«Don José--dijo resuelta--. Cargue usted a _Riquín_. Envolvedlo bien en
un mantón. Nos vamos ahora mismo.
--¡Ahora!»--exclamó D. José con espanto.
En la puerta del comedor apareció Botín. Después se paseó en el pasillo.
Si Isidora estuviera fuerte en Mitología, le habría comparado al
Minotauro vagando por las obscuras galerías del laberinto de Creta.
Volvió la bestia al gabinete, y desde allí llamó con voz fuerte:
«¡Isidora, Isidora!». Y viendo que esta no acudía, salió otra vez al
pasillo y dijo en tono más humanitario:
«No llevemos las cosas hasta el último extremo. _Riquín_ está malo.
Puedes quedarte aquí hasta mañana».
Pero Isidora iba y venía recogiendo algunas cosas _enteramente suyas_.
«Quédate, mujer, quédate hasta mañana».
Entró ella en la alcoba. Botín se paseaba con lento andar en el
gabinete.
«Vamos, vamos, no seas terca. No te perdono; pero te doy respiro hasta
mañana. Además...».
La miró atentamente, mientras ella revolvía en la cómoda. La miró
embelesado, ¿a qué negarlo?, y algo confuso le dijo:
«Y mañana podrás llevarte todos tus vestidos».
Isidora no le contestó, ni le miró siquiera. Pero él seguía dando
paseos. Estaba nervioso, incomodado consigo mismo. Mitológicamente
hablando, se mordía su propia cola.
«Estas mujeres locas--murmuró gruñendo--, si comprendieran su interés;
si supieran apreciar lo que valen las relaciones con una persona
decente... Isidora, aguarda, oye la voz de un amigo. Vuelve en ti,
reflexiona, acuérdate de lo que muchas veces te he dicho. ¿Por qué no
has de entrar en una vida ordenada? Yo estoy dispuesto a auxiliarte,
proporcionándote un estanco...».
Isidora salió sin concederle ni una mirada. Él fue tras ella. Desde la
sala repitió en voz alta:
«Puedes contar con el estanco...».
No recibió contestación. De repente oyó el golpe de la puerta cerrándose
con violencia. Todos, menos la doncella, habían salido.