Suelo encontrarme con gentes imaginativas y con gentes prácticas,
con caballeros de la célula y doctores místicos, con personas que
todo lo arreglan como dos y dos son cuatro y con personas que están
esperando en estos momentos el caballo blanco del Apocalipsis. Toda
la biblioteca Alcan me merece mucho respeto, y doble la figura de los
santos padres que inspiran esa y otras bibliotecas parecidas. Los
espiritualistas hasta el éxtasis y los swedenborguianos de la rue
Thouin, me inspiran vagos temores que algunas risueñas ideas suelen
aminorar. A propósito de una autopsia ruidosa que tuvo por anfiteatro
el del hospital Saint-Antoine, y en la cual unos estudiantes de buen
humor rellenaron de periódicos el cráneo de un ex gendarme--simbólica
ocurrencia,--multiplicaron su hígado y desparramaron sus demás
miembros, se ha hablado y escrito mucho en París. He oído la opinión
de los de la célula, y no encuentran de particular en el hecho sino
la mala administración del hospital; los del caballo blanco, por
el contrario, me han prometido para dentro de muy poco tiempo, la
destrucción del mundo por el fuego del cielo. No sé qué dirá la
«Camarde» de la sabia tranquilidad de los unos y de las bíblicas
seguridades de los otros; pero algo debe preparar después de tantas
ofensas, olvidos y burlas ante los cuales ese cómico descuartizamiento
de un difunto agente de orden público, es poca cosa. La verdad es que
_No hay que jugar con la muerte_, y París está jugando con ella, sin
mirar que desde lo obscuro de su abismo, horrible como en el fresco del
campo-santo pisano, esa flaca fatal ve mucho más allá de sus ausentes
narices.
Desde luego el olvido. ¿Quién recuerda, en el bullicio de esta vida
de continuos placeres en la lucha incesante por el dinero, por la
posición o por la fama--que todo en el fondo es uno,--quién recuerda
que tiene que morir? Es el perpetuo ejercicio de los sentidos, y
la fatiga consiguiente. Cuando llega _la hora_, todo el mundo está
desprevenido. Si se es algo, la noticia irá en las secciones de crónica
social de los periódicos, y a nadie se le ocurrirá que tal cosa pueda
acontecerle. Las ofensas son más. La frecuencia del duelo es una de
tantas manifestaciones. Otra, la destrucción de la vida en su germen,
los fraudes del amor, las connivencias de M. y M^{me} Saturno. La
estadística enseña resultados increíbles, y la simple conversación con
un portero instruye como un libro. Las «hacedoras de ángeles» han
ocupado tanto a la justicia, como la cirugía galante que abelardizó
una crecida clientela de damas ultraprudentes, partidarias de la
despoblación francesa. Estos terribles menoscabos a la vida, son otros
tantos insultos a la Muerte, que se ve privada de gran parte de su
cosecha y suplantada en sus futuras funciones.
La burla es peor. Existe en Montmartre un _cabaret_, que puede ser
considerado como uno de los templos en que mayor culto recibe la
estupidez y la grosería humanas. Se llama el _cabaret du Néant_, y
es una de las «curiosidades» que el recién llegado a París se ve
obligado a visitar, inducido por el cicerone, por el amigo bromista,
por la guía o por haber oído hablar del obscuro rincón en que se
toma a la muerte como un inconcebible pretexto de bufonería. Atenas
no habría consentido ese infecto bebedero, y en otra capital que no
se llamase París no habría ni policía ni público para la siniestra
farsa. La fachada del _cabaret_ está pintada de negro y una lámpara
verdosa ilumina la entrada. Ya en lo interior, os reciben unos cuantos
_croquemorts_ con saludos fúnebres, y os llaman la atención las
decoraciones absolutamente mortuorias. Calaveras, tibias, esqueletos,
inscripciones tumbales hieren la vista en las paredes; y las mesitas
para los consumos, están substituídas por ataúdes. El _croquemort_
que hace de mozo, al servir lo que se le pide, no deja de acompañarlo
con comentarios escatológicos, y de evocar ideas de carroña y de
inmundicia; las provocaciones al asco suelen ir acompañadas de insultos
grotescos, y todo esto, por lo general, es recibido por un público
singular, con risas aprobativas:
Luego se pasa a una especie de teatrito, en donde, por un juego óptico,
se presencia la descomposición de un cadáver. Y he encontrado un típico
personaje en ese antro: una infeliz muchacha, que cuando el lúgubre
barnum pregunta al público: «¿No hay quien quiera hacer de muerto? y
no surge de los asistentes el mozo ocurrente, o la joven lista, se
presta--dos francos la noche--a la macabra apariencia. Se ve entrar a
la persona en el ataúd, y se va advirtiendo poco a poco la lividez, la
podredumbre, la cuasi liquefacción y el esqueleto. El resultado es un
¡uff! de desahogo, al salir de tan abyecta cueva. ¡Cuán lejos, en el
camino de lo infinito, el fresco de Lorenzetti!»
* * * * *
Tengo gran estimación por los médicos y gran devoción por la medicina,
entre otras cosas, porque Esculapio es hijo de Apolo. Por esto mismo he
sentido correr frío por mis venas cuando he oído a varios estudiantes
de medicina ciertos informes y juicios. «Yo, señor, me dijo uno, voy
a recibir mi título dentro de poco, pero ni ejerceré mi profesión, ni
me pondré jamás en manos de un colega.» ¿Me habla usted del desprecio
de la muerte, de los chistes cadavéricos, de bromas de _carabin_? Aún
hay algo peor en los internados. ¿Qué diría usted si le dijese que
suelen verse y no con rara frecuencia, casos de absurdas necrofilias,
e inconcebibles profanaciones por inicuos farsantes? Pues bien, el
desprecio de la vida, la burla de la vida, es algo que da escalofríos.
¿Ha leído usted _Les Morticoles_, de León Daudet? ¿Le han narrado casos
curiosos? Yo le diré de uno observado por mí.
Llega un infeliz, el profesor diagnostica: apendicitis. Ya sabe usted
la enfermedad que estuvo hace poco de moda. Va uno a operar. Se le
abre el vientre al pobre paciente, se ve, y se encuentra que no tiene
en absoluto tal apendicitis. El profesor, muy tranquilo: «¡Está bien,
cósanle!» ¿No es esta la peor de las vivisecciones y la más horrible de
las infamias?
Otro caso. Un marido, recién casado, va a consultar a un médico,
acompañado de su señora. Era un asunto ginecológico. El matrimonio,
rico. El doctor asegura al marido que hay que hacer una operación, una
operación muy ligera, cosa de cortos instantes, «mientras usted se fuma
un cigarrillo». Y el marido enciende el suyo, y se queda, no sin cierto
temor, esperando los resultados de la carnicería, en la antesala. Yo,
me dice mi amigo, tenía el cloroformo y otro ayudante el pulso; el
doctor comenzó a operar, y a poco vi un chorro de sangre que se elevaba
casi hasta el techo. No hubo remedio posible.
El médico, asustado, dijo: _¡Ça y est!_ Unos instantes después la
mujer era cadáver; el ayudante tuvo que salir a dar la noticia al
marido, pues el doctor tenía, y con razón, miedo de que le matara.
Y como éste, otros tantos casos. Naturalmente, esto no lo dicen los
Doyen, los Albarrán, los Mauclair. Otros me narran historias que serían
hoffmanescas si no fuesen netamente repugnantes, de las horas inútiles
del internado. Cuando el reciente hombre descuartizado, que es todavía
incógnita para la policía, se supuso una broma de estudiantes. ¡Ah,
las bromas! hay imbéciles que para asustar al profano, se lanzan hasta
hacer sospechar, con ambiguas reticencias, ocurrentes antropofagias.
Ante esta clase de internos, futuros doctores, me complazco en
recordar a buenos amigos míos, del hospital San Roque de Buenos Aires,
excelentes muchachos que cuando las fatigas de la obligación y del
estudio concluían, pasaban sus horas libres hablando de arte, dibujando
o interpretando en el armonium a Wagner, a Beethoven, a Grieg.
¿Y los vagos rumores de enfermedades sostenidas, de monstruosos
abortos, de verdaderos asesinatos en favor de impertérritos herederos,
de esos que han tenido su comentario mejor en una popularísima
caricatura de Caran D'Ache, y los encierros de gentes en su sana razón
en manicomios y casas de salud? Cierto; esto sucede en todas partes, y
entre vosotros podéis señalar algunos ejemplos que la prensa ha hecho
visibles y resonantes; pero en esta vastísima capital del placer, del
oro, del amor, los hechos son muchos.
Los _camelots_ venden juguetes macabros, el esqueleto se prodiga en
dijes y pisapapeles. En una ocasión no lejana se dió un concierto en
las catacumbas y se _flirtó_ al amor de una sensación nueva. La poesía
de Rollinat, que hoy ya nadie recuerda, tuvo muchos aficionados, y
_Mademoiselle Squelette_ muchos intérpretes. La Gran Histrionisa genial
Sarah Bernhardt, hizo famoso su féretro-lecho. La duquesa de Pomar,
tocada de teosofía, daba bailes en donde aparecía, según se dice, el
espectro de María Stuart; y el de Esseintes de Huysmans, cuyo modelo
en carne y hueso es el conde Robert de Montesquieu Fezensac, ofrecía
comidas negras, a las que no hubiera tenido inconveniente en sentarse
la sombra del Comendador.
Hay una literatura _faisandée_, que huele mucho a cadaverina con su
poco de cantárida; a ella pertenecen, para señalar un ejemplo, ciertos
cuentos de M. Jean Lorrain, caro a lectores reblandecidos.
La guillotina ha sido llamada por un escritor «el espectáculo
nacional», como los toros de España; y hay gentes, sobre todo en
un especial medio femenino, que buscan esos sangrientos pimientos
eróticos, para condimentar deseos insaciados y animar ensueños viciosos.
Claro, que no es todo París, hay que fijarse bien y claramente, no
es todo París, sin excepción; pues hay un París que trabaja y es
inmenso ese París, y hay un París que reza, inmenso también, aunque
parezca esto una eminente paradoja. Gran parte de la enfermedad está
sostenida por la carne cosmopolita que dominguea en la ciudad fabulosa
y maelstrómica.
Pero de un modo o de otro, París, en medio de su gloria, en medio de
la alegre agitación de sus pecados amables y terribles; en medio de la
avalancha de oro que un solo soplo de sus labios hace rodar al abismo;
en medio de tantas músicas y canciones que no hacen oir las quejas de
los de abajo, de los que están, _como los muertos_, en sus negras
catacumbas, miseria y hambre; en medio de una primavera que presenta
incesantemente sus flores y un otoño continuo que da sus frutos a los
paladares favorecidos de la suerte; en medio de un paraíso de locura en
que la mujer en su sentido más carnal y animal, es la reina invencible
y la devoradora todopoderosa, ha olvidado que hay algo inevitable y
tremendo, sobre los besos, sobre los senos, sobre la alegría, sobre la
música, sobre el capital, sobre la lujuria, sobre la risa, sobre la
primavera y sobre el otoño; y este algo es sencillamente la Muerte; la
Muerte, a la cual se olvida, o se ofende, o se burla.
No hay que meter periódicos en el cráneo de los muertos, como el mozo
del hospital Saint-Antoine. Se pueden poner al tanto de lo que pasa.
No hay que dar conciertos en las catacumbas. Se puede despertar la
Muerte; y ponerse a bailar, como en la Edad Media...
Ese sería el desquite de la Muerte...
[Ilustración]
[Ilustración]
V
Un distinguido asesino inglés, o al menos apellidado Smith, ha
intentado, con mal éxito, degollar a una vieja cortesana retirada, ya
sin cotización en plaza, pero que tiene automóvil. Las señoritas de
Pougy y otras Oteros, se han estremecido ante sus diamantes. En Maxim's
la noticia del suceso hizo palidecer muchas caras bonitas. El hecho
del día ha sido la preocupación de _esas damas_, que por mucho tiempo
tendrán que pensar en los inconvenientes de su lucrativa carrera. Han
parado mientes en que, en Babilonia y en el mundo _ou l'on s'amuse_,
bajo una buena levita se oculta un buen estrangulador, y en que Smith
es uno más en la lista de los Pranzinis, Prados y compañía.
¡Ah! estas graciosas desplumadoras de pichones y gallos viejos,
encuentran de repente la garra de la bestia bruta que por quitarlas
el collar les quiebra el lindo cuello, o les pega una puñalada, o les
ahoga, o emplea las armas principio de siglo del héroe de ahora: la
pelota de plomo en la cáscara de la mandarina, y el anillo atado a la
fina cuerda. Y no será quien las mate el hambriento desesperado de los
suburbios o el _marlou_ de gorra y blusa. Será uno de esos desechos
humanos, uno de esos intrusos de todas partes, caballeros de industria,
«rastas» empobrecidos y sin oficio, rondadores de mesas de juego,
componedores de amor ajeno a tanto la pieza, parásitos de hetairas y
candidatos a la momentánea o larga celebridad que ofrece el aparato de
M. Deibler.
En los cafés de mujeres elegantes y venales, habéis visto esos
extraños tipos, de nacionalidades dudosas, valacos, griegos,
levantinos, americanos del norte y también del sur, rubios u obscuros,
elegantemente vestidos, con prendedores hirientes, bigotes tziganos,
conocidos de muchos sin que ninguno sepa a punto fijo quiénes son,
amigos confianzudos de las más señaladas Emilianas y Margaritas, y
que levantan a su paso vagas interrogaciones: «¿De qué vive éste?
¿Cómo gasta, cómo derrocha?» Vive, casi siempre, de los calaveras que
le prestan y de las mujeres que le dan. Pero de repente, una noticia
circula al son de los valses húngaros, por las mesas envanecidas de
champaña: «¡Sabes! Fulano, preso. Una estafa. O un robo.» Cuando el
aventurero es de hígados negros, la campanada anuncia un asesinato.
¿Cuántos de esos van por el bosque, haciendo el rico, en equipajes
ajenos? ¿Cuántos se sientan a jugar en los casinos al lado de títulos y
personajes, hasta que un día se les agarra en la engañifa, se les echa
a puntapiés, o se les desenmascara?
Mas, es cerca de «esas damas» donde ellos aprovechan con más
frecuencia, pseudo protectores, «señores de compañía» como el grotesco
tipo que acaba de presentar Coolus, secretarios, o perros de presa. Por
ese camino se llega a todo. El dinero a que están acostumbrados les
hace falta de pronto, y hay que buscarlo de cualquier manera. Tienen
muchas amigas de las carreras, del aperitivo, de la cena, del teatro,
conocen sus joyeros, sus habitaciones, sus hábitos. Y así, de cuando en
cuando, una pobre pecadora muere de sangrienta y trágica muerte.
* * * * *
Esas damas...
¡Preciosas estatuas de carne, pulidas y lustradas como dijes, como
joyas, flores, o animales encantadores, estuches de placer, maestras de
caricias, dignas de una corona de emperatriz, ducales, angelicales, y
tan brutas, tan ignorantes, tan plebeyas en su mayoría!
Cuando más os deleitan un gesto atávico, un modal hereditario, os
revelan la antigua granja, el gallinero, el lavadero o la cocina
maternales. Todas las aguas de Lubín, todas las invenciones de Lenteric
no bastarán a quitar la original mancha nativa; todos los roces
con Gales, con Borbón o con Sagán no las suavizarán la aspereza de
generaciones de servidumbre y vulgaridad, y cuando el carácter exalta
o se agria brotan de los más bellos labios palabras y hacen los más
blancos brazos gestos, que piden la portería o el mercado.
Ésta nació en un pueblecito de provincia; vino a París no se sabe cómo;
quiso trabajar y no pudo; le cayó del cielo de un lecho casual una liga
medianamente favorable. Abandonada, fué _soubrett_, y de criada de
señora alegre, fué arrebatada por tal viejo vicioso que la lanzó, es el
término. Tuvo suerte, y hoy posee una mediana educación, un hotelito,
caballos, y su nombre figura en las crónicas del _Gil Blas_.
Esa otra es gallega. Sirvió en Madrid en una casa de huéspedes. Todos
los estudiantes supieron en su pensión de a dos pesetas lo que era
el amor de la sirvientita, cuya cara primaveral era un plantío de
sonrisas, y cuya generosidad no tuvo límites. ¿Quién le enseñó a bailar
el vito y el fandango? ¿Quién la levantó de tan bajo como había caído?
¿Qué ángel le mostró el camino de París, y quién la hizo descaderarse
ante un concurso de periodistas? Es el hecho que triunfó en un
instante, y sus castañuelas hicieron llover luises. Los jóvenes vivos
y los viejos bobos la llenaron de diamantes. ¡Qué de diamantes! Sus
diamantes fueron tan célebres como sus conquistas. Torpe como un pato,
tiene en su época la celebridad de una Aspasia. Tiene hotel, casas que
alquila, todavía más diamantes, y mil trompetas que anuncian al mundo
el reinado de su belleza.
Aquélla, tuvo por cuna un montón de coles, se corrompió casi en la
niñez, circuló por los barrios parisienses, en noches de frío, en busca
del paseante trasnochador. La casualidad la hizo hallar su suerte buena
en un desconocido. Ascendió. Ganó. Acaparó. Juega a los caballos. Su
llegada a Niza y Monte-Carlo causa siempre sensación.
Aquella otra, ¿se acordará del pobre pintor que fué su amor primero en
un cuartucho del barrio Latino? ¿Se acordará de las noches danzantes
de Bullier? ¿De la escasa cena a la madrugada, en los mercados? Quizá,
porque se la suele ver en ocasiones pasear sus trajes de Doucet por
cafetines del Boul' Mich y saludar a sus antiguos conocimientos.
Las obreritas miran con envidia a estas desdichadas con fortuna, cuyas
faldas, cuyos sombreros, valen un año de trabajo en un taller matador.
El lujo las fascina, ese lujo gritón y exhibicionista; y el ver a las
ilustres pelanduscas en compañía del lord, del conde y del millonario.
Y no sospechan los lados duros y trágicos de esos aparatos de placeres,
a quienes el placer mismo martiriza.
Algunas empiezan ya a guardar dinero, a poner en el Banco economías, y
suelen ser menos frecuentes los fines de fiesta a lo Cora Peral. Pero
la riqueza no es segura y un crecido tanto por ciento va siempre a
los hospitales y a la miseria degradada, cuando un ímpetu salvador no
lleva la vieja carne inútil al Sena. Las que logran asegurar los años
últimos, ya se sabe en lo que paran. Como el diablo viejo, en fraile;
la diablesa gastada, en devota.
Hay sus raros ejemplos de afición a la literatura, y sobre todo a las
tablas. Lo primero no deja de ser una especie de _réclame_, como en el
caso de Mlle. de Pougy; y lo otro no es más que el _affiche_ viviente,
la muestra plástica, el escaparate del «restaurador» que pone a la
vista lo que atrae a los amantes de la _bonne chére_, o si queréis,
_bonne chair_...
* * * * *
¿Habéis estado alguna vez, pasada la media noche, en casa de Maxin?
Cito este lugar, por ser uno de los que más ha estado de moda en
este último tiempo. Una muchedumbre de beldades caras se instala
en las mesas, que no tardáis en ver coronadas del indispensable
cordon-rouge o extrady. Caballeros de todos portes invaden el recinto
y entablan la partida amorosa de la cena, mientras los tziganos, que
casi siempre son españoles, italianos y franceses, martirizan los
violines en un suplicio orféico que no cesa. Jovencitos adinerados y
más que maduros _marcheurs_ se disputan la primacía del halago a las
mujeres, radiantes de joyas, maravillosamente vestidas, irresistibles
de vicio. Hay sonrisas, charlas, risas, y no son raros los insultos.
Allí están las varias Guerreros, estranguladas de perlas, repartiendo
sus tentaciones españolas; allí varias yanquis, soberbias y duras,
con las manos pesadas de brillantes; y las innumerables Fulanas de
Tal Cosa, Perengana de Tal Otra, francesas con su falso apelativo
nobiliario, graciosas, atrayentes, pálidas de noches blancas, a pesar
de los afeites. Y se come y se bebe; y cuando llega la madrugada, ya
las mesas se han apartado y el baile se inicia, y dale _Valse bleue_
y demás músicas en boga. Por el lado del bar pasan los equívocos
_chasseurs_ que llevan mensajes; por otro circulan los mozos serviles,
renovando la champañada. Y la _quête_ de los músicos, completa los
indispensables desembolsos. (¿Qué diríais al saber que los violineros
del _Café de París_ se han ganado en un año de propinas setenta y
tantos mil francos?) Y las mozas se alegran más y más. Cada cual cuenta
con su presa. Y el inadvertido mozalbete no consulta su cartera; y el
animado _gagá_ no halla qué hacer con su emperatriz de a tantos luises.
Y hay entre ellas celos y recelos. La ninfa no esconde a veces a la
verdulera, y la marquesita Watteau no oculta que sabe el vocabulario de
su papá el cochero.
El triunfo está a la salida, cuando cada víctima se lleva a su
compañera del brazo. No se cambiaría un caballero de éstos, en ese
instante, por el mismo ex príncipe de Gales.
Allí he visto auténticos potentados asiáticos e inconfundibles
majestades yanquis; conocidos lores, y, ¡qué honor para el continente!
gran variedad de afortunados hispano-americanos.
Allí he visto--y ya comprenderéis que no he asistido como uno de
tantos, pues no tengo inconveniente en manifestaros que no me llamo
Vanderbildt, y que la buena mensualidad que me paga _La Nación_ no me
alcanzaría para dos noches;--allí he visto, con cierto pesar, a ricos
argentinos, desparramar los billetes azules, esfumar los oros con
prodigalidades que no dejaban mal puesta la bandera... Pero os juro que
más de una vez he tenido la tentación de decir a uno de esos notables
gozadores de la vida: «Señor, es una bella pasión la pasión de la
belleza, y la grata compañía de estas princesas, envidiable desde todo
punto de vista, de oído, de olfato, de tacto. Tenéis un capital que
no palidece ante el de algunos de estos nababs cosmopolitas. No sería
yo quien os aconsejara tomar la vida por su lado obscuro, cuando las
estancias producen tanto y no gastáis sino los intereses de vuestro
haber total. Pero permitidme que os haga esta pequeña observación. Con
lo que gastáis en una semana de superfluos derroches, podría seguir por
mucho tiempo sus estudios un joven pintor, músico, escultor, escritor,
de los muchos que en vuestro país son pobres, y podrían más tarde dar
honra y brillo a la patria. Con lo que gastáis en dos semanas podríais
obsequiar al Museo nacional de Bellas Artes, una hermosa obra, que
acrecentaría al naciente emporio artístico; con lo que gastáis en
un año--y hablo de gastos absolutamente sin razón--¡calculad lo que
podríais hacer!»
Pero, casi siempre, cuando voy a hablar esto, suenan los violines, se
esparce la _Valse bleu_, se interponen los _chasseurs_, hace cuatro
reverencias el _sommelier_...
¡Y esas damas...!
[Ilustración]
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