando a ver en qué pararía
aquello. Su Excelencia tartamudeó excusas que nadie pudo comprender, y
al fin exclamó con voz clara:
—Señores diputados, señor presidente... He dicho.
V
Después de arrastrar miserable vida durante todo el año 21 en un lugar
del camino de Francia, don Urbano Gil de la Cuadra pudo volver a la
Corte tolerado, si no perdonado, por la policía. Amparole para esto
un generoso desconocido a quien él creía compatriota suyo, y que,
interesándose por él, le pudo conseguir lo más parecido a un indulto, o
sea la negligencia del gobierno. Favorecidos por aquella negligencia,
tan caritativa en el asunto de Gil de la Cuadra, mil y mil pillos
conspiraban por el triunfo de todas las banderas conocidas.
Favoreció también a nuestro desgraciado reo un individuo a quien
pronto conoceremos, y que se hacía pasar por amigo de don Víctor Sáez,
confesor de Su Majestad. Llamábase Naranjo, y era, como don Patricio
Sarmiento, maestro de primeras letras, existiendo entre los dos, con la
igualdad de profesión o industria, una rivalidad tan fuerte y rabiosa,
que para hallarla semejante sería preciso revolver los antiguos odios
corsos, o el antagonismo clásico de griegos y troyanos en los tiempos
oscuros.
Naranjo fue generoso con Gil, pues además de trabajar en su reducida
esfera para que pudiese volver a la corte, arrancándole de los
miserables pueblos del norte de Madrid, le dio asilo en su misma casa
y calle de las Veneras, ochenta y tres escalones más arriba del local
de la escuela, en un departamento estrecho, pero independiente del
propio domicilio del dómine. De tres o cuatro piezas tan solo disponía
Gil; mas el buen orden de su hija había hecho de ellas un recinto casi
decente y casi cómodo, utilizando los pobres trastos que conservara
de su antigua casa, y algo que allegó con el favor de una providencia
desconocida de todos los vecinos, aunque no de nosotros.
El desgraciado don Urbano no salía de su casa a ninguna hora del día ni
de la noche, y rara vez ponía los pies fuera de la pieza que escogió
para su albergue, triste y oscura como una mala noticia. Había adaptado
su organismo a un sillón que le servía de concha, y en él la cabeza
calva, el rostro pálido y extenuado, los cansados ojos, las manos
flacas, los brazos negros permanecían largo rato en inmovilidad casi
absoluta, en medio de un silencio semejante al de cualquier alcoba
mortuoria.
De pronto movía la cabeza, miraba hacia afuera, y el patio lóbrego
y sucio al cual daba su ventana, ofrecíale el grandioso paisaje de
dos o tres cocinas medianeras. Allá arriba se veía, sí, un recorte
irregular azul lleno de luz y de belleza: era el cielo. Gil de la
Cuadra lo miraba hasta que el dolor del torcido pescuezo obligábale a
sumergir su contemplativa mirada en el fondo del patio. Allí todo era
lobreguez, horror, vapores infectos, un detestable olor a almíbar.
Hervía el azúcar en las cazuelas, y un negro cíclope del dulce labraba
yemas y azucarillos en aquella caverna húmeda y acaramelada. Las coplas
obscenas que cantaba y el vaho de tal industria se unían en conjunto
muy desagradable.
A ratos leía el anciano. No escribía nada. Sus libros eran las
novelas de la época, entro ellas el _Werther_ y _La nueva Eloísa_;
también _Las noches_. Aquel espíritu fatigado se rebelaba contra las
lecturas serias, entregándose con deleite a un pasatiempo que le
producía fuertes excitaciones de la sensibilidad y de la fantasía. El
aplanamiento de la vida y la rápida decadencia habían determinado en
hombre tan infeliz el retroceso senil que consiste en una especie de
renovación enfermiza de la niñez. En aquella edad y circunstancias,
en tal estado de alma y cuerpo, Gil de la Cuadra soñaba, mejor dicho,
idealizaba.
Cuando su hija estaba en la casa, que era lo más común, solía dialogar
con ella, aunque no mucho, a pesar de los esfuerzos de Sola por
entablar conversaciones sobre temas lisonjeros; pero ya en los días
a que alcanza nuestra descripción, que son los de mayo de 1822, el
anciano, sin dejar de ser afectuoso con la graciosa joven, había
perdido aquel cariño afable y atento que en él hemos conocido. Su
sequedad llegaba a la aspereza y desabrimiento; mas la discreción de
Solita sabía burlar ingeniosamente los ataques, consiguiendo siempre
que el viejo, después de irritarse un poco, tornase a su tranquilidad
meditabunda.
Cuando estaba solo, revolvíase inquieto después de largas pausas en que
parecía dormido, o mejor, muerto. Un día en que Soledad había salido,
el anciano leyó por espacio de hora y media. Después dio un suspiro;
puso el libro sobre el antepecho de la ventana, revelando honda
agitación en sus ojos, así como en sus labios, que articulaban sílabas
sin sonido. En voz alta exclamó luego:
—Ahora tiene que ser. Ya no puedo más. He esperado bastante.
Levantándose como pudo, dirigiose al cuarto de su hija, y de allí a
la pieza que servía de cocina. Revolvió febrilmente todos los objetos
que pudo tocar; fue, vino de un lado a otro; registró; puso sus manos
arriba y abajo, desordenando cuanto allí había.
—Nada —dijo para sí con acento de dolor—. Esa pícara lo guarda todo
bajo llave.
¿Qué buscaba? No debía de tener hambre, porque allí había comida y ni
siquiera la tocó.
Volviendo al cuarto de su hija, examinó las cerraduras de todos los
cofres. Ninguna estaba abierta. Con rabia golpeó las arcas y los
cajones de la cómoda, gruñendo así:
—Todo, todo lo guarda esta condenada.
En seguida registró la ropa que en distintos puntos de la estancia
había. Su mano, trémula y resbaladiza, entraba en todos los bolsillos,
deshacía todos los pliegues, sacudía las faldas, desdoblaba lo doblado
y hacía envoltorios de lo extendido.
—Nada, nada.
Sin duda buscaba llaves. Después de mucho revolver sintió un ruido
metálico. Metió la mano y sacó una pieza de dos cuartos y un ochavo.
—Esto ya es algo —pensó—. Con esto tengo ya catorce cuartos reunidos, y
si encuentro más... Iré juntando, y a falta de un medio, emplearé otro.
Pareció darse por satisfecho con tal razonamiento y con aquel hallazgo,
y puso fin a sus investigaciones. Regresando a sus dominios, es
decir, a su sillón, sacó del seno un envoltorio para guardar su nueva
conquista. Antes de hacerlo contó repetidas veces, con la gozosa
atención del avaro, su tesoro.
—Catorce cuartos —dijo—. Catorce y un ochavo.
Después hizo cuentas con los dedos mirando al techo.
—Sí —murmuró—, pronto podré... Cualquier medio sirve. Quizás sea este
el mejor... Sí, es el mejor, el más fácil, el menos sospechoso, el
más tranquilo... Puedo bajar fácilmente a la calle cuando mi hija no
esté aquí... Ya sé lo que tengo que hacer. Catorce cuartos... Todavía
es poco. Pero Dios me ayudará..., es preciso concluir pronto. ¡Maldita
vida, que aun para echarte fuera nos has de dar trabajo! ¡Miserable
harapo que te llamas cuerpo..., que aun para limpiarnos de ti han de
ser precisas tanta fatiga y tanta lucha!
Sintiendo los pasos de su hija, guardó precipitadamente lo que contaba
y tomó el libro.
Disimulaba como un escolar travieso.
Soledad se acercó a él, le pasó la mano por la frente, le dijo algunas
palabras cariñosas, y después entró en su cuarto.
—¡Virgen María! ¿quién ha estado aquí? —exclamó—. Si hubiera gatos en
la casa, diría: «los gatos»; pero no los hay.
Miró desde la puerta a su padre con la severidad cariñosa que se emplea
ante los niños enredadores.
—Yo fui, Sola —dijo don Gil, mirándola también con un poquillo de
turbación—. Yo fui: buscaba unas migas de pan para echar a esos
gorriones que suelen bajar a la ventana de enfrente.
—El pan estaba en la cocina: ¿no le vio usted?
—No, hijita, no vi nada. Creí que tendrías migas en los bolsillos.
—Lo mismo pasó la semana pasada cuando salí —dijo Solita, quitándose
los alfileres del manto y cogiéndolos en la boca, mientras se quitaba
aquella prenda—. Este papá mío es más travieso... Otro día saldremos
juntos.
—Ya te he dicho que no quiero salir.
—A tomar el sol.
—Aborrezco el sol —repuso Gil de la Cuadra con laconismo.
—A tomar el aire.
—Aborrezco el aire.
—A ver a Madrid.
—Madrid me repugna, me enardece la sangre, me mata.
—A ver la gente, a distraerte un rato.
—¡La gente! ¡Bonita cosa quieres enseñarme! ¡La gente! Si los ojos no
sirvieran más que para ver gente, no valdría la pena de tenerlos.
—Vamos, vamos: basta de locurillas. Dios se enfada con los que dicen
eso.
—Basta, regañona. Ahora me toca a mí. ¿En dónde has estado hoy tanto
tiempo?
Soledad vaciló un momento antes de dar contestación: ¡tanta era su
repugnancia a mentir!
—He ido a entregar una obra que había concluido... Por cierto que he
venido muy a prisa para que no estuviera usted solo.
—Por eso no. Solo estoy yo perfectamente —dijo el viejo con
displicencia—. No me gusta ver espantajos delante. No me gusta que,
cuando salgas, te lleves las llaves de todo como si yo fuera un ladrón.
—¿Y para qué quiere usted las llaves? —preguntó Soledad con el mayor
desconsuelo, dejándose caer sobre una silla y abrazando a su padre—.
¿Para qué quiere usted las llaves? Todo lo que usted pueda necesitar
queda fuera. Para otro día tendré cuidado de dejarle migas de pan, por
si vuelven los gorriones de hoy.
—No te burles..., la verdad es que estoy incomodado contigo... Me
tratas como a un chiquillo... No puedo hacer cosa alguna sin que tú
lo husmees y te enteres de todo. De tal modo me vigilas, que hasta de
noche, cuando dormimos, si por acaso me levanto porque tengo calor en
la cama, vienes tras de mí para ver a dónde voy.
—Si usted no hiciera locuras; si se conformara con su suerte, como Dios
manda, y no hubiera ya intentado una vez cometer el mayor pecado del
mundo, cual es alentar contra la propia vida...
Gil de la Cuadra no contestó nada a esta razón.
—Son aprensiones, hija —dijo al fin inclinando la cabeza—. Y si fuera
verdad, vamos a ver, ¿qué tendría de particular? Es hermosísima esta
vida para aficionarnos a ella, ¿verdad?
—No nos falta nada.
—Nos falta todo. Honor...
—No se pierde por la persecución de la justicia cuando es injusta.
—Tranquilidad.
—La tenemos de sobra.
—No; porque esta es la hora en que yo no sé de qué vivo, ni cómo
vivirás tú el día en que yo falte.
—Y para remediar mi orfandad y mi abandono, usted quiere matarse.
¡Linda precaución! —A quien todo lo ha perdido, hija mía, se le puede
perdonar que haga algún disparate.
—¡Quien todo lo ha perdido!... ¿Acaso no vivo yo, o no soy nada?
—Tú eres mucho, tú eres todo; eres todo para mí. Verdad es que te
conservo —dijo Gil de la Cuadra abrazando a su hija—. Pues qué...
¿crees tú que si no existieras, si no tuviera yo junto a mí este
rayo de luz que da vida a mi vida, y esta alma que da apoyo a mi
alma, podría sostenerme un día más? ¿Crees que puede sostenerse quien
está perdido, humillado, miserable, deshonrado, sin otro lazo con la
sociedad que el desprecio que ella me muestra y la limosna que me da
un pobre maestro de escuela? La religión no basta a consolar a los
que hemos fomentado en nuestro entendimiento ciertas ideas. Es triste
decirlo; pero debe decirse porque es verdad... Mira tú lo que es el
destino, Dios, la Providencia o como quieran llamarlo. En medio de mis
desastres, de mi padecimiento, de mi deshonra, yo tenía una esperanza.
Soledad hizo con la cabeza una señal de asentimiento.
—Yo tenía una esperanza, y ¡cuán risueña, cuán bella, hija mía! Era
cuanto un padre cariñoso puede desear. Realizada aquella esperanza, yo
hubiera subido al cielo como un ángel, tranquilo, sereno, limpio, lleno
de Dios. Sin ella..., iré a donde mi perverso destino quiera.
—No hay que tomarlo de ese modo.
—Pues ¿de cuál? ¿La realidad puede tomarse de otro modo que como tal
realidad? ¿Caben en ella fantasmagorías? No, no te hagas ilusiones. Tu
primo no viene ya; nos desprecia como nos desprecian todos los nacidos,
porque somos pobres, porque estamos deshonrados, porque somos una vil
escoria.
—Mi primo no ha dicho que no vendrá.
—No lo ha dicho; pero ello es que no viene. Quiere romper su compromiso
de una manera evasiva. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última carta?
—No lo recuerdo bien —dijo Sola, demostrando que no dedicaba sus ocios
a llevar la cuenta de las cartas que escribía el desnaturalizado primo.
—Pues yo sí lo recuerdo. Hace cinco meses y tres días... ¿Qué quiere
decir este silencio?
—Que no tiene ganas de escribir, o que está preparando su viaje.
—No te hagas ilusiones; repito que no te hagas ilusiones. En la
realidad no puede haber, no hay fantasmagorías. La cuestión es la
siguiente...
—Sí, ya lo sé —dijo Soledad riendo.
—Mi pobre hermana, que murió hace cinco años, me dijo en los últimos
días de su vida: «Deseo ardientemente que mi hijo se case con tu
hija...»
—Y usted le contestó: «Yo también deseo que mi niña se case con tu
niño...» Sí, ya sé; no es la primera vez que oigo ese cuento.
—Mi hermana y yo tratamos del asunto largamente. Hallábamos las
cualidades más apreciables en uno y otro. Ella te creía un ángel del
cielo. Yo veía en su hijo un enviado de Dios. ¡Admirable plan, que ha
dado alientos por mucho tiempo a mi cansada vida! He soñado con ese
matrimonio como sueña el mozalbete con la mujer que adora. Después
de muerta su madre, Anatolio confirmó con una promesa solemne aquel
sagrado testamento moral de la difunta Paula. Yo tuve que marchar a
Francia, después fui a La Bañeza, después vine aquí, y en todas partes
recibía cartas de mi sobrino, sin que en ninguna de ellas faltase
la palabreja o el parrafillo dedicados a ti y al dulce proyecto.
Incitábale yo a que viniese; pero él me contestaba que el servicio
militar le retenía en Asturias, y que se holgaba de ello para poder
estar al cuidado de su hacienda, en estos tiempos tan revueltos.
—Pero no por eso dejaba de escribirnos y de hablar de la boda..., ya,
ya sé.
—Después de la época tristísima de mi desgracia, de mi prisión, de
nuestra deshonra y pobreza, querida hija mía, he sabido que Anatolio,
sirviendo lealmente en el ejército, pasó a La Coruña, después a
Santander y Santoña; pero se ha olvidado de nosotros, de su promesa,
del deseo de aquella santa mujer, su honrada madre. ¿Y sabes tú lo que
es esto?
—Esto no es nada, padre —observó Soledad tratando de calmar la
agitación nerviosa del desgraciado don Urbano—. Esto no es más sino que
el servicio no le deja tiempo para tomar la pluma.
—No, no, no —dijo el anciano con ardor—. Te repito que no te forjes
ilusiones. En la realidad no hay fantasmagorías.
—En la realidad hay mil cosas que no se comprenden.
—Lo cierto es que hace cerca de un año que no nos escribe. Desde que
regresamos a Madrid no hemos visto su letra. Lo que te he dicho...
Nuestra pobreza, nuestro decaimiento, son la causa de su desvío. ¡Perro
mundo y perra humanidad! No existe, no, una sola alma generosa.
—Sí existe, padre.
—Te digo que no existe. Tú no conoces este lodazal en que yacemos. ¡Ay!
Cuando se escribió el libro de Job, se trazó la pintura del mundo.
Anatolio ha visto nuestro muladar y nos desprecia. Quizás si nos
viera, me echaría en cara culpas que no he cometido, o que si han sido
cometidas deben ser perdonadas.
—Pues si se avergüenza de nosotros, no debemos pensar más en él.
—Tonta, ilusa, ¿qué estás diciendo? ¿Tú has pensado lo que va a ser de
ti luego que yo me muera?... ¿Tú sabes que el abuelo de Anatolio ha
fallecido hace dos meses?
—Sí, y que mi primo ha heredado una hacienda regular.
—¿Una hacienda regular? Una hacienda con la cual hubieras vivido como
una reina —exclamó Cuadra—. Porque esa hacienda debía ser para ti,
porque Anatolio debía casarse contigo, como le mandó su madre.
—¿Y si le ha gustado más otra?
—¡Horror! ¡Qué despropósitos dices! ¡Conque ese miserable será capaz
de entregar a otra su mano, su corazón, su casa, su hacienda..., que
debía ser para ti, sí, para ti, lo repito mil veces!
—Eso sí que es vivir de ilusiones, eso si que es vivir de
fantasmagorías. ¿A eso llama usted realidad?
—No..., yo he soñado, he soñado como un insensato, como un niño, como
un rapaz enamorado —dijo don Urbano secando las lágrimas que corrían
por sus flacas mejillas—. Yo he soñado durante algún tiempo que tú
ibas a ser señora de una hermosa casa, que ibas a tener criados,
magníficas praderas, vacas, mieses, montes. Pero ese joven nos ha hecho
traición..., porque es una traición, una alevosía.
—Si ese joven se ha creído dueño de su propio destino, padre, ¿qué le
vamos a hacer? ¿Hemos de irritarnos por eso? ¿Por qué hemos de dudar de
Dios? Yo le juro a usted que renuncio de buena gana a los prados, a la
hermosa casa y a las vacas de leche. Todo lo doy con gusto en cambio de
la tranquilidad de nuestro espíritu, que es la hacienda mejor de todas.
—¡Desgraciada! Tú no sabes lo que es la orfandad, la soledad; tú has
olvidado que, muerto yo, no tendrás amparo alguno en el mundo.
—Pues yo estoy segura de que lo tengo, o de que lo tendré.
—¿Tú?... ¿Estás loca? No conoces el mundo.
—Lo conozco.
—¿En qué esperas?
—En Dios.
—Las calles están llenas de mendigos, de niños abandonados, de
infelices muchachas que se han prostituido. ¿Dónde está Dios que no les
ampara?
—¿Qué sabe usted si les ampara o no?
—Sé lo que es el mundo... ¡Dios de los cielos! ¿Qué faltas he cometido
yo para tan inmenso castigo? ¡Tener horror a la vida por mi miseria,
por mi desgracia, por mi infamia..., y al mismo tiempo tener horror a
la muerte porque muriendo, dejo a mi pobre hija en la miseria, sola y
sin arrimo! ¡No poder vivir..., ni morir!
El anciano rompió a llorar. Solita no dijo nada, porque lo que podía
decir no hubiera convencido al infeliz viejo, y lo que le habría
convencido no podía ser dicho. Abrazó a su padre, y se confundieron las
lágrimas de uno y otro. Un ruido extemporáneo en lo interior de la casa
les sacó de la sombría contemplación de su desgracia.