Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, sin pensar en
nada, iba por las calles malhumorado y triste. Tras la tensión nerviosa
de los pasados días, su ser había caído en un estado de dulce laxitud,
en un blando desvanecimiento, como si una mano piadosa, pasando por su
frente, se hubiera ido llevando uno tras otro todos los sufrimientos.
Celos, odios, rencores, amarguras, todo desapareció dejándole en el
alma un vacío muy grande, un abatimiento muy hondo, una tristeza muy
intensa, que le oprimía y le aplanaba, como si se encontrase sumergido
en las profundidades de una mina.
Las dos cartas de Isabel y de María que al día siguiente recibiera,
llenas de vulgares excusas y corrientes explicaciones, solo sirvieron
para entristecerle más y más al ver cómo los ideales se rompían y se
desmenuzaban y caían deshechos. Después de todo, aquello era natural;
todas las mujeres son iguales; necio es y será siempre el que en ellas
confíe.
Al doblar una esquina se encontró con Antonio Bedmar. Venía el pobre
muchacho como en sus malos tiempos de bohemia, desaliñado, con las
botas sucias, sin afeitar el rostro, torcida la corbata, encorvado el
cuerpo y torpe en el andar.
—¿Dónde vas?
—Por ahí; no tengo rumbo fijo.
—Ni yo tampoco; pasearemos juntos.
—Pasear..., no; estoy cansado; me duelen mucho los pies; si tienes
dinero, prefiero que me convides.
—¿Pero otra vez, Antonio? ¿pero otra vez vuelves a beber?
—¡Qué quieres! El vino es lo único que consigue distraerme, lo único
que consigue hacerme olvidar.
—Oye; ¿tú crees de veras que el vino hace olvidar?
—¡Qué duda cabe!
—Entonces, sí; te convido, también yo esta tarde necesito beber.
—¿Tú..., para qué?
—Para lo que tú; para olvidar y para embrutecerme.
—¡Qué necesidad tienes tú de olvidar! ¿Qué sabes tú lo que son penas?
—¿Qué sabes tú si yo las tengo?
—Verdad; tienes razón; los hombres no sabemos nunca nada los unos
de los otros; somos desconocidos, que cuando nos vemos en la calle
nos tendemos la mano, sin saber por qué la mayoría de las veces. No
conocemos de los demás más que lo que los demás quieren decirnos. ¡Y
esto es siempre tan poco! El que tiene penas se las calla, y el que no
las puede callar, hace lo que yo, las ahoga.
Después, delante de la botella, fue más explícito.
—Me gusta el vino, ¿por qué negarlo? me gusta, me agrada al paladar.
¿No les gusta a otros el café y el tabaco y el dulce? A mí me gusta
el vino; pero aunque no me gustara, lo bebería. El vino es el gran
calmante de todas las penas, el lenitivo de todos los dolores.
Cuando estoy sereno, soy el ser más desgraciado de este mundo, el
más miserable; todo me falta: amor, ternura, dinero, salud... En
cambio, cuando estoy borracho..., cuando estoy borracho, todo me
sobra; soy más rico que Creso, más grande que Alejandro, más poeta
que Shakespeare. Que vengan, que vengan entonces a ofrecerme mujeres
y millones y gloria...; verás tú con qué energía los desprecio, verás
con qué valentía los rechazo, verás con qué ganas me río en mi locura
de los pobres cuerdos, de todos los que me compadecen y dicen: «¡Pobre
Antoñito!», sin comprender que en ese momento soy yo mucho más grande,
mucho más feliz, muchísimo más dichoso que todos ellos juntos... El
vino, el vino... Sin el vino, ¿qué sería de mí? Ya ves tú, he reñido
con Elena, esta vez para siempre; esa mujer es mi alma; sin ella no
puedo vivir; no tengo valor para matarme... Si no fuera por el vino,
dime: ¿qué sería de mí?
Apuró de un sorbo el contenido del vaso, escanciose otro, y apoyando la
frente en las manos, quedó sumido en hondos pensamientos.
—¿Y tú, por qué bebes?
—Ya te lo dije; por lo mismo que tú: para olvidar.
—¿A una mujer?
—A una mujer.
—¿La quieres mucho?
—Tanto como tú a Elena.
El bohemio sonrió.
—¡Oh, no; eso no es posible! Como amo yo, no es posible que ame nadie
en el mundo. Lo mío no es amor, es locura, es delirio, es idolatría;
por esa mujer daría yo hasta la última gota de mi sangre; por ella
sería yo canalla, ladrón, asesino... ¡Qué sabes tú lo que es amor!
Vamos a ver: si te dijeran que esa mujer, a quien tanto quieres, te
engañaba con otro, ¿la perdonarías?
—¡No! —rugió Luis con fiereza.
—¡Pues yo sí! La quiero tanto, que aun engañándome, la quiero. Ya ves
tú si la quiero. ¡Chico, otra botella! Los médicos me han prohibido que
beba, y bebo; los amigos me desprecian, y bebo; yo comprendo que cada
día me cuesta más trabajo producir, y bebo; un día me dijo ella: no
bebas, y no volví a probar siquiera una copa. Si me dijera mátate, me
mataría lo mismo. ¿No me estoy ya matando? ¿Crees tú que yo no sé que
me voy a morir? Pues sí, lo sé, y sin embargo me dejo. Mejor, cuanto
antes me muera, mejor.
—Vámonos, Antonio, vámonos; hace mucho calor aquí, estoy mareado.
—¡Cobarde! ¿Con dos botellas nada más? Siéntate ahí. ¿Cómo quieres
olvidar si no bebes?
—No puedo, Antonio, no puedo... Me duele mucho la cabeza.
—¡Cobarde! Siéntate ahí. Chico, otra botella. Para olvidar es preciso
beber. Bebe, Luis.
—No, no; yo me marcho.
—¿Te marchas? Ve con Dios, eres un cobarde. Yo me quedo. ¡Ah, tú no
serás nunca feliz! ¿Cómo vas a ser feliz, si no bebes? ¡Chico, esa
botella! ¿Pero no viene esa botella?