La sola palabra Trianón evoca el espíritu y la vida de toda una
época. Se acerca, en el tiempo, como un perfume antiguo; se oye
un son de viola de amor, un minué en el clavicordio de la abuela;
se mira, con los ojos entrecerrados de la memoria melancólica, un
conjunto de suntuosidades y elegancias. Los arriesgados ejercicios
de la coquetería, las declaraciones de los caballeros y las sutiles
conversaciones de los abates; horas de encaje y seda; embarques
para Citeres; idilios rústicos entre pastores gongorinos y pastoras
«preciosas». Collar de horas que fué como una guirnalda de rosas que
cubriese de pronto una ola de púrpura. Tiempo encantador, ciertamente,
que tiene su parangón en los libros de cuentos de hadas y que adoraban
los Goncourt. Hoy, ese tiempo florido hace escribir algunos buenos
libros; inspira a ciertos poetas musicales deleitosas poesías;
interesa a los compradores de cuadros y a los modistos y peluqueros,
con ocasión de los bailes de trajes o cabezas empolvadas. ¡Buen baile
de cabezas dió fin a la perenne fiesta en que la reina María Antonieta
imperaba de todas guisas!
Los lugares que sirvieron de teatro a tantas maravillas, tienen hoy en
su severa soledad una dulce tristeza que no querría ser perturbada.
Versalles y sus rincones de amor y de recuerdo, parece que no deberían
profanarse con ruidos modernos, con vulgares paradas contemporáneas.
Déjense las umbrías de los nobles bosques, las gloriosas y abandonadas
arquitecturas, a los soñadores, a los enamorados, a los solitarios.
Esas lindas gracias del siglo XVIII que quedan en memorias que parecen
leyendas, y se admiran en cuadros y retratos que semejan sitios y
figuras de encanto, gocen de la quietud que les dió su trágico final.
Eso han pensado algunos parisienses con motivo de un acontecimiento
mundano que ha ocupado grandemente la atención en estos días. Cierto
grupo de damas de la alta sociedad ha querido resucitar por unas
cuantas horas aquel hermoso vivir. Mas ha habido grandes dificultades.
La vieja y restringida aristocracia, no ve con buenos ojos algunas
iniciativas que vienen de la nobleza adventicia. Una verdadera condesa,
con verdaderos cuarteles, protesta ante la intromisión en asuntos de
su sola incumbencia, de tal o cual marquesa o condesa de ultramar,
coronada de perlas heráldicas en virtud de los millones de papá. Cierto
es que entre las iniciadoras había nobles de auténticos pergaminos,
como una La Rochefoucauld y una Folingnac; pero la persistente
imposición de tal miss Gould, por ejemplo, devenida condesa de
Castellane, arruga muchas frentes. «En el _hameau_ de la reina, observa
alguien, antes las grandes damas hacían papel de _fermières_; hoy las
_fermières_ intentan hacer de grandes damas.» Otro dice: «He soñado
mucho con las bellas figuras que animaron tan admirables escenarios
para arriesgarme a ir a padecer con la desilusión de personas
actuales desprovistas de toda poesía.» Pasada la reunión, un cronista
anota, junto a una Clermont-Tonnerre, «noblezas del Ural y de las
Cordilleras». El poeta Montesquiou-Fezensac se asusta encontrando allí
«cabezas que rehusaría seguramente la guillotina»; y el Jean Lorrain,
desventrado cien veces por Laurent Tailhade, agrega en verso:
_La pique en les voyant recule epouvantée._ Con todo, la celebración
histórica ha sido variada, alegre y hermosa. Las princesas de hoy,
aburguesadas de gustos y aficiones, cuentan, sin embargo, con
preciosos ejemplares; y con dinero, todo se dora y se imita. En los
salones actuales, los abates de antaño están sustituídos por ciertos
sacerdotes distinguidos que el autor del _Journal d'un défroqué_ ha
sabido retratar, y los Copée, Lemaître y Barrés, reemplazan el espíritu
del buen tono de la vieja Francia. No han faltado pavanas y minuetos
bailados por bailarinas; y la taimada madame de Thébes ha hecho de
Cagliostro, diciendo la buena ventura y vendiendo amuletos _para
ganar dinero y para ser amado_. Hay que confesar que los segundos se
vendieron más que los primeros.
La resurrección de una época no se hace únicamente con trajes costosos
y comparsas teatrales. Ciertos juegos necesitan señalado estado moral
y cultivo espiritual. Cuando lo griego y lo romano estuvo de moda, en
época distinta de la Francia, flotaba por las salas como un ambiente
de academias. Las damas se ilustraban y, petulantes o marisabidillas,
representaban con perfección sus papeles. Los salones oían con
frecuencia las palabras de los sabios, los discursos de los poetas, las
agudezas de los hombres de ingenio. Madama Recamier invitaba. Ahora,
los nobles legítimos y los advenedizos, con notadas excepciones, al
decir de los bien informados, no se han ocupado en la cita de elegancia
que se dieron más que de la carrera de automóviles París-Berlín, y
otros asuntos de igual transcendencia estética. Las berquinadas tienen
otro nombre. Lancret, Fragonard, Watteau, nada tienen que ver ante
Woth, Paquín o Redfern. Un Morgan cualquiera se lleva a Chicago o a
Nueva York tesoros del más puro arte francés; el señor de Iturri,
tucumano según me dicen, y amigo íntimo de Montesquiou-Fezensac,
descubre en un convento de Versalles la tina en que se bañaban la
Montespan y el rey juntos y la instala en Neully.
¡Ah, el alma fina del siglo de las frágiles y pomposas elegancias y de
las gracias sutiles, del siglo de Florian y de Boucher, no pertenece,
como otras tantas cosas, a los ricos de hoy! Es la herencia de los
artistas, de los Verlaine, los Samain, de los Helleu. Los pobres
príncipes de belleza y de armonía tienen este desquite.
Cuentan que el ya muy nombrado poeta de los «olores suaves», uno de
los pocos portalira de que la nobleza puede hoy glorificarse, dió una
fiesta en Versalles en honor del _Pauvre Lelian_, a la cual fiesta
concurrió buen golpe de bellas marquesitas, duquesitas, princesitas y
baronesitas de su parentela y amistad.
No sé qué cara pondría el viejo fauno delante de ellas, como no sea la
máscara satiríaca que solía expresar la alegría pánica y báquica. Mas
entre todas, ¡qué impresión haría la presencia del triste y terrible
poeta, triste de amor, terrible de dolor! Ninguna, supongo, fuera de la
malsana curiosidad, o el superficial snobismo.
La nobleza femenina, en todas partes, se dedica hoy con preferencia al
sport, se interesa mucho por el cuerpo, descuida bastante el espíritu.
Este rumbo siguen las jóvenes «bien» de nuestras democracias y la
adinerada burguesía universal.
La bicicleta ha juntado al príncipe con el hortera, la «Mors» une
el chocolate con la flor de lis. Y entre todos los sports hay uno,
nivelador también, en el divertimiento y en el flirt: la caridad...
La fiesta de Trianón, como la del Bazar memorable, era una fiesta de
caridad.
He querido, principalmente, en estas líneas hacer notar la cuestión del
conflicto de las noblezas, la antigua y tradicional y la adquirida. El
papel en que se coloca a las americanas ricas casadas con títulos, es
poco envidiable.
Un alto desdén, justificado hasta cierto punto, e irremisible, se
cierne sobre las cabezas recién ilustradas con la corona nobiliaria.
No borrará toda la catarata del Niágara pactolizada, la mancha nativa
de Porcópolis, o de Oil City. En todas partes existe, en el gran cuerpo
de la aristocracia, una aristocracia chica y cerrada, que no transige
ni admite mescolanzas ni componendas. D'Hozier frunce el entrecejo ante
los reyes del acero y los barones del dollar. Hay nobles arruinados que
se ponen a precio, y nobles de manga ancha que contemporizan con las
plutocracias exóticas; pero las tres docenas de familias que vienen de
muy lejos en la historia, y que miran sobre el hombre a los titulados
de Luis XIII acá son impenetrables en su mayoría. La _messaliance_ es
cosa rarísima. Para eso se fué a las cruzadas.
* * * * *
Reflexionen las niñas que en nuestras Américas incuben la lejana
esperanza de entrocar en el árbol genealógico de uno de estos viejos
nombres europeos. Es bonito, «viste mucho», como dicen en España, eso
de oirse llamar Madame la Comtesse, Madame la Marquise, Madame la
Princesse; pero desde el momento en que se sabe que ese tratamiento es
para una «galería» especial, que el verdadero núcleo a que se aspira
rechaza la solidaridad y se señala a cada momento la liga; que su
paso levantará siempre un equívoco murmullo y provocará más de una
afilada sonrisa; que la coburguisación, digamos así, o la adquisición
de un marido, por lo general de escaso intelecto, de costumbres poco
ejemplares y de salud casi siempre averiada, no valen la pena de
sacrificar una juventud y una vida a la vanidad más improductiva,
creo que no habrá una sola que prefiera a un dorado ridículo y a un
flordelisado martirio, ser cabeza de ratón entre los suyos, en su casa,
en su tierra, en su sociedad, en su patria.
Ahora, la nobleza del dinero, lo que hace resonar el globo con su metal
desparramado, los principados del cheque, las baronías del casino, el
armonial de hierro y caucho, los marquesados del jeckey, los cuarteles
del yate eso es otra cosa.
Yo sé de un filósofo a quien admiro.
Guarda ovejas en la pampa.
[Ilustración]
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