ISIDORA.--En fin, yo me entiendo... No te desesperes...
JOAQUÍN.--No creo ya en los préstamos, como no creo en los milagros. =(Da
media vuelta y se pasea otra vez.)=
ISIDORA.--=(Aparte, y después de mirar un rato a Joaquín).= Es preciso
sobreponerse a la desgracia... Arreglaré el cuarto que parece una
leonera.
=Larga pausa. Durante un momento, ambos personajes callan. Isidora coloca
las sillas con cierto orden, arregla las camas, quita el polvo. Cuando
limpia el espejo, se mira un poco, y dice:= «Parezco que sé yo qué.
=(Alto.)= Hoy traeremos dos cubiertos de la fonda.
JOAQUÍN.--Como tú quieras. El comer bien o el comer mal me es
indiferente; pero, pues tú lo quieres, comamos bien, que nada se pierde
en ello.
ISIDORA.--=(Sentándose fatigada.)= La miseria, hijo, me espanta. No tengo
un vestido decente que ponerme... ¿Pues y tú? ¡Y a esto llaman vivir!...
JOAQUÍN.--La vida sin dinero es una enfermedad del cerebro, una fiebre
galopante, una meningitis. Ni el amor es posible en la pobreza. Mete a
los amantes más finos y más exaltados, a Romeo y Julieta, por ejemplo,
en un cuchitril, donde no tengan más que el consabido _pan y cebolla_, y
a los dos días se arañan la cara. La miseria es enemiga del alma humana.
Con ella no es posible el talento, ni los afectos, ni la amistad, ni el
arte, ni la dignidad, ni nada. Es la forma sintética del mal. Oye, oye,
Isidora: el reloj de las monjas ha dado las tres. Tengo una debilidad...
Si persistes en el sibaritismo de traer algo de la fonda, mándalo traer
pronto, ya sea almuerzo, ya comida, porque me muero de hambre.
=Nueva pausa, durante la cual entran una criada de la casa y un mozo de
la fonda. Este sirve el almuerzo. Joaquín demuestra más apetito que
Isidora.=
ISIDORA.--=(De sobremesa.)= ¿Qué tal?
JOAQUÍN.--Los langostinos estaban muy buenos; el _bistec_ me ha
rejuvenecido. ¡Bendita seas tú, que siempre tienes ideas grandes! Eso de
sorprenderme con dos botellas de Champagne prueba que en ti todo es
noble, lo mismo el corazón que la cabeza. Dejaremos una botella para
mañana, porque la economía es la primera de las virtudes; no, la
segunda, que la primera es cuidarse bien.
ISIDORA.--Alguna otra sorpresa he de darte todavía. Dime, ¿mereces tú lo
que hago por ti?
JOAQUÍN.--No lo merezco ciertamente. Muchas veces te lo he dicho. Eres
un ángel..., no de esos ángeles desabridos que pintan en los cuadros y
en las poesías, los cuales vienen con consuelillos de moral emoliente,
sino un ángel mundano que derrama sobre el corazón del desgraciado
bálsamo eficaz. En una palabra, eres un ángel práctico. Bien se conoce
en todas tus acciones la nobleza. Podrás equivocarte, cometer faltas;
pero ser innoble, jamás. No sé si me explicaré diciendo que tienes la
elegancia del alma.
ISIDORA.--Tienes razón. Seré cualquier cosa; seré... mala si se quiere,
pero ordinaria jamás.
JOAQUÍN.--Indudablemente eso está en la sangre. ¡Por vida de...! Si no
ganas ese endiablado pleito, no hay justicia en la tierra... ni en el
cielo. ¡Ay! Isidora, no sé por qué el Champagne da a mi alma un vigor
que ya no tenía. Ello es que siento deseos de echarme a pensar cosas
agradables. Isidora, Isidora, mujer mía. =(La abraza tiernamente.)=
Entretengámonos un momento con ilusiones...
ISIDORA.--=(Riendo.)= Mejor es soñar que ver.
JOAQUÍN.--Ganarás el pleito... Yo me casaré contigo...
ISIDORA.--=(Entristeciéndose súbitamente.)= En lo primero creo, en lo
segundo no. Esa ilusión es demasiado bonita para que pueda engañar.
JOAQUÍN.--¿Por qué lo dices?... ¿Porque te lo he prometido muchas veces,
y nunca lo he cumplido? Ahora...
ISIDORA.--Ni ahora ni nunca. Tú no te casarás conmigo. =(Derrama unas
lágrimas.)=
JOAQUÍN.--El mundo es olvidadizo, tontuela.
ISIDORA.--Pero no tan olvidadizo que...
JOAQUÍN.--Y en seguida que nos casemos, haremos un viaje por Italia y
Suiza.
ISIDORA.--O por Inglaterra y Escocia. =(Con toda su alma.)= ¿Sabes que de
tanto oír hablar de Italia me apesta la tal Italia? Mas quiero ver a
Londres, sus inmensas calles, sus muelles que no tienen fin, sus
parques... Aquello sí que es grandeza. Te diré... Luego haría una
excursión por Escocia, ¡donde hay unos lagos preciosos y unas
montañas...! Por allí andan las _ladys_ visitando grutas, escudriñando
ruinas y pintando paisajes. No hay nadie que entienda como esa gente
inglesa el modo de hacer vida elegante en medio de la Naturaleza. Botín,
que ha estado en Inglaterra, me contaba cosas que me hacían feliz.
JOAQUÍN.--Pues si lo prefieres, iremos a Londres y Escocia.
ISIDORA.--Calla, calla. Te diré... Iré yo sola, o contigo, si quieres
acompañarme... Porque no me casaré, Joaquín; viviré soltera riéndome del
mundo.
JOAQUÍN.--¡Soltera! Si yo no me casara contigo, tendrías ocho mil
pretendientes por semana.
ISIDORA.--=(Decidida.)= A todos les daría con mi puerta dorada en los
hocicos. ¡Soltera, libre! Vestiré muy bien, protegeré las artes, seré
una gran señora. Te diré... Mi casa va a tener que ver, porque no
entrará en ella nada que no sea de lo más escogido. No has de ver ni
cosas vulgares, ni tapicerías chillonas, ni objetos de mal gusto, ni
cosa alguna que se vea en otra parte. Compraré cuadros de los grandes
maestros, y tapices y antigüedades, y todo lo que sea curioso sin dejar
de ser bello, porque las rarezas sin hermosuras me desagradan como las
bellezas comunes.
JOAQUÍN.--¡Bendito sea tu talento!
ISIDORA.--En mi casa no entrarán los tontos; eso puedo jurártelo. Me
rodearé de hombres discretos, distinguidos. En fin, será mi casa la
academia del buen gusto, del ingenio, de la cortesía y de la
inteligencia. Daré conciertos de música clásica.
JOAQUÍN.--=(Con un poco de malicia.)= ¿La has oído? ¿Te gusta?
ISIDORA.--Yo no sé si la he oído o no; pero puedo asegurar que me gusta.
Te diré... ¿Hay una música en que no se oigan esos mil sonsonetes de
ópera que conocemos por los organillos, las bandas militares y los
cantantes de afición? Pues esa es mi música. Lo que te puedo asegurar es
que un día fui al salón del Conservatorio a oír los cuartetos y me gustó
tanto, que estaba embelesada... Aquello era un coro de serafines con
guante blanco. ¡Qué sensaciones tan delicadas! Yo me remontaba a un
cielo que también era salón.
JOAQUÍN.--=(Con arrobamiento.)= ¡Isidora, tú eres noble!
ISIDORA.--Te diré... Oyendo aquella música, yo me olvidaba de todo y
bendecía a Dios, que no me ha hecho vulgo... Vamos a otra cosa. Yo no
entiendo de pintura; pero cuando tenga mi casa, entrarás en ella, y te
desafío a que encuentres algo que no sea superior. Me atengo a los
grandes maestros, y como he de ser muy rica, me formaré una buena
colección. También tendré contemporáneos, siempre que sean muy
escogidos. Tres o cuatro veces nada más he estado en el Museo. ¡Qué
cosas, hijo! Aquello sí es grande. Con el talento que hay colgado de
aquellas paredes había para hacer un mundo nuevo si este se acabase. Yo
me figuraba que había pasado a otro mundo, a Venecia, a Roma, a la corte
del Buen Retiro. Unas veces creía que estaba cubierta de brocados y
otras que andaba a la ligera como se anda por el Olimpo. Aquella es
belleza; chico, aquella es gracia. Yo decía: eso lo siento yo, esto es
cosa mía, esto me pertenece...
JOAQUÍN.--=(Con entusiasmo.)= ¡Eres noble, eres noble!
DON JOSÉ.--=(Entrando súbitamente, produce, con la irrupción inesperada
de su personalidad, un abatimiento brusco del exaltado vuelo de su
ahijada.)= Aquí estoy.
ISIDORA.--¡Ah!... Don José...
DON JOSÉ.--=(Aprovechando el momento en que Joaquín vuelve la espalda, da
un papelito a Isidora.)= Toma.
ISIDORA.--=(Guardando el papelito.)= Padrinito, ahora debe usted
retirarse. Es de noche y estará usted cansado. Mañana le necesito. Pero
no se moleste usted en subir. Aguárdeme en la puerta y me acompañará a
varios sitios donde he de ir. =(Despidiéndose con una mirada cariñosa.)=
Abur.
DON JOSÉ.--=(Con cierta reconcentración shakespeariana.)= La sangre que
destila de mi corazón amarga mis labios. =(Exit.)=
=--III--=
=Es de noche. Agonizante luz de un quinqué con pantalla torcida y sucia
alumbra la estancia. JOAQUÍN, cansado de dar vueltas por el cuarto y de
fumar cigarrillos, se arroja vestido a la cama y se duerme. ISIDORA se
reclina en el sofá y cierra los ojos. Pero no pudiendo dormir, habla
consigo misma.=
«Decididamente optaré por el canelo con combinación níquel, por el azul
de ultramar y por el negro con combinación de brochado, oro y
cardenal... En los sombreros no determino nada hasta no enterarme bien.
¡Ay Jesús!, lo primero que tengo que hacer es tomar un profesor de
francés... Supongamos que cuando menos se piensa, mañana, o la semana
que entra, o el mes que entra, gano el pleito; bien porque lo gano, bien
porque la marquesa se cansa, reconoce su terquedad, y cede y me llama y
me dice... Hace días que me estoy figurando esto y nada tendría de
particular que lo que pienso resultase verdad. Pues bien: mi abuela me
llama el mejor día; voy allá, subo, entro, espero un ratito en el
gabinete del piano, sale ella, me mira, me toma las manos, me las
aprieta mucho y me dice: «Basta de pleitos, hija; abracémonos». Y me
abraza, y yo me echo a llorar, y ella también, y todo queda concluido, y
yo en la casa y en posesión de lo que es mío... Supongamos esto, que es
lo más natural, lo más lógico. ¡Qué alegría tan grande, Dios de mi vida!
Entonces sí que podré tener cuanto necesite y cuanto me agrade sin
humillarme. Sacudiré la tierra que se haya pegado a las suelas de mis
botas, y diré: «Ya no más, ya no más lodo de las calles». El cristal más
puro no podrá compararse entonces a mi conciencia. Seré tan honrada como
los ángeles... Levantaré mi frente... =(Se interrumpe y da un gran
suspiro.)=
»¿Pero podré levantarla con el peso de ciertas cosas de mi vida
pasada... y presente? Esto me vuelve loca. ¡Maldita sea la necesidad,
que no es otra cosa sino lo que antes se llamaba el Diablo! La decencia
del vestir, la delicadeza en el comer, el aseo y las comodidades, que
son tan necesarias a ciertas personas como el aire y la luz, nos matan
el alma... ¡Que venga Dios en persona a sacarme de este círculo maldito!
Si me privo de todo, me muero de pena, y si no me privo me deshonro...
¡Oh Dios!, ¡quién fuera cursi, quién fuera populacho!... Me pasaría la
vida haciendo cigarros, lavando ropa, comiendo bodrio, durmiendo en un
jergón asqueroso; me casaría con un cafre hediondo, tendría un chiquillo
cada año, viviría como una bestia, toda imbécil, toda sucia...; ¡pero
sería feliz como son felices los que no conocen el dinero!... ¿Qué es
mejor, ser una piedra, que se está donde la ponen, o ser una criatura
racional que quiere ir a alguna parte? ¡No sé, no sé! ¡Benditos sean los
adoquines, que ni siquiera sienten los pisotones que les dan!... Vaya,
vaya, qué duro es este sofá. Y el pobre Joaquín, ¡qué profundamente
duerme! ¡Buena falta le hace! ¡Cuánto has padecido estos días,
desgraciado mártir de la sociedad! Tienes mala cabeza, pero eres bueno.
Has gozado mucho, demasiado quizás, y ahora lo estás pagando. Los muy
felices tienen que pagar su felicidad con desgracias, y viceversa. Por
eso yo, que he sido y soy tan desgraciada, he de cobrar pronto la
felicidad que se me adeuda... =(Suspira y se aflige.)= Sí, sí; no hay
debajo del sol una persona más desgraciada. Y, no me digan que soy mala.
Yo no soy mala. Es que las circunstancias me obligan a parecerlo. Y si
no, que baje una santa del cielo y se ponga en mi lugar, a ver si no
haría lo mismo... =(Se da un golpe en la frente.)=
»Cuando pienso lo que me espera mañana, me dan ganas de matarme. Y al
mismo tiempo, ¡vaya con las jugarretas que me hace mi destino! Deseo que
llegue mañana. Mis necesidades, los apuros de este infeliz y la urgencia
de pagar los gastos de mi pleito, me hacen cerrar los ojos... El honor
me echa hacia atrás; la ansiedad de satisfacer mis necesidades me echa
hacia adelante. Pues no hay otro remedio, adelante. El sí y el no me
vuelven igualmente loca. =(Rompe a llorar, y para sofocar sus lamentos
muerde el pañuelo. Larga pausa.)= ¡Y cómo duermes tan tranquilo!... Si yo
no te quisiera tanto, podría suprimir uno de los principales motivos que
tengo para dar este mal paso, y quizás, quizás hallaría otros medios...
Pero no puedo remediarlo; se me despedaza el alma de verte así... Y para
que veas lo que soy, siempre que considero lo mal que te has portado
conmigo, me entran ganas de servirte, de favorecerte. Te diré..., yo soy
así; Dios mío, ¿por qué me hiciste noble? ¿Por qué no me hiciste nacer
de vil populacho? ¿Por qué no me hiciste canalla de la cabeza a los
pies, canalla la figura, canalla los modales, canalla el alma?... =(Gran
pausa, durante la cual se adormece.)= No, no; me decidiré por el azul
Ultramar con combinación rosa y plata...
=(Otra pausa, durante la cual amanece.)=»Es de día; me levantaré y saldré
sin que él me vea. Aún es demasiado temprano. Procuraré no hacer
ruido... Le dejaré el dinero suelto que me queda aquí y dos palabras
escritas con este lápiz. =(Escribe; pone sobre la mesa el papel y algunas
monedas.)= Vaya, ya es tiempo. =(Afligidísima.)= ¡No poderle decir adiós!
¡Qué vida, qué humanidad! Me voy, porque si despierta, no tendré valor
para salir. =(Vase.)=
JOAQUÍN.--=(Despertando, ya entrado el día.)= Isidora, Isidora... No
está. Se ha ido. Me levantaré. Como estoy vestido, mi _toilette_ no
ofrece grandes dificultades. ¿Habrá por aquí el lujo de un peine? Es
posible. =(Levántase y da algunos pasos por la habitación.)= ¡Que
claridad! ¡Qué feo y antipático es el día! Prefiero la noche, tapadora
y discreta. ¡Ah!, la señora de la casa, antes de marcharse, ha dejado
aquí sus disposiciones. =(Toma dos duros que hay sobre la mesa y el
papelito, y lee.)= Vamos, bien, me ha dejado el dinero para que
almuerce hoy. = (Lee.)= «Manda traer de la fonda tu almuerzo. No te
apures. No volveré hasta la noche, porque tengo que hacer». Esta pobre
Isidora, ¡qué buena es! Si no fuera la maldita manía del pleito, que no
ganará nunca, sería una muchacha ejemplar. Bien, bien; haremos lo que
manda la señora. La fiera patrona no me envenenara con sus guisotes.
Voy a llamar, a pedir agua, a lavarme, y después esperaremos. Luego que
almuerce dictaré mis últimas disposiciones, y en cuanto llegue la
noche, la querida noche...
=Pausa de algunas horas, durante la cual entra y sale una zafia criada,
arréglase el personaje, y luego almuerza lo que te traen de la fonda.=
»Me olvidé de la botella de Champagne que está en aquel armario. No me
importa que se la beba otro. En mi testamento la dejaré a los huéspedes
de esta casa para que la vacíen por mi salvación eterna... Ya que estoy
solo escribiré a papá y a Isidora. =(Se sienta y escribe.)= ¡Buenos
cosas le digo a mi señor padre!... Si los deslices del hijo han sido
grandes, el padre no tiene aún motivos para dudar de su buena fe...
Jamás he cometido una vileza. Mis faltas son debilidades, y además un
efecto preciso de la mala, de la perversa educación que he recibido.
¿Por qué educaron en el lujo al hijo de un pobre empleado con treinta
mil reales? ¿Por qué desde niño me enseñaban a competir con los hijos
de los grandes de España? ¿Por qué no me dieron una carrera, por qué no
me aplicaron a cualquier trabajo, en vez de meterme en una oficina, que
es la escuela de la vagancia? Estas son las consecuencias. Me criaron
en la vanidad, y la vanidad me conduce a este fin desastroso. =(Sigue
escribiendo con agitación, se pone pálido y, al concluir, su mano
tiembla.)=
»Ahora escribiré a Isidora, a quien no veré más. La única persona por
quien siente emociones cariñosas mi corazón es ella. ¡Cuánto más vales
tú que otras virtudes secas y orgullosas! Nuestras dos almas han
simpatizado, porque son similares. Tú, como yo, fuiste educada en la
idea de igualar a los superiores... =(Escribe.)= «Querida y adorable
amiga: Próximo a morir, adquiero una lucidez extraordinaria; veo el
mundo y la vida en su verdadero aspecto. Yo no tengo ya salvación; tú
puedes salvarte. Procura olvidar tus aspiraciones; renuncia a ese
pleito, hazte humilde, y si se te presenta un hombre honrado que quiera
casarse contigo, cásate, aunque sea muy bruto». =(Hablando.)= No, no
miento nada al decir que la quiero con todo mi corazón. Su lealtad
conmigo, la constancia de afecto con que ha pagado mis desvíos prueban
la grandeza de su alma. =(El personaje redacta largos párrafos amorosos y
llena cuatro carillas de papel...)= ¡Ah!, me olvidaba de lo principal, de
_Riquín_, mi hijo. ¡En esta hora triste me ha entrado un amor por él!...
¡Si estuviera aquí me lo comería a besos!. Le reconoceré. = (Escribe otro
larguísimo párrafo, y pasa el tiempo y avanza la tarde.)= En fin, esto es
hecho. Ahora, ánimo. Tremenda cosa es afrontar el dudoso abismo de la
eternidad. Pero no puede ser de otra manera. Dios me perdonará mi
crimen. ¡Todo antes de ser chacota de la gente y presenciar la befa de
mi honor! Pronto anochecerá. No vacilo más. =(Se dirige a la percha, saca
el revólver y lo examina.)= Aquí está. Me parece un juez de hierro que me
condena sin permitirme defensa ni apelación.
UNA VOZ.--=(Que suena cavernosa detrás de la puerta, acompañada de dos
golpecitos.)= ¿Se puede?
JOAQUÍN.--Adelante.
DON JOSÉ.--=(Entrando.)= Buenas tardes.
JOAQUÍN.--¿Viene usted en busca de Isidora? No está.
DON JOSÉ.--No, vengo de parte de ella. Esta carta...
JOAQUÍN.--=(Tomando la carta con mano temblorosa.)= ¿A ver?... ¿En dónde
está Isidora?
DON JOSÉ.--=(Con sequedad.)= Hace un rato estaba en una tienda de la calle
del Carmen, escogiendo telas para vestidos.
JOAQUÍN.--=(Estupefacto)= ¡Telas! =(Abre la carta, que es voluminosa.
Dentro del pliego aparecen risueños algunos billetes de Banco; Joaquín
palidece.)= ¿Qué es esto? =(Se sienta y lee. Palidece más y luego se pone
encarnado y vuelve a palidecer.)=
DON JOSÉ.--=(Aparte, mirando a Joaquín con expresión de poca simpatía.)=
No lloro porque soy hombre. Mi corazón concluirá por ser como las rocas
en que bate el mar.
JOAQUÍN.--=(Guardando la carta en el bolsillo, se pasea.)= ¡Estoy salvado!
La cantidad es redonda... ¿Pero aceptaré esto? ¿De dónde procede?... ¿Es
una vileza aceptarlo? Sí que lo es; pero las circunstancias... ¡El
abismo!... Supongamos que un desventurado está al borde del precipicio y
se le presenta el demonio de la infamia y le alza en sus manos. No, no;
antes rodar al fondo del abismo. =(Alto.)= Don José vaya usted allá, y
devuelva esto a Isidora.
DON JOSÉ.--=(Aparte y tétricamente, coincidiendo en sus expresiones sin
sospecharlo, con Otelo.)= Oh flor graciosa y bella, ¿por qué has nacido?
JOAQUÍN.--=(Vacilando.)= No, no; deshonra por deshonra... Pesémoslas ambas
en la balanza de la fría razón. ¿Cuál pesa más? ¡Oh!, no hay que
vacilar. Esta lleva en sí la imposición del acontecimiento, del hecho
real. Tomaré el dinero... Me he salvado. Pero ¿por qué no estoy tan
contento como debiera? =(Alto.)= Don José, ¿con quién ha hablado hoy
Isidora?... ¿En dónde ha estado?
DON JOSÉ.--No lo sé... =(Aparte, lleno siempre de espíritu
shakespeariano.)=--¡Estúpido! ¿cómo quieres que te lo diga? No me
atreveré a decirlo ni aun a vosotras, ¡oh castas estrellas!
JOAQUÍN.--Usted nunca sabe nada. Usted está siempre en Babia. =(Aparte.)=
¡Malditas sean las circunstancias!... Me engañaré a mí mismo, haciéndome
creer que este dinero es de procedencia honrada. Es tan torpe el ser
humano, que fácilmente se le engaña... Pero discutamos esto; abordemos
la cuestión con filosofía. Si este dinero ha venido a mí por una vía
poco honrosa, es evidente que yo no he ido a buscarlo por dicha vía. Los
procedimientos de la Providencia son misteriosos. Es irreverente y
sacrílego ponerse a discutir sus designios. El hecho consumado lleva ya
en sí una dosis tan grande de lógica, que no necesita argumentaciones
retóricas. =(Alto.)= ¿No piensa usted lo mismo, hombre de Dios?
DON JOSÉ.--=(Como quien despierta de un sueño.)= ¿Yo?... Yo no pienso.
JOAQUÍN.--=(Volviendo a mirar con cariño los billetes.)= ¡Y la cantidad es
redondita! ¡Pobre Isidora! ¿Cómo no amarla? No sé qué daría porque
ganara el pleito. Pero no, no lo ganará. Sólo los pillos tienen suerte.
¡Don José, señor don José!
DON JOSÉ.--=(Pasándose la mano por la frente y el cráneo como para
detener una idea que intenta escaparse.)= ¿Qué?...
JOAQUÍN.--Le voy a convidar a usted a una copa de Champagne.
DON JOSÉ.--=(Con repugnancia.)= Gracias, no..., me mareo. =(Vacilando.)=
Pero, sí, venga; así se olvida.
JOAQUÍN.--¿Tiene usted muchas penas que olvidar?
DON JOSÉ.--=(Mirándole con ojos dulzones.)= ¿Yo?... ¿Penas yo? =(Contrae
horriblemente sus facciones al tratar de contener la emisión de un
suspiro.)=
JOAQUÍN.--=(Escanciando.)= Ahí va.
DON JOSÉ.--=(Bebe.)= ¡Cómo pica la maldita! =(Apenas ha llegado a su
estómago la primer gota del precioso líquido, inclina la cabeza y cierra
los ojos, diciendo.)= ¡Mundo miserable!
JOAQUÍN.--¿Qué?... ¿Por tan poca cosa?
DON JOSÉ.--=(Levántase bruscamente, los ojos brillantes y airados, la
actitud trágica.)= Sí, lo repito. Un caballero no recoge sus palabras.
¡Es usted un miserable, y le voy a romper a usted el bautismo!
JOAQUÍN.--=(Soltando la risa.)= ¡Don Pepe!
DON JOSÉ.--=(Cuadrándose.)= A sable o a pistola, como usted quiera. Me es
igual. De todas maneras sabré castigar su infamia. ¡Usted, un hombre
ordinario, un monstruo, un cafre, atreverse a coger en sus garras aquel
lirio! =(Da algunas vueltas por la habitación, perseguido por espectros.)=
No, no os tengo miedo, no. Pez, Botín, Melchor, Bou, no os temo. Os
mataré a todos, os haré polvo. Soy el defensor de la virginidad
ultrajada, de la inocencia perseguida, de la casta paloma... ¡Vamos, al
momento, al momento, me bato con los cuatro!
JOAQUÍN.--=(Le empuja hacia el sofá.)= ¡Pobre hombre!
DON JOSÉ.--=(Cayendo en el sofá como un talego.)= Me habéis matado, porque
sois cuatro. Os perdono a todos menos a uno. Os perdono a los tres; pero
a ti, bestia repugnante, a ti, tronco de la Ipecacuana, no puedo
perdonarte. =(Se desvanece.)=
JOAQUÍN.--=(Disponiéndose a salir.)= Ahí te quedarás hasta que te pase.
=--IV--=
=Mutación. La escena representa un aposento semi--elegante que parece ser
fonda.=
ISIDORA.--=(Mirando con zozobra hacia la puerta, en la cual ha dado
golpes una mano indiscreta.)= ¿Quién es?
DON JOSÉ.--=(Levantándose de un sillón en que yace soñoliento.)= Si es
visita, me retiraré.
UN SEÑOR.--=(Entrando sombrero en mano y dirigiéndose a Isidora.)= ¿Es
usted doña Isidora Rufete?
ISIDORA.--=(Trémula.)= Servidora...
AQUEL SEÑOR.--=(Avanzando, seguido de otro individuo poco simpático y
nada cortés.)= Señora, el objeto de mi visita es poco agradable. Vengo a
prender a usted de orden del juez del Hospicio. =(Muestra el auto de
prisión.)=
ISIDORA.--=(Aterrada.)= ¡Prenderme!... ¡A mí! ¿Está usted seguro?...
EL ESCRIBANO.--=(Volviendo a mostrar el auto.)= Vea usted... Conque si
tiene usted la bondad de seguirme...
DON JOSÉ.--=(Aparte, deplorando no tener espada, y sobre todo no ser
hombre capaz de sacarla en caso de que la hubiera tenido.)= ¡Qué
picardía!
EL ESCRIBANO.--=(Queriendo, como hombre humanitario, sacar a Isidora de
su extraordinaria perplejidad.)= Ya sabría usted que la parte contraria
pidió que se sacara el tanto de culpa...
ISIDORA.--=(Confusa y mareada.)= Sí.
EL ESCRIBANO.--Y el juez ha encontrado el fundamento.
ISIDORA.--Pues daré fianza...
EL ESCRIBANO.--Precisamente... en el delito de que se trata no puede
concederse fianza.
ISIDORA.--¡Delito! ¿Está usted seguro de lo que dice?
EL ESCRIBANO.--El pleito es ahora causa criminal...
ISIDORA.--=(Iracunda.)= ¿Y de qué me acusan?
EL ESCRIBANO.--De falsificación.