XXII

Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, sin pensar en

nada, iba por las calles malhumorado y triste. Tras la tensión nerviosa

de los pasados días, su ser había caído en un estado de dulce laxitud,

en un blando desvanecimiento, como si una mano piadosa, pasando por su

frente, se hubiera ido llevando uno tras otro todos los sufrimientos.

Celos, odios, rencores, amarguras, todo desapareció dejándole en el

alma un vacío muy grande, un abatimiento muy hondo, una tristeza muy

intensa, que le oprimía y le aplanaba, como si se encontrase sumergido

en las profundidades de una mina.

Las dos cartas de Isabel y de María que al día siguiente recibiera,

llenas de vulgares excusas y corrientes explicaciones, solo sirvieron

para entristecerle más y más al ver cómo los ideales se rompían y se

desmenuzaban y caían deshechos. Después de todo, aquello era natural;

todas las mujeres son iguales; necio es y será siempre el que en ellas

confíe.

Al doblar una esquina se encontró con Antonio Bedmar. Venía el pobre

muchacho como en sus malos tiempos de bohemia, desaliñado, con las

botas sucias, sin afeitar el rostro, torcida la corbata, encorvado el

cuerpo y torpe en el andar.

—¿Dónde vas?

—Por ahí; no tengo rumbo fijo.

—Ni yo tampoco; pasearemos juntos.

—Pasear..., no; estoy cansado; me duelen mucho los pies; si tienes

dinero, prefiero que me convides.

—¿Pero otra vez, Antonio? ¿pero otra vez vuelves a beber?

—¡Qué quieres! El vino es lo único que consigue distraerme, lo único

que consigue hacerme olvidar.

—Oye; ¿tú crees de veras que el vino hace olvidar?

—¡Qué duda cabe!

—Entonces, sí; te convido, también yo esta tarde necesito beber.

—¿Tú..., para qué?

—Para lo que tú; para olvidar y para embrutecerme.

—¡Qué necesidad tienes tú de olvidar! ¿Qué sabes tú lo que son penas?

—¿Qué sabes tú si yo las tengo?

—Verdad; tienes razón; los hombres no sabemos nunca nada los unos

de los otros; somos desconocidos, que cuando nos vemos en la calle

nos tendemos la mano, sin saber por qué la mayoría de las veces. No

conocemos de los demás más que lo que los demás quieren decirnos. ¡Y

esto es siempre tan poco! El que tiene penas se las calla, y el que no

las puede callar, hace lo que yo, las ahoga.

Después, delante de la botella, fue más explícito.

—Me gusta el vino, ¿por qué negarlo? me gusta, me agrada al paladar.

¿No les gusta a otros el café y el tabaco y el dulce? A mí me gusta

el vino; pero aunque no me gustara, lo bebería. El vino es el gran

calmante de todas las penas, el lenitivo de todos los dolores.

Cuando estoy sereno, soy el ser más desgraciado de este mundo, el

más miserable; todo me falta: amor, ternura, dinero, salud... En

cambio, cuando estoy borracho..., cuando estoy borracho, todo me

sobra; soy más rico que Creso, más grande que Alejandro, más poeta

que Shakespeare. Que vengan, que vengan entonces a ofrecerme mujeres

y millones y gloria...; verás tú con qué energía los desprecio, verás

con qué valentía los rechazo, verás con qué ganas me río en mi locura

de los pobres cuerdos, de todos los que me compadecen y dicen: «¡Pobre

Antoñito!», sin comprender que en ese momento soy yo mucho más grande,

mucho más feliz, muchísimo más dichoso que todos ellos juntos... El

vino, el vino... Sin el vino, ¿qué sería de mí? Ya ves tú, he reñido

con Elena, esta vez para siempre; esa mujer es mi alma; sin ella no

puedo vivir; no tengo valor para matarme... Si no fuera por el vino,

dime: ¿qué sería de mí?

Apuró de un sorbo el contenido del vaso, escanciose otro, y apoyando la

frente en las manos, quedó sumido en hondos pensamientos.

—¿Y tú, por qué bebes?

—Ya te lo dije; por lo mismo que tú: para olvidar.

—¿A una mujer?

—A una mujer.

—¿La quieres mucho?

—Tanto como tú a Elena.

El bohemio sonrió.

—¡Oh, no; eso no es posible! Como amo yo, no es posible que ame nadie

en el mundo. Lo mío no es amor, es locura, es delirio, es idolatría;

por esa mujer daría yo hasta la última gota de mi sangre; por ella

sería yo canalla, ladrón, asesino... ¡Qué sabes tú lo que es amor!

Vamos a ver: si te dijeran que esa mujer, a quien tanto quieres, te

engañaba con otro, ¿la perdonarías?

—¡No! —rugió Luis con fiereza.

—¡Pues yo sí! La quiero tanto, que aun engañándome, la quiero. Ya ves

tú si la quiero. ¡Chico, otra botella! Los médicos me han prohibido que

beba, y bebo; los amigos me desprecian, y bebo; yo comprendo que cada

día me cuesta más trabajo producir, y bebo; un día me dijo ella: no

bebas, y no volví a probar siquiera una copa. Si me dijera mátate, me

mataría lo mismo. ¿No me estoy ya matando? ¿Crees tú que yo no sé que

me voy a morir? Pues sí, lo sé, y sin embargo me dejo. Mejor, cuanto

antes me muera, mejor.

—Vámonos, Antonio, vámonos; hace mucho calor aquí, estoy mareado.

—¡Cobarde! ¿Con dos botellas nada más? Siéntate ahí. ¿Cómo quieres

olvidar si no bebes?

—No puedo, Antonio, no puedo... Me duele mucho la cabeza.

—¡Cobarde! Siéntate ahí. Chico, otra botella. Para olvidar es preciso

beber. Bebe, Luis.

—No, no; yo me marcho.

—¿Te marchas? Ve con Dios, eres un cobarde. Yo me quedo. ¡Ah, tú no

serás nunca feliz! ¿Cómo vas a ser feliz, si no bebes? ¡Chico, esa

botella! ¿Pero no viene esa botella?

Ganarás el pan... · 第 39 / 52 题