Flamenca Cytherea

La unión nefanda de estos dos vocablos, bárbaro el uno, helénico el

otro, merece la execración universal; pero no importa. Adelante.

Contraviniendo la voluntad y las amonestaciones claras del Excmo. Sr.

(tenía la Gran Cruz) D. Alejandro Sánchez Botín, Isidora fue a la

pradera de San Isidro, acompañada de su doncella, de _Riquín_, de D.

José de Relimpio y de Mariano. La prisionera del Sátiro no podía

resistir ya el anhelo de expansión, de correr libremente, de ser dueña

de sí misma un día entero, y, principalmente de darse el gusto de la

desobediencia. Haciéndole rabiar gozaba más que divirtiéndose ella. Ya

se aplacaría el tirano, pronunciando un par de buenos sermones, y si no

se aplacaba, mejor. Estaba cansada de tan grande y molesto estafermo, y

bien podía suceder que no haciendo caso de sus insufribles exigencias

llegase a dominarle y someterle. Para fundar este imperio convenía un

golpe de Estado.

Entre su doncella y la peinadora la vistieron de chula rica. Aquella

mañanita de San Isidro, mientras duró el atavío chulesco, todo era

regocijo en la casa, todo risas y alegrías. Don José andaba a gatas

sirviendo de caballo a _Riquín_, ya vestido desde el amanecer de Dios, y

Mariano cantaba en la cocina rasgueando una guitarra. El vestirse de

mujer de pueblo, lejos de ofender el orgullo de Isidora, encajaba bien

dentro de él, porque era en verdad cosa bonita y graciosa que una gran

dama tuviera el antojo de disfrazarse para presenciar más a su gusto las

fiestas y divertimientos del pueblo. En varias novelas de malos y de

buenos autores había visto Isidora caprichos semejantes, y también en

una célebre zarzuela y en una ópera. Si esto pensaba cuando la doncella

y peinadora la estaban vistiendo, luego que se vio totalmente ataviada y

pudo contemplarse entera en el gran espejo del armario de luna, quedó

prendada de sí misma, se miró absorta y se embebeció mirándose, ¡tan

atrozmente guapa estaba! El peinado era una obra maestra, gran sinfonía

de cabellos, y sus hermosos ojos brillaban al amparo de la frente

rameada de sortijillas, como los polluelos del sol anidados en una nube.

No le faltaba nada, ni el mantón de Manila, ni el pañuelo de seda en la

cabeza, empingorotado como una graciosa mitra, ni el vestido negro de

gran cola y alto por delante para mostrar un calzado maravilloso, ni los

ricos anillos, entre los cuales descollaba la indispensable haba de mar.

En medio de Madrid surgía, como un esfuerzo de la Naturaleza que a

muchos parecería aberración del arte de la forma, la Venus flamenca. Don

José estaba medio lelo, y si fuera poeta no dejara de cantar en sáficos

la novísima encarnación de la huéspeda de Gnido y Pafos.

Salieron gozosos, acomodándose en una carretela que alquiló Isidora...,

y a vivir. Llegaron a la pradera. Isidora sentía un regocijo febril y

salvaje. Todo le llamaba la atención, todo era un motivo de grata

sorpresa, de asombro y de risa. Su alma revoloteaba en el espacio libre

de la alegría, cual mariposa acabada de nacer. Almorzaron en un

ventorrillo. Nunca había comido Isidora cosas tan ricas. ¡Cuánto rieron

viendo cómo se atracaba Mariano! Don José compró dos pitos, uno para

_Riquín_ y otro para él, y ambos estuvieron pita que te pitarás todo el

santo día. Si hubieran dejado a Isidora hacer su gusto, habría comprado

lo menos dos docenas de botijos, uno de cada forma. Pero no compró más

que cuatro. De todas las fruslerías hizo acopio, y los bolsillos de la

pandilla llenáronse de avellanas, piñones, garbanzos torrados,

pastelillos y cuanto Dios y la tía Javiera criaron. Nunca como entonces

le saltó el dinero en el bolsillo y le escoció en las manos, pidiéndole,

por extraño modo, que lo gastase. Lo gastaba a manos llenas, y si

hubiera llevado mil duros, los habría liquidado también. A los pobres

sin número les daba lo que salía en la mano. A todos los cojos,

estropeados, seres contrahechos y lastimosos, les arrojaba una moneda.

Por último, se le antojó también pitar, y compró el más largo, el más

floreado y sonoro de los pitos posibles. Mariano y la doncella también

pitaron.

Visitó la ermita y el cementerio, y por último, no queriendo acabar el

día sin experimentar todas las emociones que ofrecía la pradera, visitó

una por una las innobles instalaciones donde se encierran fenómenos para

asombro de los paletos; vio la mujer con barbas, la giganta, la enana,

el cordero con seis patas, las serpientes, _os ratas tigres provenientes

do Japao_, y otras mil rarezas y prodigios. Por dondequiera que pasaba,

recibía una ovación. Preguntaban todos quién era, y oía una algarabía

infinita de requiebros, flores, atrevimientos y galanterías, desde la

más fina a la más grosera. Cuando se retiró estaba embriagada de todo

menos de vino, porque apenas lo probara, embriagada de luz, de ruido, de

placer, de sorpresa, de polvo, de gentío, de pitazos, de coches, de ayes

de mendigos, de pregones, de blasfemias, de vanidad, de agua del Santo.

Cuando llegó a su casa le dolía la cabeza; acordose entonces de Botín, a

quien de seguro encontraría, esperándola airado, y entonces cayó un velo

negro sobre sus alegrías. Se volvieron obscuras, y andaban dentro de

ella azoradas, corriéndosele del corazón a los labios y dejándole un

sabor amargo en todas las partes de su ser por donde pasaban.

Al subir la escalera, despacio, se representaba en la mente, según su

costumbre, lo que le había de decir Botín y lo que ella había de

contestarle. Decididamente le pondría cara de perro; él echaría su

sermón de costumbre sobre el escándalo, y después se aplacaría. Llegaron

jadeantes al piso segundo. Don José, que cargaba a _Riquín_ dormido, iba

detrás pitando todavía.

Entró en la sala y vio luz en el gabinete. Allí estaba sin duda. Pasó

adelante y le halló sentado en una butaca fumando. Desde la primera

mirada comprendió Isidora que la gresca sería fenomenal. Botín (a quien

no describiremos porque Isidora misma lo ha descrito) estaba pálido, con

cierta hinchazón en las serosidades de su cara lobulosa. Isidora afectó

indiferencia, dejándose caer en el sillón con la pesadez propia de su

cansancio. Como entraron también irreflexivamente Relimpio y Mariano,

Botín hizo un gesto de expulsión, diciendo: «No quiero aquí a nadie».

«Con permiso...»--balbució D. José.

Quedáronse solos los dos amantes. Isidora, viéndose en el trance de

hacer frente a la tempestad y aun de provocarla, ofreció el pito a

Botín, diciéndole con sorna:

«Te he feriado. Toma el pito del Santo».

Botín rompió en dos pedazos el tubo de vidrio y lo arrojó al suelo con

ira.

«Todo ese furor es porque he ido a San Isidro sin tu permiso».

Botín vacilaba. En su alma luchaban la ira y el asombro, o más bien la

pasión que despertaba en él la traza chulesca de Isidora. Fuertes

razones había sin duda para que venciera la cólera.

«Mucho me enfada--dijo con cierta gravedad parlamentaria--que haya usted

ido sin mi permiso a la romería. Pero hubiera perdonado fácilmente esa

falta. Otras no se pueden perdonar... Estoy aquí desde las cuatro

esparándola a usted para decirle que se porta conmigo de una manera

infame».

Isidora palideció. Subiendo la escalera había previsto la disputa; pero

en esta resultaba una espantable cosa que ella no había previsto.

«De una manera infame--repitió Sánchez Botín--. Acabemos. Me gustan las

cosas claras y los juicios rápidos. ¿Dónde están los pendientes de

tornillo?

--Aquí están--dijo Isidora llevándose la mano a la oreja.

--¡Mentira! Esos son falsos. Los buenos los ha vendido usted... ¿Y el

alfiler, la cadena, el medallón...?

--Esas prendas son mías y puedo disponer de ellas a mi gusto--dijo

Isidora prontamente, dueña ya de sí misma.

--Las ha empeñado usted.

--Las he _pignorado_--replicó ella con aplomo y burla--, como dicen

ustedes los hombres de negocios.

--Sé por el tapicero que no ha pagado usted las sillas. Y sin embargo...

--Usted me dio el dinero. Yo preferí emplearlo en otra cosa».

Al decir esto Isidora se puso muy encarnada. Su lengua estaba torpe.

«Se turba usted...

--No me turbo, no»--dijo ella subiéndose de un salto a la cúspide de su

orgullo y contemplando desde allí la cólera mezquina de Botín.

Durante la pausa lúgubre que siguió a esta última frase, Isidora

revolvió su mente hacia el origen de aquella escena; consideró con

vergüenza y despecho que su infidelidad había sido descubierta, y pasó

revista a las circunstancias que pudieron haber motivado el tal

descubrimiento. ¡Ah!, las indiscreciones de Joaquín Pez, la falta de

prudencia... Bien conocía ella que el viudito no era hombre para guardar

secretos. Sin duda otras mujeres andaban en aquel torpe lío... Pensó en

las prenderas, en las peinadoras, en los chismes y enredos que forman

invisible tela de araña en torno de toda existencia equívoca e inmoral;

y la ignominia de un hecho tan poco noble abatió por un instante el

orgullo de su alma.

«Hace usted un bonito uso de mi dinero»--dijo Botín.

Isidora iba a contestar lo siguiente: «¿Y para qué me lo da usted?».

Pero su conciencia se alborotó, y sintiose llena de perplejidad, que

nacía del fiero tumulto y combate en que estaban dentro de ella la

cólera, los remordimientos, el orgullo. Buscaba una salida pronta,

enérgica, que cortase la disputa, dejando a un lado la cuestión moral.

Encontrola en estas palabras:

«Usted me es muy antipático. Déjeme usted en paz.

--¡Y tiene el atrevimiento de despedirme!--exclamó Botín con sarcasmo--.

Usted que estaba muerta de miseria cuando yo...».

Isidora sentía que venían llamas a su lengua. No pudo contenerse, y

abrasó a Botín con estas palabras:

«Su dinero de usted no basta a pagarme... Valgo yo infinitamente

más...».

Botín, cubriéndose con su calma egoísta y dando a la disputa un giro

tranquilo, que era como los círculos que hace la serpiente, dijo así:

«No quiero incomodarme. Veremos quién desaloja... Isidora, he sabido

todo lo que ha pasado. No hay que fiarse de precauciones... Esto se

acabó... Usted se lo ha ganado... Usted pierde más que yo.

--Me está usted mareando. Déjeme usted en paz.

--A eso voy, a dejar a usted en paz. A ver, a ver, las alhajas, todas

las alhajas que he dado a usted y que no estén... pignoradas, váyamelas

usted entregando».

Isidora se quitó con nerviosa presteza las sortijas; sacó de una cajita

varios objetos de oro, y todo lo tiró a los pies de Botín.

«Bien, bien--dijo el padre de la patria, no desdeñándose de inclinarse

para recoger lo que estaba por el suelo--. Ahora quítese usted el mantón

de Manila».

Isidora se lo quitó, y haciéndolo como un lío se lo tiró a la cara.

«¿Quiere usted que le entregue todos mis vestidos?

--No es preciso que me los entregue usted--replicó Botín con calma

feroz--. Yo me haré cargo de ellos. Quítese usted el que lleva puesto».

Bien pronto la Cytherea se quedó en enaguas.

«Es lástima que no se lleve usted también mis botas--dijo Isidora

sentándose y apoderándose con verdadera furia de uno de sus pies para

descalzarlo--. Llévelas usted para que las use su señora».

Y se quitó una bota.

«No, no tanto--dijo Botín--; conserve usted su calzado».

Isidora dio algunos pasos cojos con un pie calzado y otro no, y entrando

en su alcoba se puso otras botas.

En aquel instante, Botín tuvo que dar a su pasión una nueva batalla;

pero el caso era tan grave, que la dignidad llevó la mejor parte. Apartó

los ojos de la despojada imagen que delante tenía, y para verla lo menos

posible, levantose, y con atención de prendero avaro, abrió el armario

de luna y las gavetas de la cómoda, entró en la alcoba, registró todo

como un curial que embarga o inventaría. Isidora en tanto arrojaba las

preciosas botas en medio del gabinete, y después hacía lo mismo con su

peineta.

«Bien--dijo Botín, sentándose otra vez y mirándose su pie pequeño como

hacía en el Congreso--. Ahora póngase usted el vestidito que usaba

cuando iba a rezar a la iglesia con tanta devoción.

--Lo he dado. Yo no guardo pingos».

Botín volvió a la alcoba. Tomó de una percha una bata, y ofreciéndola a

Isidora con imperturbable frialdad, le dijo: «Póngase usted este».

Volvió la cara para no verla, para no ver las lágrimas gruesas que

corrían por las mejillas de Isidora, lava de su orgullo que como

ardiente volcán bramaba en su pecho.

Sin decir nada, vistiose ella. Botín tomó entonces un tonillo

conciliatorio. No era todo lo fiera que es necesario ser para habitar en

medio de los bosques. Tenía algo de hombre, si bien nada de caballero.

«Puede usted disponer de toda la ropa blanca--murmuró--. Mande usted por

ella mañana.

--No quiero nada--replicó Isidora, bebiéndose sus lágrimas de fuego,

pálida, trémula. Y andando hacia la puerta tuvo una inspiración de

drama; se volvió a él, le echó rodadas de desprecio por los ojos y le

dijo: «Soy la vengadora de los licenciados de Cuba».

Botín se sonreía como un demonio que ha ganado un alma.

«Gozo, gozo con haber ultrajado a un hombre como usted.

--Todavía--dijo Botín haciendo esfuerzos para reír, y golpeándose con el

bastón el pie bonito--, todavía tiene usted algo que agradecerme. Puede

usted llevarse todo lo del niño.

--Mi hijo no necesita nada».

Isidora corrió hacia adentro. En la cocina, Mariano dormía, reclinado

sobre la mesa. En el comedor, D. José y la doncella asistían a _Riquín_,

que había vomitado, y reclinando su hermosa cabeza grande sobre el

hombro de Relimpio, se quejaba con agitada somnolencia.

«Le ha hecho daño la comida--dijo el tenedor de libros.

--Tiene algo de calentura»--indicó la doncella, tocándole las mejillas.

La desheredada · 第 58 / 87 题