_Andrianamanitra mby an-trano_, en correcto malgacho, quiere decir:
«El buen Dios está en la casa», lo cual se aplica, allá en Tananarive,
cuando la luz del sol invade las habitaciones. Es una manera de
expresarse poética, sencilla, religiosa, como conviene a gentes
salvajes, negras, desprovistas de toda civilización.
En París, capital de la cultura, cuando llega oficialmente cornacqueada
la pobre reina Ranavalo, se la llama «la negrita de la rue Pauquet», se
la aloja en un «garni» de segundo orden, se la pinta como una mona, en
los periódicos; lo cual no obsta para que, en la estación, al llegar su
majestad hova, se haya gritado, a falta de algo mejor: «¡vive la reine!»
La reinita morena--_nigra sum sed formosa_--es bastante agradable y
simpática; no es, ni mucho menos, una salvaje, puesto que pedalea
y lee novelas francesas. Si la pensión que se la pasa no fuese tan
limitada, se entregaría quizá al automovilismo. Prisionera, después de
ser destronada de un modo completamente progresista, ha vivido en una
villa que la sirve de jaula en Argel. Es algo en cambio de su palacio
de plata, en la capital de su reino, en donde, soberana, gozaba de su
libertad poderosa y de sus caprichos. La tierra de su nacimiento es de
singular hermosura; y al llegar a París, no ha dejado de recordarla.
Ese país, hoy bajo la fuerza francesa, es descrito así por Pierre
Mille: «Allí, dice, las tempestades mismas no obscurecen la claridad
del cielo. Las estrellas no son las mismas que en Europa, y la luna
es tan bella y majestuosa que los niños la llaman «abuela», queriendo
significar así su respeto y su afecto por ese astro. La tierra en ese
país es roja y casi sin árboles.
«Los ríos, detenidos por diques frecuentes, se extienden en los valles
y favorecen así el cultivo del arroz, que rinde ciento por uno. En fin,
los habitantes, siendo de origen polinesio, tienen más inocencia que
virtud. Aman el amor, los niños, los cantos fáciles, y, sobre todo, la
luz.»
Como véis son absolutamente bárbaros; y se ha procurado y se procura
infundirles ideas nuevas e importarles diferentes artefactos, así como
iniciarles en los refinados adelantos de nuestro ilustre Occidente.
Como Ranavalo lee los periódicos, se ha encontrado, a su llegada, con
el asunto de la secuestrada de Poitiers, una señorita encerrada por
su distinguida madre y su ex suprefecto hermano, durante un período
de veinticinco años, y encontrada medio podrida en un infecto cuarto;
varios procesos de delitos contra natura; un obispo estafador; un
tal príncipe de Vitenval, pontificio, preso por idénticos motivos;
descubrimiento de torturas y castigos vergonzosos en el ejército; la
cuestión dudosa del _Figaro_; y los odios antisemitas y nacionalistas.
Y al enterarse habrá exclamado: _¡Andrianamanitra mby an-trano!_ lo
que, como ya sabéis, quiere decir en lengua de Madagascar: _¡El buen
Dios está en la casa!_
* * * * *
A la reina se la dan--hay que ser justos--25.000 francos al año; lo
cual representan el _revenu_ de cualquiera buena burguesa retirada de
sus negocitos. En cambio, el militarismo nacional impuso a la honesta
república la conquista de un país ya unido a Francia por lazos morales
y políticos, desde el tiempo de Luis XIV. El dulce Mercier fué el alma
de esta campaña heroica que costó a los franceses siete mil soldados
muertos de disentería y fiebres tropicales. La toma de Tananarive no
costó un solo cañonazo: la reina y los príncipes se entregaron a la
generosidad de los invasores. Francia asumió el protectorado directo
de la isla. Las cosas andaban muy bien y ya empezaba a reinar el
bienestar en el país, cuando, con pretextos más o menos fútiles, el
general Galieni, secuestró violentamente a Ranavalo, la despojó de
toda autoridad, e hizo fusilar en la plaza pública a los parientes y
ministros de la pobre soberana esclava.
Por eso cuando ahora la preguntan a ésta si ha tenido noticias de _la
bas_ se pone casi a temblar y olvida el francés que ha aprendido.--«Des
nouvelles? Non, non. Jamais des nouvelles. Rasanjy? Sais pas. Philippe
Razafimandimby? Sais pas!» No, no quiere saber nada. Se imaginará que
la van a fusilar.
Y la sobrinita María Luisa, que se llama en malgacho Zatú, tiene ya
nociones de lo que es la civilización europea. Y cuando la preguntan:
«¿Qué quieres ser tú cuando seas grande?» contesta:
--«¡General!»
El año pasado, en la Exposición, tuve oportunidad de conocer a una
señora francesa que había habitado por largo tiempo en Madagascar.
Llevaba consigo a una morenita hova, como de siete años, vestida con
su traje nacional, de lanas y sedas rojas y blancas. El pequeño bronce
vivaz tenía los más lindos ojos negros y una graciosa sonrisa que
enseñaba la finura de sus preciosos dientes. Hablaba la malgachita
con toda facilidad el francés y el inglés, y sus gestos y movimientos
denunciaban selección de raza y origen principal. La señora contaba la
historia de su bello hallazgo exótico, y es singular. Era la niña hija
de un alto dignatario. Cuando los pacificadores de Galieni quisieron
sofocar una pretendida rebelión, cuya causa mayor eran exacciones
de colonos aventureros, no encontraron mejor medio que imponer el
terror, y así fusilaron a gran parte de personajes influyentes, cuyo
concurso habría sido justamente indispensable para calmar cualquier
movimiento sedicioso o de protesta. Refugiados los sobrevivientes en
lo intrincado de las selvas, vivieron allí meses de hambre y angustia.
Los que se atrevían a salir servían de blanco a los soldados. Por otra
parte no era un sport nuevo. Los ingleses lo conocen.
Un día, después de una matanza de indígenas, encontraron abandonada a
esa chicuela, en un estado de lamentable extenuación. La buena señora
la recogió y después de muchos cuidados, logró salvarla. La niña
contaba que por largo tiempo había vivido alimentándose de raíces.
La misma señora no cesaba de alabar la inteligencia de su protegida.
La raza hova--decía--es de las más nobles y fáciles de gobernar. Es
verdaderamente una inmensa injusticia la que se ha cometido imponiendo
el régimen militar con su séquito de excesos y sus crueldades.
Actualmente todavía se impone allá la ley marcial. Fusiles y espadas
dominan.
Y la niña como que quería agregar:--_Andrianamanitra mby an-trano!_...
* * * * *
El redactor de un periódico, recién llegada la reina Ranavalo,
recibió una carta en estos términos: «Señor, quedaré muy agradecido
si me explicáis porqué la reina Ranavalo ha sido recibida de otra
manera que el presidente Krüger. El caso es idéntico. Ambos, víctimas
de la violencia, han tenido que abandonar su patria invadida por
el estranjero. La única diferencia está en que la reina ha sido
despojada por hombres que usan guerreras obscuras y pantalones rojos
y el presidente por soldados que tienen guerreras rojas y pantalones
obscuros. Esta diferencia es muy poco importante para que la suerte de
la una sea menos interesante que la suerte del otro y despierte menos
simpatías. Por lo tanto, me preguntó: ¿a qué causa atribuir la actitud
tan contradictoria de la población parisiense?
La respuesta es sumamente sencilla y el periodista ha contestado
en consecuencia. El inglés encuentra muy legítima su acción en el
Transvaal, y condena la del francés en Madagascar; el francés considera
que tenía derecho a tomarse Madagascar; pero que el inglés, al
conquistar el Transvaal, se ha portado como un salteador. «Resulta,
decía una notable carta publicada en _La Nación_, de Buenos Aires,
que cuando la mueve su pasión, su interés o su conveniencia, la
civilización europea es más bárbara que los bárbaros».
Ciertamente, entre Krüger y Ranavalo hay considerable diferencia.
El viejo boer está libre y la reina no; Krüger tiene salva toda su
fortuna--quince millones, por lo menos, de pesos oro--, y la reina
no dispone sino de lo que el gobierno de Francia la quiere dar, en
pupilaje; Krüger lee la _Biblia_, y a Ranavalo se le ha contaminado de
Ohnet, Mary, y compañía. Y para colmo de desventuras de la infeliz,
cuando ha adoptado las modas europeas, comprado bicicleta, aprendido un
poco de piano y venido a París con licencia, se la recibe como a una
macaca, se la llama negra y fea a cada paso, y poco falta para que se
la proponga una contrata en un circo, para bailar la bámbula al lado de
Chocolat.
Entretanto, ella recibe su pensioncita, que la viene a ser como el
coronelato de Namuncurá.
Y el mariscal Waldersee vuelve ya de la China, en donde los soldados
de la civilización desventraron chinitas tan monas como María Luisa
Zatú. En el sur de Marruecos _se pacifica_. En Cuba la enmienda Platt
protege a la isla ex española. Tacna y Arica no saben a qué atenerse.
En el Transvaal, Cecil Rhodes hospeda a Jameson, el del raid, en su
mansión que tiene un jardín, según nos cuenta Jean Carrère, como no lo
tuvieron Césares romanos, lleno de flores raras y de leones enormes
prisioneros...
Decididamente, _Andrianamanitra mby an-trano_.
[Ilustración]
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