El día amaneció nublado y bochornoso. El sol aparecía y se ocultaba
entre las nubes con raras alternativas de luz y sombra; extraños
cambios de claridad y penumbra; no se notaba la más pequeña ráfaga de
aire; las hojas permanecían en los árboles quietas, inmóviles, como
sujetas por tallos de acero; no se oía el canto de un pájaro, ni el
zumbido de un insecto, nada; la naturaleza parecía aletargada por su
propio calor.
Poco a poco las nubes se agruparon hasta formar un solo conjunto de
color plomizo; el viento azotó con furia las hojas de los árboles,
barrió las calles levantando sucios remolinos de polvo; cerró con
estrépito ventanas y puertas; zarandeó persianas, se retorció en los
canalones con agudos silbidos. Luego cesó un momento; el calor fue
insoportable; un relámpago rasgó la nube, sonó un trueno y empezó a
llover.
Agradable olor a tierra húmeda esparciose rápidamente suavizando la
atmósfera del andén, reseca con el humo de las locomotoras. El expreso
iba a salir. Las vagonetas, empujadas por los mozos, iban y venían
cargadas de maletas y baúles, haciendo retemblar el piso: traqueteaban
los vagones al unirse con bruscos estremecimientos; las válvulas
dejaban escapar chorros de vapor que mojaban la acera y producían al
salir un sonido continuo, estridente; el humo de la máquina al chocar
contra el techo perdía sus formas espirales y se extendía sobre el tren
como la neblina sobre un río.
Sentados en el vagón, uno enfrente de otro, María y Luis hablaban.
—Has hecho muy mal en decírmelo tan tarde.
—No era posible otra cosa. Ha sido una idea repentina, una decisión de
última hora. Pensarlo y hacer el baúl. Llevo una temporada malísima.
Creo que el campo me sentará muy bien.
—¿Vas a estar muchos días?
—No sé; depende de las circunstancias; según me pruebe.
Él no contestó; apoyó la frente en el cristal y quedó distraído mirando
al andén.
—¿En qué piensas?
—No sé; estoy triste; siento desde hace unos días una tristeza
abrumadora, una melancolía inexplicable que me aplana y me aniquila sin
saber por qué; una cosa así como un vago presentimiento de que me va a
suceder una desgracia, algo muy doloroso contra lo que no puedo luchar
ni defenderme, porque no sé lo que es. Ya ves: ahora mismo tu viaje no
tiene importancia, es un viaje de recreo; regresarás dentro de unos
días, muy pronto, y sin embargo, no puedes figurarte la pena tan grande
con que te despido; me parece que es el último día que nos vamos a ver.
Ella bajó la cabeza confusa; una oleada de sangre encendió sus
mejillas. Él, sin notarlo, continuó:
—Comprendo que es una tontería, una locura, pero no puedo remediarlo;
te lo juro con toda mi alma; si en mi mano estuviera impedir este
viaje, lo impediría, no te quepa duda. María —añadió tristemente
cogiéndole las manos—, ¿por qué te vas? No te vayas.
—¡Qué niño eres! —contestó ella conmovida, tratando de volver la cara
para que Luis no viera las lágrimas que se agolpaban a sus ojos.
—No te vayas...
—¡Qué locura!
Un individuo abrió violentamente la portezuela obligándoles a cortar el
diálogo.
—Perdone usted, caballero —díjole Luis malhumorado—; este coche es
reservado de señoras.
—Precisamente —contestó el otro con gran flema—; precisamente un
reservado es lo que estas señoras desean.
Y apartándose galantemente, dejó pasar a dos que tras él venían con un
arsenal completo de mantas, cestos, maletas y sacos de mano. Después
subió también y empezó a colocar tranquilamente los bártulos en la
redecilla del vagón.
En el andén los viajeros se atropellaban en busca de los coches.
Despedidas, abrazos, apretones de manos, besos y caricias,
recomendaciones y advertencias; vocear de los mozos, pregoneo de
periódicos y guías, un ruido continuo, ensordecedor, reforzado por el
traqueteo de los coches, el sonido metálico de los topes al golpearse,
el silbido del vapor al escaparse por las válvulas, los truenos al
retumbar en el espacio y la lluvia al caer con fuerza azotando las
paredes de hierro.
De pie sobre el estribo seguía Luis hablando.
—¡Te quiero más que nunca! Te vas y mi alma se va toda contigo. Te
acompaña en tu viaje; dondequiera que estés, estará a tu lado. ¿Puedo
yo decir lo mismo, mi María?
—¿Tú? ¿Para qué? ¡Qué falta te hace a ti mi cariño!
—¿Por qué me dices eso?
—Por nada.
La campana sonó; subieron los rezagados; un empleado fue cerrando de
golpe las portezuelas.
—¿Por qué me dices eso? —volvió a repetir.
—Por nada —volvió ella a contestar.
—¡Eh, cuidado, caballero! El tren va a salir.
—¡Adiós!
—¡Adiós, mi María!
—¡Adiós, Luis!
—¿Nada más que Luis?
—¡Adiós!
Un silbido aflautado se escapó de la máquina; las válvulas dejaron
escapar chorros de vapor; traquetearon los vagones y el tren comenzó
a moverse, despacio primero, como monstruo que se despereza, hasta
pisar las planchas giratorias que temblaron con secas vibraciones en
estridente escala, y luego más de prisa, cada vez más, hasta salir de
agujas, confundirse en la oscuridad y ser solo una sombra, perceptible
apenas por sus farolitos encarnados...