ISIDORA.--Por Dios, dejo eso.
JOAQUÍN.--Oye qué admirable estilo. =(Lee.)= «Los señores que se sientan
en esos bancos...».
ISIDORA.--¡Por la Virgen Santísima!
JOAQUÍN.--Si esto es muy divertido. =(Sigue leyendo.)= «... no quieren
acabar de comprender que los que nos sentamos en estos bancos y la
Comisión...».
ISIDORA.--=(Arrebatando el papel de manos de Joaquín.)= Si tú le
estuvieras oyendo a todas horas...
JOAQUÍN.--Es un bruto que merecía el desprecio si no mereciera el
presidio. Su discurso es el colmo de la sabiduría. Dice que en tiempo
de papá eran mayores los escándalos y las irregularidades... Voy a
contarte en dos palabras las gradas de Botín.
ISIDORA.--=(Tristemente.)= ¿Será tarde? =(Hace un gorro con el
periódico en que está el discurso de Botín.)=
JOAQUÍN.--No, querida; es temprano.
ISIDORA.--Paréceme que entra poca luz, que anochece...
JOAQUÍN.--Es que se ha nublado.
ISIDORA.--Mira el reloj.
JOAQUÍN.--No me da la gana.
ISIDORA.--¡Qué horas tan felices si no fueran tan cortas! =(Acaba el
gorro de papel y se lo pone.)= ¿Qué tal?
JOAQUÍN.--=(Dando su aprobación expresivamente.)= ¡Mona!... Pues te
contaré las gracias de Botín.
ISIDORA.--¡Ay! Esas gracias me han hecho llorar mucho. ¡Si él supiera
las mías!...
JOAQUÍN.--Hace unos quince años Sánchez Botín era un zascandil. Andaba
por ahí con un gabán perenne y sucio; pero ya dejaba traslucir sus
disposiciones para la intriga; adulaba a todo el mundo, y agenciaba
cosas de poco valor en las oficinas. Empezó a levantar cabeza,
trabajando elecciones por los pueblos del Alto Aragón. Hacía diabluras,
resucitaba muertos, enterraba vivos, fabricaba listas, encantaba urnas.
Después le colocaron en el Ministerio, y casó con la de Castroponce, que
le aportó dos millones. Hízose diputado y gerente del ferrocarril de
Albarracín. Aquí empiezan sus triunfos. Como tiene amistad con el
ministro y allá se gobiernan bien los dos, hace lo que quiere. Figúrate,
la ley autoriza a los Ayuntamientos para auxiliar a las Compañías de
ferrocarriles con el 80 por 100 de sus bienes propios.
ISIDORA.--=(Bostezando.)= ¡Qué cosas!
JOAQUÍN.--Tú no entenderás esto. Yo tampoco. Ello es que hay un papel
que se llama Inscripciones, el cual está en la Caja de Depósitos. Botín
se arregla para sacarlo, da una pequeña parte al Ayuntamiento, y con el
resto y la subvención van construyendo el ferrocarril sin adelantar una
peseta. El Gobierno les da prórrogas.
ISIDORA.--=(Cerrando dulcemente los ojos.)= ¡Qué picardía!
JOAQUÍN.--=(Con verbosidad.)= Pero esta tostada, con ser un negocio
inmoral, no es tan atroz como la que resulta de comprar por un pedazo de
pan los abonarés de los soldados de Cuba, que llegan aquí muertos de
miseria, enfermos y con un papel en el bolsillo. El Gobierno no puede
pagarles; pero Botín ha reunido millones en esos abonarés, y el mejor
día se los admite el Gobierno en pago de un empréstito... Pues en las
subastas no te digo nada. Ahí es donde están las ricas tostadas. Él hace
lo que quiere. Es un bajá administrativo, mejor dicho, un sultán que
tiene las rentas públicas por serrallo. Se pone de acuerdo con el
Gobierno, y redacta a su gusto el pliego de condiciones, de manera que
no se puede presentar nadie... Pero ¿qué es eso?... =(Poniéndole la mano
en la frente.)= ¿Isidora?... Se ha dormido... ¡Qué hermosa está! ¡Qué
cuello y hombros tan admirables!... Pura escuela veneciana... ¡Isidora!
ISIDORA.--=(Despertando.)= Me dormí arrullada por las gracias de Botín.
¿Será tarde? Ahora sí que anochece.
JOAQUÍN.--Es que es un chubasco, tonta. El cielo está negro.
ISIDORA.--Es hora de marcharme. Mira el reloj.
JOAQUÍN.--Para que te desengañes. =(Mira el reloj.)= ¿Ves? Todavía me
debes una hora, según lo convenido.
ISIDORA.--¡Una hora! =(Con pena.)= Sesenta minutos me separan de la
presencia de ese bruto. No le puedo apartar de mi imaginación. Es una
pesadilla que me atormenta noche y día. ¡Cuándo despertaré de ese
hombre!... Me parece que le veo entrar esta noche como todas. «Buenas
noches»--, buenas noches. «¿Dónde has estado? Tú has salido...». Aquí de
mi talento para inventar cosas. Yo no he gustado nunca de decir
mentiras; pero desde que vivo con él me he adiestrado de tal modo en
ellas, que las suelto sin pensar; se me ha desarrollado un talento para
mentir... Pues te diré. Entra él; como entienda que he salido sin su
permiso. ¡María Santísima! Él gasta en mí su dinero a la calladita; y me
compra cuanto apetezco con tal que no lo luzca, con tal que nadie me
vea. Quiere que me ponga guapa para él solo. Basta que cualquier persona
me mire para que él se enfade, porque cree que con los ojos se le roba
algo de lo que tiene por suyo. No quiere que me dé a conocer en la
calle, porque no gusta de escándalos, y se asusta de que esto se
descubra. Dice que aquí no estamos en París, y que es preciso no chocar,
no dar motivo a la murmuración, no faltar a las buenas apariencias
sociales. Es un egoistón y un hipócrita... Lo primero que me encarga es
que vaya a misa todos los domingos. Dice que conviene no dar mal ejemplo
al pueblo. Cuando echa un discurso sobre los buenos principios, que son
la base del orden social, me lo lee con entonación grave..., ¡si le
oyeras!, y me dice con toda su alma: «Yo no puedo desmentir estas ideas.
Conque mucho cuidado...». En teatros no hay que pensar. Alguna vez me
permite ir de tapadillo, vestida de cualquier modo, y me hace subir a
los anfiteatros. Ni aun allí me deja libre, porque le veo atisbándome
desde las butacas y observando si miro o no miro, si hay moros por la
costa, o algún hombre sospechoso cerca de mí... En fin, es un tipo
insufrible. ¡Qué celoso, Dios mío! Si me ve asomada al balcón, ya se le
figura no sé qué. ¡Ah!..., pues lo mejor es que a cada instante me está
sacando a relucir su dinero. ¡Qué tonillo toma! =(Remedando voz de
hombre.)= «Señora, yo me gasto con usted mi dinero, y usted ha de ser
para mí...». ¡Para él! Él quisiera que yo fuera un vaso de agua para
beberme de un trago. Quiere absorber mis miradas todas y empaparse en
mis pensamientos.
JOAQUÍN.--=(Con desprecio.)= ¡Zopenco!
ISIDORA.--¡Y cuánto me hace padecer! Si me río, cree que me burlo de él;
si estoy seria, dice que no le quiero y que estoy pensando en otro. Si
me canso, me llama _fría_, _pedazo de mármol_. Me toma cuenta del
respirar, y si doy un suspiro, ¡ay Dios mío!, ya está armada la
tempestad. ¡Y cómo me agobia! No sabe lo que es delicadeza. A veces
quiere tenerla, y sus melifluidades me dan asco. Menos me repugna bruto
y celoso que enamorado. Mi tía Encamación dice que es el papamoscas de
Burgos injertado en el bobo de Coria. Yo me río de él, no lo puedo
remediar. =(Ríe.)= Cuidado que es feo, ¿no es verdad? No tiene más que la
figura, que es medianilla, aunque ha engordado demasiado. ¿Has visto
aquella cara apelmazada, que parece hecha en barro a puñetazos?
JOAQUÍN.--Pues pocos habrá de más pretensiones. Dicen que en los escaños
del Congreso está siempre mirándose el pie, porque lo tiene muy pequeño.
La verdad es que otro más antipático no ha nacido...
ISIDORA.--Cuando palidece se le pone la cara de un tinte ceniciento que
causa horror. Si se quita las gafas sus ojos son tan feos, tan raros...
Te digo que no se le puede mirar, porque los ojos parecen dos huevos
duros, todos surcados de venillas rojas. Cuando el bigote se le
desengoma y la barba negra y cana se le desordena, parece un escobillón
inglés. =(Ríe.)= Las manos las tiene bonitas...; sin duda es de contar
tantos billetes de Banco... Pues no digo nada de la gracia que me hace
cuando se pone a echarme sermones, y a reírse de mi pleito y de mi
nacimiento. Un día por poco le pego... Cuando está por moralizar, me
dice que si me porto bien haré mi suerte con él; que hay muchos modos de
ser honrada una mujer, y que yo puedo serlo todavía. =(Da un gran
suspiro.)= «Si quieres llevar una buena vida, me dice, yo te protegeré.
Te casarás con un criado mío, que es ni pintado para el caso. =(Con gran
indignación.)= Y una vez que estés casada te daré un estanco». ¡Un
estanco! =(Riendo con estrépito.)= Ese animal no sé qué se figura... Habla
muy poco de su mujer. Dice que es un ángel; pero que se ha hecho muy
mística, y que él, respetando mucho el misticismo, ha tenido que buscar
fuera de su casa lo que en ella no encontraba... No tiene hijos. Una
cosa me agrada de él... para que veas que todo no ha de ser malo...
Quiere mucho a mi Joaquín, lo acaricia, le cuenta cuentos, lo pone a
cabalgar sobre sus rodillas, le lleva dulces y juguetes... Esto sólo
hace que le respete y le estime un poco, ya que no pueda de ningún modo
quererle ni estimarle.
JOAQUÍN.--Has hecho de él la gran pintura. No tiene delicadeza ni
verdadera generosidad, porque lo que te da es para que realces tus
atractivos y te ofrezcas más rica y sabrosa a sus insaciables
apetitos... No comprendo estos caracteres. Me parece que son la escoria
del género humano; me parecen hechos con algo puramente material y
grosero que sobró después de hacemos a todos, y que pudo tal vez ser
destinado a crear los animales. Pero la mente divina quiso formar la
transición del hombre al bruto, y fabricó a Botín.
ISIDORA.--=(Riendo.)= Es verdad, es verdad. Entre la palabra y el rebuzno,
¿qué hay? Un discurso de Botín.
JOAQUÍN.--¡Bravísimo!... Vamos, cuando me comparo con él... Permíteme
que me alabe en presencia de ese bárbaro egoísta. Yo vivo de lo ideal,
yo sueño, yo deliro y acato la belleza pura, yo tengo arrobos
platónicos. En otro tiempo, ¿quién sabe lo que hubiera sido yo? Quizás
un D. Juan Tenorio; quizás uno de esos grandes místicos que han escrito
cosas tan sublimes... Ahora, ¿qué soy? Un desgraciado, por lo mismo que
me estorba lo negro en cuestiones de positivismo. Y, sin embargo, yo me
congratulo de ser como soy. Es verdad que falto a la moral, ¿pero por
qué? Porque no he sabido poner freno a mi fantasía; porque no he podido
cerrar y soldar mi corazón, vaso riquísimo que cuanto más se derrama,
más se llena... He querido a muchas mujeres; he hecho mil disparates; he
derrochado una fortuna. ¡Desventajas de la constante aspiración a lo
infinito, de esta sed, Isidora, que no se satisface nunca! ¿Ves mis
calaveradas? Pues nunca he sido verdaderamente vicioso. ¡Oh!, ¡quién
hubiera sido poeta!... Derramando mi idealidad en versos, habría
conservado mi ser moral. Pero nunca supe hacer una cuarteta, ni he
sabido distinguir a Júpiter de Neptuno... ¿Ves cómo estoy? ¿Ves mi
ruina? Pues mira, tengo la conciencia tranquila. No he despojado a
nadie. Joaquín Pez pedirá limosna antes que comerciar con el hambre y la
desnudez de un licenciado de Cuba. Yo no puedo ver en la calle un pobre
sin echar mano al bolsillo; yo no puedo ver una mujer guapa sin
prendarme de ella. =(Isidora le da un pellizco.)= ¡Ay! Será debilidad,
será lo que quieras. Yo lo llamo _abundantia cordis_, opulencia del
corazón. No lo puedo remediar. Soy como una pelota. La mano de la
generosidad me arroja, y voy a estrellarme en la pared de la belleza...
¿Ves lo de mi proyectado viaje a la Habana? Pues se me figura que
volveré de allá tan pobre como estoy aquí. Yo no sirvo para esto. No soy
como mi padre y mis hermanos, que saben Aritmética. Yo no la entiendo.
Esa ciencia y yo... no nos hablamos hace tiempo... Yo la he despreciado,
¡y ella se venga haciéndome unas perradas!...
ISIDORA.--=(Con efusión de amor.)= Menos en lo de querer al por mayor,
¡cuánto nos parecemos! Yo también veo lo infinito, yo también deliro, yo
también sueño, yo también soy generosa, yo también quisiera tener un
caudal de felicidad tan grande, que pudiera dar a todos y quedarme
siempre muy rica... Mi ideal es ser rica, querer a uno solo y recrearme
yo misma en la firmeza que le tenga. Mi ideal es que ese sea mi esposo,
porque ninguna felicidad comprendo sin honradez. Riqueza, mucha riqueza;
una montaña de dinero; luego otra montaña de honradez, y al mismo tiempo
una montaña, una cordillera de amor legítimo...; eso es lo que quiero.
¡Oh, Dios de mi vida! =(Llevándose las manos a la cabeza.)= ¿Llegará esto
a ser verdad?
JOAQUÍN.--¿Pues no ha de llegar a serlo?... Abrázame fuerte.
ISIDORA.--Ahora sí que es tarde. =(Alarmándose.)= Me voy, me voy.
JOAQUÍN.--Todavía...
ISIDORA.--Sí, ya han encendido el gas. =(Mira al techo.)= Mira los dibujos
que hacen en el techo la sombra de los árboles de la calle y el
resplandor de los faroles.
JOAQUÍN.--Sí. Sonó la hora triste. Y ahora, ¿qué día...?
ISIDORA.--¡Ay!, tontín, ¿sabes que no lo puedo decir? =(Arreglándose
aprisa.)= Se me figura que nuestro dragón está receloso. Me vigila mucho.
Tengo la seguridad de que sospecha algo. El mejor día descubre mis
gracias...
JOAQUÍN.--No lo creas...
ISIDORA.--¡Ah!, es muy tuno... Sí, yo creo que nos sigue la pista. Estoy
viendo que cualquier día regañamos, y le mando a paseo. Sin ir más
lejos, mañana habrá cuestión. ¿No es mañana San Isidro?
JOAQUÍN.--Sí.
ISIDORA.--Pues yo deseo ir a la pradera y ver la romería, que nunca he
visto, y él se empeña en que no he de ir... Allá veremos. ¡Dios de mi
vida, qué tarde!
JOAQUÍN.--¿Y cuándo te veré?
ISIDORA.--Te avisaré con mi padrino, =(Despídense con manifestaciones de
ardiente cariño.)=
JOAQUÍN.--Abur, chiquilla.
ISIDORA.--_Riquín_, adiós. =(Al salir.)= No me olvides.
JOAQUÍN.--=(Solo.)= ¡Bendita sea ella! Vale infinitamente más que yo.