=--I--=
Día de prueba fue el siguiente. No sólo estaban agotados todos los
recursos, sino también todas las combinaciones para vencer los apuros
del momento. No había crédito, no había materia pignorable. ¡Oh
situación horrible! Faltaba ya de un modo absoluto el sustento. Isidora,
_Riquín_ y D. José tenían hambre.
Inspirado por la desesperación, D. José tuvo una idea, ¡oh rasgo de
humanidad y de amor! Se le ocurrió salir disfrazado a pedir limosna,
seguro de encontrar almas generosas. No llegó esto a efectuarse porque
se opuso resueltamente Isidora. ¿Pero qué harían? ¿Pedir a Emilia? De
ninguna manera. Antes acudir a la limosna. ¿A quién, a quién, ¡Dios de
mi vida!, si ya estaban explotadas todas las amistades?
Alguien se presentó en casa de Isidora a ofrecerle cuanto necesitase
para vencer dificultades tan angustiosas. Pero las condiciones de estos
anticipos eran tales, que la joven los rechazó, espantada. El loco amor
al lujo y las comodidades eran los puntos débiles de Isidora; su
necesidad la brecha por donde la atacaban, prometiendole villas y
castillos; pero no obstante estas desventajas, resistía batiéndose con
el arma de su orgullo y amparada del broquel de su nobleza. Tanta fuerza
tomó en esto, que cortó los vuelos a la tentación, diciendo: «Antes
pediré limosna». ¡Oh!, si Joaquín estuviese en Madrid, no pasaría ella
tan crueles angustias. Pero a París, donde estaba, le había escrito
siete veces en tres meses sin obtener contestación. Volvíase con el
pensamiento a todas partes, como el habitante de la casa incendiada que,
cercano a las llamas, busca un escape, un sostén, una cuerda... ¡Ah,
cielos divinos! De pronto vio Isidora su cuerda. Acordose de una
persona, y la esperanza rieló en la superficie de su ennegrecido
espíritu.
Era de noche. Al día siguiente pondría en ejecución su pensamiento. Por
fortuna, D. José había tenido la inmensa suerte de encontrar aquella
tarde a un bondadoso amigo que le facilitó la cantidad precisa para un
mediano almuerzo. Segura, pues, Isidora de que habría con qué
desayunarse a la venidera mañana, pasó tranquila la noche. A las once
del siguiente día llamaba a una puerta.
«¿Está el doctor Miquis?».
¡Qué suerte! Estaba. Pasó la joven al despacho, y allí, sola con el
médico, no pudiendo contener la pena que se desbordaba de su corazón,
rompió a llorar. Recibiola con mucha bondad Augusto, la hizo sentar,
preguntole mil cosas; pero ella, acongojada, no podía decir más que
esto, que repitió tres veces:
«Dame de comer y no me toques».
Augusto se puso serio, comprendiendo que la situación de su amiga no era
para tratada en broma. Hablaron. Él, aunque joven, tenía el arte de la
interrogación, y ella comprendía cuán ventajosas le serían la
espontaneidad y franqueza. Así, al cuarto de hora de confesión, ya
Miquis sabía los últimos episodios de la vida de ella, el viaje al
Escorial, la penuria, la declaración de Bou, las proposiciones de
aquellas tales... Cuando nada importante quedaba por decir y formuló
Isidora la síntesis de su problema, diciendo: «¿Qué debo hacer para
poder vivir?», Miquis se quedó en silencio un buen rato, y después le
contestó así:
«No te apures, no te apures. Veremos. Estás enferma, estás llagada. Tu
mal es ya profundo, pero no incurable».
La inspiración brotó en su mente. Su grande y vivaz ingenio le sugirió
una idea, y con la idea estas palabras:
«Pues he de curarte... Lo dijo Miquis, punto redondo».
Isidora llenó el despacho con un suspiro. Era el quejido de su
enfermedad, ya extendida y profunda.
«Manos a la obra--dijo Augusto con gran solemnidad--. ¿Quieres que te
cure? Responde ¿sí o no?
--Sí.
--Pues bien: ¿Estás dispuesta a ponerte a mis órdenes, y a hacer
ciegamente lo que yo te mande?
--Sí, sí--replicó ella con ansiedad doliente.
--Pues empecemos. Lo primero es cambiar de aires.
--¿Me mandas al campo?
--No... Mejor dicho, sí, te mando a un valle urbano».
Y llevándola al balcón, le mostró la casa de enfrente. En el piso bajo
veíanse unas rejas, por entre cuyos hierro salían matas de tiestos,
colocados dentro en una tabla. La casa hacía esquina, y el cuarto bajo a
que correspondían las rejas tenía por la otra calle una tienda con dos
vitrinas. Pero esto no se veía desde el balcón de Miquis, aunque se
adivinaba, mirando un rótulo que en áureas letras decía: _Castaño,
ortopedista_. Otra grande y aparatosa muestra, colgada más arriba, en el
piso principal de la misma casa, decía: _Eponina, modista_. Como Isidora
la mirase, díjole Miquis:
«Huye de esas peligrosas alturas, y vuelve tus ojos al valle ameno que
está abajo.
--Sí; Ahí viven Emilia y Juan. ¡Qué felices son!
--Pues en esa casa, en ese establecimiento salutífero vas a vivir desde
mañana.
--¡Oh! ¡Si vieras qué envidia les tengo! Pero no, no me admitirán.
--¿Te negarán ese favor si se lo pido yo?... He salvado del garrotillo
al mayor de sus chicos. Los asisto de balde. Me llaman casi todos los
días.
--Entonces tú les pedirás que me admitan...
--Hoy mismo; pero ya comprenderás que les he de responder de tu buena
conducta. Cuidado...
--¡Oh!, yo te juro... Lo que deseo es tranquilidad, paz...
--Bien--dijo Miquis, retirándose del balcón--. Ahora viene lo mejor. Una
vez que cambies de aires, has de considerar que empiezas a vivir de
nuevo. Tienes que educarte, aprender mil cosas que ignoras, someter tu
espíritu a la gimnasia de hacer cuentas, de apreciar la cantidad, el
valor, el peso y la realidad de las cosas. Es preciso que se te
administre una infusión de principios morales, para lo cual, como tu
estado es primitivo, basta por ahora el catecismo. ¡Oh! ¡Si tuvieras
buena voluntad...!
--La tendré.
--Ahora viene lo gordo, hija. Después de entonarte, paso a recetarte el
gran emético, medicina un poco fuerte y desagradable; pero que si la
tomas con buena voluntad, ha de probarte maravillosamente con el tiempo
y regenerarte por completo.
--¿Cuál es la medicina?
--Pues que te cases con Juan Bou».
Isidora hizo un movimiento de repeler cosa muy nauseabunda..., y puso
una cara..., ¡Jesús, qué cara!
«Comprendo que no te agrade por el pronto. Pero reflexiona. ¿No has oído
decir que toda persona tiene la fortuna en la mano una sola vez en la
vida?
--Sí lo he oído; pero te diré...
--Pues considera si en tu situación puede haber para ti fortuna mayor
que el que un hombre honrado te ofrezca su mano. No creo que pretendas
un Coburgo Gotha. Reflexiona, observa el punto en que te hallas, echa
una mirada atrás, otra delante, y di si mi medicamento no está
perfectamente indicado.
--Yo no sé si será eficaz o no--dijo Isidora con tristeza y confusión--.
Podrá serlo, mirando las cosas por lo bajo... Pero en cuestión de
matrimonio, el gusto y el amor son lo primero...
--Es verdad que Juan Bou no es un Adonis; pero no es tampoco un
monstruo... Es un hombre de bien, trabajador, sencillote, y, a pesar de
sus bravatas, tiene el corazón más bondadoso y tierno del mundo.
--Lo sé, lo sé...; pero... quita allá, por la Virgen Santísima; yo no
seré su mujer. No lo pienses... Este caso mío no es como otros
casos--dijo Isidora, haciendo los mayores esfuerzos para que su acento
expresase la convicción firmísima de su alma--. Para juzgar las cosas
conviene verlas completas. Es verdad que si fuera yo nada más que lo que
parezco, la cosa no tenía duda; pero tú bien sabes que sostengo un
pleito de filiación con una familia poderosa; tú debes considerar que el
mejor día gano el pleito, como es de ley; que paso a ocupar mi puesto y
a heredar la fortuna y el nombre de esa familia, que son míos y me
pertenecen. Pues bien, ¿te parece bonito que al tomar posesión de mi
casa lleve colgado del brazo ese lindo dije de Juan Bou? A fe que me
lucía... Miquis, tú estás lelo: yo no sé dónde tienes el talento, cuando
dices ciertas cosas.
--¡El pleito! Precisamente has nombrado un desorden fisiológico que me
trae a la memoria otra de las más importantes medicinas que te voy a
recetar.
--¿Cuál?
--Resumamos. Primero mudar de aires; luego entonarte con una enseñanza
primaria; después sigue la gran toma, el casorio con Juan Bou, y por
último viene la extirpación del cáncer, que es la idea del marquesado».
Isidora creía escuchar el mayor de los insultos.
«Si de ese modo quieres curarme--dijo con altivez--, renuncio a tus
medicinas.
--Entendámonos--añadió Miquis rectificando--. Si tus derechos no son una
farsa, si hay algo de serio y legítimo en eso, enhorabuena que siga
adelante tu pleito. Lo que yo quiero es que no consagres tu vida a la
idea de ocupar una posición superior, que no vivas anticipadamente en
ella con la imaginación, sino que tengas paciencia y reposo de
espíritu... ¿Que ganas el pleito? Pues bien; te embolsas tu herencia y
sigues, con tu marido, en la esfera de modestia, quietud y desahogo en
que todos vivimos. ¿No quieres? ¿No aceptas mi plan?
--No lo acepto, no--dijo Isidora de muy mal humor--. Es un plan tonto.
--¡Ah mimosa! ¿Sabes lo que debo yo hacer, en vista de tu rebeldía? Pues
no tenerte lástima, no interesarme por ti, y mirarte como tierra común
en la cual todos tienen derecho a sembrar sus deseos para recoger tu
deshonra. Desgraciada, si no acabas en la casa de Aransis, acabarás en
un hospital.
--Bien, me agrada eso. O en lo más alto o en lo más bajo. No me gustan
términos medios.
--Y sin embargo en ellos debemos mantenernos siempre... ¿Conque quedamos
en eso?
--¿En qué?
--En que, rechazado por ti mi tratamiento, te debo considerar como
incurable y hacerte el amor.
--¡Qué disparates dices!
--¿Vámonos al Retiro?... ¿Te acuerdas de aquellos paseítos, del Museo,
de las fieras, de las naranjas que nos comimos entre los dos?
--Bien me acuerdo... Déjate de tonterías.
--No, no creas que voy a repetir ahora lo que entonces te decía. No
habrá aquello de «me caso contigo». Entonces te lo decía; pero no
pensaba hacerlo, no creas...
--Ya lo suponía.
--¡Y la verdad es que me gustabas muchísimo!... Y si he de serte franco,
creía hacer contigo la gran conquista. Yo quería acreditarme entre mis
compañeros, y decía para mí: «Esta no se me escapa.» ¡Y qué
traidoramente se me escapó! Hoy nos encontramos otra vez. Tú, después de
dar mil vueltas, vienes a mí... Pues mira, simplona, te juro que en este
momento, vista tu terquedad en no dejarte curar, debiera yo ponerte los
puntos..., y si no fuera por esta...».
Se levantó, y, tomando un retrato que sobre la mesa estaba, lo mostró a
Isidora.
«¡Ah!, tu novia... Ya sé que te casas pronto, maulón. ¿Sabes que no vale
nada?
--Te pego si lo vuelves a decir. Vale más que tú. No es muy guapa; pero
es un ángel.
--Si no vale dos cominos--dijo Isidora riéndose descaradamente ante el
retrato.
--¿Qué entiendes tú de eso? Esta, esta que ves aquí es mi salvaguardia
contra ti; es mi patrona, mi abogada, mi Virgen del Amparo. Por esta,
¿la ves bien?, por esta con quien me casaré el lunes, Dios mediante, me
libro del peligro de tenerte ante mí, y me hago un señor héroe, y
atropellando por todo, te doy la batalla y te venzo y por fin me salvo,
aunque no quieras... Esta tarde misma hablaré con Emilia, y mañana te
irás a vivir con esa gente, para que aprendas, víbora, para que veas,
pantera, para que sepas, demonio con faldas, lo que es el bien».
A cada frase daba un paso hacia ella, amenazándola con el retrato. Ya
Isidora se había serenado bastante, y no veía las cosas tan tétricamente
como antes. Él, por su parte, iba dejando de mano la gravedad de médico,
el énfasis de moralista, y tomaba a ser, por gradación rápida, el Miquis
de antaño, ingenioso, alegre y vivo, con su follaje de palabrería
metafórica y su corazón repleto de bondad.
«No me acordaba de que tengo que escribir unas cartas--dijo Isidora
repentinamente--. ¿Me las dejas escribir aquí, en tu mesa?
--Sí, sí, ángel ponzoñoso»--contestó Augusto, en cuya alma retoñaban
devaneos estudiantiles.
Precipitadamente sacó papel, sobres. Isidora se sentó en el sillón de la
mesa de despacho, él la dio pluma y ella se puso a escribir. Mientras la
joven despachaba su correspondencia, que era algo larga, Miquis se
paseaba, las manos metidas en los bolsillos, y miraba a Isidora con
expresión entremezclada de asombro y miedo, diciendo para sí:
«Fuera ciencia, fuera gravedad... Juventud, no te me vayas sin dárteme a
conocer... Tiempo hay de encerrarse en esa armadura de cartón que se
llama severidad de principios».
Y volvió al paseo, y a echarle ojeadas y a meditar.
«Pero si me caso el lunes, y hoy es miércoles... ¡En qué ocasión se le
ocurre a uno casarse!... Estoy entre el altar y el abismo... Hombre,
_homo sapiens de Linneo_, no te deslices, coge una piedra y date con
ella en el pecho como San Jerónimo. Honradez, tienes cara de perro...».
Isidora dejó de escribir, poniendo la pluma a un lado.
«Voy a descansar un ratito.
--Aunque sean dos ratitos, chica... Ya sabes que tengo el mayor gusto...
Estás en tu casa...
--Vaya que tienes un bonito cuarto. Pero, hombre, ya podías haber puesto
ese esqueleto en otra parte. ¡Qué horror!
--Quiero estar contemplando a todas horas la miseria humana.
--¿De quién serían esos pobres huesos?...
--Son de mujer. Quizás una tan hermosa como tú... Mírate en ese espejo.
--Gracias, chico. Tus espejos son muy particulares. ¡Y cuánto librote! A
ver. ¡Jesús, que títulos! Todo Medicina. ¡Qué lástima de dinero empleado
en esto! Tanto libro para no saber nada. Porque tú no sabes nada,
Miquis; eres un ignorante, un tonto.
--Quizás estás diciendo la más profunda verdad que ha salido de esos
labios, de esas envenenadas rosas. Sí, soy un mentecato. Desprecia a
Miquis, que habiendo descubierto un tesoro, permitió que ese tesoro
fuera para todos menos para él. El simple y desventurado Miquis ha sido
un libertino del estudio; sus calaveradas han sido las calaveras. A su
lado pasó, coronada de rosas y con la copa en la mano, la imagen de la
vida, y Miquis volvió los ojos para contemplar embebecido, ¡ay!, la
rugosa faz de los catedráticos. La ocasión de vivir, de gozar, de ver
cara a cara el ideal, de tocar el cielo, se le ha presentado varias
veces; pero Miquis, este memo de los memos, en vez de poner la mano en
toda ocasión hermosa, se iba a descuartizar cadáveres... ¡Y este Miquis
se casa el lunes, es decir, que el lunes cierra la puerta a la juventud
y entra en la madurez de la vida, en el régimen, en la rutina y método!
Para él se acabó lo imprevisto; se acabarán los deliciosos disparates.
¡Desgraciada la boca tapiada a la risa! Ahora, ciencia, trabajo, suegro,
amas de cría. Terrible cosa es recibir el adiós a la libertad, y ver la
espalda a la juventud fugitiva. ¡Bienaventurados los chiquillos, porque
de ellos es la vida!
--Tienes una bonita casa--dijo Isidora sin hacerle caso--. ¿Cuánto te
cuesta?
--A ti nada te importa, pues no me la has de pagar. ¿Han concluido tus
cartas?
--Voy a concluirlas».
Y él volvió a pasearse y a mirarla... ¡Qué hermosa estaba! ¿Quién lo
metía a él a moralista ni a redentor de samaritanas? Soltó una carcajada
en lo recóndito de su ser, allí donde su alma contemplaba atónita la
imagen de la ocasión. «Pero me caso el lunes, el lunes...». Miró el
retrato de su novia...
De pronto suena la campanilla, entra un señor y pasa a la sala... Es el
papá de la novia de Miquis, que viene a consultarle un punto de Higiene.
Augusto deja a Isidora en su despacho, y tiene que resistir durante una
hora la embestida de su suegro, el cual le habla de Sanidad y de la
fundación de la Penitenciaría para jóvenes delincuentes.
Cuando su suegro se marcha, Miquis vuelve al despacho. Está aturdido; la
visita le ha dejado insensible. Hay en su cuerpo algo del efecto de una
paliza; pero está fortificado interiormente. Isidora aguarda ansiosa.
Está pálida y ha llorado un poco, porque no puede apartar del
pensamiento que su hijo y su padrino no tienen qué comer aquella tarde.
«¡Cuánto has tardado! Es pesadito ese señor. En fin, amigo, yo siento
molestarte. Acuérdate de lo que te dije al entrar».
Miquis hace una rápida exploración en su alma, encuentra en ella algún
desorden y dispone que todo vuelva a su sitio. «Soy un hombre
sublime--dice para sí--, un hombre de honor y de caridad, soy también un
hombre que se casa el lunes».
Isidora le había dirigido al entrar una súplica angustiosa, elocuente
expresión salida de los más sagrados senos del alma humana. Juntando el
quejido de la necesidad a la súplica del pudor, Isidora le había dicho:
«Dame de comer y no me toques».
Miquis abre su bolsa a la desvalida hermosa, y con magnánimo corazón le
dice:
«Mañana estarás en casa de Emilia».
=--II--=
La admitieron. ¡Tanto pesaba en aquella casa la recomendación de Miquis,
que había salvado del _croup_ al niño mayor, y de los peligros de la
dentición al más pequeño!
Ya sabe el lector cómo Emilia de Relimpio se casó con su primo, el hijo
del ortopédico, que llamaba _cláusulas_ a las cápsulas; matrimonio
degradante si se le mira desde la altura de las pretensiones de D.ª
Laura; pero muy natural, proporcionado y acertadísimo, siempre que la
interesada lo mirase al nivel de sus sentimientos y de su porvenir moral
y práctico. Juan José Castaño era tan hábil como su padre, y le superaba
en inventiva y en asimilarse los descubrimientos y novedades del arte
ortopédico. Sostenía el crédito del establecimiento y ganaba mucho
dinero, porque, desgraciadamente para la Humanidad, parece que esta es
una vieja máquina que se desvencija y deshace, hallándose cada día más
necesitada de remiendos y puntales, o llámense muletas, cabestrillos,
fajas, cinchas, suspensorios, etc. Nada, nada, nos desbaratamos. Unos
dicen que es por estudiar mucho, otros que por gozar demasiado, y
alguien echa la culpa a las armas de precisión; pero, cualquiera que sea
la causa, ello es que la Ortopedia tiene un porvenir tan brillante como
el de la Artillería. Son dos ciencias complementarias como la Filosofía
y el Alienismo.
En su pacífica y laboriosa vida, Emilia, mujer de buen fondo y excelente
corazón, se había curado de aquellas tonterías de aparentar y suponerse
persona encumbrada. No volvió a ponerse sombrero más que cuando iba de
viaje los veranos, ni a tratar de parecerse a las niñas de Pez, las
cuales (dicho sea de paso) continuaban tratando de imitar a las niñas de
los duques de Tal. Poseía un sólido bienestar; ella, su marido y sus
hijos satisfacían plenamente sus necesidades, y de añadidura tenían
buenos ahorros, un establecimiento de primer orden, y además, como
perspectiva risueña, la hermosa finca de Pinto, con otras riquezas que
el viejo guardaba. En suma, Emilia había tomado un magnífico sitio en el
anfiteatro de la vida, donde tantos están en pie o pésimamente sentados.
Su marido era sencillo, bueno, cariñoso, sin más defecto que el querer
hacer las cosas demasiado bien y pronto, por lo que siempre estaba en
riña con sus oficiales.
Por más que Isidora reconociera la importancia moral de aquella casa, no
podía remediar que le fueran antipáticos el establecimiento, la tienda,
llena de feísimos objetos, la trastienda donde trabajaban Rafael y sus
oficiales, y la vivienda toda, honrada, virtuosísima, modelo de
dignidad, de laboriosidad y de cristianismo, pero impregnada de un
cierto olor de badana cruda, con malas luces y ruidos de taller.
Este juicio no excluía el agradecimiento que tenía a Juan José y a
Emilia. ¡Insigne mérito y bondad había en ellos al admitirla, cuando, si
la despreciaran, estaban en su derecho! Y véase aquí la eficaz
influencia del medio ambiente. A los tres o cuatro días de estar allí,
el espíritu de Isidora se adaptaba mansamente a la regularidad
placentera de la casa, a la poca luz, al olor de badana, a la vista de
los feos objetos, y notaba en sí una tranquilidad, un gozo que hasta
entonces le fueron desconocidos. _Riquín_ hizo tan buenas migas con los
dos chicos de Emilia, como si se hubieran criado en la misma cuna. Todo
el santo día lo pasaban enredando desde la trastienda a la cocina e
inventando diabluras. Don José era el que parecía menos feliz. Estaba
triste, según decía, por la falta de ocupación. Castaño, que no
necesitaba tenedurías, le empleó en llevar recados y cobrar cuentas;
pero aunque el buen señor desempeñaba estos encargos con docilidad, bien
se le conocía que su principal gusto era no hacer nada, contemplar a
Isidora, pasear con ella, y prestarle cuantos servicios hubiese
menester.
Miquis solía pasar por allí, pero estaba muy poco tiempo. Como vivía
enfrente, por las tardes enviaba con su criada unos papelitos que hacían
reír a Isidora, a Emilia y al mismo D. José taciturno. He aquí una
muestra:
«RÉCIPE.--_Del extracto de paciencia, 100 gramos. Del ajetreo de
máquinas de coser, c. s. Mézclese y agítese s. a. Para tomar a todas
horas._