VII

París, ardiente me ha soplado con boca de horno empujándome a la orilla

del mar, a Dieppe, frente a Inglaterra, en el Canal de la Mancha. Es lo

que está más cerca de París, para pasar el tiempo de verano al amparo

del frescor marino, sin ir a los deliciosos y peligrosos paraísos de

la Costa de Azur, de la Grande Bleue. He llegado en días gratos y

de espectáculos pintorescos. Buena cosecha, o si queréis, pesca de

impresiones.

Anidado, cerca del agua, comienzo por dar un buen vistazo a la ciudad.

La cual se divide en dos partes: la elegante y muy moderna, ceñida de

villas y chalets, que se extiende por la calle Aguado hasta el viejo

castillo y el morisco edificio del Casino, y la que contiene el bario

de Pollet, en donde está el puerto. Calles interiores estrechas, casas

sin carácter, más no exentas de uno que otro golpe pintoresco. Por las

cuadradas ventanas que se decoran de tiestos floridos como en España

o Italia, suele aparecer la faz graciosa de una muchacha, o la vieja

coronada de apretado trapo blanco, muy semejante a un gorro de dormir.

Por la Grande Rue, un comercio y un vivir de ciudad de pocos ruidos. No

encuentro mucho de original, como no sean los escaparates de labores

en marfil que un tiempo tuvieron tanta boga y renombre. Al paso, en

una plaza, la Nacional, veo a Duquesne en bronce, gran dieppense aquel

marino; crespa y larga cabellera, bravo talante, firme en sus botas,

bocina en mano. Cerca una vieja iglesia, con su torre que recuerda

la de Saint Jacques, de París, y que lleva el mismo nombre, afirma

la nobleza severa del arte antiguo que la levantó y la fuerza de la

olvidada piedad.

Una callejuela me hace caer de pronto en pleno mercado de cosas

marinas, la Poissonnerie. En un instante pasan por mi mente figuras de

Thwlow; versos de Richepin. Un olor salado flota en el aire. De las

barcas que atracan al muelle sacan los cestos de mariscos; los azulados

bonitos, anchas y sonrosadas rayas, plomizas anguilas, aranques como

puñales, y el «cardenal de los mares» todavía sin su púrpura, y enormes

cangrejos y erizadas centollas. Como salidos de un baño de rosas se

miran los salmonetes, de rosas y madreperlas; lácteos, azulados y

semitransparentes, los calamares; como pasados por laminador, los

lenguados grises; y los gordos peces mayores, dejando entrever la flor

escarlata de las agallas. Aquí de Simón Pedro, aquí de Tobías, aquí

de las Mil Noches y una Noche y de Brillat Savarín. ¡Y los admirables

tipos de gentes de mar! No hace falta sino saber dibujar, _eroquer_,

tanta cara singular, tanto aspecto lleno de carácter: la anciana

revendedora que asiste al remate, fuera del recinto propio del mercado;

la joven más fresca que el pez recién sacado, y perfumada de mar

también, atrayente con su rostro encendido, sus copiosos cabellos, su

sonrisa; los viejos y duros pescadores, cabezas de pipa como hechos

en madera; narices rojas, barbas en barboqueio o herradura; el bigote

afeitado, las anchas manazas, las firmes patazas; quien con el arete

de oro a la oreja, o la cachimba entre los dientes, y en la mirada una

profundidad inmensa, esa profundidad serena e inmensa que comunica la

frecuencia del Océano, el azul de los golfos, lo vasto del cielo, a

los hombres que viven y trabajan sobre las olas, acostumbrados así a

los cantos del alba, a la dulzura de las saladas brisas, como a las

injurias de la espuma y las bofetadas de la tempestad.

El lugar de la venta del pescado no es muy extenso. Es una sólida

galería de hierro, con puestos laterales, en donde las pescadoras

exponen sus artículos ¿Es una obsesión, o es la asendereada ley del

medio?

Parece que todas estas mujeres, las de edad como las mozas, tuviesen

en su rostro algo de pescado; los ojos y las bocas, sobre todo, casi

ictiomorfos... Una pescaderita de quince años, que ríe con finos

dientes y tiene en su cabellera reflejos de algas, se me antoja que

tiene algo de sirena. _Guardo_ y paso.

Ante sus langostas, me detiene con su figura una robusta anciana, como

sacada de no sé qué olvidado cuadro. Bajo el cucurucho blanco del

gorro dos macizas arracadas de oro puro descienden hasta los hombros;

un corpiño obscuro aprisiona auténticos y generosos testimonios de

maternidad; una falda corta acampanada, deja ver las columnas de las

piernas cubiertas por medias de lana; sobre los duros zuecos, dos bien

construídas carabelas en que un Colón de Liliput podría ir a descubrir

en Noche Buena no importa cuál América de nacimiento.

La venta es buena. Al día siguiente han de comenzar las fiestas. Así,

pasan a mi lado haciendo sus compras varios burgueses de Dieppe; y,

nota parisiense entre la concurrencia, blanca toda, fina, bella, una

señorita que ha bajado de su carruaje, llega, acompañada del groom,

compra un buen paquete de langostinos y se va, rápida como un pájaro.

El apetito, más que despierto, me hace dirigirme a un restaurant

vecino, cerca de las arcadas del Café Suizo--aquí, como en todas partes

del universo, hay un café Suizo.--Comida barata sabrosa, marisco

fresco, ausencia de vino y presencia de sidra, rica sidra de ámbar o

de topacio, pues en Normandía, como en el paraíso terrenal, triunfa la

manzana. Mientras almuerzo, oigo de lejos cantar la draga en el canal,

como un gran grillo de hierro.

El día comienza a ponerse opaco. Se hace recordar la vecindad de

Inglaterra. Mientras en París se derriten los sesos de las gentes,

aquí se siente un grato frescor. Después del café, me dirijo a la

playa. Llega al desembarcadero un vapor de Newhaven. La niebla aumenta

poco a poco. Casi ha invadido todo el mar, toda la costa. La tarde

naciente se ahuma. Empieza a vocear, triste, insistente, la campana

de la bruma, allá en el faro. La campana, en tiempo de niebla, hace

las veces de la luz; es el faro del oído. Las olas llegan a la arena

en actividad y encrespamiento que hacen resbalarse a la continua los

guijarros; mas no es la soberbia acompasada que enarca las gruesas

marejadas cuando se enoja el viento. El agua no carnerea, hierve, en la

enorme extensión, sin rasgarse. De cuando en cuando una vela fantasma,

una sombra de barca, se percibe en el tupido vapor flotante; a través

del aire espeso llegan lejanos ruidos de sirenas y de esquilas. La

humedad se insinúa en la piel, barba y cabellos. Se gusta la sal del

ambiente.

El sol, que se asemejaba a luna una, o a un astro de pesadilla, no

logra hacerse paso entre las espesas nubazones. Así se desliza el

tiempo hasta la noche, en que se aclara un tanto el espacio. Las luces

de los faros rielan sobre las aguas. Las aguas, más tranquilas, dan

campo a la mirada que puede ya lanzarse al horizonte. Quietud.

* * * * *

Volvía yo de recorrer el bulevar marítimo, a eso de las diez, cuando

una aglomeración de muchedumbre, un son de trompetas y un brillo de

antorchas en la sombra de una calle me hicieron detener. ¿Qué capitulo

de viejo libro estaba viendo? Ante el pueblo reunido, había dos

heraldos, de armas y un regidor, montados en sendos caballos un pelotón

de arcabuceros y otro de arqueros. Uno de los heraldos desenrolló un

largo papel, y con una gran voz, dijo:

Or, tost, accourez tous, faictes bonne silence et oyez.

Es nom des schevins et tout ayant étè par eux arresté avec très

honorable sire Charles des Marets, capitaine du Chastel et de la

ville de Dieppe, pour Notre Roy et soubverain segneur Charles le

septième.

Faisons assavoir:

Que le jour de demain, dimanche, septième de Juillet, se doibvent

tenir en ceste cité des festes soulennelles et espéciales pour le

resjouissement et grand proffit de tous.

Adonc, en celluy jour de demain, sus le midy ou environ, si haura

par les voies et carrefours de ceste ville, une belle y avenante

monstre numéreuse a la vérité diré, jusques a passer cinq censt

parsonnes, et figurant, sommairement et comme par abrégé, avec

personnages les mieux en point que puet estre, les faicts les plus

illustres en l'histoire de Dieppe à travers les âages et les plus

dignes de ramentevance.

Et maintenant, cecy dit, de vostre part, bourgeoys, manans et

vilains, faut jà vous retirer. Et sitôf que s'oyra covre feu soner,

bien nous vos advison que tout bruyt se doibt cesser, que toute

chandoille de sieu ou resine doibt estre esteinte.

Et bien vous préparez, par un bon somme, à estre frais et dispoz

pour célébrer dignement et alégrement la grant journée de demain.

¡NOEL! ¡NOEL! ¡VIVE LA FRANCE!

Como el grupo era pintoresco, la música alegre y la noche fresca, seguí

a los heraldos de Charles des Marets «capitaine du Chastel et de la

ville de Dieppe», entre el regocijo de crecido número de pescadores

y pescadoras que iban en la procesión, y así escuché varias veces el

pregón. Y siguiendo después el consejo de prepararme con un buen sueño,

para estar _frais et dispoz_ para la fiesta próxima, me encaminé a

mi hospedaje, en donde, al amor del mar, dormí gratamente, hasta que

la animación de la aurora entró por los cristales de mi ventana y la

armoniosa lengua de las olas me dió los buenos días.

Bueno era ese, de sol claro, de cielo lavado y bruñido. La ciudad,

llena de banderas, se agita en su fiesta. Gente del lugar y forastera

circula por las calles principales e invade la playa. Se oyen a lo

lejos gritos, cantos y petardos. _Camelots_ de París venden sonoros

mirlitones. En la Grande Rue se extiende un mercado improvisado, un

mercado de aves, de manteca y quesos, de verduras, de productos de la

campaña; y en la plaza Nacional se instala un bazar de cuanto os podáis

imaginar de cosas viejas y nuevas, con el aditamento de muy baratas.

Hay desde frenos hasta calzoncillos, y mientras un zapatero remendón

elogia las botas claveteadas que ha rejuvenecido, un vistoso charlatán

canta su ditirambo delante de una cabellera fenómeno que debe su famosa

riqueza a una botella de agua milagrosa.

Llegan los trenes de París y Rouen repletos de gente. Los vecinos

de Treport, Puy, Varengeville, aumentan la suma de visitantes. Se

advierten tipos de la capital, mujercitas del bulevar, y no faltan

cabezas del Barrio Latino y de Montmartre. No son los que menos se

notan los ingleses. Hay bastantes bicicletas, y, bufando, se han hecho

presentes dos o tres automóviles. Los marinos y pescadores no ponen

buena cara al hipógrifo de caucho.

El cortejo, el gran cortejo histórico «Dieppe a través de los siglos»,

comenzará a desfilar dentro de poco.

El cortejo. Era primero el siglo XV, y venía a la cabeza dando al

aire sus sones la fanfarra de la milicia burguesa. Son los tiempos

en que los dieppenses, fatigados de la lucha con el inglés, acaban

de volver a su independencia, por obra y empuje de Desmarest. Allí

viene Desmarest tras el preboste de los comerciantes, los ballesteros

casqueados y forrados en sus túnicas rojas, los regidores de negro,

los trompeteros violeta, azul y encarnado, y los heraldos de armas

con dalmáticas y cota. Es el bravo Desmarest o Des Mares, caudillo

desde la adolescencia, y que luego, brazo poderoso, fué creciendo en

empuje hasta sus acciones en Dieppe y Bures, y a quien después de rudo

batallar y vencer, no pudo la muerte arrancar del mundo sino cuando en

el descanso de su ancianidad, había llegado a ciento quince años.

Viene después Dieppe en el siglo siguiente en la época de su mayor

auge. Este tiempo opulento se anuncia desde luego con oros y colores.

Un grupo de niños llega con palmas doradas en las manos y sombreros de

airosas plumas sobre las rosadas cabezas. Preceden a Descellier, el

geógrafo que antes de Gerardo Mercator publicaba su planisferio que

mejoraba los trazados ptoloméicos. Viene Descellier en el carro de

la hidrografía enseñando a sus discípulos, pues, según las palabras

de Asseline, a propósito de las cartas marinas, «le sieur Pierre des

Cheliers, preste a Arques, a eu la gloire de'avoir ètè le premier

qui en a fait en France. Aussi estoit-il un si habile géographe et

astronôme qu'il fit une sphère plate, au milleu de laquelle en voioit

un globe qui représentait toutes les parties du monde.» Vestido de

negro pasa en su carro, que imita una bella _boiserie_ que existe en

el castillo de Gaillón; y tras él la música de los arcabuceros, negro

y azul, jóvenes pajes, a la manera florentina, y precedidos de sus

capitanes, el armador magnífico y fuerte Jean Angó, aquél que solo y

con flota propia, declaró la guerra al rey de Portugal, sin que nada

tuviese que ver en la empresa el gran rey Francisco. Angó es la figura

más brillante de Dieppe. Por él la ciudad, antes de que las luchas

de religión contribuyesen a su ruina, se levantó a una situación de

riqueza y de poderío. Angó heredaba de su padre el espíritu. Como él,

Angó se lanzó a empresas coloniales en la India y en América. De allá

viniéronle riquezas en sus navíos, y con ellas llevó vida de príncipe,

opulento, lujoso, y al mismo tiempo de pensar maduro y juicioso. Hizo

aquí construir un palacio admirable. «La fachada, de madera de encina,

había sido esculpida por los más hábiles artistas y representaba

escenas de navegación, combates entre ingleses y normandos. Los cuadros

y las estatuas de los más grandes maestros ornaban ese palacio, y le

daban un aire de magnificencia incomparable. Desde sus ventanas Jean

Angó tendía sus miradas sobre el puerto, sobre el mar y sobre el valle

de Arques.» Francisco I le visitó, y la ciudad permitió al magnate que

las fiestas fuesen pagadas con su peculio. El rey quedó maravillado de

la fastuosidad de su anfitrión. Hubo lujo de vajilla italiana, en plata

labrada, viandas exquisitas y vinos incomparables, arcos de triunfo,

y, para paseo por el mar, barcas doradas que corrieron las aguas con

buen tiempo y cielo propicio. Angó murió en la pobreza, y he recordado

su grandeza de un tiempo ante la piedra tumbal que cubre sus viejos

huesos, en la iglesia de Saint-Jacques.

Redoble de tambores. Acorazados de cuero y en la cabeza el casco, pasan

los soldados de la milicia burguesa; los oficiales de a caballo van

casqueados también, y brillan sus coseletes de hierro. Los gremios

desfilan en seguida, los de la industria del hierro que llevan jubón

azul; los de la cerveza, violeta, y los del marfil, en cuero de gamuza.

Amarilla y negra la banda de la guardia real, lanza su música, y

oro y negro y a la espalda un manto, los heraldos del rey. Sigue el

gobernador Aymar de Charles, con su uniforme de caballero de Malta; el

capitán de Vardes luce su jubón gris, y luego seis pajes azules en

grandes caballos, antes del gran escudero que porta el real estandarte,

anunciador del rey soberbio, cuya magnífica armadura relampaguea al

sol. Allí va luego el «padre de la agricultura», el buen Sully, de

negro, al que hacen fondo los suizos vestidos de verde. Es el tiempo en

que Enrique IV ha venido a Dieppe antes de la batalla de Arques y de

Ivry, en que hubo de salir triunfante del duque de Mayenne.

Tras el tiempo caballeresco y heroico, el siglo pomposo. Semejantes

a otros tanto Aramises y Portos, los mosqueteros a caballo, gran

chambergo emplumado, coraza y larga capa negra de terciopelo, desfilan

seguidos del gobernador Montigny. El rey Sol es aún niño, y en una

carroza de gala va en compañía de Ana de Austria, la de las bellas

manos. La reina está representada por una graciosa moza que saluda

linda y realmente. A caballo sigue el rojo Mazarino, y un grupo de

cortesanos le acompaña. Llegan gentes de mar. Son los hombres de

Duquesne. Allá, sobre una reducción de la _Sainte André_, el gran

marino, el orgulloso calvinista que desecha por su fe el bastón de

mariscal, está de pie. Angó era el fuerte armador del comercio;

Duquesne es el hombre de la guerra. Es el combatiente de Suecia como

vicealmirante de Cristina; es el reorganizador de la armada francesa

y el jefe de la expedición de Nápoles; es el luchador feliz contra

españoles, ingleses y holandeses; es el generoso vencedor de Ruyter, el

bloqueador de Chio y el temor del Dux veneciano. Cuando Duquesne murió,

el rey le negó una sepultura...

Tambores. A compás marchando van ocho tamborcitos, luego una banda

militar y el pabellón. Dos ujieres de la ciudad se adelantan al _maire_

y al cuerpo comunal; en todos los negros trajes lucen tan sólo las

hebillas de plata de los zapatos. Y luego Balidar. ¿Quién es Balidar?

Es el desconocido turbulento y terrible, el que impuso su nombre como

una bandera de amenaza en la Mancha, el corsario de quien John Bull

supo mucho, y que en Roscoff, cansado de pelear bajo el poder de

Napoleón, puso a su casa balcón de plata maciza, y _freía_ monedas de

plata y oro para arrojárselas al populacho bien calientes. Cuando la

independencia americana, Balidar fué a pedir carta de corsario, y no se

supo más de él que su paso por las costas mejicanas. Ese fué Balidar.

Así, pasa orgulloso entre sus hombres de mar; síguele un grupo de

marinos veteranos; luego, la guardia consular y los trompetas vestidos

de amaranto o blancos brandeburgos. En su caballo blanco cierra la

marcha Napoleón, el Napoleón de largos cabellos del tiempo consular.

Unos cuantos oficiales le acompañan; los húsares, de azules dormanes

van tras él. Tal ve Dieppe pasar su pasado. Un pasado casi legendario,

de empresas bravas y singulares conquistas, con princesas bellas,

reyes gallardos, bizarros capitanes, corsarios temerarios, magníficos

marinos. Y así inaugura el Dieppe de hoy su bulevar marítimo, que pone

hacia las olas que vieron tantas proezas, un balcón extenso para los

veraneantes que no, es por cierto, de plata, como el de Balidar.

«Al principio no había nada.» El mar cubría la mitad de la playa y la

marea llegaba hasta el valle del Arques. Luego hubo un lento retiro,

de siglos. Un día se creó la _pelouse_ donde hoy se alzan los grandes

hoteles de la calle Aguado. Creció allí hierba y pastaron rebaños. La

ciudad prosperaba, comerciaba y entonces los ingleses, como siempre,

aparecieron. Los _échevins_ alzaron entonces fortificaciones, y tres

grandes torres para polvorines. Luego vino la iniciación de los

baños de mar en Dieppe. La sociedad parisiense comenzó a venir en

«largas diligencias», y la moda se hizo. A comienzos de este siglo

ya venía mucha gente cuando la duquesa de Berry afirmó la boga. Se

construyó un teatro, se alzó un casino para los grandes señores de la

Restauración. En 1836, el Estado vendió los terrenos en que antes había

fortalezas. Se levantaron casas y se creó la calle Aguado, cuyo nombre

tiene a causa del banquero español que intentó dotar a Dieppe de un

ferrocarril, intentó, pero no lo realizó. La calle, sin embargo, lleva

su nombre. Napoleón III quiso pasar su luna de miel en Dieppe. Eugenia

quedó encantada del lugar. Gracias a ella se embelleció y prosperó en

poco tiempo. Veinticinco años después la ciudad hizo fuertes gastos

para el establecimiento de sus primeros casinos. Los terrenos de la

playa centuplicaron su valor, y el Estado, interviniendo entonces,

vendió a la ciudad la playa en 451.000 francos. En 1895 el alumbrado

eléctrico fué introducido. Así continuó hermoseándose, hasta que

se observó el daño que causaban a la plaza las invasiones del mar.

La municipalidad dieppense resolvió la construcción del bulevar,

una sólida muralla, flanqueada de rotondas provista de un parapeto

con un ancho _trottoir carrelé_ alumbrado con numerosos postes de

luz eléctrica. Entre este bulevar y la calle Aguado se extiende la

espaciosa plaza llena de césped. El bulevar tiene cerca de un kilómetro

de largo, es un paseo excelente y fué construído por el ingeniero

Herzog.

[Ilustración]

[Ilustración: LIBRO TERCERO]

[Ilustración]

I

He recibido un libro importante y curioso, de M. Henri d'Alméras,

_Avant la Gloire_. El autor ha tenido la amabilidad de enviarme un

ejemplar antes de que aparezca en las librerías. Es un volumen que

trata, en un estilo sin penachos, sencillo, a veces malicioso y casi

siempre espiritual, de los comienzos de muchos grandes nombres de las

letras francesas contemporáneas. Grandes nombres es mucho decir. Hay

en la obra mezcla de grandes y medianos. Lo mismo que «gloria» habría

quedado mejor sustituída por «celebridad». El autor ha averiguado con

paciencia e interés los detalles de los comienzos y primeros pasos

de los escritores que figuran en su obra, desde que, completamente

desconocidos, hicieron los iniciales esfuerzos para lograr renombre.

Los escritores son de diferentes tamaños. Los hay enormes, como Zola, y

chatos, como Ohnet. El libro es ameno y logra que el lector se interese

por más de un precioso dato.

¡Los comienzos! Es decir, los sueños, las esperanzas, el entusiasmo.

Esos principios son más bellos muchas veces que las más triunfantes

victorias. Siquiera porque toda esperanza es hermosa, y todo logro

quita el placer de esperar y da el cansancio humano de lo conseguido.

La posesión de la gloria es lo mismo que la posesión de la mujer.

El libro de M. D'Alméras está lleno de anécdotas, que son la sonrisa de

tantas luchas. Él ha buscado documentarse en conversaciones, lecturas

y recuerdos. Comienza con Alejandro Dumas, hijo, de cuyo nacimiento

habla su padre en sus Memorias con estas palabras: «El 29 de Julio de

1824, mientras el duque de Montpensier venía al mundo, a mí me nacía

un duque de Chartres, plaza de los Italianos, número 1.» Cuenta sus

primeros años de colegio, sus versos, porque hizo versos. Su entrada en

el mundo, muy joven, y estos paternales consejos, muy del viejo Dumas:

«¡Ya eres hombre! Escucha mis instrucciones. Cuando se tiene el honor

de llamarse Alejandro Dumas, no se debe vivir como un mercachifle o

como un hortera. Se come en el Café de París. Se tiene lindas mujeres

y se les paga regiamente. No se priva uno de nada. Anda, hijo mío, y

cuenta conmigo. En tres o cuatro años, si quieres casarte--porque al

fin se llega a eso--te daré trescientos mil francos para comenzar.»

Demás decir que Dumas, hijo, siguió con todo empeño el consejo de su

padre, y en muy poco tiempo llegó a tener cincuenta mil francos de

deudas. Cuando le pidió al autor del _Montecristo_ para pagar, aquél le

contestó: «¿Cómo diablos te voy a poder dar cincuenta mil francos para

pagar, yo que debo seiscientos mil?» Con todo, el hijo, que se vió en

la necesidad de pedir prestado a muchos amigos, hasta en verso, murió

rico y avaro.

De los Goncourt hay noticias que ya conocemos en algunas páginas

autobiográficas, como las referentes a la publicación de _En 18_... No

son de los que menos han sufrido en su iniciación, los dos hermanos

Zemgano de la escritura artística. Solicitudes, fracasos, desdenes

de editores, incomprensión, amarguras de toda especie acompañaron su

entrada a la literatura. En cuanto a Alfonso Daudet, M. D'Alméras se

ha encontrado el trabajo hecho, en el encantador _Petit Chose_. Mas

hay otros puntos nuevos y páginas bien narradas sobre la juventud

del padre de Tartarín. «El joven escritor, dice en su párrafo, había

escapado, gracias a una casualidad feliz--la protección de un hombre de

_esprit_--a la negra miseria de los comienzos, de que no se avergonzó

jamás. Ya no estaba expuesto a comer con un apetito de diez y ocho

años, por toda comida, un pedazo de pan y un trozo de salchichón.

No corría ya el riesgo de verse echado, por un bárbaro propietario,

por algunas mensualidades atrasadas, y pasar la noche--felizmente

en verano--en un banco del Luxemburgo.» Y la anécdota del «paso de

_Fromont jeune et de Risler aîné_.» Son las primeras ganancias serias

que aseguran la vida. Esa novela, de una observación tan penetrante y

tan conmovedora, había sido compuesta en medio del París industrial, en

un cuadro material y moral que le convenía, a maravilla. »Mi gabinete,

escribía el autor, años más tarde, daba sobre los verdores y los

negros enrejados de un jardín. Pero más allá de esta zona de frescor

y de trinos de pájaro, había la vida obrera de los barrios, la recta

humareda de las usinas, el rodar de los carretones, y aún oigo sobre el

pavimento de un corralón vecino el ruido de una carretilla de comercio

que en la época de los regalos iba llena de tambores para niños. La

vuelta, la salida de los talleres, las campanas de las fábricas pasaban

sobre mis páginas a hora fija. Ni el menor esfuerzo para conseguir el

color, la atmósfera ambiente; estaba lleno de ello.» _Fromont jeune

et Risler aîné_--que la Academia debía coronar en su sesión de 15 de

Noviembre de 1875--tuvo un gran éxito de Prensa y llegó muy pronto

a ese número de ediciones que asegura--a veces injustamente--a un

escritor el mérito de su obra. En el mes que siguió a la puesta en

venta, Alfonso Daudet había sido invitado a almorzar en casa de su

editor Charpentier. Este, cuando se levantaron de la mesa, le dijo en

voz baja: «No os olvidéis, ante todo, antes de iros, de pasar a la

caja.» Cuando él se presentó, un poco conmovido, ante la ventanilla,

el cajero le entregó en luises de oro, en monedas de a cinco francos y

en moneda menuda, según dese manifestado, una suma muy respetable--los

primeros beneficios del libro--. Daudet salió como un loco, tomó un

coche para llegar más pronto a su casa, subió la escalera rapidísimo,

entró sofocado, encantado, en la pieza en que se encontraba su mujer, y

después de haber arrojado a manos llenas sobre la alfombra, sin tener

fuerzas para decir una palabra, el dinero que acababa de dársele,

bailó lo que después se llamó entre los suyos «el paso de _Fromont

jeune et de Risler aîné_». Y con ese paso de _ballet_ fué como entró en

la gloria».

De Maupassant hace notar la rapidez en la reputación, desde sus

primeros trabajos. De paso habla de sus versos. De éstos se dijo

que revelaban un excelente prosista. Sin entrar en esas sutiles

distinciones, es el caso que en Maupassant había un verdadero poeta

ahogado después en necesidades de producción y de oficio. _¡Voilà le

mort d'amour avec savandière!_ Veamos algunas líneas de M. D'Alméras:

«Sabía sacar partido maravilloso de su literatura, fabricada

concienzudamente y con método. Se le pagaba lo que valía, lo cual es

muy raro en el mundo de las letras. Evitaba las colaboraciones a la

ventura y las casas cuya prosperidad no le parecía bastante cierta. Su

reputación aumentaba cada día». _Bel Ami_ le colocó en primer rango

entre los novelistas, nuevos y viejos, y le dió gloria. Así, en cuatro

años de vida literaria llegó a la cima; pero ya se desarrollaba en

él, como una enfermedad incurable, ese doloroso estado de alma que

debía emponzoñar todas sus alegrías. El medio de los literatos, de

los artistas, en que estaba obligado a vivir, le repugnaba más y más,

y a los treinta años experimentaba el cansancio y los disgustos de

un escritor envejecido y fatigado. El periodismo, con su necesidad

banal y monótona, no le interesaba ya: «No tengo sino un deseo en mi

vida--escribía a un director de revista--; y es el de no escribir

jamás una sola línea en ningún diario del mundo»; y agregaba esta

otra confesión, que muestra hasta qué punto estaba desencantado:

«Tengo una imperiosa necesidad de no oir hablar más de literatura, de

no hacerla más, de no vivir en eso y de ir a respirar lejos un aire

menos artístico que el nuestro». Todo esto, en verdad, es excesivo,

pero se explica. A través de lo justo de esos desencantos prematuros

se transparenta la inquietud mental del enfermo, que debía acabar por

perderse en la locura y en la violenta muerte.

De Verlaine hay poco que no se sepa en su accidentada vida. Por

otra parte, él ha dejado mucha confesión, recuerdos y páginas de

autobiografía. Saint-Paul-Roux descubrió en el campo a un labrador,

tío del pobre Lelián. Poco nuevo hay en este libro que pueda interesar

a los verlainistas. Por lo que toca a Catulle Mendès, sí hay noticias

escasamente sabidas. Desde luego, estos versos escritos en la infancia,

y que son inéditos:

Le poêle brûlant, rouge, accroupi dans son angle

Comme un âne poussif par sa corde étranglé.

Râlait sous une bande en cuivre roux, qui sangle

Son gros ventre d'argile aux feux tout écaillé.

Aunque apoyado largamente al principio por su padre, Mendès no dejó

de pasar horas muy duras, después de haber fundado varias revistas

y alzado y derribado muchos castillos en el aire. «Casi célebre ya,

aquél, a quien se llamaba el Clodión de la pequeña literatura, gastaba

mucho y ganaba poco. Allá por 1868, la recomendación de la princesa

Matilde le hizo obtener una plaza de expedicionario--90 francos al mes

sin contar gratificaciones--en no sé qué ministerio que dependía del

mariscal Vaillant. La primera vez que Catulle Mendès se presentó en

su oficina, un ujier vino a buscarlo de parte del mariscal Vaillant.

Persuadido, con ese tocante candor de la juventud que la mayor edad no

corrige casi, de que se le va a ofrecer un puesto digno de él, entra,

lleno de confianza y buscando fórmulas de gratitud, en una gran pieza

en que se encontraba un hombre gordo en mangas de camisa. El hombre

gordo se vuelve apenas, y con una voz brusca:

--¿Es usted el que ha escrito esto?--le dijo mostrándole un ejemplar

del _Román d'une nuit_, con las páginas sin cortar.

--Sí, señor--respondió Mendès; pero, a una seña de las personas que

estaban presentes, corrigió:--Sí, mariscal.

--No lo he leído, pero me parece que es inconveniente. Yo no quiero en

mis oficinas empleados que escriban inconveniencias. ¡Lárguese!

Así terminó la carrera burocrática de Catulle Mendès. La princesa

Matilde, resentida de que se hubiese echado tan poco atentamente a

su protegido, el yerno de su viejo amigo Gautier, le estableció una

pensión. Poco tiempo después, la gloria y el provecho llegaron.

Mucho se sabe de la leyenda de Jean Richepin. En su vida, la leyenda

y la realidad se confunden. Nació en Argel; su padre fué un médico

militar, y fué bautizado por un sacerdote que había sido zuavo.

Veinte años más tarde comienzan sus esfuerzos para proclamarse turanio,

bohemio y por _épater_ a las gentes. Fué periodista, profesor, gimnasta

y pasó mil necesidades. Fué soldado. Usó un gran sombrero que fué

célebre.

--«¿Qué es ese sombrerón?--murmuraban las gentes ya conquistadas.

--Es Jean Richepin, joven poeta de porvenir. Se habla muy bien de las

obras que va a escribir.»

Luego fué la gran campanada de la _Chanson des Gueux_, por el cual

libro de versos fué llevado a la prisión de Sainte-Pelagie.

Después dejó París. «Otro quizá habría quedado aplastado,

definitivamente vencido por la persistencia de su mala suerte; pero el

vigor físico, en Richepin, venía en ayuda del vigor moral. Después de

haber cantando a los _gueux_, no vaciló en serlo él mismo, y el rudo

oficio de cargador en los muelles de Burdeos permitió al poeta esperar

días mejores. Vuelto a París, pudo entrar en el _Gil Blas_ y encontró

una colaboración seria. Eso no era aún la gloria, pero sí la vida

asegurada». Después fué cómico, con Sarah Bernhardt, en _Nana Sahib_, y

luego fué célebre.

En las páginas sobre Sardou son de señalar las que tratan de su

espiritismo. Sardou se apasionó de esos estudios desde la llegada del

medium Homc. Conocidos son sus dibujos y sus escritos de ese género; ya

se sabe que todavía persevera en sus creencias y en sus experimentos.

En cuanto a su estreno teatral, fué con la _Taverne des étudiants_, y

la historia de esa comedia es de lo más interesante y sugerente.

A Jules Lemaître, hoy perdido en los laberintos obscuros de la

política, la suerte le vino por el lado del normalismo. En la

Escuela Normal se inició en las letras, y hasta escribió versos, no

completamente católicos.

Qui ne la connaissait, hélas!

Aux bons endroits du Boule-Miche?

Mon Dieu! comme elle parlait gras

Et buvait sec la pauvre biche!

O Nini,

N, i, ni,

C'est fini.

Elle n'avait jamais un sou

Elle était franche et facile,

On l'appelait Nini Voyou.

«Encore une étoile qui file.»

Ya véis que cuesta mucho creer que eso sea del actual sostenedor

del nacionalismo en unión de Coppée. Vinieron después los trabajos

críticos, la seriedad, la celebridad, las ganancias. Un artículo duro

contra George Ohnet hizo ruido. D'Alméras tiene a este propósito una

frase deliciosa: «Attaquer le talent de George Ohnet, c'était dire du

mal d'un absent.»

¿Y Scholl? Aquí están también los comienzos de este famoso periodista,

hoy muy viejo, a quien algunos creen muerto. Son también interesantes y

ayudan a conocer esa personalidad ya casi desaparecida, pero que tuvo

el imperio de la crónica.

C'est le mousquetaire Aurélien Scholl,

Au Palais-Royal, le soir, quand il passe,

Les arbres, courbant leur front avec grâce,

Lui disent: Bonjour, Monsieur Rivarol.

En las páginas sobre Claretie encontramos cómo fué que el actual

administrador de la Comedie Française aprendió español: llevando

los libros y la correspondencia de un comisionista en mercaderias.

Hay un detalle asimismo muy curioso. ¿Quién conoce la primer novela

de Claretie, _Les secrets d'Exili_? Esta obra no se ha publicado en

francés. Véase cómo. El autor había guardado su manuscrito en un

colegio, y un chileno lo descubrió y lo mandó a la América del Sur. He

aquí por qué esa obra apareció en un diario de Chile, en español. ¿Cuál

fué ese diario? ¿Quién fué ese chileno? ¿Quién sabe en Chile detalles

sobre ese asunto?

Y así sobre el perilustre Montepin, sobre Zola, sobre Anatole France

y otros autores menos altos. M. d'Améras ha compuesto su libro y le

ha hecho amable a la lectura, con el halago que presentan las cosas

inéditas, las confidencias, los lados ocultos o poco sabidos de la

existencia de los hombres notables.

La moral de la obra está en que no hay que desesperar si la suerte

se presenta poco favorable al principio. Casi todos los dueños de la

gloria y de la fortuna han tenido que luchar, que sufrir, que pasar

horas muy amargas, muy terribles. Con fe y con voluntad han triunfado.

Después ha venido la fama, y con ella el dinero, precipitado actual de

la celebridad, ya que no de la verdadera y soberana Gloria.

[Ilustración]

[Ilustración]

La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I · 第 16 / 34 题