Madrid, 1917.
[Ilustración]
[Ilustración: LIBRO PRIMERO]
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I
Desde el aparecer de la primavera he vuelto a ver cantores ambulantes.
Al dar vuelta a una calle, un corro de oyentes, un _camelot_ lírico,
una mujer o un hombre que vende las canciones impresas. Siempre hay
quienes compran esos saludos a la fragante estación con música nueva
o con aire conocido. El negocio, así considerado, no es malo para los
troveros del arroyo. ¿Qué dicen? En poco estimables versos el renuevo
de las plantas, la alegría de los pájaros, el cariño del sol, los besos
de los labios amantes. Eso se oye en todos los barrios; y es un curioso
contraste el de que podéis oir por la tarde la claudicante melodía
de un aeda vagabundo en el mismo lugar en que de noche podéis estar
expuesto al garrote o al puñal de un _terror_ de Montmartre, o de un
_apache_ de Belleville. Mas, es grato sentir estas callejeras músicas,
y ver que hay muchas gentes que se detienen a escucharlas, hombres,
mujeres, ancianos, niños. La afónica guitarra casi ya no puede; los
pulmones y las gargantas no le van en zaga, pero los ciudadanos
sentimentales se deleitan con la romanza. Se repite el triunfo del
canto. Las caras bestiales se animan, las máscaras facinerosas se
suavizan; Luisa sonríe, Luisón se enciende. El mal está contenido por
unos instantes; el _voyou_ ratero no piensa en extraer el portamonedas
a su vecino, pues la fascinación de las notas lo ha dominado. Los
cobres salen después de los bolsillos, con provecho de los improvisados
hijos de Orfeo--o de Orfeón--. El cantante sigue su camino, para
recomenzar más allá la misma estrofa. La canción en la calle.
El dicho de que en Francia todo acaba en canciones es de la más
perfecta verdad. La canción es una expresión nacional y Beranger no es
tan mal poeta como dicen por ahí. La canción que sale a la calle, vive
en el _cabaret_, va al campo, ocupa su puesto en el periódico, hace
filosofía, gracia, dice duelo, fisga, o simplemente comenta un hecho de
gacetilla. Ya la talentosa ladrona señora Humbert anda en canciones,
junto con la catástrofe de la Martinica, y la vuelta de Rusia de M.
Loubet. En Buenos Aires hay poetas populares que dicen en verso los
crímenes célebres o los hechos sonoros, como en Madrid los cantan los
ciegos. En Londres se venden también canciones que dicen el pensar del
pueblo, lleno de cosas hondas y verdaderas, «a tres peniques los cinco
metros» de rimas. Ese embotellamiento castalioperiodístico es útil a
la economía de las musas.
* * * * *
Dos cancionistas acaban de irse a hacer una jira alrededor del mundo.
Conozco a uno de ellos, a Bouyer, excelente muchacho que hace versos
lindos. Ese viaje alrededor del mundo es con el objeto de hacer dinero.
La empresa es loable, aunque un poco difícil. Esas cigarras corren el
peligro de abandonar la lira en el camino a pesar de la _réclame_ de
_Le Figaro_, de la protección de las colonias y del talento de los
viajeros. La canción y el cancionista parisienses fuera de París, no
resultan. Siempre consideré la bella y generosa idea del Dr. Cané, en
uno de sus artículos, el establecimiento de un _cabaret_ artístico en
Buenos Aires, como irrealizable. La canción de aquí necesita primero
su idioma, sus oficiantes melenudos, su ambiente singular, la cultura
de un auditorio ático. Ya me imagino en un café criollo, una especie
de _Quat'z-arts_, la figura de Yon Lug, por ejemplo, cantando, con su
melena, y sus pantalones. ¡Pobre melena, pobres pantalones y pobre Yon
Lug! Louise France no saldría dos veces. Y en cuanto a los _hyspas_ que
quisiesen ridiculizar a tales o cuales personajes mundanos o políticos,
no quiero pensar en los percances que les sucederían.
La calle y el aire libre dan su nota especial a todo lo que en ellos
pasa, cortejo, personas, música o palabra. El mismo ensueño brota en
veces de la calle. ¿Quién no se ha sentido vagamente sentimental, en
la tristeza de una tarde, al oir cómo brota en fatigadas ondas de
melancolía la música soñadora de un organillo limosnero? ¿No ha escrito
un altísimo poeta un maravilloso poema en prosa con ese motivo?
La canción anda por las calles y callejuelas de París desde hace
tiempo. Los triolés de Saint Amand nos dicen algo de las que se oían
por aquí por mi vecindad, en el Pont Neuf. «Se las oye entre ocho y
nueve, las raras canciones del Pont Neuf. Su papel es menos blanco que
un huevo, pero mi lacayo las encuentra bellas. Las canciones del Pont
Neuf se unen a los raros libelos.» El espíritu popular ha florecido
siempre en las canciones, en blancos amorosos, en rosados alegres, o en
los rojos furiosos de las locas carmañolas. Charles Arzano nos renueva
la historia de la canción callejera desde su aparición en ese Pont Neuf
y sus alrededores,
...rendez-vous des charlatans,
Des chanteurs de chansons nouvelles.
Los cancionistas eran un poco bohemios, un poco prestidigitadores o
maestros de animales sabios, perros o monos. Y sus cantos eran solos o
acompañados de lamentables violas o violines. Un pobre diablo de poeta
del tiempo de Saint Amand se llamaba el Perigourdin, andaba hecho una
lástima, vendiendo sus composiciones o haciendo que las vendía. Luego
hay otros, como el loco Guillaume, que divertía a Enrique IV y a Luis
XIII. Las mazarinadas aparecieron. Scarron afilaba sus tijeras. La
sátira de todos se encarnaba en volantes estrofas.
Un vent de fronde
A souflé ce matin:
Je crois qu'il gronde
Contre le Mazarin.
Las mujeres no faltan. Ya es la Mathurine compañera de Guillaume el
bufón, ya la terrible verdulera «dame Anne» que andaba en el mercado y
fuera de él esparciendo invectivas contra su regia tocaya de las bellas
manos, Ana de Austria. Desfilan en la curiosa lista de la canción
flotante, Phillipof el ciego, que
...a gueule ouverte et torse
A voix hautaine et de toute sa force
Se gorgiase a dire des chansons;
el cojo Guillaume de Limoges, el Apolo de la Grève, Mondor y Tabarin
su criado, Bruscambille, Duchemin, y el gran charlatán barón de
Grattelard. Bajo Luis XV, Minart y Leclerc, Valsiano y esa hermosa
Fanchon, cantora atrevida, pródiga de su cuerpo, que llevaba encajes de
Chantilly en su delantal. «Verdadera cancionista de las calles, a la
Watteau, ningún _souper fin_ digno de ese nombre se podía dar sin la
presencia de la bella Fanchon, a quien se festejaba y se llamaba por
todas partes.»
Bajo la Revolución no surge más figura que la de Angel Pitou, tan
famoso en el mundo gracias a Dumas. Pero la canción callejera entonces
va en coro, en grandes coros trágicos. Lleva el gorro frigio, rojo
como la sangre, y en las puntas de las picas, cabezas. Después la
canción ha degenerado. No aparecen figuras concretas y notables. Los
caricaturistas, como Daumier y Gavarni, se ocupan de ella como una
página de miseria al servicio de la filosofía de su lápiz.
Hoy los cantores ambulantes, como he dicho, son siempre camelots que
venden canciones con ocasión de un suceso cualquiera, así como venden
juguetes, grabados, tarjetas postales o abanicos. Y cantan ellos del
mismo modo que pronuncian discursos o _bonimenst_. La primavera es un
pretexto, Víctor Hugo otro, Boulanger otro, el 14 de Julio otro; y la
venta aumenta con un hecho criminal de resonancia como el asesinato de
Corancez:
Ecoutez le terrible drame
Qu'à tous ici je vais chanter,
Vous en s'rez tous épouvantés
Et pleurerez á chaudes larmes.
¡Faudrait qu'vous n'ayez rien dans l'âme
Si vous réfusez de me l'acheter!
Un père, un inmonde assassin
Dont le coeur n'était pas humain
Et quin n'est poín digne d'estime,
Commit les plus horribles crimes.
La colère guidant sa main,
Il assomma tout's ses victimes.
La canción, editada generalmente en el Faubourg Saint-Denis o en la
calle du Croissant, lleva su ilustración, su grabado espeluznante,
o amoroso, o patriótico. Así la canción en la calle va presentada
por la pintura, por la música y por la poesía. No podrá quejarse el
aficionado. Los temas cambian como la actualidad, y de este modo la
profesión no tiene tiempo perdido, y la ganancia es segura. Vale más
que asaltar, robar o hacer el oficio de los célebres, por ahora, Leca y
Manda, dueños que fueron de la innominable _Casque d'or_.
* * * * *
Eugenie Buffet logró gran fama, hace algunos años, saliendo a
cantar para los pobres; y en las calles de París recogió muy buenas
cantidades, ayudada por su agradable figura, su buena voz y su buen
talento. La vi en tiempo de la Exposición, en el París viejo, en el
_Cabaret de la pomme de pin_. Y la he vuelto a ver en otro cabaret que
ha hecho ruido al fundarse en Montmartre, pues no se podía conseguir el
permiso para su fundación: _La Purée_. En esos _cabarets_ montmartreses
y en algunos del barrio Latino, se refugia la canción que guarda las
tradiciones y las preeminencias de antaño, aunque muy venida a menos.
Los poetas cancionistas de esos lugares son casi todos comerciantes
al pormenor de talentos sin salida o sin colocación. Esos artistas
que tanto han dicho y dicen de la burguesía, son servidores de ella,
histriones de ella. El renombrado Fursy tiene como clientela la flor
mundana y _demi_-mundana. Los poetas de su _boîte_ divierten a las
cortesanas y a las gentes de dinero, diciendo sátiras más o menos
graciosas contra personalidades conocidas, y formando, por así decir,
una gaceta lírica con todos los sucesos que llaman la atención pública.
El _cabaret_ de Fursy es caro como un teatro de primer orden, y se va
a él después de comer en casa de Paillard... Esa no es la canción en la
calle. Es la canción del tiempo en que vivimos.
¡Ah! las ilusiones de tantos jóvenes americanos cuyas cartas recibo, en
que me hablan como de un soñado paraíso intelectual de esos centros en
que ellos juzgan triunfantes a la bella Poesía y al Arte adorado.
Hay, en esos centros, unos cuantos hombres de bastante talento, aquí
donde _todo el mundo tiene talento_, que le saben sacar su provecho
al oficio de rimar; y unos cuantos pobres diablos que cantan por unos
pocos francos la romanza sentimental o la canción de _faits divers_.
Y entre los concurrentes, gentes de todo pelaje, mujercitas fáciles,
botticellis que se dicen eterómanas, poetastros, viejos _ratés_, o
muchachos con fortuna que van a pasar el rato con su amiga. Por una
hermosa poesía, muchas mediocres, escatológicas, o tontamente obscenas.
Por una manifestación de arte, o de sentimiento, un sinnúmero de
bufonadas sin sal ni gracia. No faltan exóticos y rastacueros que
aparentan gozar con todo lo que allí se ve y oye, dando por un hecho
que, para ser parisiense, hay que gustar de ello.
La época actual ha bastardeado las cosas del espíritu y del
entendimiento y corazón. El utilitarismo y la poca fe han mermado el
soñar y el sentir. La vieja lira se ha vuelto un instrumento que hay
que poseer a escondidas, _en catimini_, como dicen por acá.
Las rimas en Francia están de baja. A pesar de ser Hugo divinizado,
los libros de versos no tienen salida en las librerías, ni los poetas
nuevos logran romper el hielo general. No debe ser esto signo de
progreso, porque en Inglaterra y en los Estados Unidos no hay familia
que no tenga su poeta favorito junto a la biblioteca del hogar.
Los poetas oficiales son como M. Rostand o como M. Sully Prudhomme...
Ni unos ni otros llenan el vacío ideal. Los otros se van cada cual por
su camino, mientras las sombras de Verlaine y Mallarmé desaparecen
entre los cipreses obscuros de una hermosa leyenda. La canción se echa
a la calle...
Prefiero oir el organillo, el «orgue de Barbarie»...
[Ilustración]
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