=Aposento no muy grande, cómodo, bien amueblado y a media luz=
=ISIDORA Y JOAQUÍN=
JOAQUÍN.--=(Con admiración)= ¡Pero qué guapa estás, o mejor dicho, qué
hermosa eres!... Joya digna de un rey, ¿por qué estás condenada a
encerrar tu brillo dentro de la esfera de una posición mediana, obsura y
equívoca? ¡Tremendas ironías del destino! Fíate de que el nacimiento y
el temperamento te hayan hecho ilustre... si la realidad y el mundo
traidor no te permiten manifestarte como eres... Pero no suspires, no te
entristezcas. Hoy es día de alegría y juntos los dos aquí olvidaremos
todas nuestras penas... Cada día me es más difícil vivir sin ti.
ISIDORA.--=(Con coquetería)= ¡Embustero!... Me quieres cuando me
necesitas, cuando eres desgraciado. ¡Desde que prosperas un poco,
¡adiós!, ya no te acuerdas de mí! Yo no debía hacerte caso; pero mi
debilidad es más fuerte que mi fortaleza, ¿entiendes?... ¿Quién no tiene
un castigo en el mundo? Mi castigo eres tú. En vez de darme enfermedades
o de volverme fea, Dios me ha dicho: «Quiérele»; y ya ves, te quiero y
padezco. El corazón me dice que será constante. Te amaré siempre,
mientras viva. Mi corazón es de una pieza. No puede amar sino a uno
solo, y amarle siempre... Los hombres, descartando el mío, me hastían;
les aborrezco. Uno solo me ha conquistado, y de ese soy. Venga lo que
viniere, a mi amor me atengo. No sé cómo hay mujeres que adoran hoy a
este y mañana al otro. Yo no soy así. =(Con tristeza.)= ¿No es verdad que
nací para ser honrada?
JOAQUÍN.--Y para mí. =(Entusiasmándose por grados.)= Sólo yo te comprendo,
sólo yo. Los demás te juzgarán mal quizás. Yo, que te conozco, sé que
eres un ángel de bondad. La responsabilidad de tus faltas las tomo para
mí y te dejo a ti la gloria de tus bellas acciones. ¡Y qué ingrato he
sido contigo! Pero me has dado una de esas lecciones que son propias de
las grandes almas. A mis ligerezas respondes con tu generosidad.
ISIDORA.--=(Mirándole a los ojos.)= ¿Estás satisfecho de mí?
JOAQUÍN.--Te idolatro.
ISIDORA.--¿Me he portado bien?
JOAQUÍN.--Como una princesa, como una reina. No todas las coronas están
donde deben estar... ¡Ay, Isidora, bendito sea tu orgullo! Quien nota en
su alma esa chispa, ese no sé qué, signo de elevación sobre el nivel
común, está preparado para las cosas grandes y sublimes. El orgullo no
es en ti un defecto, es una inspiración santa.
ISIDORA.--Pero no tengo la conciencia tranquila... Ya ves que...
JOAQUÍN.--Desecha las ideas convencionales. Cada acción tiene un punto
de vista desde el cual debe juzgársela, lo cual prueba la gran variedad
de las perspectivas del alma humana...
ISIDORA.--Yo siento algún remordimiento...
JOAQUÍN.--Porque no has hecho un análisis frío del hecho en sí y te
dejas llevar de la rutina.
ISIDORA.--=(Gozosa.)= ¿Te pusiste contento cuando recibiste mi carta?
JOAQUÍN.--La besé mil veces, y aun creo que se me escapó una lágrima,
cosa en mí desusada.
ISIDORA.--Ya ves que cumplí mi palabra. El jueves, cuando me pintabas tu
compromiso y me decías que tu honor y tu buen nombre estaban en peligro,
te dije: «Yo, a quien tan grandes desaires has hecho, te he de
salvar...». No hay nada que me cautive tanto, que tanto interese a mi
alma, como un acto de estos atrevidos y difíciles, en que entren la
generosidad y el peligro. Nací para estar arriba, muy arriba.
JOAQUÍN.--En las estrellas te pondría yo.
ISIDORA.--Las cosas bajas y fáciles, las pasiones mezquinas no caben en
mí. Tú me habías hecho muchas picardías; pues ahora verás... Yo soy así.
La idea de devolverte bien por mal me daba alegría y valor para vencer
las dificultades. Fui a mi casa pensando en tus apuros. Yo calculaba,
discurría, hacía cuentas. A medianoche no había dormido aún; estaba
sola. Podía pensar a mis anchas, y pensar en ti como me diera la gana.
Llegó la mañana. ¿Qué creerás que hice? La cantidad era enorme. ¡Mil
duritos! ¿De dónde había de sacar yo ese dineral? Pues verás... Vendí
mis pendientes de tornillo y mi alfiler grande. Saqué doce mil reales.
Compré otros diamantes falsos para que él no conociera el engaño.
Después empeñé la pulsera, el reloj; pero nunca bastaba, hijito. Por tu
suerte, él me había dado cierta cantidad para renovar parte de la
sillería..., pues al montón con ella. En fin, mi tía Encarnación me
proporcionó el resto... Y aquí vienen los escozores que siento en mi
conciencia...
JOAQUÍN.--=(Con escepticismo y fortaleza de espíritu.)= Eres una
chiquilla. Es preciso que tu inteligencia se ponga a la altura de tu
gran corazón.
ISIDORA.--=(Con monería.)= Déjame, que yo me entiendo. Te diré la verdad
pura. Por engañarle no tengo remordimientos. Es un animal a quien
aborrezco con toda mi alma. No me merece... ¡Pero hay tantas clases de
traición!... Te diré...
JOAQUÍN.--=(Azotándola con cariño.)= Pero ven acá, tonta...
ISIDORA.--=(Abofeteándole con amor.)= Escucha, idiota... Digo que las
traiciones de dinero no me gustan. Hay algo ahora en mí que las rechaza.
Te diré: con gusto o sin gusto mío, él me da cuanto necesito. Es verdad
que los tornillos eran míos; me los habías regalado tú. Pero el alfiler
me lo dio él..., y el dinero para la sillería... Ya ves.
JOAQUÍN.--Déjame hablar ahora.
ISIDORA.--=(Tapándole la boca.)= Aguarda.
JOAQUÍN.--=(Quitándose a viva fuerza la mordaza y besándola mucho.)=
Déjame hablar a mí. Escucha, escucha. Si ese animal tuviera cien veces
más dinero del que tiene; si en vez de haberse comido una parte del país
se lo hubiera comido entero, todo su caudal no bastaría para pagar una
de tus caricias, aun otorgada con violencia y sin amor. Esa cantidad que
he recibido de ti me ha salvado de la deshonra. Yo te quería ya, yo te
amaba siempre, a pesar de mis devaneos. Pero ahora te adoro, ahora soy
tu esclavo. Esta deuda es sagrada, es doble; deuda del corazón y deuda
de bolsillo. Te pagaré religiosamente.
ISIDORA.--¡Pagarme! ¡Ay! Yo no cobro nunca. Mis manos no nacieron para
eso. Si en algo estimas el beneficio que de mí has recibido, ya sabes la
recompensa que quiero.
JOAQUÍN.--=(Amoscado.)= ¿Cuál?
ISIDORA.--Te lo he dicho mil veces. El reconocimiento de Joaquín...
JOAQUÍN.--=(Sintiéndose atacado de sordera.)= No te oigo.
ISIDORA.--Que reconozcas a nuestro hijo.
JOAQUÍN.--¡Ah!, ya...; eso es corriente. =(Disimulando su contrariedad.)=
En estos días me hallo en tal situación, que no podré celebrar ningún
acto civil... ¡Ay!, querida mía, confesor mío, para ti no debo tener
secretos. Delante de ti no debo ni puedo disimular mis faltas. He sido
un calavera, un disipador; merezco lo que me está pasando. Yo tenía una
regular fortuna. ¿Sabes tú cómo se me ha ido de entre las manos? Pues yo
tampoco lo sé, y me confundo... Cosa de magia, chica, porque yo... te
juro que vivo con economía... Malditos sean los usureros, fieras
desenjauladas, dragones sueltos contra quienes nada puede la humanidad
indefensa. Y gracias que renovando a tiempo, con tu divino auxilio =(Da
un gran suspiro.)=, he podido salvar el honor por el momento. A ti te
debo que no haya caído una gran mancha sobre el honrado nombre de Pez...
¿Pero qué sucederá? Que dentro de poco llegará otro vencimiento.
Chiquilla, con las fechas no se juega. El tiempo es implacable... Papá
me ha hablado seriamente el otro día. Hemos hecho un balance. Le he
descubierto todos mis líos; se ha incomodado, y por fin hemos resuelto
que no tengo más remedio que irme a la Habana.
ISIDORA.--¡A la Habana!
JOAQUÍN.--Sí, con un destino en la Aduana, un gran destino. Es el único
remedio. Los españoles tenemos esa ventaja sobre los habitantes de otras
naciones. ¿Qué país tiene una Jauja tal, una isla de Cuba para remediar
los desastres de sus hijos?
ISIDORA.--¡Ya!
JOAQUÍN.--Me iré a la perla de las Antillas, como decimos por acá.
¿Quieres ir conmigo?
ISIDORA.--=(Reflexionando seriamente.)= Te diré...; ir contigo sería mi
dicha. Yo te cuidaría si caías malo, y te desviaría de tus calaveradas,
porque allá... Pero no puedo, no puedo salir de aquí. Tengo que estar a
la mira de mi pleito. El abogado me ha dicho que lo ganaré si tengo
paciencia. Ya se ha hecho lo que llaman la réplica, y luego que la
señora presente su dúplica, vendrá la prueba... Ya ves, me voy enterando
de estas cosas fastidiosas.
JOAQUÍN.--Si lo ganaras... =(Afectando confianza.)= Yo creo...
ISIDORA.--Es el principal móvil de mi vida. Cuando consiento en
separarme de ti por pleitear, figúrate si es cosa de importancia.
JOAQUÍN.--=(Con seriedad.)= Y yo lo comprendo... No debes salir de aquí.
Cuando yo venga, ¡toma!, de seguro te encontraré en pacífica posesión de
la casa de Aransis.
ISIDORA.--¡Dios te oiga!... Yo también lo creo así.
JOAQUÍN.--Es evidente... Nada, nada; es cosa hecha.
ISIDORA.--Cosa clara. =(Se abrazan para comunicarse recíprocamente su
confianza.)= ¿Y cuándo te vas?
JOAQUÍN.--No lo sé. Dejaré pasar el verano. Papá y el ministro han
hablado ya. Aunque en el Congreso se tiran a matar, allá, entre
bastidores, son amigos y se sirven bien. Cuando papá era Director,
servía a este señor en cuanto le pedía, y ahora para el Ministro no hay
mejor recomendación que la de mi padre.
ISIDORA.--=(Con mucho mimo.)= Pero yo siento que te vayas. ¿Por qué no
tratas de remediarte aquí? ¿Por qué no trabajas en algo?
JOAQUÍN.--¿Aquí? ¡Trabajar aquí!... Tú te has caído de un nido. En
España no se recompensa el mérito. ¡Qué país! Es claro; yo trabajaría,
yo me dedicaría a algo; pero ¿qué pasa? Los escritores, los artistas,
los industriales y hasta los tenderos todos se mueren de hambre. Que
trabaje el obispo. No hay más medio de ganar dinero aquí que metiéndose
en negocios patrocinados por el Gobierno. Pídele datos de esto a tu
señor Sánchez Botín. Es un genio.
ISIDORA.--=(Con malignidad.)= Es un genio... inaguantable. Está muy hueco
con el discurso que pronunció ayer. Es de..., de la Comisión. ¿No se
dice así?
JOAQUÍN.--De la Comisión, justo. Todavía no he leído su discurso. =
(Incorpórase, y del bolsillo de su levita saca un diario.)= Es un hatajo
de necedades soporíferas. Cuando hablaba, no había seis diputados en el
salón, y de estos seis, cinco estaban dormidos. Todos los oradores
versados en administración producen estos efectos de narcótico. Papá
mismo, cuando habla de esto, es el puro beleño. Pero ayer era el único
que logró estar despabilado durante la oración fúnebre--administrativa
de Sánchez Botín.
ISIDORA.--Pues él dice que apabulló a tu padre.