VI

La sola palabra Trianón evoca el espíritu y la vida de toda una

época. Se acerca, en el tiempo, como un perfume antiguo; se oye

un son de viola de amor, un minué en el clavicordio de la abuela;

se mira, con los ojos entrecerrados de la memoria melancólica, un

conjunto de suntuosidades y elegancias. Los arriesgados ejercicios

de la coquetería, las declaraciones de los caballeros y las sutiles

conversaciones de los abates; horas de encaje y seda; embarques

para Citeres; idilios rústicos entre pastores gongorinos y pastoras

«preciosas». Collar de horas que fué como una guirnalda de rosas que

cubriese de pronto una ola de púrpura. Tiempo encantador, ciertamente,

que tiene su parangón en los libros de cuentos de hadas y que adoraban

los Goncourt. Hoy, ese tiempo florido hace escribir algunos buenos

libros; inspira a ciertos poetas musicales deleitosas poesías;

interesa a los compradores de cuadros y a los modistos y peluqueros,

con ocasión de los bailes de trajes o cabezas empolvadas. ¡Buen baile

de cabezas dió fin a la perenne fiesta en que la reina María Antonieta

imperaba de todas guisas!

Los lugares que sirvieron de teatro a tantas maravillas, tienen hoy en

su severa soledad una dulce tristeza que no querría ser perturbada.

Versalles y sus rincones de amor y de recuerdo, parece que no deberían

profanarse con ruidos modernos, con vulgares paradas contemporáneas.

Déjense las umbrías de los nobles bosques, las gloriosas y abandonadas

arquitecturas, a los soñadores, a los enamorados, a los solitarios.

Esas lindas gracias del siglo XVIII que quedan en memorias que parecen

leyendas, y se admiran en cuadros y retratos que semejan sitios y

figuras de encanto, gocen de la quietud que les dió su trágico final.

Eso han pensado algunos parisienses con motivo de un acontecimiento

mundano que ha ocupado grandemente la atención en estos días. Cierto

grupo de damas de la alta sociedad ha querido resucitar por unas

cuantas horas aquel hermoso vivir. Mas ha habido grandes dificultades.

La vieja y restringida aristocracia, no ve con buenos ojos algunas

iniciativas que vienen de la nobleza adventicia. Una verdadera condesa,

con verdaderos cuarteles, protesta ante la intromisión en asuntos de

su sola incumbencia, de tal o cual marquesa o condesa de ultramar,

coronada de perlas heráldicas en virtud de los millones de papá. Cierto

es que entre las iniciadoras había nobles de auténticos pergaminos,

como una La Rochefoucauld y una Folingnac; pero la persistente

imposición de tal miss Gould, por ejemplo, devenida condesa de

Castellane, arruga muchas frentes. «En el _hameau_ de la reina, observa

alguien, antes las grandes damas hacían papel de _fermières_; hoy las

_fermières_ intentan hacer de grandes damas.» Otro dice: «He soñado

mucho con las bellas figuras que animaron tan admirables escenarios

para arriesgarme a ir a padecer con la desilusión de personas

actuales desprovistas de toda poesía.» Pasada la reunión, un cronista

anota, junto a una Clermont-Tonnerre, «noblezas del Ural y de las

Cordilleras». El poeta Montesquiou-Fezensac se asusta encontrando allí

«cabezas que rehusaría seguramente la guillotina»; y el Jean Lorrain,

desventrado cien veces por Laurent Tailhade, agrega en verso:

_La pique en les voyant recule epouvantée._ Con todo, la celebración

histórica ha sido variada, alegre y hermosa. Las princesas de hoy,

aburguesadas de gustos y aficiones, cuentan, sin embargo, con

preciosos ejemplares; y con dinero, todo se dora y se imita. En los

salones actuales, los abates de antaño están sustituídos por ciertos

sacerdotes distinguidos que el autor del _Journal d'un défroqué_ ha

sabido retratar, y los Copée, Lemaître y Barrés, reemplazan el espíritu

del buen tono de la vieja Francia. No han faltado pavanas y minuetos

bailados por bailarinas; y la taimada madame de Thébes ha hecho de

Cagliostro, diciendo la buena ventura y vendiendo amuletos _para

ganar dinero y para ser amado_. Hay que confesar que los segundos se

vendieron más que los primeros.

La resurrección de una época no se hace únicamente con trajes costosos

y comparsas teatrales. Ciertos juegos necesitan señalado estado moral

y cultivo espiritual. Cuando lo griego y lo romano estuvo de moda, en

época distinta de la Francia, flotaba por las salas como un ambiente

de academias. Las damas se ilustraban y, petulantes o marisabidillas,

representaban con perfección sus papeles. Los salones oían con

frecuencia las palabras de los sabios, los discursos de los poetas, las

agudezas de los hombres de ingenio. Madama Recamier invitaba. Ahora,

los nobles legítimos y los advenedizos, con notadas excepciones, al

decir de los bien informados, no se han ocupado en la cita de elegancia

que se dieron más que de la carrera de automóviles París-Berlín, y

otros asuntos de igual transcendencia estética. Las berquinadas tienen

otro nombre. Lancret, Fragonard, Watteau, nada tienen que ver ante

Woth, Paquín o Redfern. Un Morgan cualquiera se lleva a Chicago o a

Nueva York tesoros del más puro arte francés; el señor de Iturri,

tucumano según me dicen, y amigo íntimo de Montesquiou-Fezensac,

descubre en un convento de Versalles la tina en que se bañaban la

Montespan y el rey juntos y la instala en Neully.

¡Ah, el alma fina del siglo de las frágiles y pomposas elegancias y de

las gracias sutiles, del siglo de Florian y de Boucher, no pertenece,

como otras tantas cosas, a los ricos de hoy! Es la herencia de los

artistas, de los Verlaine, los Samain, de los Helleu. Los pobres

príncipes de belleza y de armonía tienen este desquite.

Cuentan que el ya muy nombrado poeta de los «olores suaves», uno de

los pocos portalira de que la nobleza puede hoy glorificarse, dió una

fiesta en Versalles en honor del _Pauvre Lelian_, a la cual fiesta

concurrió buen golpe de bellas marquesitas, duquesitas, princesitas y

baronesitas de su parentela y amistad.

No sé qué cara pondría el viejo fauno delante de ellas, como no sea la

máscara satiríaca que solía expresar la alegría pánica y báquica. Mas

entre todas, ¡qué impresión haría la presencia del triste y terrible

poeta, triste de amor, terrible de dolor! Ninguna, supongo, fuera de la

malsana curiosidad, o el superficial snobismo.

La nobleza femenina, en todas partes, se dedica hoy con preferencia al

sport, se interesa mucho por el cuerpo, descuida bastante el espíritu.

Este rumbo siguen las jóvenes «bien» de nuestras democracias y la

adinerada burguesía universal.

La bicicleta ha juntado al príncipe con el hortera, la «Mors» une

el chocolate con la flor de lis. Y entre todos los sports hay uno,

nivelador también, en el divertimiento y en el flirt: la caridad...

La fiesta de Trianón, como la del Bazar memorable, era una fiesta de

caridad.

He querido, principalmente, en estas líneas hacer notar la cuestión del

conflicto de las noblezas, la antigua y tradicional y la adquirida. El

papel en que se coloca a las americanas ricas casadas con títulos, es

poco envidiable.

Un alto desdén, justificado hasta cierto punto, e irremisible, se

cierne sobre las cabezas recién ilustradas con la corona nobiliaria.

No borrará toda la catarata del Niágara pactolizada, la mancha nativa

de Porcópolis, o de Oil City. En todas partes existe, en el gran cuerpo

de la aristocracia, una aristocracia chica y cerrada, que no transige

ni admite mescolanzas ni componendas. D'Hozier frunce el entrecejo ante

los reyes del acero y los barones del dollar. Hay nobles arruinados que

se ponen a precio, y nobles de manga ancha que contemporizan con las

plutocracias exóticas; pero las tres docenas de familias que vienen de

muy lejos en la historia, y que miran sobre el hombre a los titulados

de Luis XIII acá son impenetrables en su mayoría. La _messaliance_ es

cosa rarísima. Para eso se fué a las cruzadas.

* * * * *

Reflexionen las niñas que en nuestras Américas incuben la lejana

esperanza de entrocar en el árbol genealógico de uno de estos viejos

nombres europeos. Es bonito, «viste mucho», como dicen en España, eso

de oirse llamar Madame la Comtesse, Madame la Marquise, Madame la

Princesse; pero desde el momento en que se sabe que ese tratamiento es

para una «galería» especial, que el verdadero núcleo a que se aspira

rechaza la solidaridad y se señala a cada momento la liga; que su

paso levantará siempre un equívoco murmullo y provocará más de una

afilada sonrisa; que la coburguisación, digamos así, o la adquisición

de un marido, por lo general de escaso intelecto, de costumbres poco

ejemplares y de salud casi siempre averiada, no valen la pena de

sacrificar una juventud y una vida a la vanidad más improductiva,

creo que no habrá una sola que prefiera a un dorado ridículo y a un

flordelisado martirio, ser cabeza de ratón entre los suyos, en su casa,

en su tierra, en su sociedad, en su patria.

Ahora, la nobleza del dinero, lo que hace resonar el globo con su metal

desparramado, los principados del cheque, las baronías del casino, el

armonial de hierro y caucho, los marquesados del jeckey, los cuarteles

del yate eso es otra cosa.

Yo sé de un filósofo a quien admiro.

Guarda ovejas en la pampa.

[Ilustración]

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La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I · 第 15 / 34 题