DOCTOR MIQUIS.

_Nota_. El cual entra mañana en capilla. Cantad la salve de los presos».

Aunque las recetas eran de burlas, no desestimaba Isidora la prudente

lección contenida en ellas. Hizo propósito firme de trabajar, de poner

en olvido ciertas cosas, originarias de su perdición, y de acortar los

orgullosos vuelos de su alma. Otro papel apareció diciendo:

«Se recomienda a la enferma que ayude a su patrona en cosas de la casa

para que se vaya instruyendo, y que en las horas de descanso se dé un

atracón de lectura. Le recomiendo el _Bertoldo_, el _Año cristiano_ o

las _Páginas de la Infancia_. Adiéstrese en contar para que se

familiarice con las cantidades. En esto le podrá servir el águila de

Patmos de la Contabilidad, su padrinito. Se recomienda especialmente a

la enferma que si va Juan Bou (_alias_ Ipecacuana), le reciba con

amabilidad. El pobre está triste, aunque espera una herencia.

»_Nota_. El patíbulo de miel está armado en la capilla de los

Desamparados. Orad por Miquis».

Por la noche fue Miquis un momento cuando estaban comiendo. ¡Qué

algazara! Los tres chicos corrieron hacia él, y mientras uno se le

colgaba de un brazo, el otro se le enredaba en una pierna, y todos le

aclamaban como si el joven doctor fuera el más divertido de los

juguetes. Isidora y Emilia le sacaron el tema de su boda, y ya le

felicitaban, ya le hacían burla, mientras él, tan pronto hacía el

panegírico de su futura como se lamentaba de perder su libertad. Subió

luego al piso principal a ver a una anciana, madre de la célebre modista

Eponina. Esta era una habilidosa francesa de mucha labia y trastienda,

que en pocos años había hecho gran clientela. La vecindad fue causa de

que Eponina y Emilia entablaran amistad. Algunas noches bajaba la

francesa a casa del ortopedista, y otras los de Castaño subían al taller

de modas. Isidora ya tenía conocimiento con Eponina, porque esta le hizo

algunos vestidos en los prósperos tiempos botinescos. Conocedora Eponina

del buen gusto de la de Rufete, siempre que esta subía mostrábale sus

galanas obras, pidiéndole parecer, de lo que Isidora recibía mucho

gusto, si bien este se desvanecía con el desconsuelo de ver tantas cosas

ricas que no eran para ella. Luego, al volver a la ortopedia con el

cerebro lleno de peregrinas visiones de trapos y faralaes, caía en

profunda tristeza...

De esta manera pasaron algunos días. Miquis les envió los dulces de la

boda, acompañados de estos renglones:

«Desde la mazmorra de flores, desde el delicioso ataúd de la luna de

miel, el inmolado Miquis saluda a los señores de Castaño y a la señora

de Bou. Recomiendo a esta la calma. He sabido con disgusto que ha

contravenido mis prescripciones higiénicas, remontándose al taller de

madama Eponina, y probándose varios vestidos de baile para ver su buen

efecto. Eso es muy peligroso y reproduce la fiebre. Prescribo el

alejamiento absoluto de los centros miasmáticos. En los ratos que tenga

libres, dedíquese la enferma a bordar unas zapatillas al Sr. Juan Bou,

para lo cual dicho se está que ha de emplear dos varas de cañamazo. Eso

no importa. Yo regalo el cañamazo y las lanas. La enferma irá a

convalecer a la sombra del árbol de la Ipecacuana, ese árbol milagroso,

señoras, que está plantado en la litografía de la calle de Juanelo, y

que ansía estrechar entre sus ramas a la descendiente de cien

reyes.--Saluda a todos el más novel de los maridos y el más feliz de los

médicos.--MIQUIS».

Ya no se reía Isidora de las cartas y recetas. Desde el día anterior

estaba muy ensimismada, y hablaba muy poco. Atribuyendo Emilia y Castaño

la repentina tristeza de su amiga a que se veía apremiada por el

procurador para abonar los crecidos gastos del pleito, la exploraron con

habilidad; mas ninguna explicación categórica pudieron obtener de su

taciturna melancolía. Un accidente habían notado que les hizo caer en

desagradables sospechas: D. José, al volver de la calle, habló en

secreto con Isidora, y de aquel secreto databan el abatimiento y

tristeza de la joven enferma. Observando con malicia, los esposos

notaron que Relimpio salía y entraba con frecuencia, como si trajera y

llevara recados, y que padrino y ahijada cambiaban recatadamente

palabras breves y cautelosas. Cuatro días pasaron así, cuando Isidora

salió para ir, según dijo, a casa de su procurador, y como al otro día y

al siguiente repitiese el mismo viaje, los esposos se alarmaron y dieron

en creer que Isidora no merecía la caritativa hospitalidad que le habían

dado.

Fiel como un perro y callado como un cenotafio, D. José fortalecía de

tal modo su discreción, que en esta no hallaba el más breve resquicio la

curiosidad de su hija. ¡José, eres una alhaja!

=--III--=

Y en tanto, excesivamente distraída de sus trabajos, Isidora visitaba

con frecuencia el taller de Eponina, y allí se encantaba contemplando

los magníficos vestidos, entre los cuales a la sazón había tres de

baile. Eran para una joven condesa que tenía la misma estatura y talle

de nuestra enferma. Eponina quiso que esta se los pusiera para ver el

efecto. ¡Ave María Purísima!... Púsose el primero; estaba encantadora.

Púsose el segundo. ¡Oh, arrebataba! El tercero..., ¡Cristo!, el tercero

caía tan bien a su cuerpo y figura, que sólo la idea de tener que

quitárselo le daba escalofríos. Contemplose en el gran espejo,

embelesada de su hermosura... Allí, en el campo misterioso del cristal

azogado, el raso, los encajes, los ojos, formaban un conjunto en que

había algo de las inmensidades movibles del mar alumbradas por el astro

de la noche. Isidora encontraba mundos de poesía en aquella reproducción

de sí misma. ¡Qué diría la sociedad si pudiera gozar de tal imagen!

¡Cómo la admirarían, y con qué entusiasmo habían de celebrarla las

lenguas de la fama! ¡Qué hombros, qué cuello, qué... todo! ¿Y tantos

hechizos habían de permanecer en la obscuridad, como las perlas no

sacadas del mar? No, ¡absurdo de los absurdos! Ella era noble por su

nacimiento, y si no lo fuera, bastaría a darle la ejecutoria su gran

belleza, su figura, sus gustos delicados, sus simpatías por toda cosa

elegante y superior.

Queda, pues, sentado que era noble. ¿Por qué no era suyo, sino prestado,

aquel traje, y había que quitárselo en seguida, sin poder siquiera, como

los cómicos, lucirlo un momento? No era reina de comedia, sino reina

verdadera. Se miraba y se volvía a mirar sin hartarse nunca, y giraba el

cuerpo para ver como se le enroscaba la cola. Pero qué, ¿iba a entrar

realmente en el salón de baile? Su mentirosa fantasía, excitándose con

enfermiza violencia, remedaba lo auténtico hasta el punto de engañarse a

sí misma.

De repente oyéronse pasos. Isidora y Epinona miraron hacia la sala

inmediata, y vieron entrar a un hombre. Era Miquis.

«Pase usted, doctor--dijo la modista--, y verá usted cosa buena. Usted

no estorba nunca».

Era Eponina mujer desordenada; mucho tiempo hacía que no pagaba al

médico, el cual visitaba con gran celo a la anciana madre de la modista.

Para hacerse perdonar su falta de conducta, la francesa era complaciente

con Augusto, y le permitía entrar en su taller a todas horas y bromear

con las oficialas. Al ver a Miquis, Isidora se turbó un momento. Después

se echó a reír.

«¿Te asombra de verme vestida de baile?--le dijo--. Sé que me has de

reñir; pero, vamos, sé franco. ¿Estoy bien así, sí o no?».

Absorto la miraba el joven, y con voz balbuciente, que declaraba su

sorpresa y embeleso, dijo:

«Estás..., no ya hermosa, ni guapa, sino... ¡divina!

--Vamos, que te he hecho tilín.

--A un ahorcado no se le hace tilín tan fácilmente; pero... Abismo de

flores, de veras te digo que si no estuviera con la soga al cuello...

Pero no, ¡fuera simplezas! El médico, el médico es el que habla ahora».

Y esgrimió el bastón ante la imagen hechicera de la dama vestida de

baile.

«Has contravenido mi plan; te has burlado de mis recetas. No te

salvarás, Isidora. Yo te abandono a tu desgraciada suerte.

--Siéntese usted, Augusto; deje usted el sombrero»--dijo Eponina con

melosa urbanidad.

Desasosegado, Miquis se sentaba primero en una silla, después en otra,

luego paseaba, y de pie y andando, no quitaba los ojos de su enferma.

«Pues mira--le dijo Isidora con cierto descaro--, no me riñas, porque

con tus medicinas tontas y con tu asquerosa ipecacuana no me he de

curar, ni quiero curarme.

--Ya lo sé que no quieres. ¿Piensas que no estoy enterado de tus malos

pasos de estos días? A los médicos no se nos escapa nada. ¿Quieres que

te lo cuente?».

Isidora se turbó otra vez.

«Pues oye: la semana pasada llegó de Francia Joaquín Pez en el estado

más deplorable. Sus acreedores, cansados ya de contemplarle, le han

caído encima como buitres hambrientos. Su padre ha decidido no ampararle

más y le ha echado de su casa...

--Es verdad, es verdad--dijo la de Rufete con emoción, preparándose a

derramar lágrimas.

--El pobre hombre, con el agua al cuello, desesperado y sin fuerzas para

luchar con su destino, ha recurrido a ti. Sé que te ha buscado; que te

mandó un recadito con tu padrino; que fuiste a verle... Es cierto, ¿sí o

no?

--Es cierto.

--Se ha refugiado en una miserable casa de huéspedes donde no hay más

que toreros de invierno, jugadores y gente perdida... Le visitaste hace

cuatro días; has ido después varias veces... Lo sé por el ama de la

casa, que es una Aspasia jubilada, y tiene relaciones con uno de mis más

desgraciados enfermos. Reflexiona lo que haces, mira bien qué pasos das

y entre qué gente vas a meterte.

--Es verdad lo que has dicho. ¿Cómo es que todo lo sabes y todo lo

averiguas?--dijo Isidora, rompiendo a llorar--. Augusto, ten compasión

de mí. No, no me digas cosas... Él está perseguido, huye de la justicia,

y ha tenido que refugiarse en un sitio, que por ser tan malo, le ofrece

seguridad. No se comunica con ninguno de la casa. No le denuncies, ni me

riñas a mí porque no he querido abandonarle en la desgracia.

--Perdóneme usted, amiguita--indicó Eponina con bondad--, me va usted a

estropear el vestido; me lo está usted mojando con sus lágrimas.

--Me lo quitaré--replicó Isidora haciendo un gesto de niña mimosa--.

Miquis, haz el favor de pasarte a la sala, que me voy a mudar de traje».

Alejose un rato el médico. Cuando volvió, ya Isidora había tomado su

forma primera. Se abrochaba su vestidillo humilde diciendo: «Ya tengo

otra vez la librea de la miseria».

Eponina salió, dejándolos solos. De repente Isidora se fue derecha hacia

Miquis, y cruzando las manos delante de él, le dijo con acento de

intenso dolor:

«¡Amigo, estoy desesperada!

--¿Qué tienes?--le preguntó él, sintiendo ante aquella pena y aquellas

lágrimas una cobardía dulce.

--¡Estoy desesperada! A ti me dirijo, a ti que eres bueno y me conoces

hace tiempo.

--¿Bueno yo?...--dijo Augusto con ironía--. A ver, ¿qué quieres?

--Necesito..., ¿tendré que decírtelo?..., necesito dinero.

--Ya...

--Yo no puedo estar así. Váyanse al diablo tus recetas. Te diré..., yo

quiero vivir y esto no es vivir.

--Dinero para el Pez.

--No, no; lo necesito para mi procurador y para mí. Estoy vestida de

harapos... No me riñas, cada cual tiene su manera de ver las cosas de la

vida. Sé que me vas a sermonear, y hablarme de moral y qué sé yo... No

entiendo tus medicinas. Te diré... Dios no quiere favorecerme, Dios me

persigue, me ha declarado la guerra...

--¡Qué pillín!

--Yo quiero ir por los buenos caminos, y Él no me deja--prosiguió

Isidora con tanta agitación que parecía demente--. Veremos si al fin me

favorece. Te diré...; lo que importa es que yo gane ese pleito. Cuando

lo gane, tomaré posesión de mi casa... Mucho siento no poder llegar a

ella con todo el honor que mi casa merece..., pero ¿qué hacer ya?

Entretanto, amigo, la miseria me es antipática, es contraria a mi

naturaleza y a mis gustos. La miseria es plebeya, y yo soy noble.

--Isidora--declaró Augusto con seriedad--, al nacer te equivocaste de

patria. Debiste nacer en Francia. Eres demasiado grande, eres un genio y

no cabes aquí. ¿Quieres el último consejo? Pues vete a París. Allí

encontrarás tu puesto. Aquí te degradarás demasiado. Aquí no las

gastamos de tanto lujo como tú».

Levantose para marcharse.

«No, no te vas--dijo ella deteniéndole con fuerza por un brazo--; no te

vas sin decirme si puedo contar contigo.

--¿Para qué?»--murmuró el médico temblando.

¡Sentía un frío...!

«Yo necesito una cantidad--dijo Isidora febril, los labios secos.

--No puedo... complacerte--repuso el joven, dejándose caer en una silla.

--Sí puedes, sí puedes. ¡Augusto, por amor de Dios!..., socórreme,

socórreme. Te diré...

--Si es nada más que un socorro...».

Miquis, turbado hasta lo sumo, aprecio con rápida ojeada interior su

situación. ¡Se había casado seis días antes, estaba en la luna de

miel!... ¡Ser traidor a su joven y amable esposa! «No, no, no», gritó

para sí, y luego, en voz alta:

«Pobre mujer, criminal o desgraciada, noble, plebeya o lo que seas, yo

no te puedo amparar... Busca en otra parte...

--¡Ah! ¡Qué amigos estos!--exclamó ella en lo último de la angustia--¡Y

luego nos injurian si al vernos desamparadas corremos a la degradación!

Bueno, bueno; me perderé, me arrastraré».

Miquis cerró los ojos para no verla. Si la veía un momento más estaba

perdido... Por lo que, sin añadir una palabra, echó a correr fuera del

gabinete y de la casa.

Iba por la calle adelante, satisfecho de su triunfo, cuando sintió

rápidos y leves pasos detrás de sí. Al mismo tiempo oyó que le llamaban.

Una mujer corría tras él. Al reconocer a Isidora, el pobre médico tembló

de nuevo.

«Tengo un recelo--le dijo Isidora agitadísima, la voz balbuciente, la

expresión turbada y agoniosa--. No me has comprendido... Habrás creído

tal vez que deseo ser tu querida, que te he propuesto que me compres...

No me juzgues mal; yo quiero ser honrada. Si no lo consigo es porque...,

te diré...

--¡Honrada!

--Sí, sí. No me comprendes. Sí me socorres, yo te pagaré..., dinero por

dinero.

--Déjame en paz--dijo Miquis retirándose.

--No, no te vas--replicó ella deteniéndole con fuerza--. Estoy

desesperada. Necesito... En último caso, paso por todo.

--Soy pobre.

--La desesperación es ley, Augusto. Te hablaré con el corazón; te

diré... Yo no quiero más que a un hombre. Por él doy la vida, y en

último caso el honor... Di, ¿me favoreces?

--Lo que necesitas, ¿es para comer?

--No; necesito mucho.

--No puedo, no puedo».

«Augusto, Augusto--exclamó ella colgándosele del brazo--. Mi necesidad

es tan grande, que no puedo tener tesón ni dignidad, ni nobleza. Yo no

te quiero, no puedo quererte; pero como Dios me abandona, yo me vendo».

Pausa. Miquis la miraba pestañeando. Sobre ambos, un farol de gas

alumbraba con rojiza luz aquella escena indefinible en que la necesidad

desesperada, de un lado y la integridad vacilante de otro, se batían con

furor. ¡Dinero y hermosura, sois los dos filos de la espada de Satanás!

«Soy pobre--repitió Miquis, haciendo un esfuerzo--; vete a París.

--¡Augusto!».

Augusto sintió cólera. Aprovechándose de aquel movimiento del alma,

desprendió su brazo de la mano de Isidora, y con toda energía le dijo:

«Dios te ampare».

Ya estaba distante cuando oyó esta voz sarcástica: «¡Farsante!».

Aquella misma noche desapareció Isidora de la casa de sus buenos amigos,

dejándoles un papelito que decía:

«Emilia, Juan José, amigos queridos: no soy digna de vivir en vuestra

casa. Cuidad de mi hijo esta noche. Tened lástima de mí».

La desheredada · 第 67 / 87 题